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Tribunas y análisis - 18 de julio de 2006
Defender la independencia y asumir la sumisión
Análisis
En su edición del 23 de junio de 2006, el New York Times publicó informaciones sobre un programa secreto de la CIA y del Departamento del Tesoro de los Estados Unidos: el Terrorist Finance Tracking Program, programa llevado a cabo en nombre de la «guerra contra el terrorismo» y que permite vigilar las transacciones bancarias internacionales con la complicidad de la Society for Worldwide Interbank Financial Telecommunication (SWIFT), una empresa con sede en Bruselas a cargo de las transacciones cuyo promedio ascienda a USD 6 000 millones diarios. Para el diario neoyorquino, no habÃa dudas de que tales prácticas sólo tenÃan como objetivo la búsqueda de «terroristas» y no eran un medio para conocer las actividades financieras de los adversarios de los Estados Unidos.
Sin embargo, aunque la problemática de la «guerra contra el terrorismo» no haya sido cuestionada por la publicación, las revelaciones del New York Times han provocado la ira de la administración Bush, por lo que el presidente estadounidense ha declarado: «Estamos en guerra contra un grupo de gente que quiere dañar a los Estados Unidos de América. Que haya gente que filtren esas informaciones y que haya periódicos que las publiquen causa mucho daño al paÃs». Por su parte, el vicepresidente Dick Cheney afirmaba que los autores del artÃculo «han hecho más difÃcil aún la tarea de defender el paÃs contra nuevos ataques al insistir en la publicación de informaciones detalladas sobre programas de importancia vital». También los voceros mediáticos conservadores descargaron sus protestas contra la actitud «antipatriótica» del New York Times.
En estos momentos, y teniendo en cuenta nuestras informaciones, es difÃcil saber cuáles serÃan las causas y consecuencias de este nuevo caso de filtraciones. La historia reciente de los Estados Unidos ha sido rica en casos de «revelaciones» orquestadas por unas facciones gubernamentales contra otras y presentadas como fruto de investigaciones periodÃsticas. Recordemos asà el Watergate que fue presentado a los lectores del Washington Post como una pista precipitada de dos reporteros mientras que, hoy se sabe, se trataba de filtraciones organizadas por el director interino del FBI en persona. En otros casos, las filtraciones han sido organizadas por la propia cumbre del poder para evaluar las reacciones de la opinión pública ante una posible decisión. Durante una entrevista publicada por Edward L. Rowny en su libro Engineer Memoirs, el ex secretario de Justicia y hermano del ex presidente John F. Kennedy, Robert Kennedy, comentó este procedimiento citando al general Lemnitzer : «Este gobierno es el único navÃo que tiene escapes por la parte superior».
Es demasiado pronto para saber de qué tipo son las revelaciones sobre el programa de espionaje de las transacciones financieras, pero este asunto, que ocupa gran espacio en los medios estadounidenses, permite por el contrario observar las concepciones del poder polÃtico y de los principales actores mediáticos estadounidenses en lo referente a la «libertad de información».
En una carta abierta al New York Times publicada el 26 de junio en el sitio del Departamento del Tesoro y retomada el 28 de junio por el Christian Science Monitor y el 29 de junio por el New York Times, el ex secretario del Tesoro estadounidense (quien renunciara recientemente) John Snow, se declara asombrado por la actitud del diario neoyorquino al que acusa de irresponsabilidad. Afirma que, por sus revelaciones, el New York Times ha destruido un programa eficaz de lucha contra el terrorismo. Para el autor, el diario no puede autorizar la revelación de informaciones confidenciales y da cuenta de numerosas reuniones con los responsables del New York Times y de su departamento relacionadas con el tema. Lamenta que las numerosas solicitudes de la administración Bush para que no se publicaran estos artÃculos hayan sido letra muerta. Para el autor, no hay dudas de que la seguridad nacional exige que la prensa dominante estadounidense sea sometida a la voluntad del poder polÃtico en cuestiones relacionadas con la «seguridad nacional».
