No fueron los campesinos andinos quienes descubrieron las cualidades sicotrópicas de la coca ni los colombianos los inventores del tráfico de drogas. Tampoco están en el Tercer Mundo los responsables de la tolerancia y las inconsecuencias que han hecho prosperar al narcotráfico. Tras la intencionada confusión se oculta otra sórdida historia.
Poco antes de que tuviera lugar el debut de la coca en el mundo elegante de occidente, los colonialistas ingleses libraron contra China las primeras guerras relacionadas con las drogas.
Entonces no fue para impedir el narcotráfico, sino para fomentarlo.
Desde épocas remotas, los mercaderes europeos adquirían en China: porcelanas, sedas, fragancias, te y otras mercaderías, generando cierto déficit comercial. Para compensarlo, Gran Bretaña decidió exportar opio a China, operación desplegada durante más de cien años.
En 1773 Inglaterra vendió en China 75 toneladas de opio que representaron un ingreso de 250 mil libras esterlinas.
El cuadro de enviciamiento masivo y de corrupción generalizada, promovido por la impunidad con que operaban los traficantes británicos, condujo al emperador chino a prohibir la entrada de la droga y a apelar a la reina Victoria: «La riqueza -escribió- de China esta siendo aprovechada para beneficio de los bárbaros. ¿Que derecho tienen ellos de correspondernos utilizando drogas venenosas para dañar a nuestra población?»
La respuesta británica fue invadir militarmente a China por atentar contra la libertad de comercio y desatar las Guerras del Opio, en las que el país asiático fue derrotado, imponiéndosele onerosos tratados que le arrancaron concesiones territoriales, entre ellas, la pérdida de Hong Kong.
Por aquella época, un médico alemán, de la hoja de coca aisló el clorhidrato de cocaína, es decir la cocaína y el neurólogo italiano Paolo Mantegazza, describió sus cualidades medicinales y en 1884 otro europeo inventó la anestesia local, en ese mismo año Sigmund Freud publicó su ensayo ’Ueber Coca’ y en 1901, el norteamericano William Golden Mortimer dio a conocer un exhaustivo estudio sobre las bondades de la planta.
Tanto mérito no podía pasar inadvertido a empresarios y comerciantes.
En 1863 un imaginativo farmacéutico francés, Angelo Mariani, lanzó al mercado el ’Vin Mariani’, fabricado a base de extractos de la hoja que se convirtió en una popular bebida.
En la década de los noventa del propio siglo, la empresa farmacéutica norteamericana Parker Davis produjo y comercializó, no sólo con fines terapéuticos sino también recreativos, polvo para inhalar, ungüentos y cigarrillos a base de coca. En 1891 nació la actual CocaCola.
Por una magnifica conexión, los chinos, enviciados por los británicos e importados para trabajar como peones en el ferrocarril para la conquista del oeste norteamericano, llevaron a Estados Unidos el hábito de fumar opio.
En 1890 el Congreso Federal prohibió a los norteamericanos fumar opio y en 1906 se dicto la Chinese Exclusion Act, con la creencia de que sin chinos no habría opio y en 1922 se declaró ilegal la cocaína. Era tarde. Las mismas drogas que un día envilecieron a los chinos para sanear las finanzas británicas, alcanzaron las élites europeas y norteamericana.
Para realizar sus objetivos, los narcotraficantes han montado extensas rutas y conexiones que funcionan corrompiendo, asesinando e intimidando.
El círculo se cierra cuando los países por donde transita la droga, se ven obligados a asumir los costos económicos, morales, humanos y de seguridad del fenómeno y librar la guerra contra una actividad cuyo objetivo es trasladar droga a Estados Unidos y Europa, donde la mercancía se realiza sin mayores contratiempos.
Mientras en Asia, Centro y Sudamérica, México y el Caribe, las autoridades, gobernantes y jueces con valor y honestidad para enfrentar peligros y rechazar sobornos, junto con periodistas, maestros, religiosos y otros elementos de la sociedad civil, libran una batalla heroica contra el narcotráfico, las metrópolis, responsables del problema, se permiten ser tolerantes y permisivas, llegando incluso a legalizar el consumo.
Cuidar las fronteras norteamericanas del alud de drogas y proteger a su juventud es una tarea que los países del Tercer Mundo han echado sobre si.
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Paradójicamente, los Estados combaten las organizaciones criminales, en las que ven una autoridad rival, pero esas organizaciones sólo pueden prosperar a la sombra de esos mismos Estados que, al prohibir ciertas actividades económicas, de hecho les conceden el monopolio sobre ellas. Es evidente que, ante los métodos modernos de vigilancia, las organizaciones criminales sólo pueden perdurar y extenderse gracias a la existencia de cómplices dentro de los aparatos estatales que logran penetrar y corromper.
La oscuridad en la que se mueven y su presencia en los aparatos estatales hacen de las organizaciones criminales herramientas perfectas para la realización de acciones políticas y militares de carácter secreto. Por ejemplo, Estados Unidos apeló a la colaboración de la Cosa Nostra durante la preparación del desembarco aliado en Sicilia y recurrió a los clanes yakuzas para pacificar Japón. Siguiendo esa línea, Estados Unidos armó a los cárteles colombianos de la droga contra las guerrillas latinoamericanas y utilizaró la Organizatsiya para acelerar la descomposición de la ex URSS. Más recientemente, también armó y pagó las organizaciones criminales en Irak para erradicar la resistencia en ese país.
Los Estados utilizan además a las mafias en la aplicación de sus propias narcopolíticas. Durante la guerra del opio (de 1839 a 1842), el Reino Unido organizó en la India el cultivo de la amapola del opio e impuso su consumo en China. Francia, Estados Unidos y Rusia se asociaron a aquella política como medio de garantizar su propia expansión colonial. Hoy en día, los anglosajones están reproduciendo nuevamente aquel modelo de dominación económica. Para ello explotan el cultivo de la amapola en Asia Central y el de la coca en los Andes, a través de gobiernos títeres, y utilizan el Pacto de Viena para justificar la represión contra los productores rivales y contra las insurrecciones rurales.
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Fuente : «Norte-Sur: la droga de cada día», por Jorge Gómez Barata , Altercom, Red Voltaire , 31 de agosto de 2006, www.voltairenet.org/a143258
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