Tropas rusas rescatando a niños osetas de la masacre en la escuela en Beslan perpetrado por terroristas chechenos. Los terrorristas han contado con el apoyo de ciertas fuerzas de Occidente.
Foto Itar-Tass
La comparación es inevitable. A pocos dÃas del tercer aniversario de los ataques del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York y Washington, la Federación Rusa enfrenta su «3 de septiembre», un mega-ataque planeado para provocar el máximo efecto de horror, no sólo en el paÃs atacado, sino en todo el mundo. Al igual que en los atentados de 2001 es fundamental que la dinámica del llamado «terrorismo internacional» sea entendida o interpretada como siendo: el islamismo radical.
En realidad asistimos a un vasto reacomodo estratégico global, en el que el control y dominio de la región del Cáucaso, Asia Central y sus reservas energéticas desempeñan un papel fundamental entre los participantes del ajedrez geopolÃtico y en el que el terrorismo raramente actúa como un factor independiente.
El «Gran Juego»
En el libro colectivo «Terror contra el estado nacional» [1] los objetivos de los ataques del 11 de septiembre fueron descritos como sigue:
«La operación tiene dos propósitos inmediatos. El primero serÃa producir una especie de «efecto Pearl Harbor», creando asà las condiciones para justificar una operación geopolÃtica a gran escala en el Oriente Medio y Asia Central donde Afganistán ocupa una posición estratégica.
El principio básico serÃa provocar una «guerra de civilizaciones» [2], según la lÃnea definida por los ideólogos del Establishment, y promovida por Zbigniew Brzezinski y Henry Kissinger. Con este enfoque, se producirÃa una reacción en cadena de Occidente contra el mundo musulmán. En realidad serÃa una tentativa de reedición del «Gran Juego», implementado por el Imperio Británico en el siglo XIX para disputar con Rusia el dominio de Asia Central, siempre con Afganistán en una posición destacada en el plano estratégico.
En segundo lugar, los ataques proporcionarÃan el pretexto para el establecimiento de un régimen de «manejo de crisis» en la cúpula del Gobierno de Washington, en el que se implementarÃa una serie de restricciones a los derechos civiles, que podrÃan ampliarse para configurar una auténtica dictadura interna, y que serÃa aceptada por una población en un estado de pánico inducido».
La escalada de actos terroristas ocurrida en la Federación Rusa durante las últimas semanas, que culminó con las atrocidades de Beslán, en Osetia del Norte, se enmarca en el contexto de las acciones de Vladimir Putin, no solamente para restablecer el control del Estado ruso sobre los recursos estratégicos del paÃs, sino también en cuanto a su influencia sobre los paÃses de la extinta URSS, como parte de una estrategia para posicionar a Rusia como pivote de un amplio eje de cooperación euroasiática.
Entre las iniciativas de Putin que han provocado el desagrado de Occidente se destaca su ofensiva contra los llamados «oligarcas» rusos, personificada en la acción judicial contra el propietario de la empresa petrolera Yukos, Mijail Jodorkowsky[ [3].
Todo esto fue explicado en el diario del Ministerio de Defensa ruso, Krasnaya Zvezda, por Mijail Alexandrov, especialista del Instituto CIS, de Moscú. Según el analista «la situación en Osetia del Norte precisa ser vista en el contexto de la creciente batalla por el control de la Transcaucasia entre Rusia y las potencias anglosajonas. Los anglosajones pretenden expulsar a Rusia de la Transcaucasia y, para ello, precisan desestabilizar la situación en el norte del Cáucaso y en Rusia en general».
Obligado a una mayor moderación por su cargo de jefe de Estado, Putin no dejó de apuntar en la misma dirección. En sus visitas al hospital de Beslán, en la mañana del sábado 4, enfatizó que «uno de los objetivos de los ataques terroristas era sembrar la discordia entre las nacionalidades y hacer explotar el norte del Cáucaso».
