Red Voltaire
A la globalización neoliberal de las grandes corporaciones

Programas alterglobales

Dada la ambigüedad del movimiento no existe un programa alterglobal, sino una variedad de propuestas surgidas de la crítica común al neoliberalismo. De los cuestionamientos al Foro de Davos surgieron los proyectos que en el movimiento se debaten desde una perspectiva de reformismo mundializado. Esta visión contempla reorganizar la economía internacional introduciendo ciertas medidas de redistribuición global de la riqueza.

| Buenos Aires (Argentina)
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Denuncias y propuestas

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Dada la ambigüedad del movimiento no existe un programa alterglobal, sino una variedad de propuestas surgidas de la crítica común al neoliberalismo. De los cuestionamientos al Foro de Davos surgieron los proyectos que en el movimiento se debaten desde una perspectiva de reformismo mundializado. Esta visión contempla reorganizar la economía internacional introduciendo ciertas medidas de redistribuición global de la riqueza.

Todos los programas altermundialistas plantean atenuar la desigualdad social con transferencias de recursos hacia los países y grupos más afectados por la oleada neoliberal. Proyectan reorganizar las finanzas, los impuestos y el comercio siguiendo tres criterios: frenar el drenaje de fondos que impone el pago de la deuda externa a la periferia, introducir gravámenes progresivos a la riqueza y a las transacciones financieras y establecer reglas de equidad en los intercambios [1].

Con estas medidas se busca reducir la brecha mundial de ingresos que actualmente alcanza proporciones exorbitantes. En un polo se ubica el centenar y medio de multimillonarios que acumulan fortunas equivalentes al ingreso de 3.000 millones de individuos. En el otro polo una de cada dos personas vive con menos de dos dólares diarios, uno de cada tres carece de electricidad, uno de cada cinco no tiene agua potable, uno de cada seis es analfabeto y uno de cada siete se encuentra subalimentado [2].

El objetivo altermundialista es poner fin a este genocidio social con medidas impositivas de impacto inmediato. La más conocida y aceptada es la tasa Tobin, pero algunos autores plantean ir más allá de esta iniciativa y propician un gravamen del 4% al patrimonio de los 225 principales multimillonarios para garantizar educación, salud y alimentación básica para toda la población mundial.

El fondo anual de 80.000 millones de dólares requerido para asegurar esta cobertura podría surgir de impuestos a los bancos y corporaciones, que en la última década acapararon ganancias extraordinarias [3].

Ese monto representa solo la mitad de la riqueza poseída por cuatro grandes potentados del mundo y constituye apenas un cuarto de lo reembolsado con pagos de la deuda externa por la periferia. El propósito altermundialista de frenar la hemorragia de recursos desde las naciones atrasadas hacia los capitalistas del centro es un objetivo radicalmente opuesto a la hipócrita filantropía que practican los gobiernos imperialistas.

Estas administraciones recurren a publicitadas campañas de “ayuda externa” para encubrir su sistemática depredación de las economías periféricas.

Ciertas medidas complementarias de la anulación de la deuda -como la supresión de los paraísos fiscales, la eliminación del secreto bancario y la devolución de fondos ilícitamente sustraídos a los países dependientes- permitirían engrosar un fondo de reparación del saqueo que han sufrido estas naciones [4].

Las campañas altermundialistas también cuestionan el credo librecambista. Impugnan el intercambio con aranceles decrecientes que favorece a los capitalistas del centro en desmedro de los países subdesarrollados. Estas denuncias retratan la forma en que las corporaciones abaratan sus costos, reducen salarios y amplifican la fractura entre exportadores de insumos básicos y productores de bienes elaborados.

Los planteos altermundialistas destacan que Estados Unidos y Europa suelen concertar una agenda de acuerdos y divergencias comerciales que luego imponen a las naciones dependientes. Bajo la pantalla del multilateralismo rige una conciliación de los intereses capitalistas de las corporaciones del centro a costa de las economías periféricas. La prensa convencional suele disfrazar este atropello, presentando como “éxitos de la negociaciones” todos los convenios que favorecen a los poderosos.

Contra este patrón librecambista los proyectos altermundialistas proponen modificar el esquema actual de subvenciones que premia a las ramas vulnerables de las economías centrales y penaliza a los segmentos débiles de los países periféricos.

Interrogantes y tensiones

Los programas en discusión incluyen numerosos interrogantes. No aclaran cuál es el modelo alternativo en el plano económico, ni explican cómo funcionaría un esquema antiliberal. Tampoco definen si el rumbo propiciado es favorable o incompatible con el capitalismo. Las incógnitas son mayores en el terreno político: ¿Qué gobiernos instrumentarían las medidas propuestas? ¿Qué organismos coordinarían su implementación? ¿Cuál sería el sujeto social del curso imaginado?

Las plataformas alterglobalistas no plantean respuestas claras sino un conjunto de posibilidades, a su vez representativas del espectro político que predomina en los foros. En el movimiento actúan tendencias socialdemócratas, antiimperialistas, progresistas, ecologistas, pacifistas y también varias vertientes anticapitalistas del anarquismo, el autonomismo y el socialismo revolucionario. Pero las grandes disyuntivas programáticas suelen girar en torno a dos líneas: el reformismo conservador y el reformismo radical.

Un enfoque promueve la regulación del capitalismo y otra visión alienta la redistribución del ingreso, aún afectando la continuidad de este sistema. La primera corriente asume la perspectiva económica del keynesianismo y la segunda el horizonte del redistribucionismo igualitario. En el plano político ambas vertientes también divergen. El primer enfoque privilegia la asociación con la socialdemocracia y la centroizquierda y el segundo mantiene estrechas conexiones con agrupaciones socialistas y anticapitalistas.

