Red Voltaire
Una alarmante dicotomía en los procesos regionales

Unidad histórica e integración suramericana

«...quienes pretenden que Bolívar
consideró a la América como un todo,
a la manera de los imperialistas,
simplemente sirven a éstos...»
 [3]

| Caracas (Venezuela)
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Adán Muñoz, Elementos del paisaje, 1976

Para el siglo XVI, la administración colonial española había organizado el vasto territorio occidental y del sureste suramericano en tres virreinatos, siguiendo las fronteras de las macroregiones indígenas originales: el virreintato del Perú, el virreinato del Río de La Plata y el virreinato de la Nueva Granada. El este de Suramérica y las Antillas, territorio compartido por el imperio español y el reino de Portugal y, en menor cuantía con los imperios de Inglaterra, Francia y los Países Bajos, fue estructurado en divisiones administrativas de carácter relativamente difuso tales como provincias y capitanías, para tratar de encuadrar administrativa y económicamente la variedad de poblaciones organizadas en señoríos, cacicazgos y etnias independientes que se hallaban en ese inmenso territorio. En el siglo XIX, la gesta independentista liderizada por Simón Bolívar quebrantó la estructura del imperio colonial español, dando origen a la formación de los actuales estados nación, y a una tradición integracionista continental que se inicia en 1826 con el Congreso Anfictiónico de Panamá.

El proceso de formación de los estados nacionales en Suramérica, cargado con todas las rencillas territoriales heredadas del viejo régimen colonial y sesgado por la ideología panamericanista del imperio estadounidense, fue convertido por las oligarquías nacionales en una camisa de fuerza que impide el conocimiento mutuo de las similitudes históricas y culturales, tanto de nuestro pasado como de nuestras presentes experiencias sociales y políticas, dividiendo nuestros pueblos para hacerlos presa fácil de la hegemonía imperial. Promover la integración suramericana-caribeña es imperativo para preservar nuestras soberanías amenazadas por el ALCA, proyecto imperial neocolonial que ya ha absorbido a México, Centroamérica, República Dominicana, Ecuador, Chile, Colombia y Bolivia.

Un ejemplo positivo de integración multinacional es el de la Comunidad Europea, iniciado a mediados del siglo XX como una mancomunidad económica y militar, sobre la cual se construyó un proceso más amplio con base al reconocimiento de historias compatidas, de valores y actitudes comunes como vía para la construcción de una identidad histórica multinacional europea. Ya existe en Suramérica y el Caribe una dimensión cultural del proceso de integración que lo consolida, de historias nacionales compartidas, de los elementos sociales y culturales comunes necesarios para construir una verdadera identidad histórica entre los países suramericanos y caribeños que sientan sinceramente esta vocación.

Los pueblos de Suramérica y el Caribe nos reconocemos hoy como formando parte de dos tradiciones históricas formadas con los componentes legados por las culturas aborígenes y afroamericanas y la colonización española y portuguesa, por una parte, e inglesa, holandesa, francesa afroamericana, amerindia y chinoamericana por la otra: 4 idiomas básicos con sus diferentes variantes regionales, diversas culturas, religiones, relaciones étnicas e instituciones sociales. Los suramericanos y caribeños de distintos orígenes hemos vivido incomunicados, ignorándonos o enfrentándonos, presos del localismo de las historias nacionales, ignorando que tenemos una historia compartida que se inició hace decenas de miles de años con la llegada de las primeras poblaciones humanas al continente y culmina, transitoriamente, con las luchas sociales que mueven la vida de nuestros países en la actualidad. Tenemos asimismo, todavía, un pobre nivel de información y de conocimiento de la realidad de nuestros pueblos, situación agravada por las campañas de desinformación mediática que tienen como objetivo, precisamente, contrarrestar todo proceso de verdadera integración regional o subre-gional favoreciendo, al contrario, la iniciativa neocolonial del ALCA promovida desde el centro de poder del imperio angloamericano.

Sin embargo, los gobiernos suramericanos y caribeños que tratan de liderizar la magna tarea de la integración regional o subregional, no le conceden todavía prioridad a los procesos culturales y educativos que nos conducirían hacia el conocimiento mutuo y la recuperación de nuestra historia compartida, a la explicación de nuestras diferencias en esa perspectiva histórica, de las bases sobre las cuales se construye nuestra identidad como colectivo histórico, social y cultural.

