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Tribunas y análisis - 23 de enero de 2006
Chile, Bolivia… izquierda «responsable» contra izquierda «populista»
Análisis
La victoria electoral de Evo Morales en Bolivia pone de nuevo a América Latina en el centro del interés mediático al cabo de una larga ausencia. Erróneamente comparada con la elección de la socialista chilena Michelle Bachelet, la elección boliviana es interpretada en los medios, con toda justeza, como el símbolo de viraje político continental.
Como vimos en nuestra edición del 9 de enero, los medios conservadores españoles reaccionaron ante la elección de Evo Morales con la publicación de análisis que iban de una ligera inquietud a la prudencia. La opinión general de los expertos consultados era que la elección implicaba riesgos para la «democracia» (acusación clásica de los medios conservadores ante el advenimiento de un poder progresista), pero que era posible mantener el control del país e impedirle alejarse substancialmente de las políticas que acostumbraba a seguir anteriormente.
Reaccionando después que sus colegas, el diario español de centroizquierda El País dedica ampliamente sus más recientes páginas de «opinión» a la reorientación política de América Latina mediante la publicación de opiniones mucho más cercanas a las expuestas por el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero. En lo tocante a la elección de Evo Morales, el diario publica dos puntos de vista globalmente favorables a los objetivos anunciados por el presidente boliviano y que relativizan el carácter «revolucionario» de su política.
Por el contrario, el ex presidente socialista del gobierno español, Felipe González, niega el carácter revolucionario del cambio en Bolivia. Según él, se trata solamente de una alternancia política que no implica cambio en el modelo existente sino que trata de eliminar el estancamiento institucional y las desigualdades sociales. Elogia el programa institucional y económico de Morales y augura un futuro promisorio. Su única inquietud es que la falta de unidad nacional y de consenso pueda perjudicar el desarrollo del país.
El uruguayo Enrique V. Iglesias, secretario general de la Conferencia de Países Iberoamericanos, comparte ese punto de vista. Para él los cambios políticos en América Latina no son más que la continuación del proceso de emancipación iniciado cuando, al final de la Guerra Fría, los Estados de la región comprobaron que eran capaces de resolver sus propios problemas sin Estados Unidos. Ahora la democratización de los regímenes latinoamericanos y la reacción ante los errores de las políticas económicas de los años 80 están llevando al poder a nuevos dirigentes deseosos de emanciparse de Estados Unidos y de acercarse a Europa.
Aunque representa a España en Venezuela, el embajador Raúl Morodo promociona a Venezuela en España, no lo contrario. Morodo afirma en El País, diario próximo al Partido Socialista español, que el gobierno bolivariano es una forma de populismo democrático que da la palabra a poblaciones tradicionalmente marginadas de la representación política, lo cual permite al mismo tiempo progresos sociales y el mantenimiento del Estado de derecho. Modera un poco sus palabras al afirmar que, para que el modelo sea perfecto, habrá que alcanzar un consenso nacional. El embajador no vacila sin embargo en presentar este sistema como un posible modelo de desarrollo para todo el subcontinente latinoamericano. En realidad, al elogiar al presidente Chávez, el embajador legitima la reorientación de la política exterior española llevada a cabo por el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero. En efecto, el gobierno anterior, dirigido por el conservador José María Aznar, apoyó la intentona golpista contra el presidente venezolano Hugo Chávez [1] y empujó a la Unión Europea hacia la adopción de una política agresiva hacia Cuba.
Por supuesto, los políticos latinoamericanos seguidores de Washington no ven con buenos ojos el viraje político de los Estados de la región. A pesar de ello, establecen, al analizar los gobiernos «de izquierda» que han conquistado recientemente el poder, la diferencia entre una izquierda «respetable», que se somete a las normas estadounidenses, y una izquierda «populista» representada por Hugo Chávez, a quien culpan de todos los males. El International Herald Tribune, filial del New York Times, publica el punto de vista de estos seguidores de Washington.