El redactor jefe del New York Times, Bill Keller, le responde en el Christian Science Monitor, donde afirma que es importante para la prensa su libertad y que debÃa publicar la información. Sin embargo, asegura que fue una decisión complicada de tomar, que sólo ocurrió luego de largas discusiones con la administración Bush y que se tomó porque el diario consideraba que no perjudicaba la seguridad de los Estados Unidos. En definitivas, el autor reconoce que existen transacciones entre el poder polÃtico y un diario tan importante como el New York Times en cuanto a la pertinencia de la publicación de informaciones. Por otra parte, la defensa del redactor jefe no es tanto resaltar su deber de periodista como minimizar la importancia de la revelación.
Algunos dÃas más tarde, el propio Bill Keller firma con su homólogo de Los Angeles Times una nueva justificación publicada el mismo dÃa por Los Angeles Times y el New York Times, y al dÃa siguiente por el International Herald Tribune. Yendo aún más lejos en la presentación de su concepción del periodismo, ambos exponen sus principios. Repitiendo que actúan con toda independencia y en el respeto de las tradiciones de los «Padres Fundadores» estadounidenses (proximidad del 4 de julio obliga), su artÃculo expone más el compromiso de los medios dominantes con el poder polÃtico que la independencia. AsÃ, ambos redactores-jefe admiten que con frecuencia les sucede que no publican informaciones en nombre de la seguridad nacional y que incluso en el caso del Terrorist Finance Tracking Program no han olvidado todo lo que sabÃan en cuanto al programa de control de los servicios financieros internacionales. Aseguran no ser neutrales en la «guerra contra el terrorismo» y por lo tanto ser ante todo «patriotas» en su tratamiento de la información. Reivindican asà cumplir con su deber cuando se autocensuran para luchar contra el «terrorismo», como lo hizo el Washington Post al negarse a publicar la lista de paÃses que albergaban prisioneros secretos de la CIA. De esta forma limitan su papel a dar informaciones que permitan a los ciudadanos estadounidenses decidir si la actual administración es la más capaz para llevar a cabo la «guerra contra el terrorismo», pero impiden que esta guerra y sus fundamentos sean cuestionados. Esta carta común que deberÃa servir de llamamiento deontológico se presenta más como una carta de sumisión parcial.
En efecto, sin decirlo explÃcitamente, los redactores-jefe de dos de los tres principales diarios estadounidenses afirman que en cuestiones como el mantenimiento de las prisiones secretas o de los programas de vigilancia de los ciudadanos estadounidenses, la «prensa de referencia» ha actuado de acuerdo con la Casa Blanca en relación con las informaciones a revelar.
En 2003, un estudio de la escuela de Gobierno de la Universidad de Harvard habÃa revelado que, después del 11 de septiembre de 2001, los grandes patronos de la prensa escrita y audiovisual de los Estados Unidos se reúnen semanalmente con colaboradores de la Casa Blanca en el Metropolitan Club de Washington, donde discuten de lo que puede o no ser revelado al público.
Las confesiones de los redactores-jefe del New York Times y de Los Angeles Times no son noticia, pero es difÃcil no continuar sorprendiéndonos por la candidez con que los redactores-jefe de la prensa dominante asumen su sumisión al poder polÃtico al mismo tiempo que se reclamaran como defensores de una libertad total. Hace veinte años, George Bush padre y Oliver North implementaron un dispositivo idéntico, el célebre «Grupo del Martes», que les permitÃa controlar el tratamiento dado por la prensa al Irangate y otros, pero la revelación de esta complicidad fue un escándalo, mientras hoy se impone como la norma. En Francia, la reciente liberación de Florence Aubenas dio lugar a justificaciones análogas de las prácticas periodÃsticas.
Como quiera que sea, en una gran corriente corporativista, la prensa dominante estadounidense ha dado ampliamente la palabra a los expertos que apoyan la posición del New York Times.
