Perú es un país en que ocurren ridículos descalabrantes; la razón vive en la clandestinidad desde largos lustros atrás, “cualquiera es un señor.....lo mismo un burro que un gran profesor....los inmorales nos han igualado” como reza el inmortal tango Cambalache y no pocos protagonistas de los entuertos parecen no comprender que están escribiendo páginas abisales de infamia. ¿Con qué derecho palurdos multipartidarios ensucian las avenidas del porvenir de la nación que los desprecia y abomina por mediocres?

Alabarderos, en lenguaje parlamentario, se dice portavoces, han pronunciado la especie campanuda que hay en el ambiente campañas de demolición para destruir la imagen del Congreso. Me temo que semejante idiotez no resiste el más modesto análisis.

Debiéramos subrayar que si hay algo que no tiene aquél, a eso hay que llamarle carencia absoluta de tal cualidad. A un ciudadano común y corriente, la palabra Congreso le suscita sentimientos de indignación, de cólera, de odio hacia una entidad que alberga ciudadanos privilegiados que no atinan una y que encima ganan sueldos copiosos cuanto que inmerecidos. ¿Podría Perú vivir sin Congreso?

Veamos. En el asunto del TLC con Chile podemos encontrar la demostración más irrecusable de su inexistencia. En el país del sur tanto Diputados como Senadores aprobaron con rapidez magnífica el tratado internacional que supone ese tratado de libre comercio con Perú. Por la simple razón –y lo hemos dicho hasta el cansancio- que les conviene. En cambio aquí el Ejecutivo le escamoteó al Parlamento el tema, le dio pseudo-razones y ¡sanseacabó! no interviene para nada, ni de adorno, el conjunto de chicas y chicos, inquilinos precarios de Plaza Bolívar.

¿Requiere el Congreso siquiera de una “campaña de demolición” para acabar con su inexistente prestigio? Todo indica que no es así. Se cae solo y se quiebra en millones de pedazos minúsculos sin otra participación que la de ellos mismos, los legiferantes, que mutan con los años, las torpezas, bestialidades, candideces, mentecatadas, borricadas en que suelen expedirse en su lamentable vida pública. Es decir goza de autonomía y basta su propia dinámica para derrumbarse. Sin pena ni gloria.

Cuando todo parecía haber llegado al paroxismo de cómo funciona pésimo el Congreso, su presidente, un hombre jugado y de larguísima experiencia municipal y legislativa, mete la pata y usa dinero público para financiar un espectáculo artístico. ¿Con qué derecho Luis Alva Castro yerra con tanta y calamitosa ausencia de sindéresis? Nadie puede dudar de sus intereses culturales, editoriales, educativos. Ninguna de estas facetas está en discusión y tampoco le avituallan de salvavidas en circunstancias que su dimisión tampoco le libera de la comisión de una barbaridad. El daño está hecho.

Cabe también otra interpretación. Los estrategas de prensa e imagen corporativa del Congreso, en sabiendo del nulo brillo de que está investida la institución, tomaron el rábano por las hojas y decidieron, ellos mismos, suministrar material de escándalo a los medios de comunicación. Total, parecieran decir: noticia es noticia. ¿Inverosímil? No tanto. ¿De qué modo producen sucesos los legisladores? Con escándalos, cuando fallecen o cuando se acogen a cédula viva para seguir cobrando como si estuvieran en actividad. Y cuando ello ocurrió su discurso más celebre fue la única palabra: Presente. Y su estancia fija: todos los fines de mes en la pagaduría.

Cuando el sismo del 2007 y se buscaba un nuevo local para el Congreso, me permití sugerir la ciudad de Tacna. Imbuido de patriotismo acendrado e irrecusable sustenté mi opinión expresando que la patria necesita un gesto importante del Parlamento. En casus belli serían la primera trinchera resistente. ¿Qué nación se resistiría a condecorar póstumamente a 100 o más legisladores? ¿con gloria y con honor?

Desde Liberación, en el fujimorato, sugerí una gran pira con legiferantes, pelotones de secretarias y legiones de asesores, para gloria e iluminación de nuestra ciudad capital. Es obvio que no tuvo éxito mi idea.

Por si las dudas y en conocimiento del grado cultural de los habitantes del Congreso, es importante recordarles que fue Lenin (el revolucionario ruso) quien afirmó que la Duma (asamblea de representantes; no una marca de cigarrillos), el que llamó “establo burgués” al Congreso. A mí, humilde periodista, no se me hubiera ocurrido tan magna alusión.

Al Congreso, sólo le falta disolverse y entonces lo haría en olor de multitudes a lo largo y ancho de todo el país. Amén.

¡Atentos a la historia, las tribunas aplauden lo que suena bien!

¡Ataquemos al poder, el gobierno lo tiene cualquiera!

¡Rompamos el pacto infame y tácito de hablar a media voz!

¡Sólo el talento salvará al Perú!

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Los burros del Establo
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