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Nuevo programa de armamento estadounidense

El armamento nuclear, ¿táctica fantasma o realidad?

Por 55 votos contra 42 el Senado de los Estados Unidos rechazó el 16 de junio de 2004 una propuesta de Edward Kennedy y Diane Feinstein tendente a interrumpir las investigaciones referentes a las bombas nucleares tácticas. La administración Bush pretende disponer ya de tales armas y querer perfeccionarlas para poder alcanzar bunkers subterráneos. Sin embargo, los expertos se interrogan sobre la utilidad de los mini-nukes en el campo de batalla. En realidad, el salto del armamento nuclear estratégico al táctico, si debiera ocurrir, sería el paso del equilibrio del terror frente a la URSS al reino del terror dirigido contra los Estados no nucleares.

| París
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Las armas nucleares fabricadas por los Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial modificaron de forma duradera las estrategias militares de la segunda mitad del siglo XX. Sólo fueron utilizadas dos veces: en Hiroshima y Nagasaki, donde aniquilaron a modo de ejemplo a la población civil, para ser luego congeladas cuando la URSS tuvo capacidad de respuesta. En vez de un arma para combatir al adversario «la» bomba se convirtió en un medio para disuadirlo de combatir, lo que permitió a las dos primeras potencias nucleares, Estados Unidos y la URSS, ofrecer su «sombrilla nuclear» a sus aliados, que invariablemente se convertían así en sus vasallos.

En este contexto, la única forma de protegerse contra un golpe nuclear y sus consecuencias dramáticas para toda la humanidad era mantener un equilibrio de las fuerzas nucleares entre ambos «Grandes». La crisis de los mísiles en Cuba, abusivamente presentada en los Estados occidentales como una demostración de fuerza de la URSS que casi conduce a la guerra nuclear, constituye un ejemplo típico de la fabricación de este equilibrio del terror. En realidad, el despliegue de mísiles nucleares por parte de Moscú en Cuba era una maniobra para paliar el desequilibrio introducido por la instalación de armamento similar en Turquía por parte de Washington [1].

Al mismo tiempo, los Estados Unidos se disponían a confiarle el fuego nuclear a Alemania Federal. Tras demostraciones públicas de fuerza de una y otra parte, Nikita Khroutchov indicó que «la URSS no [quería] la guerra y [propuso] el desmantelamiento de las bases militares en el extranjero. A cambio de la base soviética de Cuba, los Estados Unidos deberían desmantelar su sistema de seguridad en Europa y Asia» [2].

Esta declaración condujo al inicio inmediato de negociaciones entre Washington y Moscú, concluidas en menos de una semana: «el 27 de octubre de 1962 ambos Supergrandes convinieron que la Unión Soviética retiraría sus armas nucleares de Cuba (y que los Estados Unidos no se aprovecharían de esto para atacar a la isla). A cambio, los norteamericanos dejarían de apuntar hacia Moscú los mísiles atómicos desplegados en Turquía» [3]. Como perfecta encarnación de la búsqueda de un equilibrio negociado, ambos países decidieron en esta ocasión instalar el famoso «teléfono rojo» entre la Casa Blanca y el Kremlin.

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El Doctor Folamor: una parodia de Albert Wohlstetter (suegro de Richard Perle), por el cineasta Stanley Kubrick.

Sin embargo, este ejemplo no debe enmascarar una real voluntad, por parte de algunos dirigentes norteamericanos, de recurrir al armamento nuclear en conflictos periféricos. Así, el general Doublas MacArthur preconiza el empleo de la bomba contra los comunistas coreanos, apostando a que la URSS no responderá. Aunque haya sido inmediatamente separado de sus funciones, la corriente que representa está todavía activa en el Pentágono. Otros, alrededor del teórico de la Rand Corporation, Albert Wohlstetter (suegro de Richard Perle), que inspirará el personaje del Doctor Folamor (Dr Strangelove), consideran inclusive la confrontación directa.

Desarme proporcional y no proliferación

En la práctica prevaleció el instinto de supervivencia. «La» bomba llegó a ser tan disuasiva que impidió que ambas potencias se hicieran la guerra, disuadiéndolas incluso de utilizarla contra terceros. Ante la magnitud de la amenaza que hacía pesar una guerra nuclear sobre todos, se llevaron a cabo tentativas de control de la carrera armamentista durante toda la guerra fría, especialmente a partir de la década de 1960. El 14 de febrero de 1967 el tratado de Tlatelolco prevé, además del establecimiento de una zona desnuclearizada, la renuncia de los países firmantes al arma nuclear.

