|

|
 |
|
Tribunas y análisis - 16 de enero de 2006
Recurso orwelliano para hacer aceptable la tortura
Análisis
Eclipsado por el torbellino mediático de fines de año, el tema de la tortura reaparece con timidez en algunas tribunas. La mayoría de los medios de comunicación despliegan grandes esfuerzos para analizarlo «con lucidez y sin prejuicios» (como escribe el diario conservador alemán Frankfurter Allgemeine), lo que significa, de hecho, justificar el método. Conclusión general: la tortura es nociva desde el punto de vista moral, pero… Todo radica en ese «pero» y se recurre a la neolengua orwelliana para que el público se trague la píldora.
En Alemania, la sensibilidad con respecto al tema se ve exacerbada por la herencia histórica. Un artículo de la Constitución prohíbe categóricamente el empleo de la tortura o de informaciones obtenidas por ese medio. Incluso llegó a inventarse una palabra para definir esta tentación, «Shäubeln», apellido del actual ministro del Interior cristianodemócrata Wolfgang Schäuble quien ha justificado en repetidas ocasiones el uso de la tortura a la hora de interrogar a los «terroristas».
Schäuble fue entrevistado por la emisora de radio estatal alemana Deutschlandfunk. A la pregunta relativa a la participación de determinados servicios alemanes en la tortura de ciudadanos alemanes retenidos por Estados Unidos o sus subcontratistas extranjeros y al hecho de que los tribunales alemanes se basen en informaciones obtenidas por este medio para acusarlos, el experimentado político se salió por la tangente al responder: «No es tortura, sólo un método de obtener información». Con mucha más razón por cuanto según el propio Schaüble no se ha demostrado que se practique la tortura en Guantánamo o en cualquier otra de las prisiones secretas de Estados Unidos. «No he visto nunca pruebas dignas de crédito que permitan afirmarlo, la política no se hace basándose en sospechas. No veo entonces por qué no aprovecharíamos informaciones obtenidas por nuestros amigos y aliados norteamericanos».
Aunque menos franca, la actitud de Joschka Fischer, ex ministro alemán de Relaciones Exteriores de la coalición roja-verde, es sin embargo similar. En opinión de Fischer, no hay razones para sentirse ofendido por la situación del ciudadano alemán Mohammed Haydar Zammar, secuestrado y trasladado a Siria por la CIA. Su interrogatorio, conducido por los servicios secretos sirios, era «conforme a los métodos empleados tradicionalmente en ese país», como precisa un comunicado de su ministerio. ¿Por qué protestar entonces, si esta es la tradición?
Florian Röller, filósofo alemán y jefe de redacción del diario Telepolis, muestra su indignación ante esta actitud. Analizando los comentarios del señor Fischer, reconoce con pena que hasta el ex dirigente de un partido que propugnaba los valores morales se somete a la lógica de la «guerra contra el terrorismo» y acepta las violaciones de los derechos humanos. Para Röller, el hecho de que Fischer sea alemán constituye una agravante.
Pero el tema no sólo es centro de debate en Alemania.
En el Reino Unido, el experto en asuntos de seguridad del diario The Guardian, Richard Norton-Taylor, muestra su irritación ante las evasivas del gobierno de Tony Blair sobre el tema del traslado de detenidos. El autor revela aquello que oculta la ausencia de una comisión de investigación británica sobre el tema de los traslados clandestinos, y la tortura de ciudadanos británicos, hacia campos secretos de la CIA: si el gobierno de Blair impide toda investigación judicial y Estados Unidos trata de que el tema sea olvidado por medio de grandes declaraciones de principios es porque en ningún caso debe favorecerse un debate que podría poner en tela de juicio la alianza del Reino Unido y de Estados Unidos. Sin embargo, existe una franca violación del sistema jurídico británico, basado en la prueba y en el habeas corpus, elementos cuestionados por las iniciativas jurídicas, políticas y militares de Washington.
Sin criticar las acciones de los países europeos, el escritor Salman Rushdie denuncia de manera general en The Age la manipulación del lenguaje que hace aceptable la tortura para que se acepte a su vez lo abominable. Se comenzó por modificar las palabras para modificar la lógica y luego la práctica. No se habla de «exportación de la tortura» sino de «traslados de prisioneros», de la misma forma que ayer se habló de «limpieza étnica» para nombrar las «masacres». Dando pruebas de gran lucidez, Rushdie presiente que estas prácticas escaparán a la condena legal y reclama como mínimo la condena moral.
No utilizar la palabra tortura tiene su interés. Múltiples comentaristas rechazan de esta forma la acusación al señalar que Estados Unidos es un país democrático, un Estado de derecho. Ahora bien, la realidad es completamente diferente: Estados Unidos pone en práctica en la actualidad la tortura y no es por lo tanto un Estado de derecho, pero esta verdad es demasiado penosa de soportar como para ser aceptada. Hablemos entonces de interrogatorios justificados por imperativos de seguridad nacional y evaluemos su fiabilidad: el ciudadano libio Ibn al Shaykh al-Libi fue enviado para que los egipcios lo torturaran; no dejó de aportar «pruebas» del nexo entre Sadam Husein y Osama Bin Laden, afirmación que demostró ser totalmente errónea. Pero, como recuerda Robert Sheer en AlterNet, «no debemos prestar atención a las conclusiones de la mayoría de los expertos de la tortura quienes explican que el método es ineficaz porque el torturado sólo dice aquello que quieren que diga. En el caso de al-Libi, la tortura funcionó de manera perfecta para obtener precisamente el tipo de pruebas necesarias para desencadenar una guerra deseada desde mucho tiempo atrás.»
En Gulf News, el cabildero James Zogby amplía la reflexión sobre la tortura a los tratamientos antidemocráticos de los que fueron víctimas en Estados Unidos cientos de miles de ciudadanos estadounidenses originarios del Medio Oriente después del 11 de septiembre. Arrestos arbitrarios masivos, molestias, personas fichadas… una «vergüenza» cuya principal consecuencia fue destruir cualquier relación de confianza entre los servicios estadounidenses y los inmigrantes. Esto no contribuye a fortalecer la seguridad del país.
Por su parte, el ex candidato a las elecciones presidenciales eslovenas, Slavoj Zizek, muestra su preocupación ante la forma en que se condicionan las mentes para que acepten la tortura a través de la propaganda televisiva, enmascarada en series televisadas como 24, que no vacilan en establecer un paralelo entre la propaganda nazi y los héroes presentados en la pequeña pantalla. El público ha sido condicionado para aceptar que algunas situaciones autorizan pasar por alto la ley y torturar en nombre de una causa. Esta serie presenta el caso típico ilustrado por el profesor de derecho de Harvard Alan Dershowitz, por demás asesor jurídico del gobierno israelí, quien ha asimilado el empleo de la tortura a la legítima defensa. La televisión demuestra de esta forma que nuestros criterios éticos han cambiado.
Señalemos que la serie 24, difundida en Estados Unidos por la cadena Fox, propiedad de Ruppert Murdoch, magnate de los medios de comunicación y personaje pro Bush, tomó recientemente un giro ideológico. A partir de su cuarta temporada sigue una línea de guión y política mucho más conforme con la Vulgata neoconservadora para pasar de serial que hacía la apología de las acciones de un presidente demócrata que luchaba contra complots internos en Estados Unidos con el fin de legitimar guerras energéticas a una serie mucho más adaptada a los cánones de pensamiento del gobierno de Bush.
Red Voltaire
|
 |
|

