Punto Final no es uno de esos periódicos insípidos que llenan los estanquillos. Su objetivo original era dar a los periodistas un espacio libre de la censura y las restricciones a las que estaban sometidos. Aunque cercano al MIR, movimiento revolucionario, su primer editorial mostraba su voluntad de independencia de pensamiento: «Los autores, que por lo general serán periodistas, tendrán absoluta libertad para desarrollar los temas de acuerdo a su conciencia. Eso no quiere decir que Punto Final no tenga una posición. Es democrático y de avanzada. Cree que las grandes masas son las protagonistas de la historia y se coloca a su servicio. Pero no se encajonará en fronteras artificiales, no rehuirá la polémica ni sentirá temor de decir la verdad.» El periódico optó por las técnicas y el lenguaje periodísticos, dejando a un lado tanto el academicismo de las revistas teóricas como el estilo panfletario de la prensa militante.
Hasta 1973 fue objeto de numerosos procesos en nombre de la Ley de Seguridad Interna del Estado y del Código de Justicia Militar. Su director fue varias veces encarcelado, la revista requisada y su circulación prohibida.
En julio de 1968, Punto Final publica en exclusiva el Diario del Che en Bolivia. La revista recibió la copia fotográfica del diario de campaña del comandante Ernesto Guevara, salida clandestinamente de Bolivia con la misión de hacerla llegar al gobierno cubano.
El 11 de septiembre de 1973 los miembros de su redacción fueron perseguidos por los militares. Su director, Manuel Cabieses, fue conducido al Estadio Nacional, transformado en campo de concentración. Interrogado, torturado, fue encarcelado en diferentes campos entre 1973 y 1975, para luego ser expulsado del país y tener que exiliarse en Cuba hasta 1979, cuando vuelve clandestinamente a Chile.
En 1975, en México, ante la comisión internacional que investigó los crímenes de la junta militar chilena, explicó en detalle los días sombríos que había vivido. Después de haber sido golpeado y haber sufrido el simulacro de ejecución en varias oportunidades, fue interrogado sobre sus ideas por el jefe de un grupo de oficiales:
«Me invitó a opinar y así lo hice, defendiendo mis ideales y mi dignidad personal en el debate más espinudo que me ha tocado en la vida» Durante los primeros días tras el golpe de Estado, los prisioneros políticos eran secuestrados en el estadio. «Casi todas las noches, regresaban compañeros desfalleciendo por los golpes y descargas de electricidad que recibían en los interrogatorios. Sin embargo, la moral de los prisioneros era excelente. Surgieron las primeras formas de organización, que más tarde se perfeccionarían a través de los Consejos de Ancianos de los campos de concentración. En el camarín, donde fui elegido jefe, comencé mi “carrera” de dirigente de prisioneros. Pienso que aquel fue el honor más grande que he recibido en mi vida. En la prisión se construyó una nueva relación, fraternal y despojada de sectarismo, humana y leal, entre quienes habíamos discrepado duramente en el pasado. Una lección de unidad comenzaba a alumbrar en las conciencias.»
Pocos son los periodistas que, como Manuel Cabieses, lucharon y luchan aún por el sueño de un mundo mejor. En julio de 1989, cuando las condiciones permitieron su circulación legal, Punto Final volvió a circular y sigue circulando.
Su línea editorial, que es fundamentalmente la de sus orígenes, se ha abierto sin embargo a una mayor diversidad de ideas, de propuestas democráticas y de justicia social, lo que caracteriza la época actual. Su difusión, entre 8,000 y 10,000 ejemplares quincenales, no es la que tenía en 1973, pero la publicación dispone aún de una fuerte influencia tanto en Chile como en el resto de América Latina.
Manuel Cabieses y Raphael Meyssan
Punto Final no es utilizada como soporte publicitario, por lo que no cuenta con la principal fuente de financiamiento de los medios de comunicación. A pesar de la venta en estanquillos y las subscripciones, que constituyen su principal fuente de financiamiento, es deficitaria. Hasta el presente, las pérdidas han sido cubiertas por las contribuciones de grupos amigos de la revista en diferentes ciudades del mundo: exiliados chilenos simpatizantes que organizan campañas de financiamiento.
Recientemente, en Berlín, un grupo de chilenos emprendió la digitalización de antiguos números de la revista a partir de archivos que pudieron ser recuperados. Estos históricos documentos podrán ser consultados poco a poco en Internet.
Así, gracias a la voluntad de sus redactores y al compromiso de sus lectores Punto Final, «la revista que ayuda a pensar», sigue apareciendo cuarenta años después de su creación.
Entrevista con Manuel Cabieses, director de «Punto Final»
Raphael Meyssan: En cuarenta años de existencia de Punto Final y más aún de práctica de periodismo, has visto la evolución de esta profesión. Hoy parece haber más libertad que ayer, pero, ¿te parece que esté verdaderamente utilizada?
Manuel Cabieses: Durante el período de mi vida como periodista se han producido los mayores cambios tecnológicos en los medios de comunicación. Estas tecnologías han permitido liberar al periodismo de muchos obstáculos. Pienso especialmente en la utilización intensiva de Internet, una gran revolución que permite –teóricamente– que cada ciudadano se convierta en periodista. En América Latina estamos muy atrasados en esta evolución, pero hacemos progresos. Desde este punto de vista tecnológico hay una verdadera liberación de las condiciones de publicación y de la censura que lastran normalmente al periodismo. Numerosas posibilidades tecnológicas pueden ser utilizadas, pero me parece que este potencial está subexplotado.