El ex ministro mexicano de Relaciones Exteriores, Jorge Castañeda, no escatima elogios al referirse a los gobiernos de la izquierda «responsable» desde el punto de vista geoestratégico, o sea sometida a Estados Unidos. Afirma que son estos gobiernos los que pueden desarrollar a sus países. En cambio, estigmatiza a Venezuela, símbolo de una tradición de izquierda «populista». Afirma sin embargo que un buen manejo de la situación por parte de Estados Unidos y Brasil puede llegar a corregir la natural inclinación de Evo Morales hacia la segunda tendencia, conclusión ya formulada anteriormente por el analista peruano Álvaro Vargas Llosa en las páginas del mismo diario el pasado 28 de diciembre.
Por su parte, Enrique Horst, ex dirigente de la ONU, hoy miembro de la oposición venezolana, prosigue sus ataques mediáticos contra el presidente Hugo Chávez Frías, a quien ya acusó, en contra de la opinión de los observadores internacionales, de haber manipulado el referéndum revocatorio. Horst es de los que afirman que hay dos izquierdas en América Latina: una izquierda virtuosa, representada por Lula o los gobiernos chilenos de Ricardo Lagos y, ahora, Michelle Bachelet, y una izquierda antidemocrática representada, claro está, por Hugo Chávez.
Como podemos ver, los sectores pro estadounidenses no consideran a Michelle Bachelet como una adversaria, lo cual no impide que gran número de diarios europeos vean en su elección la confirmación de un viraje en América Latina. Sin embargo, la señora Bachelet no era más que la candidata del partido en el poder, partido que aplicó una política económica neoliberal y aportó todo su apoyo a la administración Bush en las negociaciones continentales.
So pretexto de que Michelle Bachelet es mujer, los medios mainstream occidentales imaginan la ruptura que se supone ella representa y exaltan así, de forma absurda, la diferencia biológica entre ella y su mentor, Ricardo Lagos, negando su continuidad ideológica. La «socialista» Michelle Bachelet fue particularmente promocionada en Francia en los medios de centroizquierda ya que la elección chilena se produjo al mismo tiempo que una intensa campaña de marketing a favor de la socialista francesa Segolene Royale, candidata favorita de los medios por la izquierda francesa, quien a su vez participó brevemente en la campaña de la nueva presidenta chilena.
En el diario colombiano El Tiempo, el escritor Sergio Ramírez, ex vicepresidente de Nicaragua, elogia el pragmatismo de Michelle Bachelet. Al saludar la nueva presidencia, Ramírez evoca el consenso que Bachelet logró establecer con los militares chilenos durante su gestión al frente del Ministerio de Defensa. Concretamente, mientras que todos se extasían ante el cambio que Bachelet podría aportar, Ramírez saluda el conservadurismo del que dio prueba ante militares chilenos dotados aún de enormes poderes.
Del otro lado del tablero político, Marc Cooper, periodista estadounidense de The Nation y ex miembro del servicio de prensa de Salvador Allende, se muestra mucho más dubitativo. En Los Angeles Times, aprecia en la figura de Michelle Bachelet el símbolo que representa la elección de una madre soltera agnóstica a la cabeza de un país detenido en el plano de las costumbres desde 1973, pero no parece esperar de ella mucho más. Recuerda que los «socialistas» chilenos no pusieron nunca en peligro las desigualdades sociales existentes en Chile, provenientes del capitalismo salvaje que implantó la junta del general Pinochet, y teme que Michelle Bachelet se mantenga en esa línea. Sin dar la impresión de esperar ser escuchado, pide a la nueva presidenta una reforma del sistema de jubilación y de la seguridad social, que reduzca el presupuesto militar y que envíe a Pinochet a los tribunales.
