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“El arte debe estar comprometido con el ser humano”: Arturo Guerra.
por Alfonso Murriagui

“Yo he sido trabajador del teatro toda mi vida, he actuado, he visto espectáculos aquí en el país y fuera de él, he trabajado manualmente y he estado ligado, inclusive, a la política, pues me ha gustado el teatro comprometido...”



7 de febrero de 2008

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Quito (Ecuador)

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Arturo Guerra Galarza, bordea los ochenta años y se mantiene activo y lúcido. “Atiende” en la mañana, de lunes a viernes en su “oficina” del Café “Madrilón”, en donde tiene mesa “propia”, en la que se ubica rodeado de sus amigos, más o menos de su misma edad y que, como él, son “hierbas” del lugar, en donde consumen los “pintados” y una que otra “biela”. Ha estado ligado a la actividad teatral de Quito por más de veinte y cinco y, por ello, es un testigo idóneo de la historia del Teatro Ecuatoriano.

Trabajaste muchos años en el Teatro Sucre como tramoyista, qué nos puedes decir de esa etapa?

“Mi profesión es la de tramoyista y algunas veces me ha tocado también ser actor en papeles secundarios. Como trabajador del teatro lo más importante que he hecho fue el de ayudar a conformar el sindicato de trabajadores del teatro, entidad en la que nos agrupamos porque no teníamos ningún beneficio ni en el Teatro Sucre, que era del Ministerio de Educación, ni de ninguna otra entidad; nosotros aportábamos cuando trabajábamos y con eso contribuíamos para ayudar a los compañeros cuando se enfermaban o fallecían. En la lucha diaria, los trabajadores del teatro siempre fuimos de izquierda, nos afiliamos a la Federación de Trabajadores de Pichincha (FTP) y, lógicamente, a la CTE (Confederación de Trabajadores del Ecuador), yo fui miembro de los dos comités ejecutivos, en ellos ocupé los cargos de relaciones públicas y de propaganda”.

¿Podrías describir cual es el trabajo del tramoyista en el teatro?

“El trabajo del tramoyista consiste en ambientar el escenario de acuerdo a las obras que se van a presentar: crear salas, lugares abiertos, ambientes especiales y dar solución a los problemas de espacio, especialmente con grupos extranjeros, acostumbrados a escenarios con una boca de 20 metros y 30 de fondo, entonces los decorados que ellos traían había que achicarlos y adaptarlos a las exigencias del momento”.

Que clase de trabajo es ese?

“Algo tiene que ver con la carpintería por eso del martillo y el serrucho, pero fundamentalmente tiene que ver con la decoración del espacio teatral, para adaptarlo a la ambientación que exige el argumento de la obra, teatral o musical, pues hay que colocar y cuidar los telones y los decorados para que mantengan su lugar, su color y dibujo originales”.

Sin duda debes haber trabajado con Ernesto Albán. ¿Puedes hablarnos de él?

“Hay algo que tengo que sacar a relucir, porque hay habladurías que se han tejido por fuera, ese señor pagó a todos los que trabajaron con él, porque en el teatro era costumbre que las compañías o las personas que hacían empresa, quedaban debiendo al teatro, a los trabajadores de la tramoya y a los electricistas, pero el señor Ernesto Albán, lo digo con todo orgullo, fue el único que no quedó debiendo a nadie. Pagaba poco pero pagaba”.

Como testigo de la actividad teatral en el Ecuador, ¿Qué es lo que más puedes destacar?

“En general los trabajos que han hecho los directores ecuatorianos. Por ejemplo el trabajo de don Sixto Salguero, quien hizo varios montajes teatrales tanto con el Colegio Mejía como con el Manuela Cañizares; hubo otro gran director: Álvaro San Félix y otros como Ernesto Albán, Paco Tobar. De los extranjeros debo mencionar a Barroulth y Fabio Pacchioni, quien realizó una gran labor teatral en nuestro país. A todos ellos los conocí muy bien pues trabajé para ellos como Jefe de Planta y Jefe de Tramoya del Teatro Nacional Sucre, en el que trabajé 24 años, lamentablemente, entonces no se pensaba en el bienestar de los trabajadores, como ahora existe, no había la afiliación al seguro, por ejemplo, si yo soy jubilado del Seguro Social es porque trabajé en Telecomunicaciones, en donde fui a trabajar cuando ya tenía mi familia; lo del teatro era por amor, por el embrujo de pisar las tablas, pues en el teatro se vive una vida especial, si se quiere un poco mágica. El embrujo que te digo, es el ambiente que se tenía cuando venían compañías extranjeras, la amistad con los actores, con los compañeros tramoyistas, con la gente de teatro, especialmente con los las muchachas de los coros, que venían de Buenos Aires y de España. Entonces se hacían hermosas amistades, nosotros los trabajadores del teatro nos reuníamos para homenajearlos y brindarles alguna comida, entregarles un acuerdo, un banderín, como un recuerdo de su paso por el Ecuador. Además es hermoso recordar las picardías que hacíamos durante el trabajo, algunas picardías coloradas, de las buenas, ese nos permitía mantener un ambiente de amistad y de alegría. En esto éramos especialistas: Carlos Vera, hijo de Augusto Vera, que era el portero del Teatro, Marcelo Guerra, que no es mi pariente y yo Arturo Guerra.”

En tu trabajo de tramoyista estuviste ligado al Teatro Ensayo y Al Teatro Popular Ecuatoriano, que los dirigieron Fabio Paccioni, Antonio Ordóñez y Eduardo Almeida, que puedes contarnos de esas experiencias?

“El haber trabajado en la Casa de la Cultura Ecuatoriana con sus grupos de teatro fue una experiencia maravillosa, especialmente el viaje que hicimos con el Teatro Popular Ecuatoriano, bajo la dirección de Eduardo Almeida, por Perú, Chile y Bolivia, esa gira fue muy fructífera; llevamos tres obras: “Quiere usted comprar un pueblo”, Ejército de Runas” y “El Cuento de don Mateo”, creaciones colectivas del Teatro Popular Ecuatoriano. Fue una gira que dejó muy en alto el nombre del Ecuador, pues nos presentamos en Lima, en Arequipa, en Tacna, en Arica y en La Paz. Esa gira nos dio la posibilidad de conocer mejor a nuestra América, pues inclusive pudimos visitar las minas de Bolivia, un país poco conocido por nosotros y del cual descubrimos su cultura popular. El trabajo con el Teatro Ensayo dirigido por Antonio Ordóñez también fue muy importante, especialmente con la obra “Huasipungo”, de Jorge Icaza, que se mantuvo en cartelera l8 días, a lleno completo, en el Teatro “Sucre”. Otra obra que presentamos con el Teatro Ensayo fue el “Boletín y Elegía de las Mitas, de César Dávila Andrade, la escenografía para la presentación en el Teatro Sucre la hizo Enrique Tábara”.

“Yo he sido trabajador del teatro toda mi vida, he actuado, he visto espectáculos aquí en el país y fuera de él, he trabajado manualmente y he estado ligado, inclusive, a la política, pues me ha gustado el teatro comprometido, hay grandes obras del teatro mundial que, adaptándolas al momento actual, serían un gran chirlazo a la oligarquía que nos ha gobernado, pueden decir que soy dogmático, pero el arte tiene que estar comprometido con el ser humano y con la vida diaria del proletariado”.

 Alfonso Murriagui
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