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Raíces de la derecha o El nazi perfecto

El nazismo histórico, que encabezó Hitler en Alemania hacia la primera mitad del siglo XX, tuvo una innegable influencia en los movimientos derechistas en Europa y América, al estimular tendencias como el anticomunismo violento, el militarismo y los sentimientos de superioridad, así como el rechazo de la democracia.

| Ciudad de México
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En su libro El nazi perfecto. El descubrimiento del secreto de mi abuelo y del modo en que Hitler sedujo a una generación (Anagrama, Barcelona, 2012, 404 páginas), el cineasta inglés Martin Davidson explica cuál era la concepción de la vida de los alemanes comprometidos con la ideología hitleriana: sus antecedentes, sus torcidos ideales y sus influencias culturales.

Sus indagaciones se centran en la reconstrucción de la biografía de su abuelo materno, Bruno Langbehn (1907-1992), quien era un joven dentista cuando se incorporó a las huestes nacionalsocialistas desde los inicios de ese movimiento en la década de 1920.

Un abuelo de las SA

Hijo de un militar, Bruno compartía con muchos alemanes de la época una profunda indignación por la derrota sufrida por su país en la Primera Guerra Mundial, final que achacaban a una supuesta traición perpetrada por los judíos.

Nacido en 1961, Martin conoció a Bruno como un abuelo comprensivo y generoso, pero también descubrió que muchas décadas antes, en 1926, se había unido a las famosas SA (del alemán sturmabteilung o sección de asalto). Eran cuerpos paramilitares que llevaban a cabo la lucha callejera contra los adversarios de lo que sería el nazismo. “Batallones de gorilas de las SA patrullaban periódicamente las zonas comunistas donde no tardaron en enzarzarse en furiosos altercados” (página 120). Los del SA golpeaban y asesinaban comunistas sin que por ello sintieran culpa o escrúpulos morales, al grado de que reproducían con orgullo, en su propaganda de reclutamiento, las notas de prensa donde se relataban sus desmanes y asesinatos.

El rechazo de la democracia encarnada en la llamada República de Weimar, sucesora del gobierno imperial del káiser Guillermo II, así como la idea de que un gobierno autoritario podía impulsar el progreso y la prosperidad, fueron otras premisas de la formación del nazismo, cuyos prosélitos recibieron la influencia no sólo de Mi lucha, de Adolfo Hitler, que contenía el credo de esa ideología, sino de la literatura de la guerra, con obras como Tempestades de acero, de Ernst Jünger, uno de los libros que Bruno regalaría a su nieto en la década de 1980.

Al indagar en la historia personal de su abuelo y en el contexto de su época, Martin descubrió que: “Por horrible que fuera para mí imaginar a mi abuelo sujetando a alguien o blandiendo una cachiporra… era totalmente coherente con lo que ahora sabía de las actividades de la SA en Berlín” (página 159). De las que era conocido “el placer que visiblemente les causaba practicar el terror y la tortura” (página 162).

Cuando tuvo lugar el conflicto de Hitler con las SA y el asesinato de su dirigente, Ernst Rohm (1887-1934), Bruno estuvo con el poder vencedor, que en recompensa lo ascendió y condecoró.

El poder nazi

En 1937, Bruno fue aceptado en las SS (del alemán schutzstaffel o escuadras de defensa), la poderosa organización al servicio de los proyectos nazis, donde llevaron a cabo investigaciones secretas contra los disidentes del régimen. Fue entonces nombrado dirigente de la asociación de dentistas de Berlín.

A la cabeza de ese gremio, se ocupó de que se les negaran a los judíos las fuentes de ingresos con las que podían subsistir con el ejercicio de su profesión, como parte de la política de acosamiento y exterminio de los judíos.

Éstos fueron despojados en beneficio de sus verdugos, como ilustra el hecho de que el departamento de un dentista judío, que fue atrapado por los nazis con conocimiento de Bruno, pasó a poder de la suegra de éste.

Desde su posición en el régimen nazista, Bruno trabajaba, de manera fría y sistemática, para la misma ideología y objetivos que cuando era un agitador y camorrista en las filas de las SA.

Al inicio de la Segunda Guerra Mundial, Bruno se enroló en el ejército alemán; combatió y fue herido en la invasión a Francia, y posteriormente se concentró en tareas dentro de la SS, que jugaría un papel tan importante en el asesinato masivo de judíos y de otras minorías odiadas por los nazis.