En un país profundamente marcado aún por los crímenes de la dictadura, la derecha seudo liberal y la izquierda socialdemócrata mantienen todavía la búsqueda de un consenso nacional sobre la base del más mínimo denominador común. Como resultado, por ejemplo, están las grandes convergencias en el plano económico. La diferencia entre ambos bandos reside en la cuestión de la democracia: de un lado encontramos una derecha seudo liberal avergonzada y nostálgica del pinochetismo, del otro una izquierda socialdemócrata dispuesta a hacer muchas concesiones para no revivir el martirio que tuvo que sufrir. Al mismo tiempo, más allá de la continuidad política que se impone en ese contexto a todo gobernante electo, el sentido profundo del voto de los chilenos está en otro plano. Este expresa la voluntad de dar un paso más hacia la reconciliación nacional según una fórmula que respete la exigencia de justicia.
Como quiera que sea, aunque el programa de la presidenta chilena no conlleva ninguna ruptura, el viraje de América Latina es un hecho real que inquieta a los defensores de la doctrina Monroe en Estados Unidos. En el Washington Times, Susan Segal y Eric Farnsworth, del Council of the Americas and Americas Society, llaman a un regreso urgente de Estados Unidos al continente latinoamericano. Para ambos autores, Washington no debe limitarse a favorecer sus propios intereses comerciales sino que las élites estadounidenses tienen que tomar conciencia de la importancia crucial que reviste el sur del continente.
Red Voltaire
[1] ver «Révélations sur les pays qui ont soutenu le putsch anti-Chavez», Voltaire, 3 de diciembre de 2004.
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23 de enero de 2006
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Temas
Control de la América Latina
Chile
Lucha por la independencia y la unidad de América Latina
Autores y fuentes de las Tribuna y análisis
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«Bolivia, nuevo horizonte»
Autor
Felipe González

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Felipe González fue presidente del gobierno socialista español (1982-1996).
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Fuente
El País (España)
Referencia «Bolivia, nuevo horizonte», por Felipe González, El País, 13 de enero de 2006.
Resumen El triunfo de Evo Morales ha provocado una oleada de reacciones. Se ha hablado de oleada hacia la izquierda considerando su discurso social, el rechazo al sistema vigente y a su crítica del gobierno estadounidense. No hay, sin embargo, suficientes ingredientes que permitan definir esta corriente como un modelo alternativo al predominante en las últimas décadas. Son los protagonistas los que han cambiado. Después de todo, se trata sólo de demandas de una redistribución de riquezas y de un modelo más democrático. Se trata de cambios que son resultado del evidente deterioro de las políticas de los años 80.
Bolivia sufre una pobreza extrema a pesar de los considerables recursos que posee, y la población indígena marginada reclama reformas constitucionales que mejoren el sistema existente. Después de varios años de estabilización democrática hemos visto resurgir la inestabilidad, aunque se han evitado las irrupciones militares. Evo Morales se ha convertido en el protagonista principal de un cambio posible y necesario. Más allá del incomprensible comportamiento de los responsables mediáticos y de la derecha en nuestro país, debemos analizar lo que pide el presidente. Evo Morales representa una coyuntura que sin duda incluye riesgos, pero sólo colaborando con él es posible incrementar al máximo las oportunidades para Bolivia.
Este país deberá transformar su funcionamiento político, basar su desarrollo en sus recursos naturales y fomentar el empleo. Es preciso contar un sistema político que facilite la rotación; una redistribución territorial del poder puede ser también un factor de modernización. Es preciso que Bolivia explote inteligentemente sus recursos y no haga como todos esos países ricos en recursos que no logran desarrollarse. Gracias a su gas, Bolivia puede desempeñar un papel importante en la región. Para lograrlo, necesita ante todo un pacto nacional.

«¿Es todo nuevo en América Latina?»
Autor
Enrique V. Iglesias

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Ex Secretario ejecutivo de las Naciones Unidas para América Latina y el Caribe (1972-1985), ex ministro uruguayo de Relaciones Exteriores (1985-1988) y ex presidente del Banco Interamericano de Desarrollo (1988-2005), Enrique V. Iglesias es Secretario general iberoamericano.
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Fuente
El País (España)
Referencia «¿Es todo nuevo en América Latina?», por Enrique V. Iglesias, El País, 14 de enero de 2006.
