Red Voltaire
Charlando en Quito con Rosa Aurora Freyjanes, esposa del preso político cubano Fernando González

«La felicidad que nosotros hemos vivido se va morir de envidia ante la felicidad que viviremos...»

Rosa Aurora relata la inconsistencia de las acusaciones contra los cinco presos políticos de Cuba en EE.UU. y señala la parcialización del «juez» de Miami. Un nuevo juicio reclaman los cinco.

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Rosa Aurora Freyjanes con su esposo Fernando González Llort, uno de los cinco presos políticos cubanos detenidos en los EE.UU.
Foto D.R / Cuba.

Soportando el frío quiteño, tan extraño para la gente cubana, Rosa Aurora Freyjanes, esposa de Fernando González Llort, uno de los cinco presos políticos cubanos detenidos en los EE.UU., recibe a Altercom en la casa de su embajadora en la ciudad de Quito. Detalle intrascendente para los cubanos, fundamental en otros países, donde la lucha por la defensa de los derechos humanos automáticamente se convierte en lucha contra su propio Estado.

Contrariamente a lo que se difunde, en Cuba, la obsesión por la defensa de los derechos humanos de sus ciudadanos es tal vez la luz más importante que tiene su revolución. Así, no es extraño que prácticamente todo ciudadano de ese país pueda contarte que es economista, como el caso de Rosa Aurora, o licenciado en relaciones internacionales como Fernando, o médico, cineasta, psicólogo, músico, ingeniero, matemático, biólogo o actor de teatro, entre otras decenas de profesiones de las que se nutre el país y que, a la par, maneje tal cantidad de información médica que cualquier cubano parece que ha cursado al menos dos años de la facultad de medicina, gracias a que la protección de salud se ha convertido en una constante cotidiana de ese pueblo y su gobierno, como lo reconoce la misma Organización Mundial de la Salud de Naciones Unidas.

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Fernando González Llort
Foto D.R. / Cuba.

Por defender las importantes conquistas de Cuba para su desarrollo humano es que están presos los cinco jóvenes en el centro del imperio. Y por defender a su compañero y a los otros cuatro detenidos es que Rosa Aurora estuvo en Ecuador: «Nosotros, como familia, hemos tratado el tema de la solidaridad y de buscar apoyo en la batalla por la liberación de los cinco, de manera integral».

Ahora ella vino por estas cordilleras de la mitad del mundo. El año pasado visitó Venezuela. Otras esposas y madres fueron para Argentina, donde una de ellas desfiló con las Madres de la Plaza de Mayo, recibiendo su solidaridad desde el conocimiento y la vivencia del atropello. Y también estuvieron en México, Chile... Viajaron por varios países de Europa; allí, por ejemplo, recibieron el respaldo de 116 parlamentarios ingleses que suscribieron una moción para exigir un nuevo y justo juicio a los cinco. «Hemos tenido buenos resultados con parlamentarios mexicanos, argentinos, con personalidades importantes de España y de distintos países» nos relataba Rosa Aurora al dar cuenta del periplo de la solidaridad emprendido por estas mujeres cubanas.

Y es que la estrategia de presionar por un nuevo juicio es uno de los criterios que los abogados defienden con más fuerza, pues en el «juicio» de Miami se dieron innumerables violaciones al procedimiento legal. Nada raro en un país que, autodefinido como el «paladín de la libertad y la democracia», se da el lujo espeluznante de revelar en un estudio sobre la pena de muerte que «en 4.578 casos a lo largo de un período de veintitrés años (1973 - 1995), los tribunales hallaron errores serios y subsanables en 7 de cada 10 penas capitales que fueron revisadas durante el período. En el 85% de los estados con pena de muerte, el índice de error era del 60% o más», según anota Michael Moore en su libro Estúpidos hombres blancos.

Si así se maneja la justicia en los Estados Unidos, nada raro es que la Corte haya cometido más de una violación al proceso, a los derechos humanos de los imputados y a sus familias, máxime si se trata de un caso político en el que, la demencia imperial aduce que el defender al pueblo cubano de acciones terroristas de los grupos cubano americanos afincados en Miami, atenta contra la seguridad de los Estados Unidos. Nada más grave para un Estado, desnudado ante el mundo en sus prácticas de horror con las últimas revelaciones de las torturas en Irak, que enfrentarse a otro Estado, pequeño, pobre e independiente, cuyo pueblo lo defiende hasta la muerte.

«Los abogados son del criterio de que sí es posible que se realice un nuevo juicio, pues es la forma de salvar la cara de la justicia norteamericana que ya de hecho está bastante en entredicho, primero porque no tuvieron un debido proceso ya que se los juzgó en Miami, que es precisamente el lugar donde ellos buscaban información de los grupos terroristas, y es bien sabido que una persona debe ser juzgada en el terreno más neutral, y no precisamente en ese lugar donde la fuerza económica mayor está en manos de las personas que menos quieren a Cuba y que son los cubanos exilados en los Estados Unidos, pero que han sido muy activos en la hora de atacar a nuestro país», argumentaba Rosa Aurora, a la vez que nos relataba una larga lista de violaciones, no sólo a las leyes y al proceso, sino a los más elementales derechos humanos de los detenidos y sus familias.