El inicio de la unidad histórica suramericana

Los primeros grupos humanos que llegaron a Suramérica entre 30 y 12 mil años antes del presente, hallaron un enorme territorio cruzado, al oeste, por la cordillera de los Andes que corre paralela a las costas del océano Pacífico, desde el mar Caribe hasta las tierras australes del Cabo de Hornos. Al este de los Andes se extiende una vasta región dominada por enormes formaciones selváticas y de sabanas que tiene por límite el océano Atlántico. Esta peculiar situación geográfica tuvo una influencia determinante en el destino de Sur-américa. Las primeras oleadas de población humana pasaron desde Asia hacia América cruzando Behringia, antiguo corredor terrestre que unía la península de Kamchatka, Siberia, con la de Alaska, e ingresaron posteriormente a Suramérica vía el itsmo de Panamá durante finales del período Pleistoceno, cuando el nivel del mar se hallaba alrededor de 120 metros por debajo del actual, colonizando al inicio todo el sector occidental del continente.

Decenas de miles de años después, durante el actual período Holoceno, cuando se comenzó a desarrollar la formación social capitalista y su expansión colonial a partir de finales del siglo XV de la era, los primeros grupos europeos que migraron hacia América navegaron el Atlántico y comenzaron a conquistar y colonizar a Suramérica y el Caribe.

Los primeros grupos de cazadores recolectores paleoasiáticos entraron a Suramérica y se dispersaron hacia el sur y el norte de la cordillera andina, a lo largo del litoral pacífico, desde Tierra del Fuego hasta la Guajira y la cuenca del lago de Maracaibo, cuando aún vivía la fauna pleistocénica: grandes herbívoros como la pereza gigante o megaterio, los elefantes o mastodontes, caballos, tigres dientes de sable o milodontes, lobos, camélidos, gliptodontes, etc.

La ocupación del territorio andino por dichas poblaciones permitió que éstas desarrollaran modos de vida que les permitieron lograr un progresivo dominio de los diversos ambientes y recursos naturales existentes tanto en el litoral pacífico como en los valles serranos y altoandinos. Hacia el este, otros recolectores-cazadores habitaban cuevas en el planalto brasileño, evidenciando que las poblaciones humanas ya habían comenzado a desplazarse hacia las riberas atlánticas en períodos muy tempranos.

A inicios del Holoceno, hace 10 a 9 mil años, mientras en el este de Suramérica la población de recolectores cazadores del interior se extendía desde el norte de Argentina, Uruguay y el sur de Brasil hasta las riberas del río Orinoco, en los Andes Centrales y el norte de Argentina los recolectores cazadores altoandinos iniciaban un proceso de sedentarización marcado por el descubrimiento del cultivo de plantas como los frijoles, el ají y otros productos vegetales, y la domesticación de camélidos como las llamas y las alpacas. Hacia el año 7000, otras poblaciones humanas se habían asentado en las costas del Pacífico y del Atlántico, dando origen a un nuevo modo de vida basado en la pesca, la recolección de moluscos y bivalvos marinos, la caza terrrestre y la recolección de vegetales.

En el este de Suramérica, otros grupos recolectores, cazadores, pescadores se extendían desde la isla de Trinidad, la península Paria, la isla de Margarita y el noroeste de lo que es hoy Guyana hasta el actual estado de Santa Catarina, Brasil. Posteriormente, hacia el año 4 mil antes de ahora, aquellas antiguas poblaciones del noreste de Venezuela, Trinidad y Guyana descubrieron la domesticación de los cultígenos tropicales y la navegación de alta mar, abriendo el camino a la colonización suramericana de las Antillas.

Las bases culturales de la sociedad suramericana contemporánea

En la costa caribe colombiana y en el litoral pacífico de Ecuador y de Perú, hacia el año 8000 antes de ahora, se habían establecido formas de integración, socioeconó-micas y culturales, entre los recolectores, pescadores, cazadores costeros y las poblaciones sedentarias de los valles andinos, sobre las cuales se fundarían, posteriormente, los estados «prístinos» de la región andina. En el lapso comprendido entre los años 6000 y 4500 antes de ahora, florecieron aldeas agroalfareras en la costa caribe colombiana, la costa del Guayas, Ecuador, y en la costa del Perú, iniciándose un desarrollo poblacional y tecnológico que hizo posible la expansión económica tanto del área central andina como de su periferia a partir de un régimen clasista, políticamente centralizado, categoría que describen clásicos como Marx y Wittfogel como Modo de Producción Asiático o Despótico [1].