Resumen Sin ninguna duda, América Latina está experimentando las tensiones derivadas de profundas demandas de cambio. El triunfo en las elecciones bolivianas del candidato que más encarnaba esas demandas de cambio, Evo Morales, constituye el ejemplo más reciente de ello. Eso ha planteado interrogantes. No es la primera ni la última vez que la región sufre ese tipo de tensiones, y para comprender el movimiento actual es útil mirar hacia atrás, especialmente cuando se aproxima la cumbre de jefes de Estado latinoamericanos y europeos.
Hace un poco más de 20 años, hubo en la región tres grandes corrientes de cambio: la democratización, iniciada en Ecuador en 1978; las reformas económicas iniciadas después de la crisis financiera mexicana de 1982 y los conflictos revolucionarios, especialmente en la América Central, que fueron uno de los puntos culminantes de la Guerra Fría. Los países suramericanos desempeñaron un papel decisivo en la solución de esos conflictos, aunque no puede pasarse por alto el papel desempeñado por Europa. François Mitterrand y su canciller Claude Cheysson, además de Felipe González desarrollaron en América Latina una política diferente a la de los Estados Unidos. El final del gobierno de Helmut Schmidt no cambió las cosas.
Ese movimiento y las negociaciones de paz organizadas en conjunto por los países latinoamericanos demostraron a los Estados que participaban en dicho proceso que tenían un importante margen de maniobra. Actualmente, ante las desigualdades sociales causadas por las reformas económicas, esa capacidad de movilización debe aumentar más aún. Sobre eso deberá reflexionarse en la próxima Cumbre con la Unión Europea.

«Venezuela, ¿hacia una democracia avanzada?»
Autor
Raúl Morodo
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Profesor de derecho Constitucional, Raúl Morodo es embajador de España en Venezuela. Fue embajador en Portugal, diputado europeo, vicepresidente de la Internacional Liberal y Progresista y embajador extraordinario ante la UNESCO.
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Fuente
El País (España)
Referencia «Venezuela, ¿hacia una democracia avanzada?», por Raúl Morodo, El País, 6 de enero de 2006.
Resumen Entre el cambio y la frustración parece ser el destino histórico del gran continente iberoamericano. Pasa por etapas de optimismo, de transformación y avances, y también por períodos de oscuridad y represión. Entre ambos hay confusión, inseguridad y horizontes utópicos. Venezuela no escapa a esta regla.
En nuestros días, este país presencia el surgimiento de un singular proceso político denominado «revolución bolivariana». En la perspectiva europea desideologizada resulta difícil comprender la innovadora y compleja vida política latinoamericana. A menudo la retórica empaña esa realidad. Venezuela tiene también una característica importante: la falta de la cultura del diálogo. El caso venezolano no es el único.
Se inserta en un movimiento regional que encabeza dicho país. De hecho, estamos en presencia de un movimiento de movilización de las fuerzas políticas tradicionalmente excluidas del debate público. Tales intentos de abrirse espacios pasaban anteriormente por las guerrillas; hoy se promueve la vía democrática. Ese proceso es a veces calificado de «populista», término peyorativo en la lógica eurocéntrica o monroiana. Sí se trata, en efecto, de un movimiento populista por cuanto está totalmente orientado hacia la expresión de la mayoría social popular. Contrariamente al viejo populismo latinoamericano, este de ahora es democrático. Los nuevos dirigentes apoyan el desarrollo social, quieren sacar a su país de una situación de pobreza endémica, de una frustrante dependencia y asentar una multilateralidad productiva.
Esos factores, el hecho de que Venezuela sea un petro-Estado y la hostilidad de los neoconservadores han situado a este país en el centro del interés mediático. Creo que es posible construir una democracia avanzada en Venezuela, edificar allí un Estado de derecho respetando la igualdad social a partir del modelo vigente allí en estos momentos. Pero para lograrlo, habrá que desarrollar el consenso nacional y aceptar a los adversarios políticos sin considerarlos como enemigos.

