Red Voltaire
Primer biógrafo no autorizado de George W. Bush

La misteriosa muerte del escritor norteamericano James Hatfield

La muerte del escritor norteamericano James Hatfield en 2001 suscitó muchas inquietudes para los intelectuales pero paradójicamente no generó mayor debate o curiosidad en los medios de comunicación de Estados Unidos. Recordemos que Hatfield fue el primero en escribir una biografía no autoriza del presidente George W. Bush donde revela sorprendentes asuntos. Para algunos el escritor se suicidó por la gran presión que causó su libro. Para otros se trata de un asesinato. Este artículo investigativo del periodista James Cogswell que siguió de cerca el trabajo de Hatfield, nos demuestra que el poder lo tenía en la mira al escritor.

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El fallecido escritor estadounidense James Hatfield.

Esta mañana revisé mi archivo con los documentos policiales sobre la muerte de James Hatfield, donde se incluyen las órdenes de arresto y registro relacionadas con su inculpación en un caso de solicitud fraudulenta de tarjeta de crédito, y las copias de unas notas y otras cosas que fueron encontradas junto a él en la habitación 312 del hotel Days Inn en Springdale, Arkansas, donde el gerente del hotel lo encontró muerto el 18 de julio de 2001.

Hatfield era el biógrafo de George W. Bush, cuyo libro El Nerón del Siglo XXI (Fortunate Son, su título original en inglés) fue noticia dos veces en una sola semana el mes de octubre de 1999 antes de ser retirado de circulación y quemado por su propia editorial, St. Martin’s Press.

Este libro causó sensación en los medios de comunicación primeramente por alegar que Bush había sido arrestado por tenencia de cocaína en 1972, pero un juez había eliminado toda huella del suceso en los registros judiciales como un favor personal a su padre.
El libró saltó a la lista de libros más vendidos del New York Times, y en seguida estalló un segundo escándalo. El periódico Dallas Morning News informó de que el propio Hatfield había pasado un tiempo como recluso en Texas por intento de homicidio y malversación de fondos federales.

Se trata de una historia larga y dolorosa, pero, en pocas palabras: St. Martin’s retiró el libro del mercado, un editor neoyorquino roquero punk llamado Sander Hicks se propuso publicar el libro en su editorial Soft Skull Press. El editor se apresuró y en enero de 2000 Soft Skull ya tenía lista su edición de bolsillo de El Nerón del Siglo XXI. Entonces fue cuando entré en contacto por primera vez con Sander Hicks y James Hatfield.

Contacto

Para mí el libro de Hatfield supuso un rayo de esperanza para que una parte de la escabrosa verdad sobre la familia Bush se abriera paso a través de los grandes medios de comunicación antes de que Bush y sus seguidores tomaran de nuevo el control del país. Ya había leído suficientes cosas al margen de los grandes medios de comunicación estadounidenses como para saber que dicha familia no eran en absoluto el tipo de familia media estadounidense con el que querían identificarse.

En el mejor de los casos los consideraba como unos simples mafiosos, pero en el peor de los casos me los representaba como la encarnación contemporánea de la amenaza fascista. Sin embargo el cártel de los grandes medios de comunicación eliminaba todos los aspectos desagradables de su historia familiar para proporcionar una imagen falsa creada por sus propios asesores.

Me puse en contacto con Soft Skull (ediciones en New York) para hacerme con un ejemplar del libro y hacer una reseña de él en American Book Review, así como ofrecerles mi apoyo a su valiente propósito de hacer pública la verdad sobre la familia Bush.

Cuando conseguí mi ejemplar del libro y comencé a leerlo, me sorprendió hasta qué punto se daba en él una imagen humana de la familia Bush. Después de todo el revuelo que levantó el libro, que se centraba tan sólo en los cargos por tenencia de cocaína, esperaba un ataque sin piedad. Aunque el libro no se refrenaba a la hora de dar cuentas de las actividades dudosas de la familia Bush, y no utilizaba al hablar de ellos el típico tono deferente, tampoco los mostraba como demonios. No había odio. Mi mayor sorpresa al leer el libro fue que por primera vez en mi vida sentí compasión por George W. Bush.

La información de la mayoría de los medios de comunicación deja de lado todos los defectos para crear la imagen de un líder mítico, pero nunca evocó a un hombre real. El George W. Bush oficial era un superhéroe de dibujos animados. Como Hatfield no fue reticente a la hora de mostrar su lado sombrío, hizo que los personajes fuesen reales.

De tal modo, cuando describe a George W. como a un niño cuya hermana murió y que tuvo que cuidar de su madre desconsolada, sentí lástima por él. Me di cuenta de que por mi miedo y mi aversión frente a la amenaza que Bush representaba, me lo habían hecho ver también como a un personaje de dibujos animados. Sólo que en mi caso se trataba de un villano.

