Red Voltaire
Crisis social y humana en Colombia

Jóvenes ¿Por qué se suicidan?

Entre 1991 y 2005, los suicidios aumentaron en Colombia 195 por ciento, al pasar de 605 casos anuales a 1.786. En el año 1999 las necropsias por suicidio alcanzaron un máximo crecimiento de 245 por ciento respecto al año base de referencia. En el período analizado el número de habitantes aumentó 28,3 por ciento, lo que significa que los suicidios crecieron nueve veces más rápido que el poblacional (cuadro 1). El crecimiento en el número de suicidios tiende a concentrarse en edades más tempranas, esto es, nuestros jóvenes se están matando ¿por qué?

| Bogotá (Colombia)
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En los últimos quince años se suicidaron en Colombia 25.000 personas, en su mayoría jóvenes. Es como si se matara en masa toda la población de un municipio intermedio de Colombia.

Esta sociedad no ofrece alternativas a los jóvenes, a pesar de representar una cuarta parte de los 47 millones de personas que habitan en su territorio. El desempleo los golpea con mayor dureza, la educación plena sólo beneficia a uno de cada tres jóvenes, la formación que reciben los niños en sus hogares forma caracteres histéricos y con poca resistencia a la frustración, la publicidad y la cultura de masas les genera expectativas de consumo y modelos de vida inalcanzables que no pueden satisfacer, la sociedad promueve un individualismo competitivo que los aísla, la familia igualmente los presiona hasta que, todo en conjunto, termina por hacerlos estallar.

Al no entender los factores estructurales que lo aliena y las fuerzas económicas que lo excluye termina el potencial suicida por pensar que se trata de un fracaso personal y los profesionales de la salud por dictaminar un simple desajuste emocional o conflicto familiar. No, las causas de esta mortandad de jóvenes hay que buscarla en la organización y funcionamiento de la sociedad colombiana que nos esta enfermando mentalmente a todos.

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Un país enfermo mentalmente

En efecto, la salud mental de los colombianos está en crisis. Más de dos mil casos de suicidios en un sólo año, en su mayoría de jóvenes, evidencia la grave situación que vive el país. Cuatro de cada 10 colombianos presentan al menos un trastorno mental en algún momento de su vida. La etapa entre los 14 y 27 años es aquella en que aparecen por primera vez la mayoría de los trastornos, en especial los relacionados con la ansiedad, el abuso del alcohol y otras sustancias psicoactivas, al igual que los trastornos afectivos.

Entre los hombres el abuso de alcohol es un problema más común en tanto que entre las mujeres, la depresión mayor. El trastorno de atención (5 años) y la fobia específica (7 años) son los dos padecimientos más tempranos. La ansiedad de separación de la infancia (8 años) seguida por el trastorno de conducta y el trastorno oposicionista desafiante (10 años para ambos) aparecen después. Para los trastornos de la vida adulta, los trastornos de ansiedad se reportaron con edades de inicio más tempranas, seguidos por los trastornos afectivos y por los trastornos por uso de sustancias.

Entre los hombres el abuso y la adicción al alcohol es el principal problema, íntimamente ligado a la violencia intrafamiliar y social. Las mujeres presentan una mayor tendencia a la depresión. En ambos sexos el intento de suicidio, alguna vez en la vida, es del 4,9 por ciento, una problemática preocupante que se presenta en edades cada vez más tempranas.

La prevalencia de vida de intento de suicidio para la población colombiana estudiada fue de 4.9 por ciento y en los 12 últimos meses, 1.3 por ciento. La prevalencia de vida para ideación suicida fue del 12,3 por ciento, y las de plan e intento del 4,1 y 4.9 por ciento respectivamente. Llama la atención que la prevalencia de vida en los tres indicadores es un poco mayor en mujeres. Cuando se analiza en el último año, la prevalencia es mayor en hombres para los tres indicadores. Al discriminar por los grupos de edad, se evidenció que las mayores prevalencias de vida, tanto de ideación como de plan e intento suicida, se encuentran en el grupo de 30-44 años y durante el último año la prevalencia de estas variables es mayor en personas más jóvenes (18 a 29 años).

