En última instancia, la lucha entre el poder y la sociedad, entre opresores y oprimidos, entre derecha e izquierda se libra en el terreno de las emociones. La derecha pretende organizar el mundo social a partir de las pasiones mezquinas; cálculo, egoÃsmo, cobardÃa, intriga, avidez... La izquierda apela a las emociones generosas: amor, solidaridad, sensibilidad ante el dolor y la belleza, y en el nivel más alto, martirio y heroÃsmo.
Con los jubilados, el heroÃsmo, el martirio y la muerte se han vuelto cotidianos. Un famoso cartel que circuló a los pocos dÃas de la muerte del CHE mostraba una hilera de imágenes, en la primera de las cuales fulgÃa la gorra del Comandante, luego aparecÃa su rostro que en la hilera siguiente se convertÃa en cartel portado por diversas manos que abrÃan paso, en la hilera final, a las grandes masas: la leyenda al pie del cartel rezaba: ¡Cuándo lo extraordinario se vuelve cotidiano hay la revolución!. Los jubilados nos mostraron esa grandeza en su vida inmediata, sin aspavientos, como si esa descomunal fuerza les surgiera de los cuerpos famélicos, de los rostros cruzados de mil arrugas, de las bocas desdentadas.
¡Mas vale morir de pie / que vivir de rodillas!, clamaba xla mÃtica Pasionaria de la guerra civil española. ¡No dijeron que iban a morir por la patria sino que murieron!, coreaban los sandinistas en Nicaragua. Los jubilados lo hicieron sin signos de admiración, sin demostraciones de proeza o hazaña. Como quien, aun en pie, cierra los ojos y se muere dulcemente.
Presiento que la acción de los jubilados va a cambiar la conciencia moral de los ecuatorianos. Y a propiciar otra forma de la polÃtica, totalmente opuesta a la politiquerÃa miserable que reina en la escena pública.
Sumergida en el frÃo cálculo de la aritmética de las fuerzas, la razón polÃtica ha pretendido, desde Maquiavelo, excluir las emociones y la moral. La imagen de impávido de Gutiérrez llevó esa figura a su mayor degradación: no el amoral juego por el poder sino el desecamiento de toda sensibilidad en aras de la mezquina lucha por la supervivencia. Gutiérrez es el personaje ideal de Pablo Palacio: en la exploración interior del personaje, el narrador no encuentra nada salvo el funcionamiento del aparato digestivo. Con Gutiérrez el psicoanálisis deviene en disección anatómica. Que quizá se transforme en autopsia de su régimen.
En las autopsias de los jubilados muertos, seguramente los médicos no encontraron órganos sino una indomable y, a la vez, ternurosa voluntad de vida. Para probar mi vida / no tengo sino mi muerte.