Ascenso a las alturas y caída

El camino de Hatfield desde el presidio hasta la lista de los libros más vendidos del New York Times fue un triunfo enorme. Tras haber cumplido su sentencia de encarcelamiento, Hatfield superó obstáculos increíbles y rehizo su vida. Volvió a su hogar en Arkansas, conoció a una mujer, se casó con ella y tuvieron una hija. Comenzó una carrera de escritor, empezando con biografías sobre los actores Patrick Stewart y Ewan McGregor.

Cuando lanzó su idea de una biografía sobre George W. Bush, St. Martin’s la concibió inicialmente como un librito de bolsillo que acapararía enseguida las estanterías de los grandes almacenes durante la época de campaña electoral (del año 2000, primer mandato ndlr). Le dieron ocho meses para escribirlo. Pero Hatfield superó las expectativas y el libro comenzó a ser algo más que una recopilación de los recortes de prensa disponibles sobre Bush.

Llevó la biografía a un nivel superior añadiendo fuentes de primera mano y algún que otro análisis agudo. Cuando los documentos acerca de la supuesta detención de Bush por tenencia de cocaína en 1972 salieron a la luz en la página Salon.com, St. Martin’s propuso a Hatfield que incluyera algo sobre el asunto en su libro, subiendo así de libro de bolsillo al rango de libro en pasta dura.

Hatfield dijo que fue a ver a tres amigos y socios de Bush y les informó de que había otras personas dispuestas a confirmar públicamente el asunto de la detención por drogas. Todos admitieron que las acusaciones eran ciertas. Puso toda esta información rápidamente en un epílogo que habría de ser añadido al libro, cuando ya se estaban haciendo las últimas correcciones de las galeradas y se preparaban para la publicación.

Segundo asalto

Cuando sus propios antecedentes penales salieron a la luz y Hatfield mintió sobre ellos, todo comenzó a derrumbarse. Destruyeron el libro. Sufrió una humillación pública. La familia de su esposa descubrió su pasado y empezaron a temer por la vida de su hija.

Cuando [la editorial] Soft Skull retomó el libro, lo sacaron milagrosamente del apuro. Pero los problemas todavía no habían acabado. Y estaban lejos de acabar.

Para la edición de bolsillo de Soft Skull, Hatfield redactó un prefacio que era en sí mismo una bella confesión escrita y que nos proporcionaba una idea del estilo que habría desarrollado si hubiera seguido vivo. Contó su visión de la historia, confesó el crimen que anteriormente había desmentido cuando fue interrogado por la prensa sobre el asunto por primera vez. Desnudó su alma al mundo, dando al mismo tiempo rienda suelta a la musicalidad natural de su voz sureña.

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James Hatfield (izquierda) y David Cogswell (derecha) en la Feria del Libro de Chicago, EEUU en 2001.

Contó que había trabajado para una compañía inmobiliaria en Texas que recibía ayudas del estado. El empleo del dinero se hizo cada vez más corrupto. Dos de los socios, jefes de Hatfield, empezaron a tener una aventura extramatrimonial. Ella le hizo chantaje a él, quien respondió intentando contratar a alguien para que la matasen. James Hatfield se encontraba atrapado en un asunto desagradable y presentó la carta de dimisión con los treinta días de antelación correspondientes.

Pero antes de marcharse, según dijo, entregó cinco mil dólares a un reparador de televisión por cable por medio de un contrato para que pusiera una bomba en el coche de la víctima deseada. Hatfield escribió que el reparador «no era un hombre de muchas luces... y honestamente creía y tenía la esperanza de que simplemente cogiera [el] dinero y saliera corriendo».

Sin embargo, colocaron la bomba. Explotó. No hubo ningún herido. Pero James fue acusado por intento de asesinato y pasó cinco años en la cárcel. Ni la persona a quien le entregó el dinero, ni la persona por la que actuó de tal modo fueron encarcelados.

En su prefacio Jim [diminutivo de James Hatfield] confesó al mundo entero su oscuro pasado secreto, pero desgraciadamente fue demasiado sincero. Al describir el crimen que lo había puesto entre rejas y que más tarde vino a destruir su floreciente carrera como escritor, dio nombres. Y éstos lo demandaron ante la justicia.

Como el libro no había sido rigurosamente examinado por abogados, sus adversarios tenían medios legales para detener la edición y llevar la editorial ante un tribunal. Las distribuidoras no se atrevían a aceptarlo porque también habían recibido amenazas legales. El libro fue eficazmente aniquilado para la campaña electoral del año 2000, cuando podría haber provocado una gran diferencia en unas elecciones que fueron supuestamente resueltas por una diferencia de 525 votos.

Amenazas

El partido de Bush con sus largos tentáculos conocía evidentemente la existencia del libro y lo vigilaba de cerca. Según Hatfield, alguien del partido de Bush se puso en contacto con él y aceptó una invitación para reunirse juntos y ver si iba «por el buen camino». Cuando se encontró con el emisor de la llamada en persona, dijo que resultó ser el propio Karl Rove, el principal estratega y consejero de Bush.

