Indudablemente Bush junior es un hombre que se caracteriza por su comprensión de los problemas internacionales, su sensibilidad social y su constante humanitarismo, características que posiblemente algún día deriven en su nominación al Premio Nobel de la Paz, un galardón que quizá comparta con sus compatriotas Martin Luther King (1964), Henry Kissinger (1973) y James Carter (2002).

Pero mientras llega ese día, no está de más recordar que 38 años atrás tropas de Estados Unidos protagonizaron en Vietnam un hecho similar a la matanza de Haditha.

En la mañana del 16 de marzo de 1968, más de cien efectivos de la Fuerza de Tarea Barker, al mando del teniente William Calley, llegaron a la aldea de My Lai. No hallaron enemigos del vietcong, pero iniciaron una masacre que duró cuatro horas. Choza por choza, destruyeron el poblado con granadas, violaron muchachas y asesinaron a tiros y golpes de bayoneta a entre 400 y 500 civiles desarmados, la mayoría ancianos, mujeres, niños y bebés de pecho.

Cuando ningún ser humano quedó en pie, los enardecidos soldados mataron a todas las vacas, cerdos y gallinas. Regresaron a su base, reportaron “128 enemigos muertos” y cenaron. Después se dedicaron a beber cerveza mientras veían películas pornográficas.

A pesar de todos los esfuerzos del alto mando estadounidense por ocultar la matanza, lo que inicialmente fue “un día más” en Vietnam trascendió al público y se transformó en un escándalo internacional. Para acallar las críticas dentro de Estados Unidos, el ejército decidió juzgar al teniente Calley, un joven originario de Miami y ex vendedor de seguros en San Francisco, quien se había graduado en Fort Benning (Georgia) en tiempo récord, sin saber interpretar un mapa.

En el juicio, el oficial dijo que había ido a Vietnam “para detener el comunismo”. Aclaró que no sabía muy bien qué era el comunismo, pero que tenía idea de que era “algo malo”.

Posteriormente, en una entrevista de prensa, Calley fue más explícito: “Veo a los comunistas de la misma forma que los sureños ven a los negros. Haber matado a aquella gente en My Lai no me obsesiona en absoluto. No lo hice por el placer de matar. En realidad, no estábamos allí para matar seres humanos sino para matar una ideología defendida por... no sé, piezas, bultos, trozos de carne. Yo no estaba en My Lai para destruir hombres inteligentes, estaba allí para destruir una idea intangible”.

Otro de los participantes de la masacre, el sargento Kenneth Hodges, fue un poco más directo: “Era nuestra oportunidad para desquitarnos. Era el momento de saldar cuentas y vengar a nuestros compañeros caídos. [...] Se nos explicó claramente que no debía haber prisioneros. La orden que nos dieron fue la de matar a todos en la aldea. Las mujeres, los niños y los ancianos eran del vietcong o simpatizaban con el vietcong. No simpatizaban con los norteamericanos. Nos dijeron claramente que nadie en la aldea se debía salvar”.

A la distancia, las declaraciones del sargento Hodges son parecidas a las del cabo de infantería de marina James Crossan, quien resultó herido al estallar una bomba al inicio de los sucesos en Haditha, en noviembre de 2005. El suboficial describió a la cadena de televisión CNN la rabia de sus camaradas ese día. Después de que un soldado murió por la explosión y otros dos resultaron heridos, “algunos perdieron el control y tomaron decisiones muy malas”, dijo.

Otro cabo, Ryan Briones, contó al diario Los Angeles Times que tomó fotografías y ayudó a sacar cadáveres de bebés, mujeres y hombres adultos que estaban desarmados. Una niña iraquí narró a la CNN cómo los soldados asesinaron a sus padres, a su anciana abuela y a una primita de cuatro años.

Realmente hay que hacer un complicado ejercicio mental para pensar que los marines confundieron a una típica y empobrecida familia árabe con miembros de la resistencia iraquí o con integrantes de la red terrorista Al Qaeda. Más bien uno recuerda esa tradición del ejército estadounidense que se remonta al general George Amstrong Custer y a William F. Cody, más conocido como Búfalo Bill, durante la llamada “conquista del Oeste”.

A casi cuatro décadas de distancia de My Lai, George W. Bush manifestó su “preocupación” por la masacre de civiles en Haditha. Ya se sabe que él es un hombre sensible y humanitario, que quizá algún día se haga acreedor al Premio Nobel de la Paz. Pero en un lejano país ocupado desde marzo de 2003 -donde ya han muerto alrededor de 60 mil pobladores no combatientes- hace falta algo más que “consternación” o una comisión investigadora del Pentágono formada de apuro para demostrar que la matanza no fue “un día más” de los últimos tres años en Irak. Lo que hace falta es que se regresen de una vez por todas a Estados Unidos convertidos en “veteranos” y se dediquen a beber toda la cerveza que quieran.

Fuente
Bambu Press