Red Voltaire
Según el destacado historiador ruso Valentín Falín

«La Guerra Fría no ha terminado»

RIA Novosti sigue publicando el texto de la conversación mantenida entre su comentarista en temas militares Victor Litovkin y Valentín Falin, Doctor en Historia, con motivo del 60 aniversario del discurso pronunciado por Winston Churchill en Fulton, inmediatamente después del cual, según se cree, el mundo occidental desató la “guerra fría” contra la Unión Soviética.

| Moscú
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Winston Churchill.
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¿Qué ha quedado de aquella época en la política mundial actual y qué ya es un pasado que nunca regresará? ¿Qué hace falta hacer para que la “guerra fría” no se repita nunca más? Tales son los temas de esta plática.

Victor Litovkin: Valentín, si usted no está en contra, retomemos unos temas de nuestra conversación anterior. ¿Presentaba realmente la Unión Soviética una amenaza para el “mundo libre” después de la Segunda Guerra Mundial? ¿O se trataba de un invento dirigido a intimidar a la gente, sugiriéndole que Moscú intentaba exportar el modo de vida socialista?

Valentín Falin: Dan respuesta a ello documentos estadounidenses, por ejemplo, unos informes de jefes de los Estados Mayores de EEUU y los servicios de inteligencia. “La Unión Soviética no presenta ninguna amenaza directa. Su economía y potencial laboral están agotados por la guerra. Por consiguiente, durante los próximos años la URSS se reconcentrará en su reconstrucción interna y va a plantearse objetivos diplomáticos limitados”, escribían unos analistas militares. El servicio de inteligencia se atenía a este punto de vista hasta 1947, cuando le hicieron la siguiente amonestación: antes de pretender estar leyendo en las almas ajenas, sería conveniente aprender a comprender a sus propios jefes.

Y es que éstos, en persona del presidente y sus allegados, ya habían condenado a la URSS a la desaparición, pues la existencia misma de ésta presentaba un peligro para la seguridad de Estados Unidos, sostenían en Washington. Respectivamente, las recomendaciones de Clifford, asesor especial del presidente, decían: “La actual situación mundial hace imposible sostener exitosas conversaciones con el Kremlin, porque la toma de decisiones respecto a los importantes problemas pendientes de solución supone tomar en consideración las nuevas realidades, pero ello es inadmisible para EE UU y el resto del mundo libre, pues tendría consecuencias catastróficas”. Clifford insistía en que se debía sabotear las propuestas soviéticas sobre el desarme. Es de tener presente que el documento data de septiembre de 1946.

La paquidérmica máquina del Estado norteamericano partía precisamente del postulado “Cartago debe ser destruido” ( o “la Unión Soviética tiene que desaparecer”) después de la llegada al poder de Truman. Se proclamaba imposible la coexistencia pacífica, y los adeptos de ésta se estigmatizaban como agentes de unas fuerzas hostiles al modo de vida americano. Durante el Medievo, las distinciones en las creencias religiosas servían de pretexto para lanzar campañas y organizar “expediciones”. A mediados del siglo XX, EE UU consideró tener derecho para desatar una guerra global “por motivos ideológicos”. Unos habilidosos washingtonianos de avivar la tensión modelaron en total media docena de pretextos para desenvainar la “espada atómica” o emplear arma biológica contra el enemigo.

Permita que yo vuelva a repetir: Por muy dúctil que hubiese sido Moscú entre 1945 y 1947, no habría podido complacerle a Washington, porque a éste le preocupaba no la calidad de la política de la Unión Soviética sino el propio hecho de la existencia de un Estado de potencial demasiado grande, que no le permitía al país de las “ilimitadas posibilidades” afirmar su dominio global.

Si bajo la amenaza a la libertad y la autodeterminación se entiende la libertad de Washington para rehacer a su consideración el mapa político, económico y social del mundo, entonces sí que la URSS era una traba para él. Al mismo tiempo que Moscú no definía como dominio soviético a ninguna de las regiones del mundo,

EEUU proclamó su derecho a “controlar de lleno al Japón y el Pacífico”, sin hablar ya de lo intocable del Hemisferio Occidental y otros muchos lugares para los foráneos y disidentes. ¿Con qué derecho?, preguntará usted. Haciendo eco a Baruch, asesor de Truman, le responderían: La cuestión no radica en el derecho sino en la fuerza. En el mundo de los desiguales la igualdad es una quimera.