El control de la ausencia de armamento nuclear se confía a la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA), creada en esta ocasión. El 1º de julio de 1968, el Tratado de No Proliferación (TNP) reconoce como «Estados de estatuto nuclear legal a los que, antes del 1º de enero de 1967, realizaron pruebas verificadas» [4]. Se trata de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU: Estados Unidos, la URSS, el Reino Unido, China y Francia. En la década de 1970 Washington y Moscú inician negociaciones diplomáticas a fin de reducir su arsenal nuclear. Así, firmaron en 1972 el Strategic Arms Limitation Treaty I (SALT I) y el tratado AntiBallistic Missile (ABM). El 8 de diciembre de 1987 es el Tratado de Washington el que elimina, en teoría, todos los misiles de 5 000 a 5 500 kilómetros de alcance.

Disuadir, una amenaza asimétrica

Después del derrumbe de la Unión Soviética, los Estados Unidos modifican su doctrina nuclear. A partir de ese momento ya no está dedicada a equilibrar la potencia rival ni a disuadirla de atacar, sino a ampliar el arsenal disponible para multiplicar las opciones estratégicas frente a potencias no nucleares.
Esta posición es expresada por primera vez, en 1994, en la Nuclear Posture Review. Este documento, que evalúa las fuerzas actuantes, el tipo de amenaza y las políticas militares a implementar para hacerles frente, establece cinco puntos:

- Primeramente, desde el final de la Guerra Fría las armas nucleares desempeñan un papel bastante menor. La amenaza de un golpe nuclear soviético ha desaparecido y el conjunto de las potencias nucleares son países aliados (Francia, Gran Bretaña, Israel, Pakistán) o no agresivos (China, Rusia).
- La primera consecuencia del documento es que los Estados Unidos, a partir de ahora, requieren un arsenal nuclear más reducido que durante la Guerra Fría.
- Sin embargo, y es el tercer ponto, «existen grandes incertidumbres sobre el futuro, especialmente en los nuevos Estados independientes [de la antigua URSS]». Por lo tanto los Estados Unidos deben permanecer vigilantes y limitar esta incertidumbre.
- En cuarto lugar, los Estados Unidos no tienen una postura de disuasión puramente nacional: su protección se extiende a otros aliados.
- Finalmente, los Estados Unidos desean continuar fijando los criterios más exigentes en cuanto a control de la seguridad nuclear.

Así, la Nuclear Posture Review afirma que los Estados Unidos «conservarán las fuerzas estratégicas nucleares suficientes para disuadir a cualquier dirigente extranjero hostil que tenga acceso a las armas nucleares estratégicas en cuanto a actuar contra nuestros intereses vitales y para convencerlo de que es en vano tratar de lograr una dominación nuclear». Esta política es implementada en la Presidential Decision Directive 60, firmada en noviembre de 1997 por Bill Clinton, y deja lugar a una interpretación bastante amplia.

En el plano estratégico, los Estados Unidos autorizan a poner en la mirilla a los Estados «parias» con «acceso potencial» a las armas nucleares. Mejor aún: por primera vez, la directiva prevé la utilización de armas nucleares en el campo de batalla si las tropas estadounidenses fueran objeto de un ataque químico o bacteriológico.

Es el inicio de ese concepto en el que todo cabe de «armas de destrucción masiva». Se sitúa en el mismo plano a las bombas atómicas de última generación, a los gases de combate de la Primera Guerra Mundial y a los envenenamientos bacteriológicos, mientras que sus capacidades y usos son totalmente diferentes.

El documento clasificado tensa el discurso de los dirigentes norteamericanos. Así, en enero de 1998, cuando el vocero del Pentágono, Kenneth Bacon, es interrogado sobre la posible respuesta de los Estados Unidos a un ataque con ántrax por parte de Irak, este responde que Washington «no considera ni excluye» ningún arma en particular. Ha caducado así la prohibición de recurrir a las armas nucleares contra potencias no nucleares.

El presidente de la Duma rusa, Gennady Selezyov, declara como reacción que «la amenaza real del recurso a las armas nucleares» podría llevar al mundo «al borde de la Tercera Guerra Mundial». Interrogado por el ministro de Relaciones Exteriores Evgueni Primakov, el embajador de los Estados Unidos en Moscú, James Collins, hace publicar un comunicado en el cual se puede leer que los Estados Unidos «no tienen el deseo ni la intención de utilizar armas nucleares contra Irak», pero la ambigüedad no es totalmente esclarecida: el texto oficial indica que «no descartamos de antemano ni una sola de nuestras capacidades militares disponibles en una situación en la que [los Estados Unidos], nuestras tropas o nuestros aliados fueran atacados por armas químicas o biológicas». La conclusión es aún mucho más ambivalente: «Somos capaces de dar una respuesta devastadora sin recurrir a las armas nucleares. Sin embargo, no descartamos de antemano ninguna de nuestras capacidades militares disponibles».