AsÃ, en el Boston Globe, el abogado Thomas D.Herman vuelve sobre el caso de los Pentagon Papers de junio de 1971 cuando la prensa estadounidense reveló los detalles secretos de la guerra de Vietnam contra la opinión de la Casa Blanca que atacó al New York Times ante la Corte Suprema antes de que esto fuera rechazado. Para el autor, no corresponde al poder polÃtico decidir lo que debe o puede publicar la prensa, como tampoco a la justicia, sino a los periodistas responsables. Sin tener en cuenta declaraciones ambiguas de los redactores-jefe, el autor elogia una deontologÃa engañosa.
Los ex consejeros en lucha antiterrorista de Bill Clinton y George W. Bush, a quienes volvemos a encontrar después en el campo demócrata, Richard A. Clarke y Roger W. Cressey, acuden en ayuda del New York Times en las páginas de opinión de este último. Ambos autores aseguran que las transferencias internacionales de fondos son vigiladas con creciente eficacia desde 1977 y que todo el mundo lo sabe, de modo que el New York Times no habrÃa revelado nada importante. Clarke y Cressey apoyan con su experiencia la poca importancia que tiene la información revelada según los argumentos de Keller. Los autores terminan atribuyendo la reacción de la administración Bush a una voluntad de provocar una estéril controversia preelectoral.
El ex presidente demócrata Jimmy Carter, en el Washington Post y en el Korea Herald, desarrolla una defensa a favor del Freedom of Information Act (FOIA), ley que regula la obligación de publicar los documentos públicos y los públicos clasificados más allá de cierto momento. Afirma que esta ley ve sus principios pisoteados por una administración Bush obcecada por el secreto. Multiplicando las comparaciones internacionales con otros paÃses, el ex presidente asegura que una democracia no puede pretenderse tal si los ciudadanos ignoran lo que hacen sus gobiernos. El autor no hace referencia al conflicto entre la administración Bush y el New York Times pero su tribuna se publica en un momento en que este vÃnculo no puede escapar a los lectores.
Podemos incluso preguntarnos si las intervenciones de Clarke y Cressey, asà como la de Carter, no forman parte de un plan de comunicación concertado del Partido Demócrata, siendo los primeros los encargados de desacreditar a la administración Bush y su obsesión por el secreto desde el punto de vista de la eficacia y el segundo desde el punto de vista de los principios democráticos. La contienda electoral por la elección de noviembre ha comenzado y las acciones de las élites estadounidenses deben ser analizadas ahora tomando en cuenta este hecho.
En respuesta a estos ataques, en el Washington Post, el ex abogado de George W. Bush y asistente de John Ashcroft en el Departamento de Justicia, Theodore B. Olson, publica una tribuna que sin lugar a dudas tiene como objetivo presentar a la administración Bush como un gobierno preocupado por la libertad de prensa. El autor comenta el Free Flow of information Act sobre el cual trabaja el Senado. Presenta este proyecto de ley como un avance que permite a los periodistas estadounidenses proteger mejor sus fuentes y por lo tanto hacer un trabajo más eficaz.
Sin embargo, el autor recuerda que los periodistas no deben situarse por encima del derecho y deben tener en cuenta la seguridad nacional (lo que es más que un consejo deontológico ya que esta obligación está contenida en la ley y especialmente en su Acápite 9). A pesar de su tono tranquilizador, el autor de esta ley continúa condicionando la publicación de informaciones a la «seguridad nacional», un argumento que ha servido a la administración Bush para revisar muchos derechos de la población norteamericana desde el 11 de septiembre de 2001.
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18 de julio de 2006
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PaÃses
Estados Unidos
Temas
Elecciones y democracia en los Estados Unidos
Autores y fuentes de las Tribuna y análisis
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«Sobre la revelación de informaciones clasificadas: el secretario estadounidense del Tesoro John Snow»
Autor
John Snow

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]John Snow fue secretario del Tesoro de los Estados Unidos (2003-2006).