Posteriormente, en un comunicado a la nación, afirmó: «Lo sucedido es un crimen terrorista inhumano e inusitadamente cruel. No es un desafÃo al presidente, al parlamento o al Gobierno. Es un desafÃo a toda Rusia. A todo nuestro pueblo (...). Lo que enfrentamos ahora no son actos individuales de intimidación con ataques terroristas aislados. Lo que enfrentamos es una invasión directa a Rusia por el terrorismo internacional».
Los métodos de desestabilización
La desestabilización de Rusia por la manipulación de tensiones polÃticas entre las poblaciones islámicas de las repúblicas de la Federación y de los paÃses del Cáucaso y Asia Central está en la pauta de los cÃrculos hegemónicos del eje Londres-Washington-Canberra desde la época del Gobierno de Jimmy Carter, en el que, bajo la inspiración del consejero de Seguridad Nacional, Zbigniew Brzezinski, y del orientalista británico Bernard Lewis (autor del conocido «arco de crisis»), la inteligencia anglosajona manipuló los eventos que desencadenaron la invasión soviética a Afganistán y la jihad entre 1979 y 1989.
Vale recordar que Bernard Lewis fue formado por Alexander Benningsen, profesor de la Sorbona, quien profetizaba la destrucción de la URSS por parte de los chechenos, una teorÃa retomada y modificada por Helene Carrere d’Encausse, que imaginaba más bien una presión demográfica en vez de un conflicto de esta naturaleza.
Recordemos también que Afganistán fue el «campo de entrenamiento» de las redes de mujaidines organizadas, financiadas, entrenadas y mantenidas por los servicios de inteligencia de Estados Unidos, Gran Bretaña, Arabia Saudita y Pakistán, de donde provienen gran parte de los «terroristas islámicos» con la denominación genérica de Al-Qaeda.
El proyecto hegemónico de los «neoconservadores» mayoritarios en el Gobierno de George W. Bush, y de sus aliados británicos y australianos, no ha hecho más que actualizar tales planes, como se desprende del manifiesto del Proyecto para un Nuevo Siglo Americano (PNAC, por sus siglas en inglés) [4], Rebuilding America’s Defences : Strategies, Forces and Resources for à New Century. [5].
El propio Brzezinski publicó en 1997 una actualización de sus ideas en el libro «The Grand Chessboard: American Primacy and its Geostrategic Imperative»s [6] en el cual afirma que el interés primero de EE.UU, como primera potencia verdaderamente global, es «asegurar que ninguna potencia rival llegue a controlar Eurasia».
Los acontecimientos en Rusia y a su alrededor hacen pensar en una segunda y más peligrosa fase, la de una estrategia de neutralización del paÃs como actor global en el periodo post-URSS, en la que no puede descartarse la perspectiva de un conflicto generalizado, lo que dependerá, en gran medida, de la reacción de Putin y sus cÃrculos y, también, según The Grand Chessboar, del entendimiento de esa realidad por los demás paÃses.
En conversación con Reseña Estratégica (Brasil), un experto de Washington hizo los siguientes comentarios sobre los recientes ataques terroristas en Rusia: «Me parece que se puede afirmar con seguridad que hay elementos externos involucrados en la acción terrorista en Osetia del Norte, con los siguientes objetivos:
Provocar a Rusia para que lleve a cabo acciones agresivas contra terroristas, tanto en el plano militar como diplomático, lo que debilitará su todavÃa frágil alianza con Alemania y Francia, al tiempo que favorece una reconciliación con los Estados Unidos e Israel;
Preparar el terreno para acciones terroristas posteriores contra Rusia, si Moscú rechaza lo que al mismo tiempo constituye una amenaza y una oferta;
Restaurar la alianza «atlantista» contra Rusia, manipulando la reacción europea frente a las acciones rusas contra el terrorismo.
El objetivo general busca debilitar tanto a Europa como a Rusia, lanzando a una contra la otra y reduciendo la capacidad de ambas para coordinar una resistencia efectiva a las operaciones estadounidenses y británicas en el Medio Oriente y otros lugares».