Tras haberse hecho públicas las acusaciones por tenencia de drogas, Hatfield dijo que recibió amenazas por parte de uno de los aliados de Bush que había confirmado dichas acusaciones. Las amenazas se dirigían contra la esposa de Hatfield y su hija de dos meses diciendo: «Si aprecias sus vidas, más te vale renunciar a esa edición».

La presión no cesaba. Jim estaba en libertad condicional, así que la menor infracción (ya fuera tan sólo salir del estado sin permiso) podía llevarlo de nuevo a prisión, posibilidad que lo aterrorizaba.

Amistad por correo electrónico

Cuando mi reseña [periodística] salió publicada recibí un correo electrónico de Hatfield dándome las gracias, y éste fue el comienzo de una intensa correspondencia que acabó convirtiéndose en una parte cotidiana de mi vida durante el último año de la suya.

Fue un tipo de relación que sólo podía haber tenido lugar en la era de Internet.
Intercambiábamos mensajes varias veces al día la mayoría de los días. Era raro que pasaran uno o dos días sin que nos mandáramos algún mensaje.

Hatfield estaba contento de conocerme porque había sido uno de los pocos que había escrito una reseña alentadora sobre él, y por la efusividad con la que mostraba mi respeto y mi aprecio por su persona y por lo que había hecho. Desde el principio se fue estrechando una amistad basada en una afinidad tácita, la misma pasión por escribir y el mismo deseo de sacar a la luz la hipocresía de la familia Bush y el sistema político en general.

Él era por naturaleza más un literato que un periodista. A los periodistas convencionales normalmente les disgustaba, y desconfiaban de él. No era uno de los suyos. No jugaba según sus normas. Y cuando lo pillaban rompiendo una regla caían sobre él como tiburones al acecho de la sangre.

Pero teniendo en cuenta cuánto había en juego (lo extremadamente importante que era averiguar la verdad sobre la familia Bush) y el hecho de que éste era uno de los pocos hombres dispuestos a hacerlo, no le di importancia a las convenciones de los periodistas.

Apreciaba profundamente su valor para decir la verdad, cuando los mismos periodistas que se volvían contra él con tanta saña eran demasiado gallinas a la hora de decir la verdad si se trataba de crímenes en los que había gente poderosa envuelta. Él dijo la verdad, con agallas y pasión. Incluso poseía un corazón lo bastante grande como para sentir compasión por la familia Bush, cosa que estaba por encima de mis capacidades.

Yo entendía perfectamente las afinidades que hay entre las mentes del artista y del criminal. Hatfield era un hombre al borde del precipicio, que se ponía siempre en situaciones límite. Sólo podía hacerme una ligera idea de lo desbocado que debió haber sido su temperamento antes de que los cinco años de prisión lo domasen.

Yo no era quién para ser grosero respecto a su pasado criminal. Lo apreciaba por lo que era. Tenía la sensación de que poseía la habilidad de escribir buenas obras literarias que harían parecer su obra hasta el momento poca cosa en comparación. Cuando comentó la frustración que le producía no ser capaz de que le contrataran para escribir más biografías, le insté a que escribiera sobre su propia vida. La historia de su vida era fascinante, y él era un narrador nato.

–Eres un artista –le dije–. Es un terreno diferente al de la política. Haber estado en prisión no te impide escribir literatura. Muchos grandes escritores han estado en la cárcel. Escribe sobre tu vida. Me encantaría leerlo, y estoy seguro de que a más gente también.

En el mundo de la política se encontraba fuera de lugar, y eso fue lo que acabó con él. Tenía el alma de un artista. Quería ser escritor por encima de todo. Poseía un talento natural y el potencial de redactar una buena obra. Al haber vivido en Texas y tener una agudísima intuición política, sintonizó con el fenómeno Bush mucho antes de que gran parte del país supiera ni siquiera que existía un tal George W. Bush. Se aferró a la idea de hacer una biografía de Bush justo a tiempo para la temporada electoral de 2000. Su elección del momento exacto fue brillante.

No tenía competidores. Era prácticamente el único periodista de los grandes medios de comunicación que iba más allá de una imagen de Bush creada por sus propios asesores.

Tenía la pasión de un artista por decir verdades que otros escritores más respetables y correctos preferían callarse. Aunque había un lado oscuro en él, tenía un aspecto franco y sin pretensiones, la autenticidad de una persona que había descendido a los infiernos. Me parecía mucho más honesto que George W. Bush.

Bajo vigilancia

Durante nuestros intercambios de mensajes por correo electrónico a comienzos de 2001 Jim me dijo que había descubierto que su ordenador estaba pinchado. Me dijo que lo descubrió cuando lo llevó para que se lo repararan. El técnico que lo arregló le dijo que alguien había instalado un dispositivo que capacitaba a dicha persona para controlar el correo electrónico.