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Fuente
New York Times (Estados Unidos)
Referencia «On revealing classified information: US Treasury Secretary John Snow», por John Snow, Christian Science Monitor, 28 de junio de 2006.
«John W. Snow: Treasury Dept.’s View of the Bank Data Report», New York Times, 29 de junio de 2006.
Resumen Estimado Sr. Keller:
La decisión del New York Times de revelar el programa relacionado con el financiamiento al terrorismo, un esfuerzo clasificado tendiente a combatir las redes terroristas mediante el uso de los datos financieros, ha socavado el funcionamiento de un programa de contraterrorismo. El diario alertó a los terroristas sobre los métodos utilizados para detenerlos. Pedimos al New York Times que no publicara nada y los copresidentes de la Comisión Investigadora sobre el 11 de septiembre se reunieron con dirigentes del diario para disuadirlos de publicar el artÃculo a fin de no poner en peligro el programa.
Como respuesta, defendió usted su voluntad de publicar sus artÃculos, garantizándonos que los terroristas «conocen» nuestros métodos. Esa respuesta hace pensar que conoce usted la forma de actuación de los terroristas. Ello revela una gran arrogancia y una profunda incomprensión del programa. El periódico se concedió asà el derecho de revelar las acciones secretas del gobierno, afirmando actuar en bien del público, perdiendo de vista que el gobierno trata de proteger a la población de la amenaza mortal del terrorismo.
Me decepciona el New York Times.

«Sobre la revelación de informaciones clasificadas: redactor jefe del New York Times, Bill Keller»
Autor
Bill Keller
Fuente
Christian Science Monitor (Estados Unidos)
Referencia «On revealing classified information: New York Times Executive Editor Bill Keller», por Bill Keller, Christian Science Monitor, 28 de junio de 2006.
Resumen Como responsable de la publicación de las informaciones clasificadas, me siento en el deber de responder a las acusaciones que se han hecho contra mà y mi periódico. He sido acusado por conductores conservadores de radio y televisión de actuar de forma peligrosa y no patriótica. También he recibido el aliento de nuestros lectores. Los fundadores de este paÃs consideraron que una prensa agresiva e independiente era un buen medio para evitar los abusos de poder. Rechazaron la necesaria creencia en la palabra del Presidente.
A veces es necesario tomar la difÃcil decisión de revelar informaciones confidenciales. El gobierno quiere siempre que los periodistas sigan la lÃnea oficial. La administración Bush desearÃa que sólo la alabáramos y que no tratáramos, por ejemplo, las violencias sectarias en Irak para no desmoralizar a la población. Pero tenemos confianza en nuestros ciudadanos y nuestro trabajo consiste en dar informaciones pertinentes y justas. Es una cuestión complicada y a veces ocurre que no publicamos informaciones que podrÃan servir a personas hostiles a los Estados Unidos. Desde el 11 de septiembre, el gobierno ha lanzado programas antiterroristas secretos sin advertir en todos los casos al Congreso. Muchos americanos apoyan estas medidas de excepción, pero algunos responsables se preocupan por su legalidad. Era nuestro deber publicar estas informaciones sobre lo que discutimos ampliamente con la administración Bush. Esta nos afirmó que el programa era bueno, legal y que hablar del mismo pondrÃa en peligro a los Estados Unidos. No somos jueces y no podemos juzgar su legalidad. Sin embargo, nada indica que revelar su naturaleza lo neutralizarÃa. Asimismo, los terroristas no deberÃan cambiar de táctica puesto que se saben vigilados.

«¿Cuándo publicamos un secreto?»
Autoras y autores
Bill Keller, Dean Baquet

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Dean Baquet es redactor jefe de Los Angeles Times.
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Fuente
International Herald Tribune (Francia)
Referencia «When do we publish a secret?», por Dean Baquet y Bill Keller, Los Angeles Times, 1ro de julio de 2006.
«When Do We Publish a Secret?», New York Times, 1ro de julio de 2006.
