Red Voltaire
París-Berlín-Moscú-Pekín

La lenta construcción de la alianza continental

La presentación puramente económica del viaje de Jacques Chirac a China ocultó el conjunto de los esfuerzos de Francia, Alemania, Rusia y China para formar una alianza continental frente a la Coalición Anglosajona. En tres años, los cuatro Estados no sólo han fortalecido sus lazos económicos y culturales, sino que se han puesto de acuerdo sobre cada cuestión territorial pendiente y han aprendido a apoyarse mutuamente en el Consejo de Seguridad. Se preparan para enfrentar maniobras desestabilizadoras internas, para el restablecimiento de Rusia como «containement» (contención) a un previsible conflicto energético que enfrente a los Estados Unidos y China.

| Paris (Francia)
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Vladimir Putin y Hu Jintao

Francia, Alemania, la Federación Rusa y China tratan de acercar sus intereses para formar una alianza continental euroasiática capaz de contrarrestar la Coalición Marítima formada por cinco Estados anglosajones: Reino Unido, Canadá, Estados Unidos, Australia y Nueva Zelanda. Esta estrategia comenzó a diseñarse en ocasión de la llegada de Vladimir V. Putin al Kremlin, en el año 2000, y en el marco de la recuperación nacional de los recursos energéticos rusos.

En primer lugar, París, Berlín y Moscú se han aproximado en cuanto a la cuestión monetaria. Al eliminar progresivamente a los oligarcas, recuperar los beneficios de la explotación de los hidrocarburos y modernizar las estructuras de explotación, Rusia ha vuelto a ser el primer productor mundial de petróleo. El objetivo de V. Putin es convertir los contratos de exportación petroleros de dólares a euros. Ya ha pagado anticipadamente las deudas que tenía con organizaciones internacionales (FMI y Banco Mundial) y ha convertido en euros una parte significativa de sus reservas monetarias.

Por otra parte, Francia, Alemania y la Federación Rusa han conducido una ofensiva común en las Naciones Unidas contra la invasión a Irak por parte de la Coalición Anglosajona. Más recientemente, Jacques Chirac y Gerhard Schröder brindaron su apoyo a su homólogo Vladimir Putin durante un encuentro en Sotchi (Mar Negro) al día siguiente de las elecciones en Chechenia.

El canciller alemán declaró en dicha reunión que, en su opinión, el escrutinio había sido sincero, mientras que las ONG anglosajones denunciaban una farsa masiva. Además, en una serie de declaraciones posteriores, el Sr. Schröder señaló el peligro que representaría para la paz en Europa y en Asia Central un atentado a la integridad territorial de Rusia, es decir, la independencia de Chechenia. Ante las violentas críticas de que era objeto en la prensa, llamó en su ayuda al ex presidente Mijail Gorbatchov quien vino a recordar en Berlín que es Boris Eltsin -y sus consejeros norteamericanos e israelíes- y no Vladimir Putin el responsable de la guerra de Chechenia [1].

El acercamiento chino-ruso

Moscú y Pekín se han aproximado frente a los separatismos regionales, así como en cuestiones económicas. En 2001 crearon la Organización de Cooperación de Shangai (OCS) con Kazajstán, Kirguizistán, Tayikistán y Uzbekistán para coordinar sus esfuerzos contra los intentos de fragmentación. La zona de turbulencia en cuestión es de cultura musulmana, de forma que, desde el punto de vista de Occidente, la OCS ha podido ser interpretada, erróneamente, como una organización de lucha contra el terrorismo islámico. Simultáneamente, Moscú solicitó la ayuda de Pekín para entrar en la OMC, mientras que, recíprocamente, Pekín solicitaba a Moscú que le suministrara la energía indispensable para su vertiginoso crecimiento económico, aunque para ello había un largo camino por recorrer.

Las cosas habían comenzado bien, pero rápidamente cambiaron de rumbo. En aquella época Li Peng había prometido a los rusos que les compraría los equipos necesarios para la construcción de a colosal represa de las Tres Gargantas, mientras que Mijail Kassianov había prometido la construcción de un oleoducto entre los dos países, así como la entrega de 30 millones de toneladas anuales de crudo a los chinos. Pero ninguno mantuvo su palabra: Pekín compró material sueco-suizo a la ABB y, en represalia, Moscú llegó a prohibir a los chinos que participaran en Slavneft. Washington no dejó de echarle leña al fuego al aconsejar a la sociedad Yukos que instrumentara su conflicto con el Kremlin para suspender sus entregas de petróleo a China [2].

Se trataba de una maniobra desagradable, pero de impacto limitado pues Yukos sólo suministra el 3% del crudo refinado en China. Sin embargo, el primer ministro chino, Wen Jiabao, visitó Moscú a finales de septiembre, lo que reciprocó el presidente Putin a mediados de octubre al visitar Pekín, cumbres que permitieron grandes avances.