Sólo uno de cada 10 sujetos con un trastorno mental recibió atención dentro del sistema de salud. Los datos apoyan la necesidad de incrementar los esfuerzos orientados a hacer más disponibles los servicios y de acercar a la población a ellos. Al respecto, se recomienda considerar los trastornos mentales como enfermedades crónicas con derecho a tratamiento, mejorar los servicios de prevención y tratamiento en salud mental. Actualmente la normativa del sistema de salud colombiana es excluyente en la atención a la salud mental, no sólo por la dificultad en el acceso sino porque además restringe la consulta y tratamiento a menos de un mes cada año. Un contrasentido mayor, es el monopolio que tiene el Estado sobre la producción y venta de alcohol y el estimulo que a través de la publicidad realiza para aumentar su consumo, particularmente dirigida a la población joven.

De acuerdo con la evaluación, realizada por el Banco Mundial en 2001, se concluye que Colombia no cuenta con una red de protección social efectiva capaz de enfrentar las consecuencias sociales de las crisis [1].

La grave situación de los suicidios en Colombia hay que comprenderla en relación con en el contexto social, político, económico y cultural que induce las patologías colectivas e individuales.

Una sociedad que induce al suicidio

La finalizar la década de 1990 la mayoría de los indicadores sociales y económicos presentaban un grave deterioro. En efecto, estos indicadores reflejaban el rápido crecimiento de la violencia, la recesión económica más aguda durante el siglo XX, el aumento en la población viviendo bajo condiciones de pobreza y un desempleo galopante. La pregunta a la cual debemos buscar respuesta es ¿cuál es la relación entre el elevado crecimiento de los suicidios y el deterioro del contexto social, económico y político colombiano? A primera vista, el incremento de la tasa de suicidios se encuentra correlacionado con la evolución en las tasas de pobreza, desempleo y violencia. Más aun, cuando estas dos últimas tasas ceden en los últimos años, las cifras absolutas y relativas de suicidios presentan una tendencia descendente (ver gráfico).

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Con el fin de explorar la relación entre los suicidios (variable dependiente) y los fenómenos sociopolíticos de pobreza, violencia y desempleo (variables independientes) se realizó un análisis estadístico [2] encontrándose dos situaciones diferentes: i) entre los años 1991 y 1995, la capacidad predictiva del modelo es media, esto es, el cambio estructural que registró la tasa de suicidios (incremento de 141 por ciento) se explica sólo en parte por estas variables sociopolíticas, por tanto, el análisis debe orientarse también hacia otras dimensiones de la cultura, las relaciones personales, las condiciones de vida en las familias y la cotidianidad; ii) entre 1996 y 2005, los cambios en las variables sociopolíticas predicen por encima de 80 por ciento los cambios en la tasa de suicidios, cuando esta última variable tiende a estabilizarse en un nivel bastante alto en relación con el principio de la década de 1990.

Para profundizar esta exploración se miró la relación estadística entre cada par de variables estudiadas [3], encontrándose una asociación alta y positiva entre la tasa de desempleo y la tasa de suicidios (0,71); al contrario, la correlación con la tasa de homicidios es baja (-0,48) y con la pobreza insignificante (-0,19).

Los jóvenes sin empleo y sin futuro

Durante las últimas tres décadas, el sistema mundo capitalista en su fase global y financiera, expulsa de la explotación a la exclusión a la mitad de la población del mundo. Por ello, para mantener el poder recurre al terrorismo de Estado, al crimen, las mafias y los regímenes totalitarios. De la explotación a la exclusión, de ésta a la eliminación e incluso a desastrosas explotaciones.

