Red Voltaire
Venezuela

De la democracia representativa a la democracia participativa

Si estudiamos las formas de organización política que ha tomado cualquiera de las sociedades de clases desde que existe registro histórico (desde las sociedades agrarias sedentarias en adelante, hace unos diez mil años), vemos que siempre es una pequeña elite la que guía los destinos del colectivo.

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Fuera de un mítico comunismo primitivo donde todos los miembros de la tribu eran iguales, el estudio de toda forma de organización social de la historia nos confronta con dirigentes y dirigidos. Y siempre, invariablemente, los primeros son una minoría, y los segundos una amplia mayoría.

¿Cómo ha sido posible, y sigue siéndolo, que unos pocos sojuzguen a una mayoría? Apelar a una explicación biologista con reminiscencias de Darwin donde “los más aptos” se impondrían, además de equivocada en términos conceptuales es, como mínimo, irrespetuosa (¿hay ciudadanos “mejores” y “peores” entonces?). ¿Necesidad de un conductor, de un gran padre todopoderoso? ¿Vericuetos de nuestra humana condición donde los más fuertes (los más osados, los más aprovechados) siempre se las ingenian para sojuzgar a la masa? -léase: lucha por el poder-. ¿Mediocridad de la masa? El debate está abierto, y por cierto es muy complejo.

Sin ánimos -ni posibilidades en este breve espacio- de profundizar en él, lo cierto es que podemos constatar que, al menos hasta ahora, en esta sangrienta historia de lucha de clases que ya lleva varios milenios son siempre minorías las que ejercen el poder sobre grandes mayorías, aunque resulte burdo, difícil de entender, o sumamente injusto. Apostamos, y damos nuestra lucha, para que ello cambie; pero en el medio de esa batalla es importante buscar algunas explicaciones. ¿Qué hay de la democracia, del “gobierno del pueblo”? ¿Es posible? ¿Cómo?

En el vocabulario político actual “democracia” es, sin lugar a dudas, la palabra más utilizada. En su nombre puede hacerse cualquier cosa (invadir un país, por ejemplo, o torturar, o mentir descaradamente, o llegar a dar un golpe de Estado); es un término elástico, engañoso en cierta forma. Pero lo que menos sucede, lo que más remotamente alejado de la realidad se da como experiencia constatable, es precisamente un ejercicio democrático, es decir: un genuino y verdadero “gobierno del pueblo”.

Los primeros balbuceos del socialismo construido durante el siglo XX comenzaron a equilibrar las injusticias económicas; pero en cuanto al ejercicio del poder popular la cuestión sigue siendo una asignatura pendiente. Se avanzó, sin dudas, al menos en la intención (la Revolución Cultural china, o los asambleas populares cubanas, son interesantes experiencias). Pero aún estamos lejos de poder indicar una democracia popular de base efectiva en el campo socialista. Por otro lado, con su involución hacia fines de siglo, la sobrevivencia de lo que no arrastró la marea de destrucción de todo ese campo (Cuba resistió y sigue de pie) se centró en eso: la sobrevivencia (“período especial” se dijo en la isla), y el tema de la democracia de base, del poder popular no fue el principal punto de agenda. ¿Se puede hablar hoy de poder popular en China? ¿Qué quedó de la “dictadura del proletariado” en los países de Europa del Este?

Por supuesto que en las experiencias “democráticas” del capitalismo lo que menos está presente es una posibilidad franca de gobierno del pueblo. En absoluto, totalmente no. Desde el triunfo de las burguesías modernas sobre los regímenes feudales en Europa, o de la consolidación de las colonias americanas de Gran Bretaña como Estados Unidos de América con su empuje descomunal, la construcción del mundo moderno, de las “democracias industriales” -como suele llamárselas- no obedece más que a una lógica de dictadura de unos pocos factores de poder enmascarados como gobierno de todos. No hay dudas que fue un paso adelante en relación con el absolutismo monárquico; pero de ahí a gobierno del pueblo dista una gran distancia.

Tal como agudamente lo destacó Paul Valéry: “la política es el arte de evitar que la gente tome parte en los asuntos que le conciernen”. Dicho en otros términos: los factores de poder no ceden un centímetro en su dominación, en su posición de sojuzgamiento del sojuzgado. La democracia que se construyó con la inauguración del mundo burgués moderno (donde Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña marcaron el rumbo) se asienta en la dominación de los grandes propietarios industriales disfrazando la participación popular por medio de una estructura cosmética. El pueblo gobierna sólo a través de sus representantes. Pero, ¿a quién representan los gobernantes? ¿Gobierna el pueblo?