«When do we publish a secret?», International Herald Tribune, 2 de julio de 2006.
Resumen Desde el 11 de septiembre de 2001, los redactores-jefe norteamericanos han tenido que optar para dar cobertura a los esfuerzos gubernamentales de protección a los Estados Unidos contra el terrorismo. Cada uno de nosotros, en un momento u otro, ha tenido que rechazar la publicación de informaciones, pues sabÃamos que eso podÃa poner vidas en peligro. El mes pasado, nuestros periódicos revelaron la existencia de un programa secreto de la administración Bush para observar las transacciones bancarias internacionales, artÃculos que han reiniciado el viejo debate sobre al responsabilidad de la prensa. Hemos sido acusados de traición. Aunque competidores, estamos de acuerdo en nuestra visión del periodismo, visión heredada de los fundadores de los Estados Unidos.
Nos tomamos muy en serio la seguridad de los Estados Unidos, nos arriesgamos junto a las tropas norteamericanas en Irak y Afganistán para comprender la amenaza terrorista y no somos neutrales en la guerra contra el terrorismo, pero esta guerra pasa por la defensa de nuestras libertades. Nuestro deber es entregar a nuestros lectores los elementos para que juzguen si las polÃticas son las correctas, incluso si la Casa Blanca quiere mantener el secreto. Fue lo que sucedió con los expedientes de los servicios de inteligencia que nos llevaron a la guerra de Irak, a las violencias contra los prisioneros en Irak y en Afganistán o con los traslados de sospechosos hacia paÃses que practican la tortura. La administración Bush desea que sólo se le alabe.
En este asunto, la elección no fue fácil, pero decidimos publicar las informaciones. En el pasado, rechazamos publicar algunas cuando las consideramos demasiado sensibles e, incluso en el caso que nos ocupa, no lo revelamos todo.
Nuestro deber era actuar de forma independiente.

«En el caso de la prensa, la responsabilidad permite crear un equilibrio»
Autor
Thomas D. Herman
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Thomas D.Herman, abogado en la Smith & Duggan, de Boston, está produciendo un documental sobre el periodismo y la guerra de Vietnam. Es el consejero jurÃdico de la Hemingway Preservation Foundation.
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Fuente
The Boston Globe (Estados Unidos)
Referencia «For the press, responsibility is balancing act», por Thomas D.Herman, Boston Globe, 30 de junio de 2006.
Resumen El ataque del presidente George W. Bush contra el New York Times acerca de la publicación de una información secreta sobre los programas de espionaje de la población reaviva una cuestión a la que respondió la Corte Suprema de los Estados Unidos hace 35 años: ¿bajo qué condiciones es legal publicar una información gubernamental top secret referente a una guerra en curso?
En el caso de los Pentagon Papers, la administración Nixon decÃa, como lo dice hoy la administración Bush, que esa publicación ponÃa en peligro la seguridad del paÃs, lo que condujo por primera vez en la historia de los Estados Unidos a un riesgo de censura polÃtica. El caso fue rápidamente tratado por la Corte Suprema, que concluyó que la administración Nixon no podÃa probar que ese artÃculo ponÃa en peligro la seguridad del paÃs y la de los soldados. Los jueces consideraron que era más importante que el público conociera la verdad e hiciera su propio juicio antes de que el presidente se reservara el derecho de elegir lo que el público debÃa conocer.
Los periódicos tuvieron el coraje de enfrentar las presiones ejercidas por el gobierno, y por algunos abogados, y llevaron a cabo su trabajo informativo con responsabilidad para una sociedad libre. Actualmente, en un perÃodo de tensiones probablemente comparable al de la guerra de Vietnam, mucha gente piensa que estamos expuestos a una nueva amenaza: un gobierno loco de atar que espÃa a millones de personas sin orden judicial en nombre de la seguridad nacional.