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–¿Eso quiere decir que alguien tuvo que llegar realmente hasta tu ordenador para ponerle el dispositivo?– le pregunté. Jim dijo que efectivamente eso quería decir que alguien tuvo que llegar físicamente hasta su ordenador. Se me pusieron los vellos de punta. Jim tenía su ordenador en un despacho que se había instalado en un cobertizo del jardín trasero de su casa. Alguien tuvo que entrar allí.

El técnico puso una alarma en el ordenador que saltaría cada vez que el dispositivo de control fuera empleado. Jim me dijo que la alarma solía saltar siempre que intercambiaba mensajes con ciertas personas que estaban involucradas en política, personas como yo y Mark Crispin Miller.

En parte para deshacernos de la tensión de sentirnos como si estuviéramos bajo vigilancia, yo solía hacer bromas abiertamente en el mensaje sobre el asunto e incluso escribía insultos brutales contra la persona que nos estuviese controlando. Éste es un asunto que llegaría a ser significativo más adelante.

El Nerón del Siglo XXI, tercer intento

Una vez Bush investido presidente, la editorial Soft Skull logró detener el pleito por difamación, y Sander [Hicks] y Jim [Hatfield] intentaron editar el libro una vez más. Para la tercera edición Jim quería que yo escribiera un epílogo para el libro. Me sentí tan halagado de que me permitieran formar parte del libro que le dije que era uno de los mejores amigos que nunca hubiera tenido. La aparición del libro estaba prevista para la Book Expo America [1] en Chicago el 1 de junio de 2001.

Me encontré con Jim y Sander en la exposición en Chicago, y pasamos un par de días juntos con otros colaboradores de Soft Skull y los directores de cine Michael Galinsky y Suki Hawley, que estaban rodando el film Horns and Haloes sobre Jim y Sander.

La BEA era el principal evento del año en el mundo editorial, con representaciones de todas las editoriales de mayor peso. Fue un acontecimiento frenético y excitante. Jim firmó cientos de libros. Jim y Sander promocionaron su libro a los distribuidores y a los medios de comunicación.

Asistimos a una entrega de premios en la que Jim recibió uno por su libro El Nerón del Siglo XXI. En la librería Quimby’s Bookstore hicimos una mesa redonda y se firmaron ejemplares. Y acudimos a una o dos fiestas de editores. Pero el evento más significativo era la rueda de prensa que Sander había organizado para la reedición del libro.

El plan de Sander era revelar las fuentes de Hatfield concernientes a las acusaciones por tenencia de cocaína como parte del lanzamiento del libro. Su teoría era que los estrategas de Bush conocían los antecedentes criminales de Hatfield. Sabían que podían desacreditarlo, así que lo utilizaron para que el asunto de la cocaína estallara al margen de la corriente principal del periodismo.

Esta teoría era más que plausible. De hecho había algo de ineluctable en ella sabiendo cómo actúa la familia Bush. Karl Rove, la mano derecha de Bush, su estratega principal, trabajó precisamente para Nixon, así que aprendió todas sus maniobras del maestro del juego sucio.

Estuviera o no planeado por el partido de Bush, el asunto Hatfield le sirvió a Bush como vacuna preventiva contra las acusaciones respecto a la tenencia de drogas y contra la posibilidad de que se revelase el espectro siempre al acecho de su oscuro pasado. Tras haber ejecutado públicamente a Hatfield, nadie volvió a tocar el tema de la cocaína. Se acabó con ello. Hatfield sirvió de chivo expiatorio.

Los periodistas que se presentaron en la rueda de prensa se dividían entre los desdeñosos y los hostiles. No parece que hubiera ni un solo simpatizante. Todos afrontaban la situación dando más o menos por hecho que Bush estaba libre de cualquier reproche y que Hatfield no era más que un criminal tratando de timarles.

Sander reveló las fuentes estando Jim fuera de la sala, porque Hatfield quería mantener su compromiso de no revelar jamás el nombre de sus fuentes. De hecho, Sander sólo reveló dos de los tres nombres, ambos ejerciendo en el momento actividades políticas. La lógica de Sander residía en que quienes habían servido como fuente habían jugado sucio y ya no había motivos para cumplir la promesa de guardar silencio.

Cuando Jim vio que se enfrentaba a un público hostil aumentó su nerviosismo. Actuó a la defensiva y el diálogo se volvió antagónico.

Una vez terminada la rueda de prensa, los periodistas se entremezclaron y sentí que la cobertura de la conferencia no sería favorable. Su hostilidad y el final abrupto de la rueda de prensa me dejaron un sentimiento de desasosiego. Me atemorizaba pensar que la Casa Blanca fuera a recibir llamadas para confirmar o negar la declaración de Sander. En ese momento Soft Skull había hecho frente abiertamente a la Casa Blanca: al mismísimo Karl Rove, el genio demoníaco. A Sander parecía deleitarle la idea de «sacudir la Casa Blanca». A mí sólo la perspectiva me aterrorizaba.