En el plano político, el caso de Beslán suscitó una toma de conciencia en cuanto a los mecanismos de desestabilización en marcha en la región [3]. Ambos países confrontaron sus informaciones sobre los separatismos chechenio y uigur durante la tercera reunión de la OCS. Tomaron nota de que los dirigentes de las organizaciones terroristas obtuvieron asilo político y financiamiento en el Reino Unido y en los Estados Unidos; intercambiaron informaciones sobre los suministros de armas a los separatistas por parte del MI6 y la CIA; comenzaron a implementar, en el seno de la OCS, un sistema de control de los flujos de financiamiento [4].

Los presidentes Vladimir V. Putin y Hu Jintao solucionaron de una vez su problema fronterizo al firmar un acuerdo que esclarece la cuestión de las islas de Khabarovsk y, principalmente, reafirmaron que Chechenia forma parte de la Federación Rusa, como el Tíbet y Taiwán son partes inalienables de China. ¡Albricias!, Pekín autorizó la reapertura de iglesias ortodoxas. En el plano económico se firmaron acuerdos realistas. China tiene una necesidad creciente de energía, pero Rusia no desea tenerla como cliente exclusivo, tanto más cuanto que los chinos son socios temibles.

Se benefician de las entregas de Kovykta, pero han aprovechado su posición para tratar de pagarlo a un precio inferior al de explotación. Pekín trató en vano de convencer a Moscú de que construyera un oleoducto de 2 400 kilómetros [5] de largo entre Angarsk (Siberia) y Daqing (nordeste de China), pasando por el lago Baikal, única reserva natural marítima rusa. Al final, Vladimir V. Putin optó por construir priorizadamente un oleoducto de 4 000 kilómetros de largo desde Taichet, en el puerto de Nakhoda (frente a Japón y próximo a Corea).

Esta obra, mucho más costosa que el proyecto chino, es totalmente financiada por Tokio y permitirá a los rusos diversificar sus clientes. Para Tokio, es una ventaja que se añade a la firma, el año pasado, de un contrato de explotación del gas de la isla rusa de Sajalín por parte de un consorcio entre japoneses y la Shell. A pesar de esta decisión, que espera aún poder modificar, China aceptó apoyar la entrada de Rusia a la Organización Mundial del Comercio (OMC, anteriormente GATT) cuya candidatura está en pie desde hace diez años. Tendrá que vencer aún las reticencias de los Estados Unidos, especialmente exigente en materia de lucha contra la piratería de productos culturales.

El pacto franco-chino

A raíz del V Encuentro Asia-Europa [6], el presidente Jacques Chirac visitó China para inaugurar las festividades del Año de Francia. Si bien tanto por motivos de política interna, como para no provocar reacciones del otro lado del Atlántico, el viaje fue presentado a la opinión pública francesa como la visita de un representante comercial acompañado por una delegación de grandes empresarios, esto no quiere decir que no tuviera un objetivo eminentemente político.

Pekín está perfectamente consciente de que la búsqueda de energía para alimentar su crecimiento económico se enfrenta a la contracción el mercado petrolero. Dentro de una década, la competencia entre los Estados Unidos y China por el acceso a los recursos llegará al enfrentamiento. Los informes oficiales del Pentágono aseguran que en 2017 el principal enemigo será China [7].

En Washington se concluye que sólo se dispone de diez años para colonizar el medio Oriente y apoderarse del petróleo del Golfo Arábigo-Pérsico. Mientras tanto, en Pekín se considera que se dispone de estos diez años para procurarse un ejército moderno. Así, el presidente Hu Jintao ha exhortado al Ejército Popular de Liberación a prepararse para la guerra [8].

La cuestión es saber si los Estados Unidos atacarán desde Taiwán, Hong Kong, el Tíbet o Xinkiang. En esta perspectiva, los chinos recuerdan que la Francia de Charles De Gaulle fue el primer Estado occidental en reconocer a la China Popular en 1967 a pesar de la prohibición de la OTAN. Fue más fácil hacer resurgir esta tradición en la actualidad, pues el presidente francés, Jacques Chirac, es amante de la cultura china.

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Hu Jintao y Jacques Chirac

En consecuencia, el primer acto político del Sr. Chirac tras su visita fue solicitar que se levantara el embargo de la Unión Europea a la venta de armas a China. Sus declaraciones provocaron la irritación de las ONG estadounidenses como Human Rights in China (HRIC). El embargo fue establecido tras la masacre de la Plaza Tienanmen, hace quince años. Ahora bien, aunque las autoridades chinas no consideren la rehabilitación de las víctimas, resulta muy extraño imputar al régimen de Hu Jintao los crímenes cometidos por el de Yang Shangkun, cuando China ha operado un rápido y profundo cambio.