Los periodistas no pueden publicar todo lo que han tenido entre sus manos. Hay cuestiones legÃtimas de riesgo de atentado a la seguridad nacional que deberÃan ser tomadas en cuenta por los editores. Antes de la primera publicación de esta historia de espionaje en diciembre pasado, el New York Times puso al corriente a la Casa Blanca, que trató de disuadirlo, pero no recurrió a la justicia. El poder ejecutivo afirma que estas acciones socaban la acción antiterrorista, lo que es discutible. Parece ingenuo sugerir que los esbirros de Osama Bin Laden no esperen que los espÃen mediante su teléfono o e-mail. Sin embargo, el espionaje masivo de los ciudadanos estadounidenses sà es una novedad.
Es cierto que nuestra prensa no es perfecta, pero amordazarla no nos hará más seguros.

«Un secreto que los terroristas ya conocen»
Autoras y autores
Richard Clarke, Roger W. Cressey

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Ex funcionario del Pentágono, Richard Clarke fue coordinador nacional contra el terrorismo de los gobiernos de Bill Clinton y George W. Bush, cargo al que renunció. Es autor de Against All Enemies, libro en el que denuncia el laxismo del gobierno de Bush contra el terrorismo anterior al 11 de septiembre de 2001. Repitió sus acusaciones ante la Comisión de Investigación estadounidense sobre el 11 de septiembre de 2001.
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Fuente
New York Times (Estados Unidos)
Referencia «A Secret the Terrorists Already Knew», por Richard A. Clarke et Roger W. Cressey, The New York Times, 30 de junio de 2006.
Resumen El contraterrorismo se ha convertido en un tema de controversias internas e internacionales. Por ejemplo, el papel de la guerra de Irak en la movilización de nuevos terroristas merece el análisis y la discusión. Sin embargo, varios temas polÃticos referentes al contraterrorismo son sometidos a discusiones partidarias que los caricaturizan. El debate actual sobre la vigilancia por parte de Estados Unidos de las transferencias en el sistema financiero internacional nos parece un caso en el que exageran tanto la administración Bush como sus opositores.
Vigilar los medios financieros de los terroristas es un elemento necesario en todo programa de contraterrorismo como lo señalara Bill Clinton en sus directivas presidenciales en 1995 y 1998. Los ataques terroristas individuales no cuestan tan caro, pero el hecho de crear células, redes u organizaciones terroristas es extremamente costoso.
Al Qaeda, Hamas, Hezbollah y otros grupos terroristas tenÃan varias fuentes de financiamiento como las donaciones de los musulmanes ricos. Como elemento de control de los ingresos, la vigilancia de las transferencias internacionales de bancos es muy útil pues hace más difÃciles las operaciones para nuestros enemigos y los obliga a utilizar métodos más complicados de transferencia de dinero.
Cualquier vigilancia electrónica doméstica sin autorización judicial, cualquiera que sea su utilidad, es claramente ilegal. Pero la vigilancia de las transferencias financieras internacionales, con el acuerdo del consorcio de bancos que posee la red, es legal e irreprochable. La International Economic Emergency Powers Act, aprobada en 1977, permite al Presidente vigilar las transacciones financieras realizadas por los enemigos de los Estados Unidos. Las iniciativas internacionales contra el lavado de dinero comenzaron desde hace una década y tienen como objetivo no sólo a los terroristas, sino también a los carteles de la droga, funcionarios extranjeros corruptos y a una multitud de organizaciones criminales.
Estas iniciativas, en combinación con tratados y acuerdos internacionales, no deberÃan crear un sentimiento de intimidad cuando se transfiere dinero electrónicamente entre paÃses. Desde 2001, los bancos están obligados a reportar transacciones que hayan tenido lugar, incluso en los Estados Unidos, si hay alguna razón para creer que existe la posibilidad de alguna actividad ilegal.
Se trata de una evidencia para todos los terroristas, pero la administración Bush protesta tras las «revelaciones del New York Times. Los terroristas emplearon durante varios años medios modernos y transferencias de dinero –el antiguo sistema «Middle Eastern Hawala» incluido–, pues suponen que las llamadas, los e-mails y las operaciones bancarias internacionales están vigilados no sólo por los Estados Unidos, sino también por Gran Bretaña, Francia, Israel, Rusia e incluso por muchos paÃses subdesarrollados.