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George W. Bush (izquierda) y su principal consejero Karl Rove (derecha).

Jim y yo fuimos a buscar un sitio donde poder tomar una cerveza. Jim invitó a un par de rondas y nos sentamos en una pequeña mesa de madera. Abatido como me sentía, a duras penas podía imaginarme por lo que había pasado Jim. Ahora, además de haber escrito un libro desafiante sobre la familia Bush, también había traicionado a Karl Rove dando su nombre como fuente.

Aunque hubiera sido Sander quien lo reveló, el hecho es que Jim había hecho públicas sus fuentes. Era Jim quien había prometido guardar el anonimato. Ahora habían roto la promesa. E incluso si te ponías en el lugar de los adversarios de Jim y pensabas que todo era una mera fabulación, no dejaba de ser una grave afrenta a Rove y a Bush.

¿Dónde puede esconderse alguien de la administración de Bush? Jim tenía pocos elementos que le sirvieran de apoyo. Incluso en su puesto de trabajo para WalMart se encontraba bajo la amenaza de ser despedido por el escándalo que había levantado el libro. Su jefe le había dicho: «Jim, no aparezcas en más titulares, ¿vale?»

Mientras bebíamos juntos nuestras cervezas me daba cuenta de que quizás éste fuera uno de los últimos momentos en que pudiéramos estar a salvo, antes de que llegara a la Casa Blanca la noticia de que un escritor punk había acusado a partidarios cercanos a Bush de haber traicionado secretos de familia. Sólo de pensarlo me daba un vuelco el corazón. ¿Cómo se podía proteger a este hombre?, me preguntaba. Y a mí también. Yo lo ayudaba y era cómplice de su causa. Era también mi causa. Nos podían aplastar como gusanos.

En ese momento Jim era un hombre destruido. Había pasado ya por tantas dificultades, y ahora se preparaba para un nuevo asalto. Habló vagamente sobre las pesadillas que le esperaban cuando regresara a Arkansas, cuando terminara nuestra pequeña juerga de fin de semana. Parecía desprovisto de esperanzas. Sabía que tenía que estar asustado de lo que estaba por venir, pero parecía más bien resignado que aterrorizado.

Sentado al otro lado de la mesa, hundido, era el hombre más vulnerable que hubiera visto en toda mi vida. Su cráneo calvo me parecía frágil como la cáscara de un huevo. Su forma humana, su construcción orgánica parecía tan delicada. Era un simple mortal que había emprendido la tarea de un superhéroe, arremeter él solo contra el poder de la Casa Blanca, la banda de gángsteres más poderosos del mundo de la política.

Se inclinó sobre la mesa, puso su mano en mi brazo y me dijo con su acento cadencioso de Arkansas: «¿Recuerdas cuando me dijiste que yo era uno de los mejores amigos que nunca hayas tenido? Bueno, pues el sentimiento es mutuo, chaval».

Sabía que tenía que apoyarle, pasara lo que pasara, pero ¿qué podía hacer yo si los miembros de la CIA y la Casa Blanca decidían realizar con Jim un castigo ejemplar? Me miró a los ojos, y una súplica iluminó su rostro por un momento abriéndose paso a través de una aceptación estoica de su destino inexorable. Sentí que estaba mirando a los ojos de un hombre condenado.

La información sobre la rueda de prensa iba del desdén al insulto salvaje, excepto por parte de la publicación alternativa en la red Buzzflash.com. Fueron los únicos que seguían pensando que las mentiras de George W. eran un asunto más importante que los antecedentes penales de Hatfield.

Verdades escondidas

Jim parecía verdaderamente sorprendido ante la reacción virulenta del partido de Bush provocada por lo que a su parecer era una biografía justa. Me dijo que sospechaba que en el libro había algo aparte del episodio de la cocaína que «los volvía locos» y eso era lo que los llevaba a tales extremos con tal de suprimirlo. Con su acento melódico me dijo: «No sé qué ocurre con el libro, pero estoy seguro de que no quieren que ande por ahí».

Esta frase me ha vuelto a menudo a la memoria a medida que se desarrollaban los acontecimientos extremos del mandato de Bush. Con el paso del tiempo esa declaración cobraba peso y se hacía más verosímil, y me preguntaba una y otra vez qué era lo que los tenía tan preocupados en todo esto.

Quizá se tratase de la conexión con Bin Laden. El libro atestigua que James Bath, el representante estadounidense de Salem, hermano de Osama Bin Laden, había invertido 50,000 dólares en Arbusto, la compañía petrolera del pequeño Bush. A la luz de los acontecimientos ocurridos tras la muerte de Jim, sospecho que ésa era la parte del libro que con más ahínco querían suprimir. Al leerla antes del 11 de septiembre de 2001, para cualquiera de nosotros, incluido Hatfield, aquella parte tenía un significado muy diferente del que tiene ahora.