Victor Litovkin: Quiero hacer una objeción. Después de la Segunda Guerra Mundial, en los países de Europa del Este adquirían siempre mayor influencia los movimientos comunistas, existían dificultades en materia de derechos humanos, lo que le daba pábulo a Occidente para atribuirnos los intentos de exportar el totalitarismo, como hoy día le estamos reprochando nosotros a EE UU los planes de exportar su sistema de democracia.

Valentín Falin: Me veo obligado a repetir lo que dije más arriba. En los años cruciales de 1945-1946, de los que estamos tratando - ¿no es así? – Moscú no se planteaba como tarea primordial lo de imponer regímenes procomunistas en Europa Central y del Este. Veamos los apuntes que hacía W. Pieck, recogiendo las consideraciones que exponía Stalin durante las charlas que ellos sostenían entre 1945 y 1952. ¿En qué hacía hincapié Stalin? “Nada de los intentos de crear en el territorio de Alemania del Este una Unión Soviética en miniatura, nada de las reformas socialistas. La tarea de ustedes consiste en llevar hasta el final la revolución burguesa que comenzó en Alemania en 1848 y fue interrumpida primero por Bismarck y luego por Hitler”. Según Stalin, la división de Alemania contradecía los intereses estratégicos de la URSS. Contrariamente a las tendencias separatistas que procuraban estimular e imponer Francia, Inglaterra y EE UU, Stalin sostenía que existía una base sobre la que podrían consolidarse las fuerzas antifascistas de diversos matices políticos.

Mucho más tarde, en la época de Nikita Jruschev, los países de la “comunidad socialista” se despedirían del pasado cada uno a su manera. Conviene tener presente que en Checoslovaquia, Hungría y Rumania de 1947 y 1948 estaban al timón los líderes burgueses Eduard Benes, Ferenz Nagy y Pedro Groza. En Hungría, hasta 1947 funcionaba el aparato administrativo y judicial heredado de Horthy.

Los Frentes Populares de dichos países fueron los primeros en caer víctimas de la “guerra fría”. Entre 1944 y 1946, Benes se cualificaba entre los adeptos de purificar las relaciones internacionales de las deformaciones nacionalistas e ideológicas que eran propias de Europa después del Tratado de Paz de Versailles firmado en 1919. Ello suponía, entre otras cosas, según él decía al conversar con Stalin, la necesidad de erradicar los restos del feudalismo en Polonia y Hungría. Benes no olvidaba el papel que desempeñaron los polacos y los húngaros en el desmembramiento de Checoslovaquia, como tampoco le perdonaban éstos últimos a Masaryk, el primer presidente de la República de Checoslovaquia, su negativa a permitir el transporte de armas durante la campaña de 1920 contra Kíev y Moscú, dirigida por Pilsudski.

La polarización del mundo diluía el terreno sobre el que Benes quería edificar una Checoslovaquia próspera. El país que podía servir de puente entre Oeste y Este, cómo él veía la función de su patria, debía mantener la neutralidad. ¿Pero cómo podía hacerlo, si EE UU calificaba la neutralidad de un “fenómeno inmoral”? El desprendimiento de la avalancha era sólo cuestión de tiempo.

De los países limítrofes con la URSS, solamente Finlandia supo mantener la línea neutral. Según ciertos datos, el dictador soviético se inclinaba a multiplicar el ejemplo finés. Lo quería seguir, en particular, Noruega. Pero la empujaron por fuerza hacia la OTAN. Austria logró permanecer neutral. En el caso de los fineses y los austriacos, ¿en qué consistía el reto o la amenaza?

Existe otro aspecto, que dista mucho de ser secundario. Cuando Moscú obtuvo datos sobre los planes estadounidenses de asestar golpes nucleares contra la Unión Soviética y sus posiciones, al mariscal Sokolovsky no se le dio la orden de preparar un salto a través del Atlántico desde Alemania, Polonia, etc., sino la de organizar una línea de defensa siguiendo el curso del Oder, y si la situación se desarrollaba favorablemente, regresar a la línea de demarcación trazada por el Elba. Para refutar las leyendas que les atribuyen a los soldados soviéticos el deseo de lavar sus botas en las aguas atlánticas, le propuse a Der Spiegel publicar el texto de aquella directriz. Pero la revista se limitó a dedicar sólo un par de líneas a este tema. La libertad de palabra no es idéntica a la imparcialidad en la cobertura de los acontecimientos.

Victor Litovkin: Voy a formular la pregunta de otro modo: ¿Qué fecha puede considerarse como fin de la “guerra fría”?