16 de enero de 2006
Desde
París (Francia)
Herramientas

Imprimir
Enviar
Todas las versiones de este artículo:

français
русский
English
Temas
Tortura
Países
Estados Unidos
Autores y fuentes de las Tribuna y análisis
|
 |
«La línea roja no se ha cruzado. ¿De veras?»
Autor
Florian Röller
|
Florian Röller, filósofo alemán, es redactor jefe de la revista Telepolis.
|
Fuente
Telepolis (Alemania)
Referencia «Die rote Linie nicht überschritten», por Florian Röller, Telepolis, 23 de diciembre de 2005.
Resumen Sólo de forma indirecta, mediante el artículo de un amigo periodista en el diario Die Zeit, es que Joschka Fischer al fin tomó posición en el debate sobre la implicación del gobierno alemán (al cual él pertenecía y cuya política exterior dirigía) en la guerra estadounidense contra el terrorismo y los «daños colaterales» causados a los Derechos Humanos y a los principios básicos de nuestra Constitución.
Pero Fischer no es el único en evadir el debate, pues la CDU/CSU y el FDP también deberían hacer frente a la Historia. Cuando estaban en la oposición, se quejaban de la distancia entre Berlín y Washington, simulando ignorar la violación de la ley internacional y la hegemonía militar y económica de los Estados Unidos. Hoy la hipocresía continúa y se esconde tras la denuncia de los errores del gobierno de Schröder. Para Fisher, la posición de Alemania sólo puede ser ambivalente, considerando su deuda histórica con los Estados Unidos. La situación actual tiene al menos el mérito de hacer comprender a los conservadores alemanes la magnitud del basurero moral al cual se habría dejado arrastrar Alemania, como buen vasallo del imperio, en la guerra de Bush.
Sin embargo, sería interesante saber cómo Fischer, miembro de un partido que ha abogado siempre por los valores morales democráticos y por la defensa de los derechos humanos, ha podido manejar la contradicción entre esos valores y las acciones llevadas a cabo por George W. Bush, Colin Powell y Condoleezza Rice. En su entrevista, él pretende haber insistido siempre en el respeto al derecho y en el rechazo a la tortura. ¡Qué pena que esa denuncia nunca la hiciera pública –contrariamente a Angela Merkel que tuvo el valor de hacerla frente a Condoleeza Rice! Pero dos líneas más adelante Fischer explica que, en la lucha contra el terrorismo, no deben escatimarse las «zonas oscuras», lo que significa claramente que hay situaciones en que el Estado de derecho puede verse afectado en aras del objetivo que se persigue.
Históricamente, en boca de un alemán, semejante idea resulta escandalosa.
Y peligrosa.

