Red Voltaire
Resistencia a la injerencia

Bielorrusia bajo presión

Desde el derrumbe y desaparición de la URSS, los Estados Unidos han multiplicado los golpes traidores para tomar el control de los Estados ex soviéticos de la región y cercar a Rusia. Si bien lo lograron utilizando métodos igualmente flexibles en Yugoslavia, Georgia y Ucrania, fracasaron en Bielorrusia. Esa particularidad se debe tanto a la identidad bielorrusa como a la expulsión sistemática de los agentes estadounidenses por el gobierno de Alexander Lukachenko.

| Paris (Francia)
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Durante el último decenio, se han sucedido las «revoluciones» en Europa Oriental, aislando poco a poco a Rusia de sus antiguos aliados del Pacto de Varsovia. Nacida del derrumbe y de la desaparición de la Unión Soviética, esa vasta reestructuración parece detenerse sólo con el establecimiento de gobiernos pro Estados Unidos en toda la región. Objetivo final: el derrocamiento del aparato de Estado ruso, actualmente sostenido por el partido Nueva Rusia de Vladimir Putin. Un estrategía ya ampliamente en estudio en los EE.UU y sus aliados de la OTAN.

«Expertos en el Kremlin», «sovietólogos» y especialistas en Rusia de todo género publican de forma regular sus puntos de vista sobre este tema en periódicos de los Estados Unidos, y el candidato John Kerry, apoyado por Mark Brezinski, hijo de Zbigniew, incluso hizo de ello uno de sus temas de predilección durante la última campaña presidencial norteamericana. Vladimir Putin le respondió brindándole su apoyo sorpresa al candidato Bush.

Sin embargo, tras los éxitos alcanzados en Georgia y Ucrania, parece que Washington enfrenta hoy dificultades en Bielorrusia. Ni las advertencias del Departamento de Estado, ni el sostén a las organizaciones no gubernamentales locales, han logrado, por el momento, desestabilizar el régimen del presidente bielorruso Alexandre Lukachenko.

Bielorrusia, «ficha» esencial de la región, es un territorio de más de 200,000 km2 que colinda con Rusia al Este, Ucrania al Sur y los Países Bálticos al Oeste -lo que explica el interés de los Estados Unidos. También se halla en la ruta de las exportaciones de gas natural de Rusia, y en su territorio se encuentra un emplazamiento de radar que vigila las actividades de la OTAN en la región. Sin embargo, en un contexto de adhesión de las ex repúblicas de la URSS a la Alianza Atlántica (OTAN), el país resiste a las tentativas de injerencia llevadas a cabo por Washington desde hace más de tres años.

Una zona de gran turbulencia

Berlín, 1989. Un muro se derrumba, y con él un mundo bipolar regido desde el fin de la Segunda Guerra Mundial por el enfrentamiento entre la Unión Soviética y los Estados Unidos. Privado brutalmente del apoyo ruso, el conjunto de los Estados del antiguo Pacto de Varsovia sufre presiones cada vez mayores por parte de Washington, quien intenta comprar nuevos vasallos a base de dólares y de promesas de adhesión a la Unión Europea.

Estrategia provechosa: durante el decenio siguiente, los países de Europa Central se acercan a los Estados Unidos y, en 1999, tres de ellos se incorporan a la OTAN (República Checa, Hungría y Polonia).

Ese éxito se explica por la buena preparación de Washington. Excepto Condoleeza Rice, quien se negaba a considerar la retirada de la URSS de sus países satélites, los planificadores del Pentágono teorizaron la estrategia norteamericana dirigida a Europa Central y Oriental desde 1992.

Así figura en el Defense Planning Guidance de 1992, dirigido por el secretario de Defensa a la sazón, Richard Cheney, confiado a Paul Wolfowitz y redactado por Zalmay Khalilzad, el asistente de Scooter Libby en el Pentágono.

El documento renovaba la tesis de Wolfowitz según la cual para los Estados Unidos es necesario evitar que surja cualquier competidor potencial a su hegemonía, sobre todo las «naciones industriales adelantadas» como Alemania y Japón.

Eso estaba especialmente dirigido a la Unión Europea, a la cual se pedirá además el mismo año que incluya en el Tratado de Maastricht una cláusula en la que subordine su política de defensa a la de la OTAN [1].