«El nuevo presidente de Bolivia no es el Che Guevara»
Autor
Jorge Castañeda
Fuente
International Herald Tribune (Francia)
Referencia «Bolivia’s new president is no Che Guevara», por Jorge Castañeda, International Herald Tribune, 19 de enero de 2006.
Resumen La elección de Evo Morales en Bolivia no debe subestimarse debido a su importancia simbólica y a sus implicaciones para toda América Latina. En una región donde la concentración de los poderes y de las riquezas siempre ha sido excesiva, la elección de un presidente indígena no es una cuestión sin importancia.
Bolivia siempre ha sido un país paradigmático. Allí tuvo lugar una de las cuatro revoluciones auténticamente populares de América Latina en 1952 (con México, Cuba y Nicaragua); allí, Castro, Guevara y Debray creyeron poder lanzar un movimiento guerrillero que se extendería a toda América Latina; allí, en los años 80. se aplicó la política económica de Ronald Reagan por primera vez en América Latina. En los Estados Unidos, se considera ejemplar la política de sustitución del cultivo de la coca realizada en el país, pero que dejó un enorme número de campesinos empobrecidos, cuyo presidente electo hoy es Evo Morales.
Hay una orientación hacia la izquierda en América Latina, pero la izquierda no es homogénea. Existe una tradición castrista que, aparte de Castro, se ha convertido en economía de mercado, en democracia, en Derechos Humanos y en una posición geoestratégica responsable. Ese es el caso de Ricardo Lagos y Michelle Bachelet en Chile, de Lula en Brasil y de Tabaré Vasquez en Uruguay. También están los herederos de la tradición populista, como Chávez en Venezuela, Kirchner en Argentina y Morales en Bolivia, quienes están menos convencidos de los imperativos de la globalización y del valor de la democracia y los Derechos Humanos, y les encanta emprenderla con la Casa Blanca. Cuando la «nueva izquierda» combate la pobreza, la izquierda populista se limita a tener una política antiestadounidense y pro cubana. Eso es lo que hará Morales. Sin embargo, no se convertirá en el Castro de los Andes. Bolivia es pobre y dependiente de las ayudas externas. Si Brasil modera el país y Estados Unidos permanece tranquilo, Evo Morales saldrá en los «titulares» de los periódicos, pero se mantendrá sereno.

«Girar a la izquierda, pero ¿qué camino tomar?»
Autor
Enrique ter Horst
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Enrique ter Horst es abogado y analista político venezolano. Es asistente del secretario general de la ONU. Dirigió las operaciones de mantenimiento de la paz en El Salvador y en Haití fue vicecomisario de la ONU para los Derechos Humanos.
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Fuente
International Herald Tribune (Francia)
Referencia «Turning left, but down which road?», por Enrique ter Horst, International Herald Tribune, 19 de enero de 2006.
Resumen La elección el domingo de Michelle Bachelet, menos de un mes después de la de Evo Morales, parece confirmar que América Latina hizo un giro imprevisto a la izquierda. En realidad, existen dos izquierdas en América Latina, como lo demostró el venezolano, Teodoro Petkoff, posible candidato a la presidencial de diciembre.
Existe el modelo brasileño que favoreció las inversiones y sacó a 15 millones de personas de la pobreza en diez años. También está el modelo venezolano en el que los gastos sociales se realizan dentro de una óptica populista y se desalientan las inversiones privadas por la obsesión del poder para el control. El gobierno venezolano también desmanteló las bases institucionales de la democracia. Pese a los recursos financieros, la pobreza ha aumentado en Venezuela desde la llegada de Hugo Chávez al poder.