Jim pensaba que podían salir a la luz más cosas cuando se relacionaban dos elementos de manera diferente a como se habían relacionado hasta entonces. Eso fue lo que ocurrió básicamente con el asunto de la cocaína. De cierto modo, uno podría haberlo leído entre líneas si hubiera tenido la capacidad de percibirlo.

Antes de que apareciera la información sobre el episodio de la cocaína de 1972, Jim decía que no entendía el periodo de la vida de George hijo cuando éste se puso a trabajar en un centro de ayuda social para jóvenes de barrios desfavorecidos. ¿Por qué un joven vividor, rico y hedonista interrumpió de repente su búsqueda del placer para ponerse a trabajar en un centro de ayuda social? Entonces, cuando Salon publicó la historia sobre la cocaína que en 1972 había sido eliminada de su historial con la condición de que prestara un servicio social, de pronto todo cobró sentido.

Jim sospechaba que había más escándalos de ese tipo escondidos entre las líneas de su libro. La historia de la familia Bush estaba tan ligada a crímenes, maniobras truculentas, actos encubiertos y asesinatos que seguramente había una multitud de hechos escabrosos que se ocultaban bajo cualquier información acerca de los acontecimientos de sus vidas.

Tales escándalos debían verse a la legua a ojos de aquéllos que los conocían y que sabían cómo encajaban entre sí los elementos dispares. Tan sólo quienes podían establecer relaciones entre esos acontecimientos podían haberse hecho una idea clara. Ésa era la teoría de Jim por aquel entonces. No sabía de qué se trataba, pero se figuraba que debía haber algo. Murió antes de imaginárselo. Hecho que me hace volver a las extrañas circunstancias de su muerte.

Los últimos misterios

Tras la rueda de prensa volví a casa, y Jim planeó quedarse unos días en Chicago donde vendría a buscarlo su esposa. El viaje a Chicago interrumpió nuestra correspondencia por correo electrónico, la cual no se reanudó inmediatamente ya que Jim se quedó en Chicago.

Más tarde volvimos a ponernos en contacto por correo electrónico, pero no con la misma frecuencia que antes. Tuvimos un par de conversaciones telefónicas en las que pareció aludir a algún problema, pero no habló realmente de ello.

Entonces un día recibí un mensaje de su esposa diciendo que Jim había sufrido una crisis y estaba en un programa de rehabilitación por alcoholismo. Me dijo que había intentado matarse a fuerza de beber. Pero ahora se encontraba mucho mejor, aunque no podía mandarme mensajes desde el hospital. Me tranquilizó la idea de que estaba recuperándose y esperé a que volviera a casa y pudiéramos reanudar nuestra correspondencia. Fue la primera vez que perdimos el contacto desde que comenzó nuestra relación.

Entonces, una mañana recibí un mensaje por correo electrónico que era, como muchos de los que recibo, un artículo de prensa. Pero esta artículo rezaba así: «El autor de la biografía de Bush se ha suicidado». Tardé un buen rato en darme cuenta de lo que estaba leyendo. Era tan irreal enfrentarse a la muerte de un amigo desde el frío punto de vista de una noticia de periódico. Pensé que se me paraba el corazón. No podía creerlo. Era el carácter irreversible y despiadado de la muerte. Ya no habría más oportunidades para ayudar a Jim.

Algunos de sus amigos intercambiamos mensajes por correo electrónico aquel fin de semana, y mientras compartíamos nuestro duelo conectados al ordenador, también compartíamos serias sospechas acerca de un montaje. Al primer artículo dando noticia de su muerte le siguieron otros donde se decía que el día anterior a su muerte había sido arrestado bajo un cargo de solicitud fraudulenta de una tarjeta de crédito.

Estos artículos decían que había sido acusado el 17 de julio por «identificación financiera fraudulenta», por intentar obtener una tarjeta de crédito en nombre de otra persona. La policía confiscó su ordenador y le dieron un plazo de 24 horas para ordenar sus asuntos y entregarse. En vez de entregarse, alquiló una habitación de hotel, tomó dos tipos de medicamentos bajo prescripción médica, se bebió la quinta parte de una botella de ginebra y murió.

Cómo él creía que su ordenador estaba siendo vigilado, me resultaba extremadamente sospechosa la denuncia de que Jim hubiese hecho una solicitud fraudulenta de tarjeta de crédito a través de su ordenador, tal como se dijo en los periódicos cuando informaron sobre su muerte.