Este no es más que un comunicado oficial de la embajada estadounidense en Moscú y no del contenido de la directiva presidencial, sin embargo, pone de manifiesto una modificación de la doctrina militar estadounidense, pues se hace eco de las palabras de William Perry, secretario de Defensa del presidente Clinton en abril de 1996. Interrogado sobre el descubrimiento de una fábrica de armamento químico en Libia, este alto dirigente norteamericano declaró: «Si alguna nación atacara a los Estados Unidos con armas químicas, debe temer las consecuencias de la respuesta de cualquier arma de nuestro arsenal (...). Podríamos dar una respuesta devastadora sin recurrir a las amas nucleares, pero no renunciaremos a esta posibilidad» [5].

Por otra parte, Washington ha abandonado su autoprohibición de golpear con armas nucleares a países no nucleares: estos deben, además de no tener armamento atómico, ser signatarios del Tratado de No Proliferación y no ser aliados de un Estado nuclear, lo que restringe considerablemente el campo de la prohibición. Irak, en efecto, puede considerarse al mismo tiempo «un mal alumno» del TNP, incluso un aliado de Rusia o Francia, dos países que disponen de la bomba atómica. Es igualmente el caso de Corea del Norte o Irán. Así, el campo de los posibles se amplía para los halcones norteamericanos partidarios de la erradicación de los «Estados-paria» por vitrificación nuclear.

Bombas nucleares tácticas

En ese momento los analistas consideraron que Washington modificaba en profundidad su doctrina estratégica para mostrar mejor su hegemonía militar. En realidad, ya el Pentágono trabajaba en la elaboración de armas nucleares tácticas, es decir, directamente utilizables en el campo de batalla. En el centro del programa, el recurso al uso del uranio empobrecido para las municiones y el blindado de los vehículos, pero también la concepción de minibombas nucleares (llamadas mini-nukes) que permitirían la destrucción de bunkers subterráneos.

Este programa experimentaba un nuevo impulso con el regreso, en enero de 2001, de una administración republicana a la Casa Blanca bajo la presidencia de George W. Bush. Los acontecimientos del 11 de septiembre, que permiten en un primer momento reiniciar los proyectos del arma espacial [6], le permiten a Donald Rumsfeld presentar un informe oficial periódico, titulado Revisión Cuatrienal sobre la Defensa, que contiene la estrategia de su ministerio para el mandato presidencial [7].

En este informe, un anexo secreto, cuya existencia fue revelada al Congreso el 10 de enero de 2002 mediante una carta de Donald Rumsfeld, se titula Revisión de la postura nuclear [8]. Según el secretario de Defensa, la disuasión debe ser pensada a partir de ahora en términos de capacidades, es decir, de las diferentes formas de utilización.

La nueva doctrina de disuasión norteamericana debe basarse por lo tanto en tres pilares: la posibilidad de golpes ofensivos (incluidos los nucleares), los medios de defensa activa y pasiva (los sistemas antimisiles y otros) y la capacidad de adaptación y de reconstitución de las fuerzas defensivas. Como lo analiza William M. Arkin en Los Angeles Times [9], el interés de este discurso es el de no seguir considerando la bomba atómica como el arma última, sino como un arma «convencional» que no debe dudarse en emplear. Peor aún, también según William M. Arkin, la Revisión de la Postura Nuclear estudiaría el uso del arsenal nuclear contra Rusia, China, Irak, Irán, Corea del Norte, Libia, Siria e incluso contra Estados árabes sospechosos de amenazar la seguridad de Israel.

Esta voluntad de recurrir al armamento nuclear, no sólo como medio estratégico de disuasión, sino como arma en el campo e batalla, ha conducido a la administración Bush a lanzar un importante programa de desarrollo de armas nucleares tácticas llamadas mini-nukes. Su interés, según sus partidarios del Pentágono, residiría en su capacidad para destruir los bunkers subterráneos utilizados especialmente por el ejército de Milosevic en Kosovo o aún las bases secretas de Al Qaeda en el interior de las montañas afganas, sin que por el contrario se produzcan efectos radioactivos mortales en la zona atacada.

