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Argentina reduce pobreza y acota al neoliberalismo

Se agudiza el debate en Argentina sobre el número de pobres que existen en ese país. La derecha enjuicia al kirchnerismo y lo encuentra culpable. Lo cierto es que los mandatos de Néstor Kirchner y de Cristina Fernández casi han abatido el hambre y la miseria extrema. Los mecanismos para sacar a Argentina de una de las peores crisis económicas que ha padecido no fueron los recomendados por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial; por el contrario, los Kirchner hicieron exactamente lo contrario a lo que esos organismos internacionales “recomiendan”

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14. junio, 2013 IPS Línea Global

Marcela Valente/IPS

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Buenos Aires, Argentina. En los 10 años transcurridos desde la llegada a la Presidencia de Argentina de Néstor Kirchner, sucedido en el cargo en 2007 por su esposa, Cristina Fernández, cayó la pobreza, creció el empleo y mejoró el acceso a la educación, aunque no hay acuerdo sobre los números exactos de los cambios.

Según el cristal con que se mire, la pobreza se redujo más o menos, pero en cualquier caso bajó en la década de gobiernos kirchneristas, aseguran expertos y activistas consultados por Inter Press Service (IPS).

“Estamos más cerca que nunca del hambre cero, aunque todavía hay chicos desnutridos”, sintetiza el líder y cofundador de Red Solidaria, Juan Carr.

El hambre, las recurrentes inundaciones, el frío extremo, las epidemias, la necesidad de un trasplante urgente son varios de los problemas sociales que ponen en la línea de fuego a Carr y a su gente de Red Solidaria, una organización no gubernamental que desparrama voluntarios por todo el país.

“A los argentinos los indigna la pobreza. Esta actitud es una novedad de hace 15 años. Antes no ocurría. Sólo a los más progresistas les preocupaba este tema. Hoy se involucran todos. Pero la mirada es un poco inmadura. Muchos se enojan”, añade.

En la entrevista con IPS, Carr se preocupa por escapar de la disputa entre portavoces del gobierno centroizquierdista de Cristina Fernández y de la oposición sobre si la pobreza cae o no. Para él, los datos no son ni tan optimistas ni tan dramáticos como se presentan de uno y otro lado.

Más de 54 por ciento de la población argentina vivía en situación de pobreza a fines de 2001, cuando estalló la profunda crisis socioeconómica que derivó en multitudinarias protestas callejeras y una fuerte represión policial que dejó decenas de muertos y heridos y, finalmente, con la renuncia de Fernando de la Rúa cuando sólo había cumplido 2 de los 4 años de mandato presidencial.

Kirchner, fallecido en octubre de 2010 a los 60 años, asumió el gobierno el 25 de mayo de 2003 tras una serie de presidentes interinos y desde entonces ese indicador casi no dejó de bajar. El último dato publicado por el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (Indec), correspondiente a fines de 2012, indica que 5.4 por ciento de los 40 millones de argentinos son pobres.

Pero opositores y algunos expertos dudan de esas cifras del Indec, al que cuestionan desde su intervención en 2007. Consideran que se basa en una canasta básica subvaluada, que no contemplaría la inflación real.

Por ejemplo, estudios presentados por la privada Universidad Católica Argentina señalan que la pobreza aún afecta a 26.9 por ciento de la población. Algo parecido ocurre con el desempleo, que según datos oficiales pasó de 24 por ciento de la población económicamente activa en 2002 a 16.3 por ciento en 2003 y, desde entonces, siguió con tendencia a la baja hasta posicionarse en 7.9 por ciento en la última medición. Estas cifras también son cuestionadas.

Carr sostiene que, según su intuición y “mirando el asunto de reojo”, el dato real de pobreza “está en el medio. No parece que afecte a 30 por ciento, pero tampoco a 5 [por ciento]. Yo creo que lo razonable es creer que uno de cada cinco argentinos sigue siendo pobre”, arriesga.