Definitivamente Vladimir Putin ha puesto los puntos sobre las «Ães». Occidente habla un doble lenguaje cuando pide al Kremlin que negocie con el llamado gobierno en el exilio de d’Ashlan Mashkadov. «¿Por qué no se reúnen ustedes con Osama bin Laden, lo invitan a Bruselas o a la Casa Blanca para iniciar conversaciones, para preguntarle lo que quiere y dárselo, a fin de que los deje en paz?, ha declarado sin ambages [7].
Ciertos sectores en Rusia ven también esto como una buena oportunidad para reconstruir sus capacidades militares y estratégicas, movilizar a la población y debilitar la ofensiva de propaganda mediática contra el paÃs. Desde luego, no se puede obviar que estos sectores han apoyado, o por lo menos no han estorbado los planes de los terroristas. Existen elementos en Rusia −sobre todo vinculados a los oligarcas− que pueden cooperar con elementos externos en una operación destinada a debilitar a Rusia.
La injerencia anglosajona
Destaquemos algunos aspectos:
Lituania acepta en su territorio el Kavkaz Center (o su antena en Inglaterra), desde donde fue difundido el comunicado de Bassaiev en el que reivindicaba la carnicerÃa de Beslán. Ahora bien, la propia Lituania, mediante el canciller holandés Bernard Bot, en su calidad de presidente de turno del Consejo Europeo, pide explicaciones a Rusia sobre el trágico desenlace del ataque en Beslán, como si fuera Putin y no Bassaiev el responsable de la masacre. Vilnius realiza asà un doble juego para desestabilizar a Moscú y perturbar las relaciones euro-rusas.
Chamil Basaiev, en 1991, era presentado como un agente de la CIA cuando participó junto a Boris Eltsin en los acontecimientos de Moscú. En Afganistán recibió entrenamiento de la CIA.
El llamado gobierno en el exilio de la República Chechena está instalado en Londres (donde su presidente, Ashlan Mashkadov, y su portavoz, Akhmed Zakayev, disfrutan de asilo polÃtico) y en Washington (donde su ministro de Relaciones Exteriores Ilyas Akhmadov también disfruta de asilo polÃtico).
El financiamiento del llamado gobierno checheno en el exilio está garantizado por el Comité Norteamericano para la paz en Chechenia, copresidido por el teórico del sistema, Zbigniew Brzezinski, y por su ejecutor Alexander Haig Jr. Está hospedado en un local de la CIA, la Freedom House [8].
Los neoconservadores, con Daniel Pipes [9] a la cabeza, asà como los think tanks, como el Foreign Policy Research Institute (FPRI del que Haig es una de las principales figuras) [10], se han precipitado a saludar la firmeza del Kremlin con la esperanza de arrastrar a Rusia a su lógica de guerra de las civilizaciones. Condenaron al New York Times por haber calificado a los chechenos como resistentes y no como terroristas. Pero no lograron más sus objetivos en este caso que cuando España tras el 11 de marzo, pues Vladimir Putin les respondió: «No hay vÃnculo entre la polÃtica rusa en Chechenia y la toma de rehenes en Beslán (...). Algunos cÃrculos polÃticos en Occidente, nostálgicos de la Guerra FrÃa, quieren debilitar a Rusia como los romanos querÃan destruir a Cartago».
Simultáneamente, la prensa dominante, controlada por estos mismos neoconservadores, no ha dejado de presentar al poder ruso como responsable de los acontecimientos y a Vladimir Putin como un aprendiz de Stalin o un nuevo Zar, según se quiera. La presión estaba clara: obligar a Putin a negociar con el llamado gobierno en el exilio en Londres, es decir, hacer estallar la Federación Rusa a cambio de la etiqueta de «democrática», como aceptó Eltsin disolver a la URSS para ganar los favores de Occidente y enriquecer a su familia y amigos.
Las dos guerras de Chechenia han producido sus cortejos de horror. La injerencia anglosajona tiende a prolongar este drama haciendo al Kremlin responsable por el mismo. Esta criminal polÃtica pudiera suscitar respuestas de igual naturaleza por parte de la Federación Rusa en las zonas de influencia anglosajona y provocar una espiral de violencia en escenarios periféricos como durante la Guerra FrÃa.