Autor: Marcos Chávez *
Sección: Opinión

10 JULIO 2011

El irresuelto colapso del capitalismo neoliberal global iniciado en 2007 –que se manifiesta en la segunda fase de la crisis de solvencia de pagos de países como Grecia, España o Portugal– ha revitalizado la vocación suicida de los gobernantes, sobre todo de los europeos, la cual se expresa en la sobredosis del brutal ajuste fiscal que se han visto obligados a instrumentar.

Quizá a algunos les resulte exagerada o hasta ridícula la expresión de “vocación de suicida”. Sobre todo a los mismos gobernantes, los economistas neoliberales o los especuladores financieros, que consideran que esa medida como un mal necesario para reducir la magnitud del déficit de las finanzas públicas y la deuda oficial de esos estados, garantizar el pago de los bonos gubernamentales, asegurar el otorgamiento de nuevas líneas de crédito que requieren urgentemente para evitar la bancarrota y la insolvencia de pagos, preparar las condiciones adecuadas para la futura reactivación del crecimiento y la generación de empleos, y salvar la integración europea.

No obstante, ese razonamiento no elimina el juicio de gobernantes suicidas, aunque sin duda la expresión tiene algunos matices que es menester aclarar. Desde luego, no me refiero al trastorno psíquico de un individuo, de su gesto suicida provocado por la idealización de la muerte, a menudo sin la intención de quitarse la vida, pues ese comportamiento tiene objeto pedir ayuda u obtener algún beneficio, por lo que el impulso se limita a una tentativa. En algunos casos, empero, llega al daño físico, al suicidio frustrado o parcial, que puede presentarse con mutilaciones o la sitofobia (no comer); y en otros hasta la muerte.

En el caso que señalo es de la tendencia racionalmente suicida económica y sociopolítica del sistema capitalista. Pero no para que las elites dominantes, la política y los grupos oligárquicos y de poder, de las naciones hegemónicas de la Unión Europea se impongan a sí mismas esa despiadada lógica. Ellos inducen al suicidio de los participantes más débiles y en problemas financieros dentro de la “comunidad”, a través de los salvajes ajustes fiscales; verdaderas y traumáticas terapias de choque que los países subdesarrollados conocen perfectamente porque han sido víctima de ellas una y otra vez, por medio de las condiciones y los paquetes estabilizadores y de ajuste estructural que les imponen el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial, los gobiernos de los países industrializados y los acreedores que han participan en los “rescates”, para otorgarles capitales frescos, más créditos, más pasivos, los cuales son inmediatamente son transferidos hacia ellos mismos como pago de las deudas contratadas anteriormente, además de obligarles a generar “ahorros” internos adicionales para que amorticen hasta el último dólar que les deben y que, al final, no resuelven nada. O casi nada. Porque esos “apoyos” sólo retrasan artificialmente el inevitable derrumbe. Ofrecen el tiempo necesario para que no se declaren en insolvencia de pagos, cubran puntualmente sus pasivos, aplique las contrarreformas estructurales (privatizaciones, más espacios al capital extranjero, etcétera) y los inversionistas de corto plazo continúen sus orgías especulativas hasta el momento de la estampida, con sus capitales y sus ganancias asegurados. Después llega el diluvio: la caída hacia el fondo del abismo recesivo, el colapso financiero y la pobreza generalizada.

La persuasión suicida impone conductas y daños económicos y sociopolíticos nada sutiles, los cuales se distribuyen inequitativamente en violenta avalancha. A raíz de las crisis de sus finanzas públicas, la señora Ángela Merkel –que más que ángel parece demonio– y Nicolas Zarkozy, líderes derechistas de Alemania y Francia, la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el FMI, también controlados por la derecha neoliberal, exigieron a tres mandatarios de los cerdos (PIGS, como peyorativamente se les llamó a los países del sur de Europa: Portugal, Italia, Grecia y España) a que se suicidaran políticamente para que, después, con el ajuste fiscal, ellos mismos les hicieran el trabajo sucio: “suicidaran” sus economías y obligaran su población a tomar “voluntariamente” la cicuta, para que aceptaran, en nombre de la “austeridad republicana”, su desempleo, el recorte de sus salarios y de sus prestaciones y servicios sociales, su hundimiento en la pobreza, el colapso traumático del sueño neoliberal y la fantasía primermundista europea.

“¡No dé tregua!” Sea más “valiente y radical” en los ajustes, exigió el FMI a José Luis Rodríguez Zapatero (Clarín, Buenos Aires, Argentina, 22 de junio de 2011), palabras que se aplican en los casos de Grecia, Portugal y demás próximas víctimas.

Pero antes, se “suicidaron” las razones que justificaron la integración, consagradas en la Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea, en cuyo preámbulo reza ambiguamente el espejismo con el que se trataba de ocultar el verdadero fin, el libre movimiento de los capitales en una región exclusiva: “la Unión está fundada sobre los valores indivisibles y universales de la dignidad humana, la libertad, la igualdad y la solidaridad, y se basa en los principios de la democracia y el Estado de Derecho”; la solidaridad (título IV) entendida como el derecho a la información y consulta de los trabajadores en la empresa, el derecho de negociación y de acción colectiva, derecho de acceso a los servicios de colocación, protección en caso de despido injustificado, condiciones de trabajo justas y equitativas, seguridad social y ayuda social, protección de la salud… Es decir, los derechos laborales, económicos y de la salud, en una “sociedad de mercado”.

Las ilusiones quedaron despedazadas con el colapso global y el segundo ajuste fiscal.