El desempleo en el mundo alcanza en la actualidad su nivel más elevado desde la depresión de los años 30 del siglo anterior. La completa sustitución de los trabajadores por máquinas está polarizando la población rápidamente en dos frentes irreconciliables y potencialmente contrarios: las élites que controlan las tecnologías y las fuerzas de producción en contra del creciente grupo de trabajadores despedidos, con pocas esperanzas y menores perspectivas de encontrar trabajos en la economía global basadas en las altas tecnologías.

La principal contradicción y causante de este horror es un sistema mundo capitalista basado en la propiedad privada de los medios de producción concentrada en firmas transnacionales, el individualismo egoísta, los mercados como organizadores de la vida social, la promoción compulsiva de un consumo deshumanizante y la exclusión y empobrecimiento generalizados. La fractura social es más estridente y con ella la violencia y los sistemas neofascistas para controlar a los excluidos. A las instituciones internacionales y los gobiernos nacionales no les interesa en absoluto la eliminación de la pobreza sino la supresión de la rebeldía de los pobres. La pobreza es programada conscientemente por el sistema contra la unificación e insurrección de los trabajadores. Así matan dos pájaros con un solo tiro: una pobreza y exclusión generalizada bloquea la organización unitaria del obrero social y, su pública exposición extorsiona a los trabajadores para aceptar resignadamente salarios de hambre y empleos precarios, inestables y de sobreexplotación.

Colombia, como país periférico del sistema mundo capitalista, no es la excepción de esta tendencia. A lo largo de la década de 1990, su tasa de desempleo abierto aumentó de manera continua, producto de la recesión económica y las políticas de deslaboralización y flexiblización del trabajo, hasta afectar a más del 20 por ciento de la fuerza laboral. En el año 2005 la tasa de desempleo bajó de 13,2 por ciento que se encontraba en enero a 10 por ciento a finales de año. Esta disminución se explica por la intensificación de la explotación de la fuerza laboral y porque muchos colombianos han dejado de buscar trabajo desanimados por la falta de oportunidades. El subempleo (por competencias, ingresos y tiempos de labor) aumentó de 28 por ciento a 33 por ciento a lo largo del año 2005. El deterioro en la calidad del empleo se observa igualmente en el problema estructural de la informalidad cuya tasa se mantiene en el 58,8 por ciento. En marzo de 2006 el desempleo a nivel nacional volvió a incrementarse a 13,1 por ciento y en las trece principales ciudades alcanzó el 15,1 por ciento.

Tradicionalmente la precariedad del empleo juvenil es más alta que el promedio nacional, siendo el más representativo el ubicado en el rango de edad de 18 a 22 años, segmento donde los jóvenes han abandonado el sistema educativo. Según la Encuesta Nacional de Hogares del DANE, en los jóvenes de 14 a 17 años el desempleo es de 22 por ciento, el subempleo 33 por ciento y la informalidad 88 por ciento. En el rango de 18 a 22 años, el desempleo es de 30 por ciento, el subempleo 38,4 por ciento y la informalidad 63% por ciento.

Crisis económica, suicidios y logoterapia

De acuerdo con el trabajo clínico de Viktor Frankl, hay una clara implicación y consecuencia en los problemas sociales y económicos sobre la psique [4]. La razón psicológica puede atribuirse, según Frankl, al sentimiento de impotencia que embarga a los desocupados al tener que afrontar las necesidades económicas y asumir la frustración generada por un sistema que promueve el consumo deshumanizado como valor fundamental de la existencia. Amargados y enojados, los desocupados pasan la mayor parte del día en casa, tienen suficientes motivos para estar de mal humor y encuentran tiempo suficiente para hacer pesar ese mal humor sobre quien está junto a ellos. En tales familias domina, en consecuencia, una atmósfera continua de nerviosismo, inquietud y violencia, con grave peligro para la salud psíquica de los jóvenes. Un agravante mayor es la angustia que se agrega porque estos jóvenes tampoco encuentran trabajo para contribuir al sostenimiento de la familia. Un fenómeno particular de esta situación es la neurosis de desocupación, cuya característica principal es con frecuencia una apatía general de grado muy elevado.