En la actualidad, América Latina tiene la posibilidad de tener un crecimiento a largo plazo si los países del continente adoptan las mismas medidas que Brasil, México o Chile. Los nuevos gobiernos que llegan al poder tienen una mejor oportunidad de cumplir con la mayoría de sus promesas y ser reelegidos, mientras buscan, con apoyo externo, contar con el dinero y el tiempo para llevar a cabo importantes cambios democráticos. «Democráticamente» es la palabra clave, los nuevos gobiernos no deben ceder a la tentación de manipular las elecciones y debilitar el equilibrio de poderes.

«En manos de una mujer»
Autor
Sergio Ramirez
Fuente
El Tiempo (Colombia)
Referencia «En manos de una mujer», por Sergio Ramírez, El Tiempo, 17 de enero de 2005.
Resumen Tal como se ve en las fotos, Michelle Bachelet aparenta lo que realmente es: una pediatra de sonrisa segura y franca, a la que cualquier madre confiaría la salud de sus hijos y a quien hoy se le ha confiado Chile.
El día del golpe de Estado contra Salvador Allende, el 11 de septiembre de 1973, el padre de Michelle Bachelet, el general del Ejército del Aire, Alberto Bachelet, fue capturado por sus propios compañeros de armas y murió en la cárcel a consecuencia de las torturas sufridas. Michelle Bachelet y su madre fueron también arrestadas y torturadas antes de que se les permitiera salir al exilio.
Cuando ocupó el cargo de ministra de Defensa y sostuvo su primera reunión con los jefes del Estado Mayor, ella les dijo: «Soy socialista, agnóstica, separada y mujer… pero trabajaremos juntos». Michelle Bachelet no les ha recordado quién fue su padre y deja en manos de los tribunales la tarea de ocuparse del pasado. En cambio, sí les ha recordado que es una mujer la que ocupa ese cargo, y una mujer separada, lo que ofende al machismo chileno. Asimismo, les ha recordado que es socialista y agnóstica. Pero se entendieron bien y la Ministra pudo hacer que las investigaciones sobre los asesinatos cometidos por el ejército fueran llevadas adelante mediante el acceso a los archivos de las fuerzas armadas.

«Una lista de cosas por hacer en Chile»
Autor
Marc Cooper

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Ex intérprete del ex presidente chileno Salvador Allende, Marc Cooper es investigador en la USC Annenberg Institute for Justice and Journalism. Es periodista en The Nation.
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Fuente
Los Angeles Times (Estados Unidos)
Referencia «A to-do list for Chile», por Marc Cooper, Los Angeles Times, 18 de enero de 2006.
Resumen Apenas elegida, nos podemos preguntar si Michelle Bachelet no es una bocanada de aire fresco providencial en una cultura chilena opresiva. Esta baby-boomer [generación perteneciente al auge de nacimientos de la posguerra], dirigente del Partido Socialista chileno y pediatra no es sólo la primera mujer jefe de Estado en Chile, también es una feminista, agnóstica y una madre soltera de tres hijos de dos padres diferentes. Nada mal para Chile, país de América Latina en el cual el segmento de mujeres en la población activa es el más bajo, donde el divorcio no se había autorizado todavía el año pasado y en el cual la televisión de mayor teleaudiencia pertenece a una universidad católica ultraconservadora.
Si el país también está aferrado a sus convencionalismos, se debe, en gran parte, a los 17 años de promoción de los «valores familiares», no a la dictadura de Pinochet. La victoria de Bachelet puede permitir abrir la sociedad chilena, pero para ello será necesario algo más que medidas simbólicas. Sus predecesores socialistas, como Ricardo Lagos, se opusieron débilmente a la estructura calcificada de la sociedad chilena. De igual manera, nunca se opusieron al «libre mercado», es decir, al capitalismo salvaje, impuesto por las bayonetas. Chile tiene una fuerte tasa de crecimiento pero el costo social es elevado: salario bajo, no existen derechos de los trabajadores ni sociales, desigualdades éstas entre las más importantes en el mundo.
Bachelet sólo establecerá una verdadera diferencia si ataca ese aspecto, reforma el sistema de jubilación y el seguro médico, disminuyendo los créditos militares. Por último, también debe enfrentar el pasado y juzgar a Pinochet.

