Red Voltaire
«Revolución azafrán»

Birmania: Estados Unidos se muestra interesadamente solícito

Los medios atlantistas manipulan la simpatía de los lectores por los birmanos que tratan de deshacerse del régimen más opresivo de nuestros tiempos. Al manipular nuestras emociones, nos venden como verdad la idea según la cual las sanciones de carácter económico son válidas y pueden acabar con una dictadura. Y nos preparan para que apoyemos al régimen que vendrá después, sea cual sea. ¡Mucho cuidado! Este repentino entusiasmo esconde otras formas de intervención e intenciones inconfesables.

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La prensa atlantista se apasiona por la revolución azafrán que sacude Myanmar. Todos esperan –y nosotros también, claro está– el derrocamiento final de la junta militar que oprime a los birmanos desde hace décadas y su reemplazo por una próspera democracia. Pero ante este repentino interés de nuestros «colegas» por un país que hasta ahora ignoraron, al igual que ante la experiencia de las seudo «revoluciones de colores» y el doloroso despertar de quienes se dejaron arrastrar por estas, desde Georgia hasta el Líbano, tenemos que afinar nuestro sentido crítico. Lo que nos están enseñando y la interpretación que de ello hacen, ¿se corresponde realmente con la verdad?

Por supuesto, para los birmanos es la libertad lo que está en juego. Para los «occidentales», el asunto es muy diferente. La prensa no para de repetirnos que la junta cuenta con el apoyo económico y militar de China y, en menor escala, con el de Rusia, las dos potencias que obstaculizaron en enero pasado una condena contra Myanmar por parte del Consejo de Seguridad de la ONU y la adopción de sanciones económicas [1].

Sin embargo, China y Rusia no apoyan económica y políticamente a la junta, como tampoco lo hace Sudáfrica, que también votó «no» en el Consejo de Seguridad. Se trata simplemente de Estados respetuosos del derecho internacional. Estos países señalaron que Myanmar no representa un peligro para sus vecinos y que, por consiguiente, el proyecto de resolución propuesto no se ajustaba a la Carta de las Naciones Unidas: no es legal que la «comunidad internacional» recurra al uso de la fuerza para resolver un conflicto interno, por muy cruel que sea este.

Contrariamente a ese principio, el pensamiento revolucionario de los neoconservadores, que hoy se ha extendido a los medios de difusión occidentales, preconiza la «injerencia democrática», con los elocuentes resultados que ya conocemos en Afganistán y en Irak. Además, China y Rusia son dos potencias regionales que están en el deber de mantener relaciones de buena vecindad con Myanmar. Ello favorece los intereses de China, pero en otro plano, como ya veremos. El principal apoyo económico para la junta proviene de Japón, país satélite del imperio estadounidense. Pero la prensa occidental no exige la ruptura de las relaciones económicas entre Tokio y Rangún, cosa que Japón rechazaría por demás, al igual que China y Rusia, ya que en las diplomacias asiáticas es una constante el considerar esa medida como contraproducente porque hambrea a los pueblos en vez de castigar a los dirigentes, además de cerrar toda posibilidad de negociación.

Hay que observar de paso que los Estados asiáticos, en su conjunto, condenan la adopción de sanciones económicas como un método bárbaro, mientras que la prensa occidental no se cuestiona la legitimidad de esa expresión moderna del sitio que se practicaba en la antigüedad. La idea de rendir por hambre al adversario ha sido sin embargo objeto de críticas por parte de los principales filósofos europeos durante siglos y de condena por parte de la Iglesia católica desde la época de Tomás de Aquino. ¿Será que la ideología neoconservadora de la «injerencia democrática» ha hecho retroceder a los periodistas europeos a los tiempos de la barbarie?

La «revolución azafrán» no comenzó planteándose como objetivo el derrocamiento de la dictadura sino como reacción ante el alza que duplicó los precios del combustible y la violencia desatada contra los monjes budistas, que son partidarios de una teocracia. Su objetivo no es la instauración de la democracia, en el sentido que tenía ese término en Atenas. Se trata en realidad de un movimiento preparado y apoyado, entre bambalinas, por Washington, que espera imponer la «democracia de mercado». O sea, abrir el país a las inversiones de sus propias multinacionales.

Resulta por consiguiente muy normal que la prensa atlantista exija, en primer lugar, la retirada de los inversionistas rivales, sin importarle las consecuencias para el nivel de vida de los birmanos. Desde hace dos años, se formó una oposición política estructurada, de carácter realmente democrático, designada como «Generación 88», nombre que hace referencia simultáneamente a la «Generación 386» de Corea del Sur y al hecho de que sus miembros participaron activamente en la revuelta de 1988.

El coraje y la determinación de las principales personalidades de ese movimiento despiertan la admiración pero ¿cómo cerrar los ojos ante las evidencias que demuestran que «Generación 88» se ha convertido en pantalla de la acción clandestina de Washington? En dos años, ese grupo ha recibido más de 2,5 millones de dólares de la National Endowment for Democracy (NED) [2], o sea del Departamento de Estado de Estados Unidos, sin hablar de las subvenciones del especulador George Soros [3] y del gobierno de Noruega.

Miembros del grupo se han visto implicados en varios atentados terroristas que han ensangrentado el país, pero que nunca aparecen en los informes internacionales porque el gobierno birmano esta clasificado como miembro del bando equivocado.

En estos momentos no se sabe si esos atentados fueron organizados por los dirigentes de «Generación 88», como afirma la junta, o por provocadores. En este último caso, ¿trabajaban esos provocadores para la junta, con el objetivo de se desacreditar al movimiento, o lo hacían para Estados Unidos, con vistas a desestabilizar al régimen? Esta última hipótesis resulta plausible cuando recordamos la campaña de atentados que la CIA financió en Kosovo con vistas a provocar una represión masiva por parte del gobierno de Milosevic y a desestabilizar la zona hasta provocar la guerra.