Pasó el final de la guerra en la entonces República de Checoslovaquia (actualmente el territorio lo ocupan dos países llamados República Checa y Eslovaquia), donde se consagró a un fantasioso proyecto de las SS para impulsar la resistencia pronazi una vez que terminara la guerra con un final desfavorable para las potencias del llamado Eje (Alemania, Italia y Japón).

A la llegada del ejército soviético, las SS encabezaron una resistencia desesperada, mediante acciones salvajes contra la población civil:

“…fusilando a rehenes si no retiraban las barricadas, incendiando inmuebles y colocando a checos delante de los tanques… Arrastraron a niños fuera de los refugios antiaéreos y los pasaron a la bayoneta… Prendieron fuego a viviendas, desvalijaron comercios, masacraron a civiles indiscriminadamente. Mataron de una forma horrible a hombres, mujeres y niños de uno a tres años de edad. Les habían cortado la cabeza y las orejas, arrancado los ojos y acribillado el cuerpo con bayonetas. Entre las víctimas había embarazadas con el vientre desgarrado” (página 284).

Bruno tuvo que destruir sus documentos oficiales, insignias y uniformes, y disfrazarse de civil para poder huir de las represalias de los checos, de las que milagrosamente escapó por intervención humanitaria de un oficial soviético.

Como muchos otros nazis, Bruno ocultó su apellido y su historia durante los años de la posguerra para librarse de persecuciones; “tuvo que aprender a defender su desvinculación tan convincentemente y con tanta vehemencia, como anteriormente solía alardear de su pertenencia al partido” (página 300).

El inicio de la llamada Guerra Fría entre el bloque capitalista y el socialista distrajo la atención pública de la persecución de criminales de guerra nazis, de tal manera que hizo que ésta menguara. Además: “para entonces, había ya suficientes alemanes, incluidos antiguos SS, en posiciones clave de la judicatura y la administración para convencer a los aliados de que convenía trazar una raya en vez de arrastrar los juicios hasta el decenio siguiente” (página 303).

Esos factores permitieron a Bruno salvarse del castigo que el fin de la guerra había deparado a muchos nazis como él, quien volvió a su trabajo de dentista con la ayuda de Degussa, empresa “implicada en algunos de los más abyectos crímenes del Tercer Reich, como la utilización de mano de obra esclava, la arianización de propiedades judías [...] La adquisición, refinado y distribución de oro, platina y plata expropiados a judíos asesinados, obtenidos de sus bienes robados o arrancados de sus cuerpos, sobre todo de los dientes, y que, por añadidura, había sido uno de los proveedores de bolas de gas venenoso zyklon-B para los campos de exterminio a través de su filial Degesch” (página 308).

Esa empresa le proporcionó a Bruno una generosa subvención para instalar su consultorio privado, y él encontraba de nuevo un lugar en un mundo capitalista regido, igual que el otrora imperio de los nazis, por un anticomunismo feroz.

Cabe añadir que Degussa (acrónimo que en español equivale a Instituto Alemán de Separación de Oro y Plata) sigue siendo una de las mayores empresas alemanas de productos químicos. En 2003, con motivo de la construcción del Monumento al Holocausto en Europa, hubo protestas porque la proveedora del material para proteger el monumento del grafiti fue nada menos que Degussa (http:// edant.clarin.com/diario/2003/10/30/i-024 01.htm).

El exnazi siguió frecuentando a sus antiguos “compañeros de lucha” y su nieto percibió el “orgullo que todavía le inspiraba” el periodo de su vida anterior a 1945; como en los viejos tiempos, los nazis comenzaban a reunirse para hablar de las supuestas atrocidades de los gobiernos comunistas y de que la prensa estaba controlada por “los judíos”.

Al sentirse renovado, Bruno abandonó a su esposa para unirse a la mejor amiga de ella, quien había sido gimnasta en los Juegos Olímpicos de Berlín en 1936.

Bruno murió en 1992, luego de haber visto el derrumbe del muro de Berlín, confirmación de que, a fin de cuentas, el bando nazi no salió tan mal librado de la guerra.

Fuente
Contralínea (Mexico)

Edgar González Ruiz

Edgar González Ruiz Maestro en Filosofía. Investigador y periodista, especializado en la derecha política en México y América Latina. Ha publicado varios libros, como: La Última Cruzada (2001); Los Abascal (2002); Cruces y Sombras (2006); El clero en armas (2007). En 2005 obtuvo el Premio José Martí; en 2006, el Premio Nacional de Periodismo, de México. Colabora en Contralínea.

 
18 noviembre de 2012

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