Mientras ella hablaba, nuestra mente volaba no sólo a las últimas fotografías de la cárcel del ocupado Irak, sino a los miles de testimonios, igual de atroces, que los presos políticos de América Latina denunciaron y siguen denunciando. Torturas ejercidas por los militares criollos entrenados en la Escuela de las Américas, antes, y por los miembros del Comando Sur en las distintas bases de ocupación, hoy en día. Ésto, para hablar de Nuestra América, y no del resto de países avasallados por la fuerza en distintas partes del planeta.

«Ha sido un proceso muy doloroso, porque es la separación del hombre que una ama y que realmente no sabemos cuando vamos a reencontrarnos de nuevo. El tiene una condena de 19 años. Ya va cumpliendo casi 6 en prisión con dignidad», recuerda. «En los años de presidio me acompañará siempre la dignidad que he aprendido de mi pueblo y de su historia» dijo él, antes de que se le dicte «sentencia» en Miami.

«Fernando es un hombre que es muy fácil para convivir porque es un muy afectuoso, muy cálido en la relación de pareja, que siempre está al mínimo detalle de lo que pueda estar pasando con su compañera, que siempre me rodeó de mucho cariño, y que por eso mismo no es el superhombre. Es el hombre cotidiano con el que compartes los grandes y pequeños triunfos, las grandes alegrías, las grandes penas también. Los momentos de felicidad han sido muchos en nuestras vidas. Yo anhelo poder retomar mi vida en el punto donde la dejé... Cuando ve que me invade la tristeza, me dice, no te preocupes no te desesperes, la felicidad que nosotros hemos vivido se va a morir de envidia ante la felicidad que viviremos...» para, a renglón seguido, contarnos también de los otros patriotas, de su calidad humana, de su sencillez y entrega, de su amor por sus hijos... adquiriendo así sentido y trascendencia una de sus primeras frases «nosotros como familia».

Mágicamente sus ojos color mar Caribe, me dicen que ese es el color de su lucha. Ese color de esperanza donde la solidaridad es una práctica cotidiana y también una política de Estado. Solidaridad que siempre la han dado y que ahora necesitan recibirla. Y que, efectivamente, la reciben. Nos cuenta de los grupos de apoyo de los Estados Unidos cuyo mayor esfuerzo ha consistido en que la opinión pública conozca, simplemente, que hay cinco cubanos que están siendo enjuiciados injustamente por realizar tareas de inteligencia para su país, recogiendo información sobre los grupos terroristas de exilados miamenses. Tareas similares a las que cumplen los miles de agentes estadounidenses de la CIA en todo el mundo, a los que condecora el gobierno y de los que se ufanan cada cierto tiempo a través de la industria cinematográfica al servicio de la maquinaria de guerra; y también se emociona al hablar de los grupos de los distintos países latinoamericanos y europeos; de las mujeres, que como ellas, han peleado por sus compañeros e hijos en distintas latitudes. De las posibilidades de acción y de las acciones posibles. De la esperanza de ganar al imperio desde la razón y la justicia.

Por eso, en su alegato González expresó: «La realidad es que a Cuba no le queda otra alternativa que tener personas aquí (en EE.UU.) que, por amor a su patria y no por dinero, la mantengan al tanto de los planes terroristas y le permitan evitarlos siempre que sea posible». Allí recordó que el gobierno estadounidense cobijó al jefe de la policía de Batista Esteban Ventura y a miles de sus «colegas», torturadores y asesinos, que posteriormente fueron usados en acciones paramilitares que han dejado un reguero de sangre humana y millonarios daños económicos. Confió que «algún día Cuba no tenga necesidad de que personas como yo, voluntariamente, vengan a este país a luchar con el terrorismo».

Con fuerza moral, Rosa Aurora clama: «Yo quiero y necesito pensar que tiene que haber justicia en alguna instancia del sistema legal norteamericano». El deseo de esta mujer valiente es compartido ahora por la inteligencia humana y los pueblos del mundo. Así será mientras se sigan contando los días que faltan para que la luz brille en la «justicia» estadounidense, se liberen a los cinco presos políticos cubanos y a todos, nativos o no, que purgan condenas injustas en las mazmorras de los Estados Unidos, se detengan las acciones terroristas contra Cuba, se extinga el bestial bloqueo de más de cuarenta años, se levanten las prohibiciones hacia los ciudadanos estadounidenses para visitar la Isla y se comercie civilizadamente con ella...

Altercom

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