Nosotros tenemos una responsabilidad y esa responsabilidad requiere ir más allá de las labores que nos proponen las urgencias cotidianas. Nuestras organizaciones no pueden reformularse sin tomar conciencia del dilema planteado a la sociedad en su conjunto. Las demandas urgentes no se deben constituir en obstáculo para las reflexiones y trazado de líneas de acción estratégicas.
No se trata de adaptar nuestras organizaciones a la actual ideología predominante en la globalización, sino de propender a una nueva y más efectiva dinámica organizacional en virtud del carácter del problema. No se trata tan sólo de resistir languideciendo. Sino de ampliar la fuerza con una perspectiva estratégica y políticas ofensivas, precisamente cuando se constata que el pensamiento único revela fisuras como consecuencia de una realidad objetiva llena de padecimientos.
La clase transnacional dominante ya comenzó, hace tiempo, a prescindir de las organizaciones y de las instituciones que cumplieron su papel en coincidencia con el esquema de poder que precedió a esta etapa del capitalismo. Sería importante que nosotros mismos, en tanto responsables de organizaciones que representan los intereses de los asalariados del periodismo, acentuemos los cambios de nuestras herramientas para una lucha que corre el riesgo de ser estéril si se circunscribe a una acción testimonial, encorsetada en dogmas y prácticas simplistas y lineales, o lo que es tanto peor: Transgredir las formalidades de todo tipo es lo que hace el poder real cada día. ¿Y nosotros qué?
Las injusticias crecen, nuestros principios y convicciones respecto de que es necesario e inevitable luchar contra esas injusticias están más firmes que nunca antes. Lo que está en discusión, entonces, es cuáles son los mejores instrumentos para luchar sin desperdiciar energías en debates o acciones que nos impidan crecer o que, por ignorancia, nos hagan funcionales y hasta cómplices de la barbarie.
Como periodistas-trabajadores de prensa padecemos, al igual que la gran mayoría de los trabajadores, desocupación, salarios basura, trabajo basura, precarización laboral. Y en nuestra profesión atravesamos por un campo minado en el que los riesgos aumentan y se suceden en un marco de impunidad alarmante, en coincidencia con la mafiatización del poder.
Somos víctimas de agresiones, asesinatos, persecuciones gremiales, profesionales, políticas e ideológicas y de una extraordinaria explotación intelectual, en un mundo donde el factor de acumulación de capital es la información y el conocimiento.
Producto de la inseguridad jurídica manifiesta en casi todos los países, somos víctimas de innumerables acciones decididas a coartar el libre ejercicio de la profesión a través de querellas civiles o penales que, amparadas en viejos códigos sirvieron de instrumento de coerción para acallar a la prensa apelando a cargos falsos de calumnias e injurias y reflotando una figura del medioevo: el desacato.
Ni para los periodistas, ni para las grandes mayorías de este mundo ha llegado el progreso. Por el contrario: los augurios de un mundo mejor, con paz, trabajo y bienestar para todos -según se desprendía de los enunciados del pensamiento único y el discurso hegemónico- ya se esfumaron. El creciente conflicto social, que en los últimos tiempos ha obligado a que desde el propio corazón de la barbarie se levantaran tantas voces de alarma, no es otra cosa que la respuesta de millones de hombres y mujeres advertidos de que lo prometido es deuda.