La “patriótica” inmolación “voluntaria” inducida tiene varios objetivos básicos: evitar que el derrumbe de los tres cerdos señalados arrastre hacia el abismo a Irlanda e Italia, los otros cerdos restantes, a Bélgica y otros países europeos que encuentre a su paso, entre ellos los del exbloque socialista; que el efecto dominó no provoque un nuevo despeñadero al sistema capitalista de pronósticos impredecibles; que el estallido social anticapitalista se expanda por todos los rincones del mundo. Pero sobre todo, para impedir que la insolvencia de pagos lleve a la quiebra a la banca y al sistema financiero de las naciones hegemónicas de la unión, y a ellas mismas. Sería una verdadera catástrofe sistémica, dado el complejo entramado financiero mundial.

Los datos son escalofriantes, según el Banco de Pagos Internacionales (BPI), en su informe de marzo de 2011. Pese a que éste organismo señala que “los activos exteriores ajustados en función del tipo de cambio contabilizados por los bancos declarantes frente a Grecia, Irlanda, Portugal y España disminuyeron ligeramente” al cierre de 2010, son más que suficientes para hundir a la unión y el resto del mundo. “A finales del tercer trimestre de 2010, la exposición total consolidada frente al exterior (con base en el riesgo último) de los bancos declarantes al BPI frente a Grecia, Irlanda, Portugal y España ascendió a 2.5 millones de dólares”. A Alemania le correspondieron 242 mil millones y a Francia 225 mil millones.

Cantidades más que suficientes para obligarlos al sacrificio para tratar de salvarse ellos.

En Portugal pasó al basurero de la historia el gobierno encabezado por el social-neoliberal José Sócrates, quien no logró que el parlamento aprobara un draconiano ajuste fiscal para obtener un préstamo de 78 mil millones de euros, para evitar la bancarrota del estado. Ahora el trabajo sucio lo tendrá que llevar a cabo el nuevo primer ministro Pedro Passos Coelho, de la derecha. En España le sucedió lo mismo con el social-neoliberal Rodríguez Zapatero, quien se convirtió en un cadáver en funciones. Tuvo que abandonar su sueño reeleccionista de 2012 y seguramente su partido será derrotado por la derecha franquista. En Grecia, el primer ministro social-neoliberal Giorgos Papandreu, que necesita los 12 mil millones de euros faltantes de los 110 mil millones que le prometieron, también seguirá los pasos de los anteriores, con lo que se acabarán por el momento los regímenes “socialistas”.

Su desgracia radica en los programas de ajuste fiscal que buscan despedir a más empleados públicos, recortar más los salarios nominales y las prestaciones laborales, más “flexibilidad” laboral, disminuir más el gasto estatal productivo y social, ampliar los años de jubilaciones con menores pagos, vender más empresas públicas, abrir más espacios al capital extranjero, aumentar los impuestos al consumo, entre otras medidas, para “ahorrar” dinero, reducir el déficit fiscal y la deuda gubernamental.

Esos gobiernos pudieron recuperar su soberanía perdida con la farsa integracionista. Es decir, abandonar la eurozona, renegar del euro y recuperar su propia moneda, recuperar su independencia monetaria arrebatada por los neoliberales del Banco Central Europeo y combinarla con un majeo fiscal anticíclico. Castigar a los especuladores.

Pero decidieron someterse y tienen que asumir los costos.

Hasta un organismo libre de toda sospecha, el departamento de Asuntos Económicos y Sociales de la Organización de las Naciones Unidas, acaba de señalar las consecuencias: si se aceptan esos condicionamientos sin reparos, los gobiernos corren el riesgo de “que se interrumpa la recuperación de su economía” y aumente más el desempleo. “Es esencial que los gobiernos tomen en cuenta las consecuencias sociales probables de sus políticas económicas” sobre alimentación, salud y educación, para no penalizar el crecimiento económico a largo plazo. Si no es así, las políticas económicas de austeridad pueden dar lugar a un “círculo vicioso” formado por un “débil crecimiento y un débil progreso social”.

Lo interesante es que la persistencia del enfoque conservador sólo agudiza los dolores sociales, y pone lentamente en movimiento fuerzas de resistencia. Ante estos signos de vitalidad social inesperados, los “mercados” se inquietan, exigen sacrificios adicionales y provocan nuevas fluctuaciones especulativas que agravan los sufrimientos.

Las medidas públicas que siguieron al colapso global no intentaron resolver los problemas de fondo. En lugar de volver a regular a los capitales especulativos, los dejaron libres y ahora, con el dinero público que les inyectaron para rescatarlos lo utilizan para crear nuevas burbujas especulativas, a lo que agregan los préstamos casi regalados, obtenidos por las tasas de interés cercanas a cero o realmente negativas impuestas supuestamente para reactivar las economías. Hunden a los países citados. Especulan otra vez en los mercados financieros y en los de futuros de materias primas y alimentos.

Sin embargo, las víctimas, los indignados de España, Grecia y otras naciones vuelven a levantarse. El analgésico impuesto para “tranquilizar” a los oponentes del ajuste fiscal y el neoliberalismo, la represión, pierde su eficacia.

La vocación suicida amenaza de nueva cuenta con un nuevo colapso mundial.

Como sistema, ese escenario es catastrófico. Pero para la humanidad abre nuevas opciones para intentar los funerales del sistema capitalista. Acaso llegan los tiempos renovadores definitivos. Es cuestión de tiempo.

*Economista

Fuente: Contralínea 241 / 10 de julio de 2011