En la forma de Estado democrático parlamentario moderno, el surgido hacia fines del siglo XVIII, se supone que los ciudadanos eligen a sus representantes por medio del voto, y cada cierto tiempo estos gobernantes son reemplazados por otros. La sociedad, entonces, se gobernaría a partir de la decisión de las grandes masas soberanas. Pero a decir verdad los verdaderos factores de poder jamás, nunca jamás son elegidos por la población.

¿No es que los movimientos económicos los regula el mercado? Si es así, ¿quién y cómo decide los flujos de oferta y demanda, los porcentajes de desocupación que hay, la acumulación de riqueza y la multiplicación de la pobreza? Si es el mercado ¿qué decidimos con la rutina electoral de cada cierto tiempo? ¿Quién ha salido de la pobreza asistiendo puntual a los comicios? ¿Quién decide las políticas de las grandes corporaciones mundiales que fijan la marcha económica de la población planetaria? ¿Alguien votó por ello? ¿Quién decidió, a través de qué proceso de elección popular se estableció que todos tenemos que consumir Coca-Cola? ¿Hubo algún plebiscito, referéndum o proceso eleccionario para decidir las políticas comunicacionales de los grandes monopolios de la información, aquellos que moldean nuestro punto de vista día a día, minuto a minuto, los que nos imponen lo que se debe pensar y lo que no? ¿Quién eligió al G-7 como órgano rector de la marcha del mundo? ¿Se consultó a la población planetaria para formar un infame Consejo de Seguridad en el seno de la Organización de Naciones Unidas con derecho a veto formado sólo por cinco Estados? ¿Por medio de qué elecciones populares se deciden las guerras? ¿Hubo alguna consulta democrática para decidir la catástrofe medioambiental que produjo la voracidad del gran capital? ¿Algún ciudadano del mundo votó para terminar con los bosques, con la capa de ozono, para secar fuentes de agua dulce? ¿Quién eligió, y por medio de qué mecanismo, lo que tenemos que consumir para divertirnos? -léase: películas de Hollywood-.

¿Hay elecciones democráticas para elegir al Papa? (y justamente el Vaticano vivió llenándose la boca con la palabra democracia en su prédica anticomunista de décadas pasadas). ¿Quién decide quien puede tener armas nucleares y quien no: la gente con su voto? ¿Cómo participa la población planetaria en las decisiones del Fondo Monetario Internacional o del Banco Mundial, decisiones que afectan a todos? (al nacer, cada habitante del Tercer Mundo ya está debiendo 20.000 dólares a los grandes bancos del Norte, ni bien sale del vientre materno), ¿alguno de nosotros votó alguna vez por ello? ¿Alguien fuera de Europa votó a favor que los europeos de tres siglos atrás conquistaran el planeta en nombre del progreso? Y hoy, cuando millones y millones de desesperados de fuera de Europa -o de Estados Unidos, el nuevo gran imperio- intentan llegar a esas tierras de ensueño para escapar de sus infiernos de pobreza y violencia, ¿quién decide que los “ciudadanos de segunda” no son gratos en el mundo desarrollado? Los “ciudadanos de segunda” seguro que no, y son la mayoría. ¿Las mujeres fueron consultadas para establecer una cultura que las minimiza al lado de los varones? ¿Quién y cómo lo decidió? Las mujeres seguro que no. Y todos los llamados “grupos vulnerables” (minorías étnicas, discapacitados, homosexuales, seropositivos, niñez en riesgo, discriminados por el motivo que sea) ¿qué participación real tienen en el ejercicio del poder? ¿Algún negro eligió democráticamente ser pobre? ¿Alguna mujer decidió ser condenada a trabajar más que un varón y a ganar menos? ¿A quién representan los representantes del pueblo en las democracias formales? ¿Por medio de qué voto mil millones de personas eligieron no tener acceso al agua potable? ¿Quién decidió qué países componen el llamado Eje del Mal? ¿Y quién decidió que son “malvados”? ¿Quién y por medio de qué consulta popular decidió que, terminada la Segunda Guerra Mundial, los jerarcas nazis eran criminales de guerra, pero no así quienes dejaron caer dos bombas atómicas sobre población civil en Japón? ¿Qué democracia hubo en esa elección?