No podía creerme que hubiera intentado hacer una escaramuza semejante utilizando el ordenador que él mismo me había dicho que estaba pinchado. No cuadraba con las cosas que sabía de él. Corría un riesgo demasiado grande de que lo cogieran. Tenía demasiado miedo de que lo arrestaran por violar la libertad condicional. Si lo hubieran arrestado por la más mínima infracción, lo habrían vuelto a poner en prisión. Sólo le quedaban 18 meses de libertad condicional. Quería a su mujer y a su hija Haley, que aún no había cumplido los dos años.

Le daba pánico la idea de que el comité responsable de su libertad condicional pudiera revocársela y mandarle de nuevo a la cárcel en Texas, donde creía que lo iban a matar. Podían hacer que pareciese un altercado entre presos y, de tal modo, desacreditarlo públicamente y eliminarlo al mismo tiempo.

En el periodo posterior a su muerte, una de sus amigas contó que Jim le había hablado de su miedo a que lo acusaran con cargos falsos, lo enviaran a la cárcel y lo mataran. Dijo que nunca les daría ese placer. No dejaría que lo cogieran vivo.

Más tarde me hice con los documentos policiales para intentar responder a algunas de estas preguntas por mi cuenta. Algunas preguntas obtuvieron su respuesta. Otras muchas siguen siendo un misterio.

Los documentos

El conjunto de documentos no deja apenas dudas de que se suicidó. Su esposa reconoció en las notas la letra de su marido. Los documentos sobre la acusación de fraude, en cambio, son un mínimo de pruebas circunstanciales para abrir un caso contra él. No excluyen la posibilidad de que existan dudas al respecto. El caso se basa principalmente en las acusaciones de un amigo y antiguo compañero de prisión, George Burt. Los documentos hacen mención de la condena de Jim por malversación de fondos, pero no hay mención alguna sobre el hecho de que Burt también era un recluso cuando él y Jim se conocieron.

El detective se puso en contacto con un tal P. J. Lenzi del MBNA, quien dice haber llamado a George Burt para verificar la solicitud. El informe dice que Lenzi encontraba la solicitud sospechosa, pero no da ningún motivo para semejante sospecha. Se trata de una omisión importante si estás intentando descartar la posibilidad de que todo sea un montaje para inculpar a alguien.

Mirando la pila de documentos experimenté mi propio docudrama personal. El lenguaje extraño y empobrecido de los informes policiales y el lenguaje medieval de los documentos legales te sumerge de golpe en un mundo extraño, sombrío y arcaico. La orden de arresto comienza: «Con la presente viene el ahora comisario Don Batchelder del Departamento de Policía de Bentonville y bajo juramento el susodicho declara:...»

El informe policial sobre los bienes confiscados de la oficina de Jim no muestra nada que lo implique inequívocamente en el crimen. Cogieron una hoja de una agenda donde aparecen la dirección y el número de teléfono de Burt, lo cual no es ninguna sorpresa ya que ambos participaban juntos en el proyecto de un par de libros. Hay una hoja de declaración de impuestos para Omega Publishing, la compañía de Jim y el nombre utilizado para la petición de la tarjeta de crédito.

Eso no prueba que fuese Jim y no Burt quien hizo la solicitud. Hay restos de una carta según la cual aparentemente recibió una tarjeta GetSmart Visa. Puede que ésa fuera la tarjeta en cuestión, pero puede existir una «duda razonable» al respecto. Todo esto no excluye el que hayan podido tenderle una trampa. Cuando te enfrentas al grupo Bush-CIA-Texas no se puede descartar nada por completo.

No se hace mención de que se encontrara nada en el ordenador confiscado, aunque era el primer objeto mencionado en la petición para la orden de registro. De todos modos, yo estaba mirando tan sólo unos documentos, no la exposición del caso en sí, que probablemente hubiera cubierto las lagunas existentes. Ya no tendría lugar juicio alguno, por supuesto, y Jim descansará... ya sea en paz o no. ¿Quién sabe? A lo mejor sí que intentó cometer el fraude a la desesperada, pero es difícil de imaginar.

Era verdaderamente sobrecogedor contemplar los documentos que rodeaban su muerte. Te hacían sentirte en el Days Inn con él, con la encargada del hotel que entró en la habitación aquella mañana y se lo encontró en la cama.

Se había registrado en el hotel a las 11:30 de la noche anterior y se había mostrado amistoso y bromista, según la señora que lo recibió; dijo que fue "«amable y que sonreía»"^^ y «daba conversación, sin mostrar señales de nerviosismo».

La encargada vio el cartel de «no molestar» durante mucho tiempo. Golpeó la puerta, llamó. Probó con la llave, pero estaba echado el pestillo. Cogió la llave maestra para el pestillo, pero se encontró con que la parte interior del picaporte seguía en su sitio. Llamó al gerente y al supervisor de planta y volvieron para entrar en el cuarto. Vieron el cuerpo de Jim, frío ya y rígido, en camiseta y calzonas. Llamaron a la policía.