Valentín Falin: Voy a responder a ello un poco más tarde. Mientras tanto vamos a analizar ¿por qué todo cambió en 1947? ¿Cuándo se operó el viraje y por qué Stalin empezó a imponer regímenes prosoviéticos, comenzaron a realizarse purgas y otras cosas indecorosas? Como ello sucedería en Checoslovaquia, Hungría y otros países...

Victor Litovkin: También en Yugoslavia.

Valentín Falin: Yugoslavia es un tema aparte, allí Tito luchó contra Stalin y sus partidarios. Pero en Checoslovaquia dimitió Benes. En Rumania subieron al poder los comunistas, y en Hungría también. En Polonia comenzó la “caza de brujas”. Era un “Mccarthysmo a lo de Stalin”. En 1947, en manos de Moscú se vio un material conseguido por servicios de inteligencia, era la decisión tomada por tres potencias, que preveía dividir Alemania y crear por separado un Estado en su parte occidental, rearmarlo e incorporarlo en el bloque ofensivo antisoviético. De este y otros documentos, conseguidos análogamente, se podía deducir que la “guerra fría” no era un objetivo en sí y se destinaba a preparar en lo político y lo psicológico una guerra “caliente” . Hasta figuraban las fechas “X”, en que se planeaba atacar a la URSS, China y Vietnam (1952, 1954 y 1957). Washington se mostraba más que decidido, pero tenía dudas respecto a las consecuencias que tendría la agresión. Todavía no estaba alcanzada la décupla superioridad en la potencia de fuego de Occidente frente a la URSS, en lo que estaban insistiendo los generales.

No quiero aducir más detalles, que son numerosos y poco agradables para Washington. Quienes tienen dudas al respecto, que lean el plan “Dropshot” /Golpe instantáneo/, que fue aprobado por el presidente Truman en diciembre de 1949 en calidad de documento básico de la política militar y exterior de EE UU y también de la OTAN. Con el surgimiento de ese plan se vieron opacadas todas las doctrinas de agresión anteriores.

Victor Litovkin: Cabe preguntar: ¿existen pruebas de que EEUU se preparaba a liquidar a la Unión Soviética, por qué no lo hizo cuando poseía el monopolio del arma nuclear?

Valentín Falin: Los planes de desatar una guerra nuclear contra la URSS surgían uno tras otro. De 1945 a 1949 se elaboraron no menos de 16. La lista de las ciudades a atacar aumentó de 15 a 200, y el número de las bombas a arrojar, de 20 a más de 300. La magia de las cifras producía un efecto de doping en el presidente y sus asesores. Pero al poco se hizo claro que la envergadura de los planes más bien expresaba el grado del aventurerismo que la capacidad de actuar.

Tras repetidas demandas de Truman de proporcionarle datos exhaustivos, en abril de 1947 le informaron que EE UU poseía menos de una docena de bombas atómicas. El presidente experimentó un choque. “Preferiría no saber nada de ello”, declaró él. En efecto, a finales de 1945 EE UU tenía dos bombas nucleares; hacia julio de 1946, nueve, y al cabo de un año, trece. Según reconocería en 1979 Lilienthal, presidente de la comisión para la energía nuclear, hasta 1948 los estadounidenses no disponían de cargas nucleares aptas para el empleo.

La vida está llena de paradojas. Si el servicio de inteligencia de EEUU hubiera conocido un secreto nuestro: que en un comienzo, el arma nuclear soviética se desarrollaba utilizando uranio que se extraía en Alemania y Checoslovaquia, Washington quizás habría acogido de otro modo la propuesta de Moscú de retirar las tropas extranjeras del territorio alemán después del fin de la Segunda Guerra Mundial. Hacia 1949 Moscú ya tenía colocado su detonante bajo el monopolio nuclear estadounidense. Se vislumbraba una estructura nuclear bipolar, y junto con ésta, un mundo bipolar.

Victor Litovkin: Regresemos a la “guerra fría”. ¿Qué día y año marcan su fin? ¿Qué acontecimiento en la vida de nuestro país significó su fin?

Valentín Falin: Temo decepcionarle. En mi opinión, la “guerra fría” no ha terminado, porque no ha desaparecido su primera causa, la rusofobia, que es un fenómeno nocivo pero vivaz.