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En ese marco de lucha contra la pobreza, el activista destaca “dos momentos gloriosos” en la última década.

Uno fue en 2003, cuando la actividad agropecuaria comenzó a recuperarse y el gobierno tuvo una política social “muy buena; ahí se comenzó a producir alimentos fuertemente y eso provocó una tremenda baja en las muertes de menores de 6 años por problemas relacionados con la alimentación”, precisa.

Luego, con la entrada en vigencia de la Asignación Universal por Hijo para Protección Social impulsada por el actual gobierno de Fernández, llegó otro momento destacado por Carr. “Al menos 500 mil personas salieron de la pobreza extrema en apenas unos meses”, asegura.

La Asignación Universal por Hijo, que se lanzó en 2009, a mitad del primer mandato de Cristina Fernández, es una transferencia de ingresos del Estado para menores de 18 años, hijos de padres sin empleo o con empleos precarios (sin aportes a la seguridad social). Como contrapartida, los beneficiarios deben cumplir con la escolaridad y con los controles médicos periódicos.

El Estado otorga 340 pesos argentinos por mes y por hijo (unos 65 dólares) hasta junio, cuando el monto se incrementará a 460 pesos (88 dólares), para un universo de unos 3.3 millones de menores integrantes de 1.8 millones de familias en situación de pobreza.

Este aporte también es recibido por mujeres embarazadas sin empleo, por discapacitados sin límite de edad y por quienes trabajan por su cuenta en cooperativas impulsadas por el Estado y que aportan un impuesto mínimo, llamado monotributo social.

Al margen de los más vulnerables de siempre, también sectores medios que habían caído en la pobreza lograron recuperarse en la última década. En algunos casos, incluso, sus vidas cambiaron por completo.

Guillermo Mesa, hoy de 46 años de edad, manejaba su propio taxi a fines de la década de 1990. No había terminado la escuela secundaria. La crisis de 2001 fue fatal para él. “Me quedé sin nada”, cuenta a IPS. Sin empleo, su matrimonio se quebró en pocos meses.

“En esa época empezaron los robos de automóviles. Yo perdí el mío y, cuando el seguro me pagó, con esa plata [dinero] no me compraba nada”, recuerda. Se refiere a comienzos de 2002, cuando la moneda argentina sufrió una brusca devaluación frente al dólar.

“Estuve 2 meses sin conseguir nada. Hice changas [como le llaman a los trabajos eventuales]. Conseguí algo como chofer de remise [automóvil de alquiler], pero me costó la separación. Tenía la nena de 1 año [de edad] y un varón de 12”, describe.

Para 2003, Mesa resolvió aprobar las materias que debía de la escuela secundaria. “Después empecé a hacer cursos de plomería y de electricidad”, cuenta.

Los cursos los hizo en un Centro de Formación Profesional en Lanús, al Sur de Buenos Aires. El Centro dependía del Ministerio de Educación. “Llegué a tener mucho trabajo y tuve que tener algunos pibes [muchachos] a cargo”.

Para 2008, la Central de Trabajadores de Argentina abrió nuevos centros de formación y lo convocaron a trabajar como profesor. “Hice el curso de instructor y ahora doy clases de electricidad a mayores de 16 años”, completa. Está conforme porque le pagan en blanco, es decir, con aportes para la jubilación, seguro médico, vacaciones y aguinaldo, y ahora estudia para bibliotecario. “Termino el año que viene y quiero hacer el profesorado de matemática”, anticipa.

Mesa nunca pudo acceder a una vivienda propia. El automóvil no pudo volver a comprarlo, pero se volvió a casar y su hijo va a la universidad. “Fue bravo, pero tuve suerte. Ahora es más fácil conseguir trabajo y, si uno estudia, eso ayuda mucho”, recomienda.

Fuente: Contralínea 338 / junio 2013

9 de Junio de 2013

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