Ese desarrollo estaba fundamentado en el poder de las sociedades urbanas, con un sistema de producción basado en la agricultura de regadío, el cultivo en terrazas, la ganadería, la metalurgia, la producción artesanal de tejidos y de alfarería, y la arquitectura monumental en piedra.

Cuando llegaron los españoles en el siglo XVI, las élites políticas del Cusco, vía la conquista armada, habían impuesto al resto de las poblaciones andinas, desde Chile y Argentina hasta el Ecuador, un vasto estado imperial regido por el Sapan Inka, el cual resumía la milenaria experiencia exitosa de organización socioeconómica y militar desarrollada por los pueblos andinos.

En la periferia septentrional de dicho imperio, Colombia y el occidente de Venezuela, se desarrollaron también sociedades altamente complejas de tipo estatal. En el caso de Venezuela, muy posiblemente desde 3500 años antes de ahora ya existían en el valle de Carora, Lara, aldeas sedentarias donde ocurrió la domesticación secundaria de plantas como el maíz, la auyama y otros cultígenos, la manufactura de una alfarería reminiscente de la de Valdivia, costa de Guayas, Ecuador, culminando en el siglo XVI de la era con el desarrollo de sociedades tipo estado como la caketía y la timoto-cuica, organizadas en centros proto-urbanos basados en la agricultura de regadío, el cultivo en terrazas, la producción artesanal de tejidos, alfarería y bienes suntuarios.

El desarrollo paradigmático de la sociedad andina tuvo efectos muy atenuados en las sociedades tribales del oriente de Suramérica. El cultivo de plantas tropicales fue descubierto en la región de Paria, Venezuela y el noroeste de Guyana, hacia 4200 años antes de ahora. En Brasil, el descubrimiento de la alfarería y el cultivo de plantas tropicales se efectuó también en fechas similares. En la República Dominicana, hacia 4000 años antes ahora inmigrantes provenientes del oriente de Venezuela introdujeron el método para cultivar y procesar la yuca amarga, aplicándolo también a especies locales de tubérculos como la guáyiga.

Sin embargo, el carácter disperso de las poblaciones orientales de Suramérica, concentradas principalmente a lo largo de los grandes ríos y en las cuencas lacustres, la falta de rebaños de ganado domesticable y el carácter estacional de los modos de trabajar, dependientes de los ciclos anuales de los ríos, propició el desarrollo de un sistema sociocultural que funcionaba también cíclicamente, bloqueando el proceso de acumulación progresiva de conocimientos tecnológicos y experiencias sociales como el ocurrido en la región andina del occidente de Suramérica.

Sin embargo, las poblaciones hablantes de lenguas tupi-guaraníes, arawakas y caribes colonizaron el extenso territorio que va desde las bocas del Río de La Plata, Argentina hasta la cuenca del Amazonas y de allí hasta la cuenca del Orinoco, la costa caribe y las Pequeñas y Grandes Antillas, fundando importantes centros protourbanos como -entre otros- Marajó en las bocas del Amazonas, Brasil, Barrancas en las bocas del Orinoco y otras poblaciones social y estructuralmente complejas en los llanos altos de Barinas y Apure, los valles de Carora y Quíbor y la cuenca del lago de Valencia, Venezuela, y también sociedades tipo estado en las Grandes Antillas conocidas como taínas, en Quisqueya (Haití-Santo Domingo), Borinquen (Puerto Rico) y Cuba [2].

Expansión capitalista a Suramérica y sus consecuencias sociales

La expansión del modo de producción capitalista mercantil europeo y su consecuencia obligada, el colonialismo, primero hacia el Caribe y luego al resto de Suramérica, tuvo lugar hacia finales del siglo XV. Venezuela, el Caribe y Brasil se convirtieron a partir de aquel mismo momento en la caja de resonancia de los cambios que anunciaban el nacimiento de la sociedad capitalista y el mercado organizado a escala mundial. Este importante evento que cambió la historia de la Humanidad, tuvo un impacto devastador en las sociedades aborígenes del occidente y del oriente de Suramérica.

En aquellas regiones del occidente, y particularmente del área andina, donde existían sociedades clasistas, la colonización española reforzó los procesos de dominación y explotación ya existentes sobre las masas indígenas, esta vez para beneficio del Virrey y de su élite nobiliaria dirigente, alter ego del Emperador de España y su corte, que habían asumido el papel del Sapan-Inka, o del Zipa y el Zaque, dejando intactas las burocracias locales que habían dominado y explotado a las poblaciones aborígenes de la periferia del poder.