Veamos unos ejemplos de la Historia. Rusia opone resistencia al empuje de los tártaro-mongoles, y mientras tanto los polacos, lituanos, suecos y otros cortan pedazos de su territorio en el Oeste. El Gran Principado Lituano se crea en unas tierras eslavas que Rusia no puede defender, subyugada por los mongoles. Recordemos también: ¿cuándo Occidente empleó por primera vez un arma económica contra Rusia? Fue en 1533, con la firma del llamado Convenio de Lubeck, concertado a iniciativa del rey sueco y el emperador austriaco, que estaba a la cabeza del imperio romano de la nación alemana. El Convenio prohibía suministrarle a Rusia tecnologías militares y otras capaces de mejorar su capacidad de defensa y declaraba fuera de la ley la construcción de puertos rusos en el mar Báltico. Se preveía un severo castigo por infringir dichas prohibiciones. Empezaron a surgir brechas en el Convenio en cuestión sólo en la época de Iván el Terrible, con la firma de acuerdos con los ingleses que mandaban sus barcos a Arjanguelsk.

Existen otros ejemplos de la rusofobia. Las primeras decisiones de organizar un bloqueo financiero a Rusia datan de finales del siglo XIX, y fueron confirmadas por el Congreso de EE UU durante la Primera Guerra Mundial. Entre 1918 y 1920 Wahington mandó sus expertos a Rusia para abrirnos los ojos. Y cuando éstos fueron expulsados, no quiso reconocer a la Rusia soviética hasta 1933, procediendo según el principio: si no hay reconocimiento, se puede hacer lo que nos dé la gana. Después de 1945 fue puesto en tela de juicio el propio derecho de los rusos a existir. ¿Cambiarán las cosas con la plena desaparición de la Unión Soviética? El tiempo lo dirá. Algunos en Occidente hasta ahora acogen la semidesintegración de Rusia como algo intermedio.

Victor Litovkin: Vamos a formular entonces la pregunta de otro modo. ¿Por qué se habla tanto y tan gustosamente sobre el fin de la “guerra fría”? ¿A quién le conviene ello?

Valentín Falin: Había que justificar de algún modo el despilfarro de las posiciones geopolíticas realizado por Mijaíl Gorbachov. Las transacciones que se concertaban con Estados Unidos reflejaban, fundamentalmente, las concesiones hechas por nuestra parte. La correlación de fuerzas se deformó a favor de la OTAN. Ese bloque dirigido por Washington realizaba la expansión, mientras que los dirigentes de la Unión Soviética destruían a la Organización del Tratado de Varsovia y el CAME (Consejo de Ayuda Mutua Económica). Por faltar otros argumentos que justificaran esa capitulación, hicieron circular las palabras sobre el fin de la “guerra fría” y la próxima era de florecimiento conjunto.

Los expertos tendrán que analizar detenidamente la política aplicada por Gorbachov y Shevardnadze, los que con sus “combinaciones astutas” estaban vertiendo agua al molino de la “guerra fría”, además en su variante inicial, apuntada contra la integridad y la existencia misma de la Unión Soviética. La gran potencia rusa y sus intereses no se colocaban en el altar de los “valores universales”, sino en el de las ambiciones desmesuradas de un contrincante nuestro que se proclamó guía de toda la Humanidad.

En cuanto a Yeltsin, Gaidar y Kozirev, aquí la situación es más clara. Ellos estaban cumpliendo los planes ideados allende el océano: los de conducir al país a un punto del que no habría retorno, de socavar las raíces de la identidad rusa y la conciencia nacional. A Washington ya no le satisfacía capitulación simplemente, él insistía en una capitulación incondicional, en el minado de todos los cánones y valores morales, que permiten que el pueblo sea pueblo. Y casi ha conseguido ese propósito, lamentablemente.

Verdad que la “guerra fría” difiere en algo de la “caliente”. En la primera, la capitulación incondicional es un proceso. El penúltimo presidente de EE UU, Bill Clinton, al reunirse en 1997 a puerta cerrada con los congresistas, dijo: “Con nuestra activa contribución quedó desmembrada Yugoslavia. Nuestra próxima tarea consiste en desmembrar a la Federación Rusa”. ¿Qué será eso si no una continuación de la “guerra fría”, si no un Fulton de nuestra época?

La política no conoce puntos finales, sólo suspensivos. ¿Qué nos espera en lo venidero? Dios no quiera que sea como en un cuento mágico: cuanto más se desarrolla la acción, tanto más miedo da.

Fuente
RIA Novosti (Rusia)

Viktor Litovkine

Viktor Litovkine Sirvió por 30 años en el Ejército Rojo y alcanzó el grado de coronel. Ex jefe de la sección Defensa en el diario Izvestia (de 1999 a 2002), y posteriormente en la agencia RIA-Novosti (de 2002 a 2007). Actualmente es redactor jefe adjunto en la Indépendant Military Review. Autor de numerosos libros y documentales.

 
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Valentín Falin

Historiador ruso especialista en la Segunda Guerra Mundial.

 
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