«Si ustedes no hacen preguntas…»
Autor
Richard Norton-Taylor

 |
 |
Richard Norton-Taylor es el redactor de los asuntos de Seguridad del Guardian. Fue el realizador del documental Justifying War sobre la Comisión Hutton para la BBC.
|
Fuente
The Guardian (Reino Unido)
Referencia «If you ask no questions», por Richard Norton-Taylor, The Guardian, 10 de enero de 2006.
Resumen Mientras reflexionan sobre la futura dirección de sus partidos, los diputados británicos regresan de las vacaciones afirmando que no olvidan el problema del traslado de los detenidos islamistas hacia campos secretos donde pueden ser torturados. Un grupo parlamentario transpartidista se ocupa por su cuenta del asunto. Lo preside Andrew Tyrie, diputado conservador, asistido por Chris Mullin y Sir Menzies Campbell. Esperan que el gobierno les rinda cuentas.
Lo que hay detrás de ese problema es, una vez más, la alianza del Reino Unido y Estados Unidos, y las diferencias entre nuestros sistemas legales. Esta cuestión se planteó desde el inicio de la guerra contra el terrorismo, cuando surgió la hipótesis de un arresto de Osama Bin Laden por parte de las tropas británicas. ¿Era necesario entregarlo a las tropas estadounidenses sabiendo que, sin duda alguna, sería ejecutado?
En Gran Bretaña, es actualmente imposible pretender que el traslado de prisioneros sea legal y por ello los ministros británicos no quieren oír hablar de eso y Estados Unidos ya no toca el tema. El gobierno se limita a respuestas evasivas acerca del asunto y trata de obstaculizar cualquier iniciativa parlamentaria que pueda conducir a una investigación. En nuestros días, hay tres investigaciones judiciales sobre los «extraordinary renditions»: una en España, una en Italia y una en Alemania. A ello se añade una investigación pública en Canadá, una investigación parlamentaria en Suiza y una investigación del gobierno en Polonia. ¡Nada en el Reino Unido! Parece que los ministros tienen de veras algo que ocultar.

«La externalización del Mal»
Autor
Salman Rushdie

 |
 |
Salman Rushdie es autor y ensayista. Vivió durante mucho tiempo bajo la amenaza de una condena a muerte por parte del poder religioso iraní por su obra Les Versets sataniques.
|
Fuente
The Age (Australia)
Referencia «The outsourcing of evil», por Salman Rushdie, The Age, 10 de enero de 2006.
Resumen Sin duda alguna, la frase más desacertada que ha entrado a formar parte del vocabulario anglófono es «extraordinary rendition». Por «extraordinary», no hay que entender «extraordinario», sino «secreto», «despiadado» y «extralegal». Asimismo, «rendición» es un término polisémico que puede significar «performance», «intercambio» o incluso «capitulación», pero aquí significa «secuestro secreto de individuos para ser interrogados en lugares secretos en países donde se puede aplicar la tortura». Esta expresión ingresa estrepitosamente en el nuevo lenguaje político y sustituye a la expresión «exportación de la tortura».
Ahora que John McCain ha logrado que se adopte la ley sobre la tortura, puede pensarse que el gobierno de Bush intensificará sus traslados de prisioneros. Los procesos judiciales referentes a dichos traslados se multiplican y todo lleva a creer que no es más que una pequeña parte de lo que se ha hecho. Condoleezza Rice, durante su viaje a Europa, aconsejó a los dirigentes europeos que no se mezclaran en el asunto y ellos lo admitieron.
A fines del mes de diciembre, la justicia alemana cerró un centro islámico en Munich por haberse encontrado allí proclamas que alentaban a realizar atentados suicidas. Se nos dice que uno de los demandantes en uno de los procesos de traslado de prisioneros era un visitante asiduo de ese centro. Eso, por tanto, nos debería hacer creer que tales acciones son justificadas. Pero estaríamos despojando al derecho de su esencia si consideráramos que el fin justifica los medios. Se ha comenzado a cambiar las palabras para cambiar la lógica, después la práctica. Si es probable que esas prácticas puedan evadir una condena legal, no deben, sin embargo, poder escapar del juicio moral.