Propiciaron, asimismo, el desarrollo de sociedades autárquicas, aisladas de las corrientes de la historia mundial, como medio de preservar su férrea dominación sobre ellas, las cuales eran mayoritariamente indígenas y mestizas.

Los indígenas de esas sociedades coloniales virreinales producían el oro, la plata y las piedras preciosas que atesoraba el capitalismo mercantil como indicador de la riqueza de los estados e imperios, causa de la rápida transformación, para el siglo XVIII, del mercantilismo europeo y angloamericano en capitalismo financiero, comercial e industrial.

Los indígenas andinos productores de esa enorme riqueza que cambió la historia universal desde la colonia, han seguido hasta el presente sometidos a la explotación de oligarquías criollas racistas, neocolonizadas por el imperio angloamericano, que reproducen, modernizada, la misma mentalidad de sus antecesores: todo para nosotros, los privilegiados, nada para el pueblo inferior cholo, mestizo o negro. De esa manera, el hecho histórico de aquellas sociedades virreinales coloniales y las consecuencias ideológicas que ello ha tenido sobre las oligarquías que las han reemplazado, se ha convertido en una traba para el desarrollo sociohistó-rico soberano de las mayorías populares de sus países.

La rápida sumisión por parte de esas oligarquías y sus gobiernos al ALCA impuesto por los angloamericanos, es la consecuencia esperada de su condición neocolonial.

Las colonias del oriente suramericano y el Caribe bañadas por las aguas del Atlántico, conformaban de cierta manera la contrafigura de las naciones atlánticas y mediterráneas que comenzaban a constituirse como núcleo duro del capitalismo mercantil. El imperio español se preocupaba fundamentalmente por asegurar la explotación de minerales y materias preciosas en sus colonias andinas, así como su transporte a través de las diversas rutas caribeñas para llegar al Atlántico. De allí la importante red de fortificaciones construidas desde Portobelo a Maracaibo, Puerto Cabello, La Guaira, Araya, Santo Domingo, Puerto Rico, Cuba y Veracruz, que custodiaban las llaves para la entrada y salida de dichas riquezas al mar Caribe y de allí al Atlántico.

A partir de los siglos XVII y XVIII, la estrategia económica del imperio español fue la de desarrollar la producción de azúcar, melazas y ron, de café, tabaco y cacao, de cueros de res, de carne salada o cecina, maderas duras, etc. en sus colonias de Cuba, Puerto Rico, La Española, Brasil y Venezuela.

Especialmente en este último caso, se extrajo el mineral de hierro, el oro y el algodón producido en las misiones capuchinas catalanas de Guayana. Igual estrategia aplicaron el reino de Portugal y los imperios de Inglaterra, Holanda y Francia en sus enormes colonias de Brasil y las Guayanas, ya que aquellas mercancías eran requeridas tanto para satisfacer los hábitos consumistas adoptados por las nuevas burguesías económicamente satisfechas de Europa Occidental [3], como materias primas para potenciar el capital variable y el capital fijo requeridas por el naciente capitalismo industrial.

Al mismo tiempo, inyectaban un cierto flujo de dinero en las burguesías de estas colonias para colocar las mercancías producidas en Europa Occidental o importadas desde Asia: porcelana, loza semi-industrial de uso doméstico, vinos, ginebra, cerveza, quesos, jamones, telas finas, herramientas, armas y -clandestinamente- libros, peródicos y panfletos que contenían un armamento muy poderoso: las ideas políticas y filosóficas producidas por los intelectuales de la Ilustración, las cuales causaron gran impacto en los líderes de los futuros movimientos independentistas.

Una vez producida la ruptura política con el imperio español, la relación comercial se transformó en una nueva forma de dependencia necocolonial política, económica y cultural. La sabia previsión que tuvo Simón Bolívar al tratar de crear en Suramérica un gran bloque multinacional como la Gran Colombia, que permitiese eventualmente juntar recursos humanos, naturales y económicos y conformar alternativas válidas frente a los imperios europeos y frente el naciente imperio angloamericano, fue desechada por las nuevas oligarquías republicanas, más interesadas en expandir sus negocios personales que en defender los sagrados intereses de sus respectivas patrias. Ello propició la fragmentación de la unidad suramericana en nueve estados nacionales totalmente ausentes de las realidades nacionales y regionales, pero atados a los intereses estratégicos de los nuevos imperios mundiales.