Este es un argumento rechazado por los expertos militares que afirman que los progresos realizados en la física de explosivos permiten en este momento la destrucción de tales objetivos con las armas convencionales disponibles. Según su opinión, las dificultades de las armas norteamericanas para alcanzar los bunkers están más relacionadas con su incapacidad para localizar sus blancos que en una falta de eficacia del armamento utilizado.

Por otra parte, un estudio publicado por las FAS (Federación de Científicos Norteamericanos) [10] demuestra sin dificultad lo absurdo de tales armas: la capacidad de las ojivas penetrantes más perfeccionadas, por ejemplo la bomba B61-11, para hacer penetrar profundamente una carga nuclear con una potencia igual al uno por ciento de la bomba de Hiroshima está lejos de ser suficiente. Las más eficaces sólo penetran 30 pies en el suelo, mientras tendrían que alcanzar al menos 230 pies para que la explosión nuclear fuera totalmente contenida y evitados los efectos radioactivos masivos. No existen y no existirán en un futuro próximo ojivas que puedan alcanzar tal profundidad sin dañar gravemente los sistemas de detonación nuclear.

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Los Álamos, su laboratorio de investigación nuclear y sus 10 000 empleados, que han escapado al desempleo gracias al programa táctico de George W. Bush.

Doble utilidad

¿Cómo puede explicarse el empecinamiento de los dirigentes de la Defensa por desarrollar este nuevo tipo de armas? En un informe presentado al Congreso, la CIA evaluaba en más de 1 400 el número de objetivos subterráneos a escala planetaria, lo que justificaba aún un poco más la realidad de la amenaza. Dos móviles pueden explicar esta voluntad del Pentágono:
En primer lugar el desarrollo de minibombas nucleares satisface ampliamente los intereses de los laboratorios de armamento nuclear como el Livermore National Laboratory o el Los Alamos National Laboratory [11]. Los lazos entre la administración Bush y el complejo militar-industrial no necesitan demostración [12].

A principios de los años 90, luego del hundimiento del bloque soviético y de los primeros acuerdos de reducción de arsenal nuclear estratégico, se considera cerrar uno de los dos laboratorios. Inmediatamente se hacen oír las primeras voces favorables al programa. Es el verano del 91: un equipo de científicos de los Los Álamos envía un informe al Defense Science Board titulado Utilizaciones potenciales de armas nucleares de débil potencia en el Nuevo Orden Mundial.

Consecuentemente, el general Lee Butler, entonces a cargo del Strategic Air Command crea un grupo de trabajo sobre la disuasión que presiden el ex secretario de la Fuerza Aérea, Thomas Reed, y el coronel Michael Wheeler. Vinculan al mismo a un asombroso panel de personalidades: en él se encuentran John Deutch, futuro asistente del secretario de Defensa y director de la CIA; Fred Iklé, ex asistente de la Secretaría de Defensa y copresidente de la Commission Wohlstetter; la actual consejera para la Seguridad Nacional Condoleezza Rice, así como el futuro director de la CIA James Woolsey [13].

Casi simultáneamente, en un artículo de Strategic Affairs publicado en el otoño de 1991 y titulado « Countering the Threat of the Well-armed tyrant » («Impedir la amenaza de un tirano bien armado»), dos analistas del laboratorio de Los Álamos, Thomas Dowler y Joseph Howard, explican que los Estados Unidos no tienen respuesta apropiada frente a un dictador que haga uso de armas químicas o biológicas contra las tropas norteamericanas; recurrir a las armas nucleares menos potentes tendría un efecto devastador y por lo tanto «autodisuasivo». El artículo argumenta así que «(...) armas nucleares de muy poca potencia podrían constituir una respuesta eficaz para contener al enemigo durante una crisis de ese tipo, sin que por lo tanto se violaran las reglas de la proporcionalidad de las fuerzas».

Manifiestamente, los abogados del programa de mini-nukes se basaban, durante la Guerra del Golfo, en los temores de que «el cuarto ejército del mundo» (según palabras de Dick Cheney, entonces secretario de Defensa), de Sadam Husein, utilizara armas químicas y biológicas contra las fuerzas de la Coalición, a fin de obtener los créditos necesarios para el programa.

En segundo lugar, el anuncio de la próxima implementación de tales armas podría inaugurar un nuevo tipo de disuasión «del fuerte hacia el débil». En efecto, el recurso al arma nuclear «convencional» mediante misiles balísticos ha perdido en credibilidad y por lo tanto en potencial de disuasión. Por el contrario, amenazar a los Estados no nucleares con «golpes nucleares limitados» podría fortalecer la hegemonía militar estadounidense en el campo de batalla y disuadir a los enemigos de Washington de recurrir a armas bacteriológicas o químicas.