En todo caso, el movimiento político que los comunicadores de la Casa Blanca ya han bautizado como «revolución azafrán», en referencia al color de las túnicas de los monjes budistas, trae al recuerdo las demás «revoluciones de colores» organizadas por la Albert Einstein Institution [4], seudópodo de la CIA y de la OTAN, cuyo director, el coronel Robert Helvey, es precisamente un ex agregado militar de la embajada de Estados Unidos en Rangún.

Volvamos a la prueba de fuerza en la que se han enzarzado China y Estados Unidos en esta región y que constituye el verdadero objetivo del tratamiento mediático actual y de las posibles consecuencias de esta revolución.

En el marco de la aplicación de la «doctrina Wolfowitz» de 1992, Washington pretende impedir el surgimiento de potencias capaces de poner en peligro la supremacía del «imperio americano». Si la Unión Europea y Rusia son potencialmente los primeros competidores a los que resulta conveniente cortarles las alas, el tercero es China.

Washington ha preparado una estrategia de «containment» cuyo eje central es el control del aprovisionamiento energético de la economía china. Los principales contratos petroleros chinos transitan a través de las joint-venture estadounidenses y están bajo la mirada directa de la secretaria de Estado de Estados Unidos. El sistema se mantiene gracias a una corrupción generalizada de los negociadores chinos, a los que Washington garantiza rentas por concepto de retrocomisiones y que se comprometen a invertir sus haberes en bonos del Tesoro estadounidense. A largo plazo, Washington pretende controlar también los oleoductos y las rutas marítimas por donde fluyen el petróleo y el gas hacia China. Lo cual explica la Proliferation Security Initiative (PSI) [5] de John Bolton y la ampliación de las misiones de la OTAN en esta zona [6].

Pero la junta birmana ha sabido hacerse necesaria para China, por un lado, mediante la construcción en su territorio de un oleoducto que vincula la región china de Yunnan con el Golfo de Bengala y, por el otro, al instalar estaciones de vigilancia electrónica de las vías navales que pasan frente a sus costas. Es por ello, y no para acentuar la represión, que Pekín suministró armas a Rangún. Se trata además de equipamiento de vigilancia e intercepción, no de material destinado al mantenimiento del orden, por un monto de 1 500 millones de dólares en radares y patrulleros navales del tipo Hainan. Fue a partir de esos acuerdos que Estados Unidos comenzó a «preocuparse» por la situación de los birmanos.

Contrariamente a lo que afirma la propaganda atlántica, China no está interesada en lo absoluto en prestar apoyo a la dictadura birmana sino que está velando por sus propios intereses estratégicos en Birmania, lo cual resulta completamente diferente. Para Pekín, un conflicto que puede extenderse constituye una molestia. Su diplomacia se esfuerza por tanto en desbloquear la situación ofreciendo una puerta de salida a los generales birmanos. Durante la reunión del Consejo de Seguridad que se desarrolló en enero sobre la cuestión de Myanmar, Pekín pidió que el secretario general de la ONU nombrara un enviado especial permanente encargado del asunto y propuso sus buenos oficios para facilitar el trabajo de dicho enviado. Pero Estados Unidos se opuso afirmando que el enviado no serviría de nada sin el apoyo de sanciones económicas.

En definitiva, fue la actual crisis lo que finalmente permitió el nombramiento del embajador nigeriano Ibrahim Gambari, quien ya en el pasado intervino en el caso birmano como subsecretario general de la ONU encargado de asuntos políticos. Y fue el embajador de China en Rangún quien lo recibió en el aeropuerto para prestarle apoyo en su misión, a pesar de que la orientación proestadounidense de Gambari es bien conocida.

Estamos ante un pueblo que lucha por su libertad. Pero el apoyo que le prestan Estados Unidos y los medios de prensa atlantistas no busca conducirlo a ella. Washington quiere cortar el oleoducto chino, desmantelar las bases militares de vigilancia electrónica para apoderarse del control de las vías marítimas, y abrir el mercado a sus propias multinacionales. El derrocamiento de los generales no bastará para que los birmanos sean libres.

Notas:

1] «Le Conseil de sécurité rejette le projet de résolution sur le Myanmar à la suite d’un double vote négatif de la Chine et de la Fédération de Russie», ONU, referencia CS/8939, 12 de enero de 2007.

[2] «La NED, nébuleuse de l’ingérence démocratique», por Thierry Meyssan, Réseau Voltaire, 22 de enero de 2004.

[3] «George Soros, spéculateur et philanthrope», Réseau Voltaire, 15 de enero de 2004.

[4] «L’Albert Einstein Institution: la non-violence version CIA», por Thierry Meyssan, Réseau Voltaire, 4 de junio de 2007. Nota: el sitio en internet de esta organización contiene una carta abierta dirigida a Thierry Meyssan en la que se desmiente el contenido del presente artículo.

[5] «Le gendarme du monde veut contrôler les océans» Réseau Voltaire, 4 de diciembre de 2003.

[6] «L’OTAN et le réseau plus vaste d’alliances militaires sous l’égide des Etats-Unis», por Mahdi Darius Nazemroaya, Horizons et débats, 9 de julio de 2007

Thierry Meyssan

Thierry Meyssan Intelectual francés, presidente-fundador de la Red Voltaire y de la conferencia Axis for Peace. Sus análisis sobre política exterior se publican en la prensa árabe, latinoamericana y rusa. Última obra publicada en español: La gran impostura II. Manipulación y desinformación en los medios de comunicación (Monte Ávila Editores, 2008).

 
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