¿Hacia una integración subregional?

Las sociedades de tradición igualitaria del oriente de Suramérica a diferencia del lugar secundario que ocuparon en los intereses estratégicos de los imperios español y portugués desde el siglo XVI, pasaron -a mediados del siglo XX- a ser la región más vital para las transnacionales, gracias a que poseen materias primas para tecnologías punta, lo que aceleró la creación y acumulación de capitales en esta fase financiera del capitalismo.

El siglo XX se había iniciado con agudas confrontaciones entre las potencias capitalistas europeas como Alemania, Francia, Inglaterra, Italia, Bélgica, y los Estados Unidos, por el control de los territorios y las materias primas estratégicas que se hallaban en África, Asia y en América Latina. Venezuela, objetivo apetecido por sus recursos petroleros, fue bloqueada por las flotas europeas bajo la excusa del cobro de una miserable deuda, con la finalidad inconfesada de obligarla a entregar sus riquezas. También bajo la excusa de la Doctrina Monroe, Estados Unidos logró ahuyentar a sus competidores europeos quedándose con la propiedad de las concesiones petroleras vía la Standard Oil Company, asociado con sus primos anglogermánicos de la Dutch Shell.

En Brasil y Argentina, la entrada a la modernidad se completó con una masiva inmigración de mano de obra europea calificada que, aunada al potencial de las poblaciones locales, pudo promover un proyecto de países con metas avanzadas. En el siglo XIX, Sarmiento había propuesto la educación como meta esencial del desarrollo de Argentina para romper las secuelas del atraso colonial y neocolonial.

En el siglo XX, la educación se convirtió en la base del desarrollo científico-técnico, industrial, petrolero y agropecuario de ese país, el más avanzado de la América Latina, hasta que, a finales del siglo, llegó el Fondo Monetario con sus teorías de ajuste neoliberal y simplemente -como cantaría Carlos Puebla- mandó a parar ese desarrollo autónomo que no estaba en los libros que leen los teóricos del FMI. Felizmente, hay nuevos gobernantes como Néstor Kirchner que sí leen los libros sobre la apasionante saga de Argentina y aman a su patria.

En Brasil, el siglo XX fue también una época signada por los esfuerzos para vencer el atraso. El gesto asombroso de extraordinarios patriotas como Luis Carlos Prestes y sus compañeros, fue un llamado angustioso a la sociedad brasileña para motivarla a una toma de conciencia sobre la necesidad de construir un país moderno, justo y democrático. Los militares brasileños con Getulio Vargas a la cabeza, iniciaron luego un modelo desarrollista que efectivamente promovió el desarrollo científico-técnico, petrolero y económico, particularmente en el enclave de los estados del sur del país, hasta colocar a Brasil como la octava economía mundial, pero no resolvió el problema de la injusticia social, la pobreza y el atraso de millones de brasileños que viven en la geografía de esa nación gigante. Es así como surgió, a partir de los años sesenta, una importante formación de intelectuales brasileños, quienes junto con otros científicos sociales argentinos y venezolanos desarrollaron el estudio del capitalismo y su incidencia en la dependencia, el subdesarrollo y el atraso en América Latina.

De la misma manera, surgió una Teología Católica de la Liberación a la par de una Teología Liberadora emanada de las iglesias evangélicas que jugaron un papel importante en el triunfo electoral de Lula da Silva. Lula representa la praxis de esa teoría social, teniendo como objetivo promover la justicia social, acabar con el hambre y la pobreza de los marginados urbanos, de los campesinos sin tierra desarraigados de su propia vida.

Cuba, representante del polo caribeño del bloque regional en formación, fue la ultima colonia en independizarse de España en 1889, para convertirse luego, bajo la enmienda Platt, no solo en un protectorado estadounidense, sino en el lugar de recreo para los turistas del Norte que buscaban sexo y prostitución, casinos, cabarets y alcohol, todo bajo la protección de la mafia y los consorcios que profundizaron la monoproducción colonial del azúcar, condenando al pueblo cubano y particulamente a los campesinos a jornadas cíclicas de trabajo malpagado, desempleo, miseria, ignorancia y a la sumisión a una élite social corrupta que tenía su billetera en Cuba, mientras su corazón y mente estaban en New York y en Miami.