Pero el Pentágono consideraba sobre todo desde esa época una futura ampliación al Este, vital en su opinión para conservar el control de Europa y -¿quién sabe?- abrirse un corredor al petróleo del Caspio. El informe preconizaba así la integración de los nuevos Estados de Europa Central y Oriental en el seno de la Unión Europea, a la vez que los beneficiaba con un acuerdo militar con los Estados Unidos, que los protegía contra un posible ataque ruso.

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Alexander Lukachenko

Es difícil saber cómo los Estados Unidos entendieron la caída del muro de Berlín y consideraron la nueva Europa futura. Sin duda alguna, Washington se encontraba fuertemente implantada en los medios opositores a los regímenes existentes en Europa del Este, sobre todo gracias a su aparato de propaganda, Radio Free Europe. La desestabilización del régimen de Jaruzelski en Polonia por el movimiento Solidaridad a inicios de los años 1980 es un buen ejemplo de ello.

En los meses que precedieron el derrumbe de la URSS, muchos altos dirigentes de los países del Pacto de Varsovia enviaron a sus hijos a estudiar a universidades anglosajonas, lo que permitió a los Estados Unidos preparar el cambio. En un primer momento esa estrategia tuvo cierto éxito en los Estados de Europa Central.

Polonia, la República Checa, Bulgaria, Rumania, cayeron rápidamente bajo la esfera de influencia de Washington. En 1999, la intervención en Kosovo permitió a los Estados Unidos establecerse en los Balcanes. Luego Serbia se libró del pro ruso Slobodan Milosevic, con la ayuda de una de las primeras «revoluciones de terciopelo» patrocinada por George Soros, en el otoño del 2000.

Poco a poco, la Federación de Rusia es cercada: después de los ex miembros del Pacto de Varsovia, las ex repúblicas de la URSS entran en el campo de mira, según la estrategia de «rollback» (rechazo) teorizada por Zbigniew Brezinski. Desde comienzos de los 90, los Países Bálticos están integrados a la OTAN. Georgia, fiel a Washington desde su independencia, es el teatro de un golpe de Estado de terciopelo, en noviembre de 2003, luego que su presidente, Edouard Chevardnadze, cometiera el error de acercarse a Moscú.

En las elecciones en Ucrania de diciembre de 2004 se repite la misma situación, con la victoria rocambolesca del candidato de la OTAN, Viktor Yushchenko, frente a su adversario pro ruso, Viktor Yanukovytch. Primera tentativa en septiembre de 2001 En ese contexto, Bielorrusia, que permanece cerca de Moscú, naturalmente se encuentra en el punto de mira.

Rusia, que ya ha perdido su fachada marítima occidental con los Países Bálticos y ve a todos sus antiguos satélites incorporarse paulatinamente al campo atlantista, tiene en Bielorrusia a uno de sus últimos aliados en la región. Las tentativas de desestabilización ya han comenzado, lo que caracterizaría en caso de éxito la última etapa antes del derrocamiento de la «Casa Putin».

Los primeros síntomas de la voluntad de intervención de Washington en Bielorrusia datan de septiembre de 2001. Mientras que el presidente saliente, Alexandre Lukachenko, se presenta a su propia sucesión, los medios de comunicación occidentales manifiestan su oposición a su régimen, el cual describen como «tiránico», presentándosele a él como «dictador». Como lo demuestra Christopher Desilo en un artículo publicado en septiembre de 2001, la campaña de descrédito se basa en lo esencial en una comparación entre Lukachenko y Slobodan Milosevic [2].

De esa forma, la BBC se refiere, el 6 de septiembre, a «un régimen autoritario con frecuencia comparado al del presidente yugoslavo destituido, Slobodan Milosevic» [3]. En The Guardian, Ian Traynor menciona «al último dictador de Europa».

Como en el caso de la campaña de intoxicación llevada a cabo en Haití contra Jean-Bertrand Aristide en diciembre de 2003, evoca «las tropas de unidad de élite «Almaz» (...) que están aparentemente detrás de los «escuadrones de la muerte» del régimen del cual se dice que ha asesinado o secuestrado a figuras predominantes de la oposición durante los dos últimos años» [4].

Según Ian Traynor, la repetición de un escenario «al estilo serbio» se considera con inquietud por Moscú: «Las discusiones en la capital, Minsk, y en Moscú giran en torno a una situación como la “de Belgrado” donde el régimen escamoteó la victoria [electoral] a la oposición, lo que trajo como consecuencia el desencadenamiento de una crisis política todavía más importante en la calle».