«Ya es hora de poner fin a esa vergüenza»
Autor
James J. Zogby
Fuente
Gulf News (Emiratos Árabes Unidos)
Referencia «It’s time to end the shame», por James Zogby, Gulf News, 10 de enero de 2006.
Resumen Hace tres años, miles de árabes y musulmanes fueron citados a las oficinas de Inmigración para ser registrados, fotografiados, interrogados y clasificadas sus huellas digitales. Era la primera fase del Sistema de Seguridad Nacional de Registro de Entradas y Salidas (NSEERS), programa lanzado por John Ashcroft y presentado como una línea de defensa esencial en la guerra al terrorismo. Pero ello tuvo por efecto sobre todo destruir toda relación de confianza entre los inmigrantes y los servicios de Inmigración, sin que haya permitido a ciencia cierta el arresto de un solo terrorista.
Sin medios ni formación para su funcionamiento, esos registros provocaron el caos. En Los Angeles, 700 inmigrantes iraníes fueron detenidos durante el tiempo de su registro, lo que provocó el pánico en los grupos sometidos a esa medida. Esos registros fueron realizados de forma arbitraria. A algunos inmigrantes, al ir a las oficinas, se les afirmaba que no debían registrarse, mientras otros fueron ubicados en listas de expulsión del territorio.
En la actualidad, 160 000 personas deberían haber sido registrados: todos hombres procedentes de 24 países árabes o musulmanes y los que venían de Corea del Norte. En realidad, fueron registrados 83 000. Muchos de los que deberían haberse registrado prefirieron no hacerlo o abandonaron el país, es el caso, por ejemplo, de los paquistaníes que huyeron a Canadá. De los 83 000 registrados, 14 000 son «expulsables». Se ignora cuántos lo fueron en realidad ya que la administración Bush no da cifras.
Es una forma de empañar nuestra imagen, pero no refuerza nuestra seguridad.

«Los héroes depravados de “24” son los Himmler de Hollywood»
Autor
Slavoj Zizek

 |
 |
Ex candidato a la elección presidencial eslovena, Slavoj Zizek es el director internacional del Birkbeck Institute for the Humanities.
|
Fuente
The Guardian (Reino Unido)
Referencia «The depraved heroes of 24 are the Himmlers of Hollywood», por Slavoj Zizek, The Guardian, 10 de enero de 2006.
Resumen El domingo comienza en los Estados Unidos la quinta temporada de la serie sensacionalista 24. Cada temporada se divide en 24 episodios de una hora, y cada una cubre los acontecimientos de un solo día. La historia narra el intento desesperado de una unidad antiterrorista por evitar una catástrofe de gran magnitud y se concentra en la acción de los agentes, de la Casa Blanca y de los sospechosos. El funcionamiento en tiempo real confiere al programa un sentimiento de urgencia reforzado por la visualización regular del paso de los segundos. Todo está concebido para dar la impresión de una retransmisión en vivo de un hecho dramático, lo que refuerza el estrés en el espectador. También permite justificar que los personajes no estén sometidos a la ley y practiquen ampliamente la tortura con los sospechosos.
Esta serie valida el análisis del profesor de Derecho de Harvard, Alan Dershowitz y su justificación de la tortura en caso de conteo regresivo. A cambio de esas prácticas, los personajes que torturan están dispuestos a arriesgar sus vidas a fin de salvar el mayor número de personas y se encuentran ante dilemas morales frente a los actos que cometen. Esa es una de las mentiras ideológicas de la serie. Se sabe a partir del análisis de Hannah Arendt que los gobiernos que exigen a algunos de sus agentes que hagan el trabajo sucio, mantienen una distancia emocional.
En la actualidad, Dick Cheney reivindica el uso de la tortura y una serie como 24 la hace visible. Si esta práctica es tan ampliamente mostrada, eso no significa que exista una ruptura con la hipocresía, lo que quiere decir es que algo cambió en nuestros criterios éticos de apreciación.

|
|
|
 |
 |
|
 |