Los dos lineamientos coexisten bajo la sombra del Foro Social Mundial. No confrontan explícitamente, ni expresan sus divergencias con nitidez, porque entienden que esta indefinición contribuye al desarrollo del movimiento. Pero el efecto de esta ambigüedad no es irrelevante e influye de manera desigual. En los hechos conduce a impregnar a todo el alterglobalismo de cierto “sentido común” keynesiano.

La ausencia de clarificación programática entre reformistas conservadores y radicales oculta la existencia de objetivos estratégicos diferentes. Mientras que un ala del alterglobalismo busca reforzar la intervención corriente del estado para garantizar la reproducción capitalista, otro sector pretende ampliar las conquistas sociales que afectan, socavan o contrarían la ganancia. Un proyecto pos-liberal apunta a incrementar el lucro patronal y otro aspira a restaurar y profundizar las conquistas populares.

Ambas posturas transitan caminos diferentes y el análisis de estos rumbos es vital por dos razones. Por un lado, el reformismo conservador tiende a confrontar con los intereses populares y por otra parte, el reformismo radical requiere asumir una perspectiva anticapitalista para tornar viable su proyecto. Estas disyuntivas pueden esclarecerse indagando ciertas estrategias en debate.

Las opciones con la deuda

La política frente al endeudamiento externo de la periferia constituye un primer aspecto de las divergencias altermundialistas. Keynesianos y redistribucionistas coinciden en la necesidad de frenar la hemorragia que desangra a las naciones dependientes y rechazan en común el pago de un pasivo jurídicamente odioso e ilegítimo. También cuestionan conjuntamente las cosméticas propuestas de condonación que publicitan los gobiernos de los acreedores.

Estos anuncios habitualmente excluyen las acreencias del sector privado, encubren refinanciaciones gravosas e inducen al reforzamiento de las políticas neoliberales [5].

Pero la misma crítica desemboca en planteos diferentes. Mientas que el proyecto redistributivo apunta a destinar los recursos negados a los acreedores a satisfacer las necesidades populares, el esquema keynesiano alienta el uso de estos fondos para recomponer los negocios de los capitalistas. El primer curso conduce a la anulación completa de la hipoteca y el segundo a cesaciones parciales de los pagos que terminan favoreciendo el reciclaje posterior de la carga.

Este último camino ha predominado en América Latina. Mediante sucesivas moratorias transitorias las clases dominantes han renegociado el pasivo, descargando los costos de la operación sobre las mayorías populares. Por eso todas las crisis de la deuda han desembocado -desde el crack mexicano de 1982- en mayor pobreza y desigualdad social.

Las moratorias abarcaron a un amplio espectro de países (Bolivia y Perú a mitad de los 80, Brasil y Argentina a principios de los 90, Ecuador en el 2000), pero en ningún caso permitieron reducir los padecimientos de la población. Solo precipitaron el caos económico e incluso fueron utilizadas por muchos gobiernos para desacreditar la resistencia contra los banqueros. Como las clases dominantes locales son parcialmente acreedoras de la deuda, reinician los pagos cuando logran transferir la cuenta a los trabajadores, los campesinos y la clase media.

El canje de la deuda argentina representa el ejemplo más reciente de este manejo de la hipoteca. El default culminó con una renovación de títulos que legitimó el pasivo anterior, benefició a los grandes acreedores y penalizó a los pequeños tenedores de bonos nacionales y extranjeros. La contraparte de la quita aplicada al pasivo ha sido un compromiso de superávit fiscal que deberá solventar la población [6].

Una suspensión del pago de la deuda con fines redistributivos debería seguir un rumbo completamente diferente a estas experiencias. Requeriría propiciar conquistas sociales en lugar de reconstituir el poder de las clases dominantes y apuntalar una resistencia común a través de la formación de un bloque de países deudores.

Sin duda este curso afectaría la estabilidad del sistema financiero internacional, cualquiera sea la capacidad de digestión de la pérdida por parte de los acreedores. Por eso los keynesianos rechazan este camino, mientras que muchas corrientes redistributivas apoyan este rumbo sin tomar plena conciencia de sus implicancias anticapitalistas.

[1] La síntesis más reciente de estos programas fue el “Manifiesto de Porto Alegre” que doce intelectuales suscribieron en enero del 2005.

Este y otros documentos pueden consultarse en las páginas del Foro: www.forumsocialmundial.org.br. Pastor y Boron presentan un análisis más preciso de los programas desde el comienzo del movimiento. Pastor Jaime. Qué son las movilizaciones antiglobalización, Integral, Barcelona, 2002. Boron Atilio. “El nuevo orden imperial y cómo desmontarlo”. Resistencias mundiales, Clacso, Buenos Aires, marzo 2001

[2] Toussaint presenta un detallado análisis de estas comparaciones y diagnósticos. Toussaint Eric. La Bolsa o la vida, Clacso, Buenos Aires, 2004 (Prefacio)

[3] Toussaint La Bolsa (cap 17).

[4] La forma de gestar este sostén es analizado por el “Comité por la Anulación de la Deuda del Tercer Mundo”. CADTM. Les manifestes du posible, Sylepse, Belgique, 2004.(cap 1).

[5] Un ejemplo fueron los anuncios de recorte de la deuda que proclamaron los mandatarios del G 8 a mediados del 2005. Millet Damien, Toussaint Eric. “El espejismo de la ayuda para el desarrollo”. Le Monde Diplo, Buenos Aires, julio 2005.

[6] Hemos expuesto las características de esta negociación en: Katz Claudio. “Quién gana con el canje”. EDI-Publicación de los Economistas de Izquierda, número 1, abril 2005, Buenos Aires.

Claudio Katz

Economista, profesor de la UBA, investigador del Conicet. Miembro del EDI (Economistas de Izquierda).

 
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