El actual país de Panamá, que hasta fines del siglo XIX era una región de Colombia, pasó a ser país “independiente” en una decisión tomada en un cuarto de hotel por varios políticos profesionales, representantes de los grandes intereses del imperialismo estadounidense que necesitaban ese punto geoestratégico; ¿se puede decir que eso fue una elección democrática? Según la Iglesia Católica las mujeres no pueden tener relaciones sexuales prematrimoniales ni abortar; ¿se les preguntó a las mujeres alguna vez en un plebiscito a ver qué opinan ellas? Los políticos profesionales de las democracias parlamentarias, ¿representan a los pobres, a los excluidos, a las mujeres hechas a un lado, a los indigentes, a los que piden aumento de sueldo, a los desesperados de toda laya que pueblan la Tierra? ¿Por qué hay tan pocas mujeres, o indígenas, e negros en los cargos electivos de cualquier país? En la coyuntura actual, un negro como Secretario General de las Naciones Unidas ¿realmente representa los intereses de las poblaciones negras?

Las decisiones que marcan el destino del mundo -la economía, la guerra, los modelos culturales- jamás se toman democráticamente. Luego de decididas por unos pocos -y la citada observación de Valéry es más que oportuna- se busca “evitar que la gente tome parte en los asuntos que le conciernen” pero haciendo creer que participa, que decide. Qué hipocresía, ¿verdad? En buena medida, hasta ahora eso es la política. Tal como dice Borges en el epígrafe: al menos hasta ahora, tal como la conocemos, “la democracia es una ficción estadística”, un engaño bien montado por el que se hace creer que todos deciden.

Pero hay otras opciones

La idea respecto a que “la masa es estúpida y no piensa” es, como mínimo, muy sencilla. Sin dudas, tal como se ha venido dando la organización de todas las sociedades de clases, la minoría en el poder supo manipular a las grandes masas. Pero eso no significa que la gente sea intrínsecamente tonta; y menos aún que merezca ser tratada como tonta. No hay ninguna duda -la historia y la experiencia lo enseñan- que la psicología de las masas presenta características peculiares que no pueden entenderse desde el punto de vista de lo individual. Puestos en masas, transformados en hombre-masa, todos desaparecemos como sujeto para constituirnos en un colectivo y seguir la corriente; y es cierto que, en tanto colectivo, en tanto grupo indiferenciado, no hay razonamiento crítico. Pero esto no invalida la posibilidad de reflexión, y mucho menos, no autoriza a la manipulación de la masa. ¿En nombre de qué, con qué derecho una elite puede manipular a una gran mayoría? ¿Podríamos ser tan superficiales de decir que “a la gente le gusta eso”? Más que superficial, eso escamotea la verdad -por no decir que es despreciable en términos éticos-.

Como formulación de ciencia social es restringido: la gente podrá ser tonta (ahí está Homer Simpson como su ícono), pero hay límites a la tontera. Si fuéramos tan tontos y prefiriésemos “naturalmente” nuestra condición de esclavos, seguiríamos bajo el látigo del amo esclavista. ¡Pero hay Espartacos! Por todos lados en la historia han surgido Espartacos, y siguen surgiendo. Y cada vez más las poblaciones (esas masas manipulables a las que se intenta conformar con el pan y circo -ayer gladiadores, hoy fútbol y telenovelas-), cada vez más van abriendo los ojos, despertando, exigiendo derechos, dando saltos hacia delante, aunque también sigan consumiendo los que se les ordena y pensando lo que CNN informa. Cada vez más la historia nos muestra poblaciones que se rebelan (aunque se haya dicho que “la historia terminó”). No como intelectuales iluminados (¡felizmente quizá!), pero sí como masa que se mueve con su lógica particular, la población del mundo sigue su lucha buscando mayor justicia, a su modo y con su tiempo, pero continúa, aunque al mismo tiempo también vea telenovelas y se apasione con un equipo de fútbol.

La democracia formal, la democracia representativa de los parlamentos modernos con su división de tres poderes, es claro que no es el gobierno del pueblo. Ello, pero ni remotamente. En realidad, todos saben que más allá de la declamación formal, no es ése ni siquiera un tímido intento de poder de todos, de poder popular. Puesto que si la “chusma” se pone demasiado brava, ahí están los órganos de represión siempre listos (policía, ejército); se cae de maduro que la actual democracia representativa es gobierno del pueblo… mientras nadie se lo tome en serio.