Había un litro de ginebra Gordon’s y un litro de «zumo de frutas» Tropicana comprados esa misma noche. El recibo estaba allí sobre la mesita de noche.

La habitación estaba «fría, oscura y ordenada», según la mujer que lo encontró. Había llamado al gerente cuando vio que el pestillo y el picaporte no cedían. Se lo encontraron en la cama en camiseta y calzonas.

Bajo el brazo tenía una foto donde salía él y su mujer con su hija en brazos. Se puede ver que los dos estaban radiantes, sobre todo su mujer. Pero de manera extraña, la fotocopia tiene un nivel de contraste muy elevado y los rostros permanecen ocultos bajo sombras negras, hundidos en la oscuridad. Sin embargo se pueden discernir sus expresiones por las mejillas y las sienes intensamente iluminadas. El resplandor brilla de algún modo a través de las imágenes de baja definición.

Junto a él había también una pizarra de juguete Fisher-Price en la que había garabateado: «QUIERO A MI FAMILIA» seguido de una línea ondulante. Sabe Dios en qué nivel del juego escribió eso, en qué estaba pensando y cómo se sentía en ese momento. Hay una fotocopia de la pizarra con un rotulador prendido por una cuerda. Y había una serie de notas bien ordenadas que había dejado. Había dos en sobres separados para su mujer, con las indicaciones «ésta primero» y «segunda». Había también unas cuantas notas para sus amigos y amigos de su mujer. En una de ellas le daba las gracias a la pareja que le había presentado a su mujer.

Una de las cartas para su mujer era una explicación de cuatro páginas de por qué hacía lo que estaba haciendo, un profundo grito emotivo de amor desesperado hacia ella. Al leerla te golpea en la cabeza y te destroza el corazón al mismo tiempo. Es tan endemoniadamente difícil de comprender el hecho de que estuviera escribiendo la última carta a su mujer al mismo tiempo que estaba acabando con su vida. Es casi tan difícil de entender como entender los bombardeos suicidas del World Trade Center.

Y luego hay otras notas, pensamientos de último momento. Le indica a su esposa dónde oficiar el funeral, quiénes deberían participar y quiénes deberían llevar el ataúd. Le explica qué tarjetas de crédito debe utilizar. Dice que ella no será responsable de las que están a nombre de él. Le dice que le irá mejor sin él. Prefiere que su hija no tenga padre a que tenga uno del que sienta miedo o vergüenza. Le dice que es un hombre complejo y engañoso, «pero no hagas caso de lo que digan los demás, fui un buen hombre que se vio atrapado en circunstancias adversas».

«Todo irá bien, amor mío. Quería envejecer contigo y acompañar a nuestra hija hasta el altar, pero eso no va a ocurrir...»

«Amor mío, sabes que he intentado ser el mejor padre durante 21 meses y te quiero con ternura. Pero no hay otra salida. Ahora puedes ir con la cabeza alta en esta ciudad y echarme a mí las culpas de todo... Venga, cásate con un hombre que tenga algo de dinero y cría a mi hija con amor y seguridad... financiera... Siempre que sea bueno con mi Haley».

«Bueno, las lágrimas me están nublando la vista. Tengo que marcharme; tomarme las pastillas e irme».

«No voy a quejarme ni a sollozar. Yo mismo me he puesto en esta situación. Todo ha ido cuesta abajo desde octubre de 1999 y este día era mi destino...»

Es tan absurdo y desgarrador pensar en él escribiendo esas palabras tan tiernas y luego acometiendo su último acto, suicidarse. Debió permanecer tendido un rato despierto antes de que las drogas se apoderasen de él. Talvez fue entonces cuando escribió aquellas palabras en la pizarra. Qué extraño irse de ese modo.

Y sin embargo, la alternativa, volver a prisión, llevando la desgracia a su familia pero incapaz de liberarlas del fardo de su vida. Debió de ser terrible afrontar esa situación. Pero hay algo de valentía y coraje en actuar como lo hizo.

En cuanto a mí, quedo con una profunda pérdida personal, la pérdida de una amistad que pensé que continuaría y continuaría. Para el mundo, la pérdida de las buenas obras que podría haber escrito. También me sentía enfadado con él, por haberse quitado de en medio de una manera tan irrevocable. Y siempre quedarán las preguntas llenas de culpabilidad, si hice lo suficiente para ayudarle a salir adelante y aguantar ahí hasta ver el fruto de todo lo que hizo. Ver cómo su libro impactó al mundo entero, escribir otros libros que llevaba dentro, y ver a su hija crecer.

Tal como están las cosas, nos hemos quedado con una figura legendaria, un personaje trágico que se alzó de las profundidades tan sólo para ser arrojado de nuevo a ellas por el destino.


© Copyright Red Voltaire / Agencia IPI © Copyright traducción Ediciones Timéli

[1] La principal feria del libro en los Estados Unidos

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