En estas condiciones, ¿deberÃa la prensa ser calificada de antipatriótica por la administración estadounidense y ser incluso amenazada con procesos judiciales por parte de polÃticos por haber revelado cosas que los terroristas ya saben? Si los funcionarios de la administración estadounidense estuvieran verdaderamente preocupados porque los terroristas pudieran aprender algo de estos informes, serÃa sabio si no le dieran mayor importancia en vez de atacarlos.
La administración estadounidense y sus partidarios en el Congreso quieren dar la impresión de que llevan a cabo una batalla valiente contra los que ayuden a los terroristas. A cuatro meses de las elecciones esperamos oÃr muchas más reclamaciones indignadas referentes al terrorismo.

«Necesitamos menos secretos»
Autor
Jimmy Carter

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El pastor bautista Jimmy Carter es ex presidente de Estados Unidos (1977-1981). Se le otorgó el premio Nobel de la Paz en 2002 y preside el Carter Center con sede en Atlanta.
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Fuente
Washington Post (Estados Unidos)
Referencia «We Need Fewer Secrets», por Jimmy Carter, Washington Post, 3 de julio de 2006.
«We need fewer secrets for our rights», Korea Herald, 5 de julio de 2006.
Resumen La US Freedom of Information Act (FOIA) cumplirá mañana 40 años, pero no será un dÃa de celebración, pues nuestro gobierno, obsesionado con el secreto, oculta numerosos documentos e informaciones. Los acontecimientos actuales (guerra, violación de los derechos civiles, aumento del precio de la energÃa, cabildeo) deben tener una mayor transparencia.
El FOIA no se respeta, como tampoco los plazos para dar las informaciones. Sin embargo, cada vez más el mundo adopta este tipo de legislación y reconoce la utilidad de la libre circulación de informaciones. Setenta paÃses han aprobado textos de este tipo que obligan a los gobiernos a hacer públicos sus documentos, lo que permite combatir la corrupción, desarrollar la acción ciudadana, pero también la confianza en la acción del gobierno y por lo tanto la aplicación de las polÃticas. Este sistema se desarrolla igualmente en los paÃses pobres.
Es necesario repensar el FOIA para hacerlo más eficiente, de lo que depende nuestra democracia.

«Un escudo necesario para los reporteros»
Autor
Theodore B. Olson
Fuente
Washington Post (Estados Unidos)
Referencia «A Much-Needed Shield for Reporters», por Theodore B. Olson, Washington Post, 29 de junio 2006.
Resumen Los periodistas que tratan cuestiones controvertidas no pueden trabajar sin ofrecer garantÃas de confidencialidad a sus fuentes, sin lo cual no podrÃan dar tanta información y esto abrirÃa la puerta a los abusos de poder. Sin embargo, las amenazas judiciales a los periodistas para que revelen sus fuentes se han convertido en algo corriente. Lamentablemente, las reglas referentes a lo que un periodista puede o no revelar sobre sus informantes son muy confusas. En realidad, la obligación de un periodista de revelar o no sus fuentes dependerá de la Corte y de la opinión polÃtica del juez, lo que hace poco confiables las promesas de confidencialidad de los periodistas y esto puede impedir que circulen informaciones vitales.
Los periodistas no deben estar por encima de la ley, pero deben tener protección. Cada estado de los Estados Unidos tiene un sistema de protección de las fuentes, pero no existe algo asà a nivel federal. Es en lo que trabaja el Congreso estudiando el Free Flow of Information Act 2006. Esta ley protegerá a los periodistas, pero ellos tendrán que demostrar que la información debe ser publicada. La cuestión de la seguridad nacional es otro problema. Como quiera que sea, se hace necesaria una armonización de las reglas para todos los periodistas.

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