No obstante, concluye el analista existencial de Viena, a la tipología de jóvenes definidos como apáticos, depresivos o neuróticos, les falta no tanto el trabajo en sí, la actividad en cuanto tal, como el sentimiento de hacer algo, la conciencia de vivir de manera significativa. El joven pide pan y trabajo al menos tanto como algo por lo cual vivir, una meta, un fin, un sentido para su existencia.

Frankl es optimista con las nuevas generaciones. Esta nace de una nueva realidad y anhela una nueva ética, o sea, realizar valores. Nada puede volver a una persona capaz de soportar dificultades subjetivas y objetivas más que el sentimiento de tener una tarea, una misión que llevar a término.

El trabajo retributivo no representa la única posibilidad de dar sentido a la vida. Esta identificación errada con la profesión es la que da origen al estado de apatía psíquica. Para los problemas asociados con la desocupación es necesario encontrar un contenido de vida; adecuarlo y buscarlo constituye la tarea concreta más inmediata.

En resumen, vivimos en una sociedad que produce marginación y exclusión, pobres que no le sirven al sistema para su reproducción. Dicha marginación y exclusión es caldo de cultivo para el suicida ¿qué podemos hacer por ellos?, ¿qué pueden hacer ellos por sí mismos? También hay que considerar que el suicida se encuentra solo entre 7.000 millones de personas en el mundo. Hay que acogerlo por tanto, es uno a quien hay que amar. Es alguien a quien hay que motivar a que asuma la vida sin ambages, es decir, consciente de lo dura y difícil que es. Para adolescentes y jóvenes el suicidio se haya asociado a “ausencia de futuro”, en general a la inexistencia de un proyecto de vida y a la falta de reconocimiento de un espacio dentro de la sociedad.

Un contexto lleno de valor y sentido es el presupuesto básico para la realización de cualquier proyecto de vida. Los seres humanos como portadores, creadores, descubridores y realizadores de valores producto de la dinámica evolutiva y dialéctica sistémica existencia-conciencia-praxis, logran que éstos puedan convertirse en fuerzas en movimiento, esto es, fuerza transformadora directa. Por tanto, es necesario profundizar el compromiso del sujeto con la dimensión cultural, social y política del ser-en-el-mundo.

Es imperativo, entonces, transformar el régimen político y las actuales relaciones sociales de propiedad y producción para dar paso a una sociedad más solidaria, justa y orientada hacia el bien común y la recuperación de la esencia humana. Es imposible encontrar una salida a la crisis que enfrentan actualmente nuestros jóvenes desde y dentro del sistema mundo capitalista. Socialismo o barbarie sigue siendo la elección crucial en los tiempos que padecemos.

* Este artículo esta basado en un trabajo de investigación más amplio elaborado por el autor para la revista Sentido y Existencia del Instituto Colombiano de Logoterapía Víktor Frank. ** Economista, master en teoría económica. Filósofo, diplomado en análisis existencial. Miembro del equipo de redacción de Le Monde Diplomatique edición Colombia; Socio del Instituto Colombiano de Logoterapia Víktor E. Frank. Investigador y escritor independiente.

[1] Laura B. Rawlings (team Leader), Colombia, evaluación de la red de protección social, Banco Mundial, 2002, p. 12.

[2] Mediante un modelo de regresión múltiple que estudia la variable dependiente en función de las variables independientes.

[3] Se construyó una matriz de correlaciones.

[4] Frankl, Víctor, (1933), Crisis económica y vida psíquica. Desde el punto de vista de la consulta para jóvenes, pp. 91-94; en: Las Raíces de la Logoterapia, escritos juveniles 1923-1942, Trabajo realizado por Eugenio Fizzotti, Fundación Argentina de Logoterapia, año 2001.

Libardo Sarmiento Anzola

Libardo Sarmiento Anzola Economista, filósofo y master en teoría económica. Escritor e investigador societal independiente

 
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