La idea es retomada en diciembre de 2002 en un nuevo documento publicado en el sitio de la Casa Blanca titulado National Strategy to Combat Weapons of Mass Destruction. El informe subraya que los Estados Unidos se reservan el derecho de responder con todos los medios disponibles, especialmente nucleares, en caso de ataque químico, biológico, nuclear o radiológico contra ellos, sus fuerzas desplegadas en el extranjero o contra países amigos y aliados.

Si bien no hay que descartar la parte de bluff que constituye este tipo de declaración oficial, tampoco se debe subestimar el carácter belicista de algunos de los más virulentos halcones de la administración Bush. Poco después de los atentados del 11 de septiembre, Thomas Woodrow, ex oficial de la Defense Intelligence Agency, preconizaba la utilización de armas nucleares tácticas contra las bases de Bin Laden. Paul Wolfowitz, secretario adjunto de Defensa, declaraba que, llegado el caso, el Pentágono no vacilaría en dar «un gran golpe» capaz de «liquidar a los Estados que apoyan al terrorismo». En aquel momento, la lista de estos Estados, establecida por Donald Rumsfeld, comprendía cerca de 60 países [14].

El órgano crea la función

Sin embargo, suponiendo que los mini-nukes no estuvieran destinados a un verdadero uso táctico, sino a amenazas disuasivas en el plano estratégico contra Estados no nucleares, estas sólo serán creíbles si se les utiliza al menos una vez, como demostración. Tanto más cuanto que la gente comienza a preguntarse si existen verdaderamente o si todo esto no es más que un espantapájaros.

Durante el ataque a Irak, algunos miembros del Estado Mayor preconizaron la utilización de minibombas nucleares contra la población para crear un estado de embotamiento y un sentimiento de dominación total. Es la teoría del Shock and Awe (provocar un estado de shock para hacerse respetar). La guerra habría sido entonces una demostración de fuerza dirigida al mundo árabe-musulmán, como las explosiones de Hiroshima y Nagasaki fueron decididas para impresionar a las URSS y no para vencer a Japón [15].

George W. Bush ha renunciado a este proyecto, por una parte porque el terreno no se prestaba para ello, y, por otra, porque escogió presentar esta campaña como una «liberación» de Irak. Para los halcones, esta es una partida pospuesta: el reino del terror dirigido a los Estados no nucleares podría suceder al equilibrio del terror frente a la URSS.

[1] Este episodio es relatado en Affaires Atomiques, de Dominique Lorentz, Editorial Les Arènes, Francia, año 2001.

[2] Atlas des Relaciones internacionales, bajo la dirección de Pascal Boniface, Hatier, Francia 1997.

[3] Affaires atomiques, (asuntos atómicos) op.cit.

[4] USA: Echec et Mat?, (EEUU: jaque mate) por el general Henri Paris, Jacques-Marie Laffont Éditeur, Francia, año 2004.

[5] Fuente: «U.S. Nuclear Policy: Negative Security Assurances», Arms Control Association, marzo de 2002.

[6] Ver: «Une "divine surprise" pour Donald Rumsfeld», Voltaire, texto en francés, 14 de diciembre de 2001.

[7] Quadrennial Defense Review Report, US Department of Defense, 30 de septiembre de 2001.

[8] Una copia de la carta está disponible en http://www.defenselink.mil/news/Jan

[9] «Secret Plan Outlines the Unthinkable», por William M. Arkin, diario Los Angeles Times EEUU, 10 de marzo de 2002.

[10] «Low-Yield Earth-Penetrating Nuclear Weapons», por Robert W. Nelson, Journal of the F.A.S., enero/febrero de 2001.

[11] «Mini-Nukes, The New Threat», por Cristina Hernández, Tierramerica, 19 de enero de 2004.

[12] Ver: «Le Carlyle Group, une affaire d’initiés», texto en francés, Voltaire, 9 de febrero de 2004.

[13] «The Ghost of Bertrand Russell Stalks Cheney-Rumsfeld Pentagon», por Jeffrey Steinberg, Executive Intelligence Review, 7 de marzo de 2003.

[14] «Attack Bolsters Nuke Lite Lobby», por Jeffrey St. Clair y Alexander Cockburn, Counterpunch, 18 de septiembre de 2001.

[15] «Donald Rumsfeld ‘n’exclue pas’ l’expérimentation de mini-bombes nucléaires sur les cobayes irakiens», texto en francés, por Thierry Meyssan, Voltaire, 17 de febrero de 2003.

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