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Cuestión de causa y efecto

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por Luis Alberto Pacheco Mandujano

9-1-2013

Cada vez que leo o escucho noticias de repudio y reclamo contra ciertos representantes de la clase política nacional, sean éstos alcaldes, alcaldesas, congresistas o eventualmente hasta contra el propio Presidente de la República, me pregunto si la “opinión pública” no habrá advertido ya que al reclamarles lo que fuere (como sucede ahora con el caso de la revocatoria de Susana Villarán o el incremento de sueldos congresales), se reclama, en verdad, a sí mismos en una relación de causa y efecto.

Y es que si pensamos un poco más al respecto, nos daremos cuenta sin demasiado esfuerzo que los reclamados, aunque fuesen ciudadanos de dudosa condición política, social y/o económica, no llegaron a ser alcaldes o congresistas por arte de magia o voluntad propia, sino que fueron llevados a municipios y Congreso nacional, respectivamente, por causa y obra de los electores; es decir, por quienes hasta hoy no saben elegir, sino sólo sufragar.

Sin ánimo de formular sofismas para liberar a los representantes de nuestra cuestionada clase política de sus graves y profundas responsabilidades morales y funcionales, pienso, con la razón y no con el hígado, ni danzando al ritmo cadente de la mona y su baile, que tal raza de gente –la de los reclamados, por supuesto– no constituye sino el efecto de una causa previa: los mismos electores.

Es probable que quienes lean esta lacónica reflexión, a estas alturas de su lectura podrían afirmar que dada la virtual desaparición de los partidos políticos, la oferta electoral de candidatos en período eleccionario es bastante pobre, por lo que no se ofrece gran cosa para elegir y, por tanto, mejor conformarse con lo que se tiene, porque “preferible es votar por malo conocido, que por malo por conocer”, o, mejor aún, “elijamos a éstos antes que salgan electos aquéllos”.

Pero pienso que, aún fueren estos los casos, si existiera entre los peruanos consciencia social verdadera, su electorado, haciendo gala de ciudadanía, pulverizaría tan grande farsa desde el inicio y se negaría a legitimar con su voto lo que ellos mismos llevan, al final de cuentas, al horno de cocción social. Pero, ¡oh el pueblo!, su cargada labor es la de ser pueblo y lamentablemente asiste, la mayoría de veces, ovejunamente al proceso electoral, tan solo para no pagar la multa de omisión al sufragio.

Cada vez me convenzo más que para combatir a los descarados y pícaros que hicieron de la política –otrora considerada el medio por excelencia para el servicio social– instrumento material de empresa para acrecentar riquezas particulares, o gestar otras nuevas en un santiamén, deberíamos combatir previa y urgentemente la ignorancia del electorado nacional, tan burdo, procaz, ordinario.

Pero combatirlo no con la diatriba que constituye lugar común, verdad de Perogrullo que se vocifera con estridente ruido de latón, sino proponiendo sistemas de solución. Hacer únicamente lo primero, se ve que no contribuye sino sólo a asistir a una piñatería en la que el palo de golpes se hace cada vez más cansado, débil y frágil, mientras las tundas no duelen más y lo anormal muta para normalizarse.

No es que no comparta la indignación popular por los escándalos e inmoralidades acometidas por nuestros grandiosos “padres de la patria” (que se elevan sueldos a nivel estratosféricos para que después del escándalo generalizado, se los reduzcan no por fuerza de alguna loable forma de convicción ética, sino de la aplastante presión social). Todo lo contrario, la comparto y hago mía. Pero comprenderán que, para crecer como personas y como país, menester es trasuntar meros epifenómenos. En lo que a mí respecta, no deseo, pues, hacer maestría en técnicas de cargamontón.

Los aludidos por el reclamo, maestros de la sinvergüencería, han hecho oídos sordos del clamor popular y rechazo a sus acciones. Era de esperar. ¿Lo seguirán haciendo también sus causantes, los electores? Pregunto porque siendo el tema cuestión de causa y efecto, sencillo es entender que si no quiere usted más robacables, comepollos, lavapiés, comeoros, mataperros y demás mutantes tipo “X-men” en el Congreso y municipios a nivel nacional, la próxima vez no vote por votar; aprenda a elegir. Y cuando reclame e insulte a congresistas y/o alcaldes de cualquier nivel, medite antes quién hizo posible que esta gente llegase a ocupar tales cargos, porque como solía decir mi madre cuando me ganaba algún tipo de agravio por negligente gestión propia, “sarna con gusto, no pica”. ...........................................

-  Profesor de Filosofía del Derecho y Lógica Jurídica de la Facultad de Derecho y CC.PP. de la Universidad Inca Garcilaso de la Vega. Maestrías cursadas: i) Maestría en Derecho con Mención en Derecho Penal (EUPG-UNCP, 2004-2005); y, ii) Maestría en Derecho Penal y Derecho Procesal Penal (ESN-UC, 2009-2010). Ganador de la beca nacional UAP para cursar estudios en la Maestría en Filosofía e Investigación (EPG-UAP, 2007-2008). Website: www.luispachecomandujano.blo...; luisitopacheco@hotmail.com

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