Pero ya es hora de tomárnoslo en serio

Los primeros intentos de socialismo dieron algunos pasos interesantes. Aunque quizá hoy esas experiencias sean irrepetibles en términos literales, sirve conocerlos para no repetir errores. Cuando un grupo, una vanguardia (el partido, el comité central, el estamento dirigente, etc.) o un líder carismático se pusieron al frente del proceso revolucionario reemplazando al poder popular, se esfumó la revolución. Si alguna enseñanza podemos sacar de las experiencias habidas en el siglo XX es que sin la participación real y genuina de los pueblos en el ejercicio del poder -”real y genuina”, insistamos-, eso no terminó de mejorar sustancialmente las condiciones, aunque se hayan dado grandes pasos en el ámbito de las igualdades económicas.

La democracia formal es vacía, no es democracia. Es el gobierno de los grandes grupos económicos secundados por los políticos de profesión y por todo el andamiaje cultural y militar que permite seguir con la misma estructura, dándose el lujo incluso de jugar a la participación de la gente en las decisiones. Pero la gente nunca decide, jamás. La gente es consumidora (hay que atenderla bien para que siga comprando), o electorado (hay que atenderlo bien para que me sigan votando). O televidente, y ya sabemos lo que ello implica: ¿decide algún usuario de los medios masivos de comunicación, más allá de ridículos programas “participativos” (¡los reality shows!), decide algo de lo que consume? Y si ese ciudadano consumidor que vota cada tantos años protesta demasiado… es subversivo; entonces ahí están los aparatos de control. Pero jamás participa en las decisiones básicas de su vida, jamás, aunque viva en democracias formales donde nunca hay golpes de Estado.

Podría decirse -con ingenuidad o con malicia- que en algunos lugares del planeta esas democracias representativas dan resultado, pues ahí nadie pasa hambre y tiene cuotas más o menos altas de beneficios. Pero para mantener esas “democracias occidentales”, el 80 % de la población mundial pasa grandes sufrimientos. O democracia para todos, o si no hay algo que no funciona. No puede haber democracia sólo para un 20 %; eso no es poder para todos, en absoluto.

Ante este estado de cosas, entonces, en necesario construir algo nuevo, algo que permita realmente el poder de la gente, de toda la gente que puebla el globo, que nos ponga en un pie de igualdad a la totalidad de la población planetaria, y que permita que todos y todas, en equidad de condiciones, decidamos sobre nuestras vidas. Y decidamos no por el puro capricho de hacernos escuchar; decidamos porque en ello va la más elemental dignidad como especie. ¿Podemos seguir admitiendo que un pequeño puñado de banqueros e industriales decida la vida de más de seis mil millones de seres humanos? ¿Acaso benefician a todos esas decisiones? Es más que obvio que no. Sólo permitiendo que todos por igual participemos en el proyecto real de la sociedad que queremos y que nos conviene, podrá haber justicia. Y podrá sobrevivir el género humano, si no nos destruye antes la degradación ambiental o la guerra termonuclear total (que nadie eligió con su voto).

Y a eso lo podemos llamar, para diferenciarla de la democracia representativa (vacía e hipócrita), democracia participativa.

¿Pero qué es eso? Podríamos decir que, en este momento, una idea, un experimento. Es permitir que el pueblo, ya no con su voto cada cierto período de tiempo sino con la participación efectiva en las decisiones político-sociales de su vida cotidiana (asambleas de base, grupos de discusión, cabildos abiertos, etc., etc.) se autodirija. Es, tal como pedía una consigna del mayo francés de 1968, permitir e impulsar “la imaginación al poder”.

En la Revolución Bolivariana que está teniendo lugar en Venezuela la democracia participativa pretende ser el núcleo vivo de lo que se ha dado en llamar “socialismo del siglo XXI”. ¿Un nuevo socialismo basado no tanto en la “dictadura del proletariado” -la dictadura del partido si se prefiere- sino en la real y efectiva participación popular, en el poder desde abajo, no de los “representantes” sino de los eternamente “representados” pero siempre olvidados? Quizá. Todavía el experimento está en fase de prueba. Pero vale la pena apostar por su consolidación.

La democracia representativa ya mostró sus límites (que, por cierto, son muy estrechos); es hora de ensayar esta nueva democracia participativa, quizá único camino para encontrar las soluciones de una afligida humanidad que no encuentra salidas con los chalecos de fuerza del parlamentarismo occidental.

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