La revolución cubana, liderada por un extraordinario líder y humanista como Fidel Castro, secundado por brillantes revolucionarios románticos como el Ché, lograron en 1958 iniciar una Revolución Social que el mismo imperio estadounidense, por sus errores teóricos y prácticos, se encargó felizmente de radicalizar hacia el socialismo científico. Hoy día, transcurrido más de medio siglo, vemos como Cuba es el único país hispanoamericano que -como lo ha reconocido la Unesco- ha logrado vencer el subdesarrollo estructural, promoviendo en su población altísimos niveles de educación, desarrollo cultural, salud, preparación científico-técnica y deportiva, de solidaridad social con el resto del mundo subdesarrollado expresada en su importante contribución de educadores, médicos, agrónomos, entrenadores deportivos, etc., de primera línea.

En Venezuela, como ya sabemos, un pueblo irredento mayoritario, gobernado desde el siglo XIX por oligarquías económicas y élites políticas neocolonizadas, incapaces y corruptas, logró finalmente en 1998 llegar a la cita con su destino [4]. Más de siglo y medio de atraso, miseria, corrupción e ignorancia han dejado una huella profunda en la sociedad venezolana, distorsionando totalmente sus valores sociales y éticos. A partir de 1937, los gobiernos represivos moderados invirtieron una parte de la riqueza petrolera en el desarrollo del sistema educativo y de salud. Entre 1949 y 1958, el gobierno militar puso en práctica, por primera vez, un proyecto orgánico de país, desarrollista y nacionalista, el Nuevo Ideal Nacional, que fundamentó la infraestructura material de la modernidad venezolana.

A partir de 1958, los partidos del Pacto de Punto Fijo, con una mentalidad sectaria y revanchista, detuvieron aquel proceso iniciando la desnacio-nalización de la sociedad venezolana para finalmente tratar, en 1989, de entregar el país al Fondo Monetario y a la voracidad de las transnacionales. La Revolución Bolivariana ha logrado en cinco años revertir el curso degenerativo de la sociedad venezolana, iniciando un proceso de cambio histórico pacífico y democrático. Quizás la conquista social más relevante, por ahora, es haber logrado movilizar las capacidades creadoras de las diferentes clases sociales que conforman el pueblo venezolano para poner en marcha cambios revolucionarios en educación, salud, trabajo, industria y defensa nacional, para que los propios ciudadanos, no sólo el Estado, sean garantes de la continuidad del cambio histórico bolivariano.

Retos del presente

En el proceso de integración continental se vislumbra, hasta ahora, como una dicotomía. donde hallamos -por una parte- los cuatro países nombrados, los cuales constituyen el todo más dinámico de un bloque regional de naciones soberanas que escogieron desarrollar su futuro potenciando sus propias capacidades sociales, culturales y materiales. El ALBA podría estar destinado a jugar un papel importante en la conformación de una nueva sociedad surame-ricana e incluso mundial. Por otra parte, hallamos, por ahora, un bloque de gobiernos de la vertiente pacífica-caribeña suramericana, que han preferido rendir sus soberanías nacionales al ALCA, al gobierno de las transnacionales angloamericanas, hipotecando definitivamente el futuro de sus pueblos a cambio del puñado de dólares que recibirán las oligarquías que los gobiernan.

[1] Karl Wittfogel. 1957. Oriental Despotism. Karl Marx, Eric Hobsbawn. 1972. Formaciones Económicas Precapitalistas

[2] Mario Sanoja. 1983. De La Recolección a la Agricultura.

[3] Fenand Braudel. 1992. Civilization and Capitalism-I: The Structures of Everiday Life.

[4] Mario Sanoja-Iraida Vargas-Arenas. 2003. Question -No.15.

[5] Miguel Acosta Saignes. 1983. Bolívar: acción y utopía del hombre de las dificultades.

[6] Miguel Acosta Saignes. 1983. Bolívar: acción y utopía del hombre de las dificultades.

[7] Miguel Acosta Saignes. 1983. Bolívar: acción y utopía del hombre de las dificultades.

Mario Sanoja Obediente

Doctor en antropología, profesor titular UCV, investigador nacional nivel IV Conacit, individuo de número de la Academia Nacional de la Historia.

 
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Iraida Vargas-Arenas

Doctora en historia y geografía, Universidad Complutense de Madrid, profesora titular UCV, investigadora nacional nivel IV Conacit.

 
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