Las elecciones presidenciales deben servir para derrocar al régimen pro ruso de Lukachenko. En todo caso, es lo que se deduce de un editorial del New York Times en el cual se detallan las relaciones incestuosas entre Rusia y su vecino bielorruso: «Moscú es un aliado cercano a Lukachenko, y espera sacar provecho de la situación de Bielorrusia como ruta de exportación para el gas natural ruso y emplazamiento de vigilancia por radar de las actividades de la OTAN.

Incluso existen discusiones poco juiciosas en torno a la reunificación de los dos países, a fin de restablecer el vínculo político existente en época de la Unión Soviética». La advertencia del periódico estadounidense es clara: «Los intereses de Moscú estarían mejor servidos simplemente con la elección de un dirigente ruso más sensato».

Para ello Washington dispone de un contexto bien engrasado, experimentado con éxito en Belgrado: el New York Times afirma que «como voz política de las democracias de Europa, la Unión Europea debe ayudar a los que luchan en el seno de la última dictadura de Europa. El tipo de campaña coordinada entre norteamericanos y europeos que permite impedir a Milosevic cometer fraude en la elección presidencial el año pasado podría ser eficaz en Bielorrusia.

En especial, Bruselas y Washington necesitan unirse a los planes de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa para supervisar a los miles de observadores internacionales presentes en Bielorrusia con miras a controlar las elecciones. La candidatura de Goncharik ofrece a los bielorrusos una oportunidad realista de librarse del tiránico Lukachenko» [5].

Una retórica que recuerda casi palabra por palabra a la empleada en 2003 en Georgia y en 2004 en Ucrania.
Washington no escatima esfuerzos. A inicios de agosto, Radio Free Europe, el instrumento de propaganda privilegiado de la CIA, duplica sus difusiones en Bielorrusia a fin «de suministrar a los ciudadanos [del país] informaciones detalladas y objetivas, y análisis que les serán necesarios para una elección informada cuando vayan a las urnas».

En los meses anteriores, el país ya había sido objeto de una campaña de detracción internacional según la cual los «escuadrones de la muerte» realizarían operaciones de castigo en Bielorrusia, exterminando a los opositores. Dicha campaña tiene como base las revelaciones de dos antiguos responsables de instrucción de la fiscalía bielorrusa, Dmitri Petruchkevitch y Oleg Slutchek.

Los dos hombres huyeron del país, primero hacia Polonia, antes de recibir asilo político en los Estados Unidos. Acusan a un miembro del grupo Alpha (fuerzas especiales bielorrusas), de haber ejecutado a varias figuras importantes del país, sobre todo «al ex vicepresidente del Parlamento, Viktor Gontchar, al ex ministro del Interior Yuri Zakharenko y al hombre de negocios Anatoli Krassovski -del cual no se tienen noticias desde 1999- así como al periodista de la cadena pública rusa ORT, Dmitri Zavadski», por «comercio de armas hacia Libia e Irak, uno de los manás financieros de la tentacular administración presidencial» [6].

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Michael Kozak

En el mismo período, el vocero del Departamento de Estado, Richard Boucher, denuncia «el clima de miedo» existente en el país y las condiciones organizativas del escrutinio [7].

Por su parte, el embajador estadounidense en Bielorrusia, Michael Kozak, declara que los Estados Unidos sólo reconocerán los resultados si se autoriza supervisar el proceso electoral a los observadores internacionales de la OSCE [8].

El gobierno de Lukatchenko, bajo presión, está obligado a respetar sus compromisos internacionales y a aceptar la presencia en su territorio de observadores de la OSCE. Pero Minsk opta por el método fuerte frente a las amenazas que hace pesar Washington sobre el país. En 1998, pasando a la ofensiva, Alexandre Lukachenko hace expulsar a periodistas de una televisión independiente rusa.

El mismo año obliga a un grupo de embajadores occidentales a mudarse de sus agradables residencias en las afueras de Minsk, con el pretexto ridículo de «comprar los terrenos y los edificios a su propia empresa inmobiliaria» [9], una medida agresiva que provoca la partida de numerosos diplomáticos del país. Las autoridades bielorrusas expulsan así a todos los ciudadanos extranjeros sospechosos de pertenecer al dispositivo de injerencia de los EE.UU.

A partir de 1997, las oficinas de la Fundación Soros en Bielorrusia ya habían sido cerradas por el gobierno, en perjuicio del Departamento de Estado norteamericano que decidió a la sazón dar a conocer un comunicado. Por consiguiente, la organización de las «ONG» (organizaciones no gubernamentales) pro EE.UU existentes en Bielorrusia es menos eficaz que en Ucrania y en Georgia, y el movimiento juvenil «Zoubr», copia del movimiento Otpor instalado en Serbia, es menos eficaz de sus idénticos y actualmente muy activos, como el movimiento Pora en Kiev (capital de Ucrania) y gemelo Kmara actuando en Tbilisi (capital de Goergia).