El Sr. Chirac ha confirmado la instalación de antenas Alliss por parte del grupo Thalès en unos diez puntos fronterizos para interferir las emisiones de radio financiadas por los servicios secretos anglosajones Voice of Tibet, BBC, Voice of America y Radio Free Asia. Esta entrega de material ha provocado la irritación de la ONG francesa atlantista Reporteros sin Fronteras que la calificó como un atentado a los derechos humanos [9].

Poco después se firmó un acuerdo entre los ministros de Defensa, Michèle Alliot-Marie y Cao Gangchuan, que prevé el intercambio de oficiales de enlace y la implementación de una cooperación en materia de medicina militar y de operaciones de mantenimiento de la paz [10].

Al mismo tiempo se habrían tomado medidas para concertar los puntos de vista chinos y franceses en el Consejo de Seguridad. Ya se había observado con sorpresa que Pekín no envió ningún dirigente de importancia a la apertura del período anual de sesiones de la Asamblea Nacional de Nueva York, dejando así mayor espacio a los franceses. La alianza París-Moscú-Pekín uniría por lo tanto a tres de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad.

Claro que el Sr. Chirac no dejó de recordar la oposición de Francia a la independencia de Taiwán y los derechos de China sobre el Tíbet. En el plano económico, China cuenta con la experiencia de las pequeñas y medias empresas (PME) francesas de alta tecnología. Cuenta también, y es lo más inesperado, con su producción cerealera. Por su parte, Francia espera abrirse a un gigantesco mercado, ahora solvente.

Durante el viaje, el representante comercial Chirac contribuyó a la venta de 700,000 toneladas de trigo, 16 trenes para el metro -salvando así a Alstom- de la quiebra, un turboaltenador de central nuclear, un proyecto de helicóptero de tonelaje medio, autos eléctricos, etc., pero fracasó en cuanto a la venta del Airbus A 380. Sea como sea, los numerosos contratos firmados no bastarán para solucionar el considerable retraso de los intercambios económicos entre ambos países, aunque marcan una nueva orientación.

La resistencia cultural

Estos acuerdos políticos y económicos han sido complementados, como es debido, en el plano cultural. Si el viaje del Sr. Chirac inauguraba un año de Francia en China, que se complementa con otro de China en Francia, también se decidió un año de Rusia en China (2006) y otro de China en Rusia (2007). Al margen del viaje, los ministros de Cultura de una veintena de Estados se reunieron en Shangai para preparar la adopción por la UNESCO de la Convención sobre la Diversidad Cultural, un proyecto de Jacques Chirac para luchar contra el «imperialismo subcultural» de los Estados Unidos.

Estos rechazaban parcialmente la libertad humana y afirmaban que las alianzas son impuestas por las condicionantes geográficas físicas. Este mismo pacto continental es hoy promovido por los opositores a la globalización, es decir al imperialismo norteamericano [11].

[1] Ver nuestro dossier : «Tchétchénie: le grand jeu au cœur de la Russie», texto en francés, Réseau Voltaire.

[2] Yukos quiere hacer presión sobre el Kremlin suspendiendo sus ventas petroleras a la China, Agencia AFP, 20 de septiembre de 2004.

[3] Ver: «Beslán: la responsabilidad del ataque genocida apunta a los anglosajones», Voltaire, 19 de septiembre de 2004.

[4] Vladimir V. Putin desea completar el dispositivo de trazado del financiamiento al separatismo implementado en el seno de la Organización de Cooperación de Shangai con una institución equivalente en el interior del Consejo de Europa.

[5] 1,700 kilómetros en Rusia y 700 kilómetros en China.

[6] Ver: «Asiatiques et Européens face aux Etats-Unis» (Asiáticos y Europeos frente a los Estados Unidos) texto en francés, Voltaire, 19 de octubre de 2004.

[7] Ver: Guerre et Mensonge (Guerra y Mentira), Terrorisme d’État américain, por el eurodiputado italiano, periodista y escritor Giulietto Chiesa, Editorial Timéli, 2004.

[8] El presidente chino Hu Jintao llama al ejército de su país a prepararse para la guerra, agencia Reuters, 30 de septiembre de 2004.

[9] RSF ( ONG Reporteros sin Fronteras) denuncia la utilización a fines represivos del material entregado a la China, agencia AFP, 9 de octubre de 2004.

[10] Refuerzo de la cooperación en materia de defensa franco-china, agencia AFP, 19 de octubre de 2004.

[11] Sin embargo, el imperialismo conducido en nombre de los Estados Unidos no es un fenómeno nacional, sino que responde a una superestructura global de la cual los propios Estados Unidos son víctimas. Desde ese punto de vista, la globalización es el sometimiento a esta superestructura. Ver el artículo: Pourquoi je ne suis pas altermondialiste, de André Bellon, Editorial Mille et une nuits, 2004.

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