«Los vínculos del hemisferio»
Autoras y autores
Susan Segal, Eric Farnsworth

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Susan Segal est PDG de Council of the Americas, une société fournissant des conseils d’investissement en Amérique latine.
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Eric Farnsworh est le vice président du Council of the Americas et de l’Americas Society à Washington.
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Fuente
Washington Times (Estados Unidos)
Referencia «Hemispheric threads», por Susan Segal et Eric Farnsworth, Washington Times, 16 de enero de 2006.
Resumen Según el sentido común, la Cumbre de las Américas, en Mar del Plata (Argentina), y las recientes elecciones en Bolivia indican que los Estados Unidos y América Latina echan por tierra, definitivamente, la tendencia de los años 90. Algunos ya han acusado a Washington de perder a América Latina, como si esta región ya les hubiese pertenecido.
En realidad, existen desafíos en el hemisferio, pero antes de reaccionar de forma exagerada, tenemos que tener en cuenta una realidad. De ambas partes, se había llegado demasiado lejos en el pesimismo, ensombreciendo la importancia de los intereses estratégicos estadounidenses: seguridad energética, protección en las fronteras, crecimiento económico, lucha contra las amenazas transnacionales incluido el terrorismo, lucha contra el tráfico de drogas, medio ambiente, proliferación nuclear y preservación de la paz mundial.
Es imposible ocuparse de los problemas fronterizos, por ejemplo, sin la activa colaboración entre los Estados. La cuarta parte de la economía estadounidense depende del comercio internacional: sin intercambios comerciales importantes en el hemisferio, que incluyen el petróleo y el gas, la seguridad económica estadounidense disminuiría. La capacidad de proyectar el poderío estadounidense al extranjero para la paz, como en Afganistán, en Haití y en África depende de forma significativa de la ayuda de Argentina, Brasil, Canadá, Chile y de la nación con el mayor contingente proporcional de Fuerzas de Mantenimiento de la Paz, Uruguay. La lista es aún larga.
Ello no quiere decir que debemos, o que vamos a estar de acuerdo en todos los puntos, con todas las naciones, ni siempre. La Cumbre de Mar del Plata era un llamado al despertar, exponiendo una herida que no se curará fácilmente. Pero, pese a los análisis fáciles, no se trata de Estados Unidos contra el resto del hemisferio, sino de la globalización contra los altermundistas con líderes como Chile, Colombia, México, Nicaragua, Perú, Jamaica, y otros, que retan a los manifestantes y a los activistas a que se opongan a la integración continental.
En primer lugar, hay que reconocer que todos nos encontramos inmersos en una batalla de ideas. Como lo demostraron las elecciones en Bolivia, se resucitó el programa populista, lo que permite augurar una relativa independencia con respecto al «imperialismo» económico estadounidense. Sin embargo, esa voluntad de emancipación es ilusoria. No obstante, incumbe a los Estados Unidos y a las demás naciones el crear una alternativa más activa y eficaz, a fin de responder a las frustraciones de este hemisferio sur. En segundo lugar, la política estadounidense, equivocadamente, se posicionó con respecto a sus oponentes sólo en una estrategia comercial. En tercer lugar, como prenda de credibilidad, debemos tratar de dar perpetuidad a los tratados económicos en los que participe Estados Unidos para que sirvan también a los objetivos de los demás países del continente. Por último, es de la incumbencia de todos los que aprecian a los Estados Unidos realizar un mejor trabajo de información de nuestra propia población con miras a lograr estas estrategias. Es necesaria una mejor comprensión de la importancia que revisten los intereses regionales para Estados Unidos, seguida de un verdadero compromiso por parte de las élites gubernamentales, del mundo de los negocios y de los medios de comunicación en esta vía.
Es cierto que no hay grandes promesas, pero, a diferencia de la demostración de la Cumbre del MERCOSUR y de los comentarios que emanarán de ello, esas acciones tendrán mayor alcance en los intereses comunes de los países americanos.

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