Otro punto débil del dispositivo de Washington: la alternativa política escogida por Washington y encarnada por Vladimir Goncharik carece de credibilidad. Goncharik, ex cuadro del Partido Comunista local convertido en dirigente del mayor sindicato del país, no esconde sus preferencias: en julio de 2001, afirma que no tiene objeción a que Bielorrusia se adhiera a la Unión Europea y a la OTAN [10].

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Vladimir Goncharik

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Para evitar cualquier injerencia en el proceso electoral, las autoridades bielorrusas tratan además de controlar las actividades norteamericanas en esa esfera. A comienzos de agosto, confiscan material electoral puesto a disposición de la oposición por los Estados Unidos y «concebido para ayudar a la oposición democrática del país con miras a las elecciones presidenciales» [11].

A fines de agosto, expulsan a Robert Fielding, un representante del AFL-CIO, que trabaja por cuenta de la NED «acusado de fomentar un golpe de Estado con la oposición en caso de reelección de Lukachenko» [12].

Esos esfuerzos dan sus frutos. Contrariamente a lo que sucedió en Belgrado en 1999, a lo que pasará en Georgia en 2003 y en Ucrania en 2004, el presidente Lukachenko es reelecto triunfalmente con más de 80% de los votos. Estados Unidos, malos jugadores, «niegan toda credibilidad a la elección» y hablan de un escrutinio «no democrático» y «sin significación» [13].

Marie Jégo, del diario francés Le Monde, vocifera junto a los lobos evocando «un resultado digno de la época soviética» [14].
No obstante, los observadores de la OSCE, in situ, no han podido comprobar oficialmente ningún fraude, mientras que todo el mundo coincide en el hecho que el 12% obtenido por el opositor Vladimir Goncharik es ya un éxito para él.

La tregua será de corta duración para Lukachenko. Dos años más tarde, con motivo de las elecciones legislativas, los Estados Unidos volverán a intentar su suerte, una vez extraídas las enseñanzas de su pasado fracaso.

[1] «La política de la Unión en el sentido del presente artículo no afecta el carácter específico de la política de seguridad y de defensa de algunos Estados miembros, respeta las obligaciones que emanan para algunos Estados miembros del Tratado del Atlántico Norte y es compatible con la política común de seguridad y de defensa establecida en este marco». In Tratado de Maastricht, título V, artículo J4, párrafo 4.

[2] «The Meaning of Belarus», por Christopher Deliso, Antiwar.com, 8 de septiembre de 2001.

[3] «Wild accusations herald Belarus vote», por Steven Eke, BBC, 5 de septiembre de 2001.

[4] «Reign of terror in a Soviet time warp», por Ian Traynor, The Guardian, 7 de septiembre de 2001.

[5] «The Bully of Belarus», New York Times, 29 de agosto de 2001.

[6] «Escuadrones de la muerte denunciados en Bielorrusia», por Marie Jégo, diario parisino Le Monde, 3 de julio de 2001.

[7] Belarus Obstructs Election Observation Preparation, Declaración de Richard Boucher, vocero, 10 de agosto de 2001.

[8] «Trouble Brewing Surrounding Upcoming Election in Belarus», Associated Press, 3 de agosto de 2001.

[9] «La Biélorussie, une dictature aux portes de l’Europe» (Bielorrusia una dictadura en la puerta de Europa), texto en fracés, por Natalie Nougayrède, diario francés y parisino Le Monde, 24 de junio de 1998.

[10] «Belarus Opposition Agrees on Single Election Candidate», Agencia francesa de noticias AFP, 23 de julio de 2001.

[11] U.S. Government Equipment Illegally Seized by Belarus , declaración de Richard Boucher, 3 de agosto de 2001.

[12] «Beleaguered Belarus Leader Steps Up Press Crackdown», New York Times, 28 de agosto de 2001.

[13] Citado in «Bielorusiae: escrutinio "no democrático" y "sin significado" / declaraciónn de un portavoz estadounidense», diario francés Le Monde, 12 de septiembre de 2001.

[14] «El presidente bielorruso Lukachenko fue reelegido con un total digno de la época soviética», por Marie Jégo, diario parisino Le Monde, 11 de septiembre de 2001.

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