– Has sido perseguido, torturado, encarcelado, exiliado y algunos de tus compañeros han sido asesinados por tu práctica del periodismo político. ¿Cómo ves esta otra práctica del periodismo llamado «objetivo», «no comprometido» que se ha impuesto?
– Como director de Punto Final he experimentado la represión en numerosas ocasiones. En Chile existen hoy muchas más garantías para la libertad de expresión que hace algunos años. No se persigue a los periodistas o son casos muy puntuales y que se producen más bien a nivel de tribunales –diría que de manera «más civilizada». Pero el ejercicio del periodismo en el mundo se hace cada vez más difícil. El número de periodistas muertos en Irak o en Colombia, por ejemplo, es muy elevado. Esto hace del periodismo una profesión arriesgada y peligrosa.
Por otro lado, en países como Chile, donde hay cierta normalidad democrática e institucional, las limitaciones que sufren los periodistas proceden más de la imposición de líneas editoriales que no están de acuerdo con sus conciencias. Es frecuente encontrar periodistas que trabajan en grandes medios –vinculados a la derecha o a la oligarquía del país e integrados en los grandes grupos internacionales de información– que deben trabajar en conflicto con su conciencia.
Las escuelas de periodismo –que en un país tan pequeño como Chile no son menos de 43– están modelando un tipo de periodista sin conciencia, funcional para el sistema. De esas escuelas salen numerosos jóvenes periodistas totalmente vacíos desde el punto de vista de su conciencia. No tienen conciencia de que el periodismo tiene una función eminentemente social, que tiene un deber con relación a la sociedad. Por el contrario consideran al periodismo como auxiliar de los grandes comercios. Sus visiones personales se identifican con los parámetros del éxito social: ganar dinero, vivir una vida tranquila con un buen nivel de vida. Los problemas de conciencia se quedan a un lado.
– ¿Acaso la noción de «objetividad», con frecuencia empleada, no enmascara el hecho de no asumir la responsabilidad de un compromiso en el debate público?
– No estoy tan seguro de lo que dices, pues cualquier periodista relativamente informado de la esencia de su profesión –y aunque se haya formado en estas escuelas– sabe perfectamente que la objetividad no existe, que la objetividad es una palabra vacia. Esto no lo interioriza cuando comienza a ejercer su profesión, sino a medida que avanza y se da cuenta de que el periodismo es un instrumento auxiliar para otros fines diferentes a los suyos, muy alejados de los del pueblo de los que forma parte. De ahí que refugiarse en la objetividad me parezca el colmo de la hipocresía.
– Con la Red Voltaire tratamos de poner en red los periódicos parecidos a Punto Final a través del mundo. El objetivo es especialmente establecer vínculos entre grupos de culturas diferentes, como las de América Latina, Europa y los países árabes. Un proyecto político en este período de choque de civilizaciones hacia el que Estados Unidos quiere precipitar al mundo. ¿Cómo ves este proyecto? ¿Qué soluciones ves para desarticular la ideología del choque de civilizaciones?
– Siento una gran admiración por el trabajo que lleva a cabo la Red Voltaire, por este proyecto ya tan avanzado. Siento una gran admiración por lo que han hecho y por lo que quieren hacer. Lo que hace la Red Voltaire va en el sentido de lo que hablábamos hace unos instantes: utilizar la tecnología actual según un método de organización de la información a fin de hacer que se tome conciencia en el mundo de la realidad en que vivimos y en la que viven todos los países sometidos al imperio actual. Es una gran tarea a la que deberían contribuir muchos medios como Punto Final; hacer lo posible por participar en la misma y apoyarla.
En el fondo, tu pregunta, tal y como la entiendo, aborda la vieja problemática de la lucha ideológica. Los medios, incluidos los medios electrónicos y, claro está, la Red Voltaire, están en el centro de la lucha ideológica. Admítanlo o no, forman parte de la misma. En este aspecto, a través del mundo y en América Latina, que conozco especialmente, tenemos debilidades muy importantes que no nos han permitido utilizar de la mejor manera posible, de la forma más eficaz, los instrumentos existentes –no sólo los medios electrónicos, sino también la prensa escrita, la radio, las televisoras locales. Hay un caos, un desorden que se explica por el hecho de que es un proceso nuevo, que son medios emergentes, pero también por la realidad que ha vivido el mundo a partir de la instauración de un centro hegemónico absoluto, un imperio indiscutible. Todo ello explica una gran parte del problema, pero no todo. Por nuestra parte hay una gran debilidad para unirnos a las organizaciones sociales, a los diferentes grupos políticos contra el sistema para realizar una integración, una coordinación que permita fortalecer estas capacidades que por el momento son frágiles y se encuentran en sus inicios. Pero no hay que ver esto con un criterio pesimista: hay procesos en marcha como Punto Final, la Red Voltaire y otros. Debemos utilizar nuestro corazón y nuestro cerebro para constituir con estas nuevas herramientas un poderoso instrumento de lucha ideológica frente al imperio norteamericano.
Para mayor información:
Punto Final en Voltairenet.org
El sitio Internet de Punto Final