17-6-2013

El próximo viernes 21 se presenta en el Búho Rojo de Pueblo Libre la llamada a sacar chispas de todo calibre, segunda obra de José Maúrtua: Crónicas de Agustín Agurto en San Tagastín. Con fraterno yerro -y por reiterada vez- el autor me pidió algunas palabras prologantes. No pude negarme, sobre todo, luego de haber reído hasta las lágrimas, su texto. Pero -no se ilusione el lector- la savia y fundamental mensaje informativo y denunciante corresponden a Maúrtua, a mí tan sólo un mascarón de proa muy modesto. Lo que sí es grande es la amistad y admiración que me unen al escritor, identidad forjada en el libre pensamiento y en la comunidad de sabernos gonfaloneros del soplo eterno de la eterna pasión de inconformes y cuestionadores. Prepárense pues y lean. Se divertirán. (hmr)

PRÓLOGO

El adjetivo Correccional, según el prestigioso diccionario Larousse, se define así:

Que sirve o se usa para corregir. s.m. Establecimiento penitenciario donde se recluye a los menores que han cometido un delito o falta, o cuyo comportamiento es peligroso.

En Perú, feraz y sagrada tierra donde lo increíble es verosímil y lo ilógico política de Estado, los correccionales suelen ser academias dónde los que entran delincuentes aficionados perfeccionan sus artes y tornan avezados criminales que despliegan, una vez sueltos o escapados, todos sus conocimientos contra la sociedad. Rara vez se corrigen aunque, hay que decirlo, limpian sus culpas y conciencias desde el escaño parlamentario, la silla ministerial, el despacho edilicio o alguna gerencia. Que aquí llueve para arriba, no hay duda.

Un colegio es de por sí un ágora educativa, crisol de entendimiento y plataforma de ciudadanos desde la primaria y secundaria para luego caminar por las avenidas universitarias hacia el profesionalismo. El mundo contemporáneo exige hombres y mujeres capaces de dirigir con ciencia y conciencia. Es pues, el colegio, el estadio príncipe de tan ilustre alameda.

El lector debe estar preguntándose si el prologuista por segunda vez de otra obra de José Maúrtua tiene los tornillos flojos u oxidados y ¿a cuento de qué los párrafos precedentes? Pero, lamento decepcionarlo, estoy en mis cabales aún a posteriori de haber reído a carcajadas con la crónica del autor.

Este segundo libro narra con destreza y agilidad gran parte del mundo escolar en que vivió el escritor. No exagera, tampoco minimiza, circunstancias de toda índole: tristes, frustrantes, felices, cómicas hasta la chapuza, insólitas hasta la aberración. ¿Por causa de qué fanáticos reaccionarios hispanos lograron albergue en San Tagastín y descargaron sus furias y traumas en las cabezas, brazos y traseros de los pobres alumnos?

Como todo mundo escolar el autor describe la connivencia entre "maestros", cuasi pillos, y padres felices de deshacerse de sus críos para colocarlos en un colegio cristiano. El pasaporte de ese trueque -¡qué duda cabe!- fue el dinero que pagaban aquellos con tal de ubicar a sus hijos en un colegio bien, de buen nombre, excelentemente ubicado en San Isidro y bajo el amparo de la religión.

¿Cómo fueron capaces esos "maestros" de producir tal cúmulo de negociados, trueques y hasta un posible crimen cuando la misteriosa pérdida de un auto y el encuentro macabro del vehículo con un cadáver dentro y calcinado por fuegos no divinos sino vulgarmente terrenales? Ciertamente, el halo de silencio, rodeó entonces, militantemente cualquier investigación.

En una sociedad como la peruana tan plena en indignantes separatismos que comienzan con el apellido y el color del pellejo, la impunidad se consagra a niveles superlativos ¡precisamente! en lugares donde la combinación dinero-silencio produce estudiantes acríticos, cucufatos, cuasi débiles mentales o fanáticos hasta la náusea. De ese fango, felizmente, logró alejarse el autor y hoy persuadido de razones innúmeras nos obsequia su testimonio personal de lo visto y vivido en San Tagastín.

Me une al autor una amistad forjada en el yunque, primero, de correos electrónicos, luego el trato personal y el intercambio de documentos para la lectura y el análisis y después la insólita solicitud a que prologara su primer libro, tema en que incurrí sin ser escritor o literato, apenas periodista. Y celebro que Maúrtua haya arribado a su segunda obra. Me asombra, sí debo decirlo, que ¡otra vez! haya tenido la peregrina idea que sea yo quien pergeñe algunas líneas liminares.

¿Qué otra cosa podía hacer?

Leí de un solo tirón Las Crónicas de Agustín Agurto en San Tagastín y no son pocas las carcajadas que me provocó el libro. Pero también me internaron en serias reflexiones.

¿Debe un autor abordar temas de su niñez y juventud, señaladamente, la escolar y denunciar sucesos más bien del pasado? Lo normal sería que no lo haga porque el silencio societal ha impuesto toneladas de concreto sobre esta naturaleza de asuntos. Descorrer el velo constituye una actitud valiente y correcta. ¿Qué garantiza que los educandos de hoy no sufran abusos similares o peores? Poco o casi nada puede verificarse en progreso en el San Tagastín. La ortodoxia litúrgica de los sacerdotes es la misma, el retroceso que proviene desde el Vaticano, ídem. Entonces ¿qué liberación pueden aguardar los alumnos en semejantes condiciones?

Aborda Maúrtua, socarrón y con pluma feliz, el pacto secreto de los padres de familia con los curas. Unos otorgan el dinero para el margesí de bienes y sueldos de los docentes y aquellos garantizan que la correccional funcione con precisión matemática. A los preguntones una bofetada y a los demasiado inquisidores, puntapiés o trompadas de cuyo detalle jamás hay narrativa o queja porque todo se hace por el "bien" de los alumnos.

En los colegios dirigidos por órdenes religiosas, sobre todo, existe un Estado dentro de otro Estado. Las pesadas cortinas de un oscurantismo pseudo-intelectual tapan defecciones, impurezas y la recurrencia de taras a las que se reputa como prácicas educativas o técnicas para mejorar la trayectoria estudiantil de los jóvenes adolescentes. ¿La letra con sangre entra? Y se podría decir que también con muchos avemarías, rezos, plegarias, miradas al cielo, total, el dinero de los papis forja la contraprestación del negocio llamado educativo.

La realidad que describe el autor para un colegio sanisidrino al que concurren hijos e hijas de familias con recursos por encima del resto, dista de ser ideal o celestial. Hay, como en todas partes, problemas innumerables y la multitud ambiente con la proverbial imaginación peruana acelera cualquier choque de ideas, pareceres o criterios. Con la salvedad, ya anotada, que la fama o prestigio, barniza cualquier anomalía.

Tengo la impresión que Maúrtua, si bien no lo detalla minuciosamente, sí lo deja entrever en las Las Crónicas de Agustín Agurto en San Tagastín: la intromisión de la Iglesia Católica en el plano educativo. Afirma que de Pizarro y Almagro hay libros y anécdotas numerosas pero hay una tendencia, hábilmente cultivada por los ensotanados, para olvidar al tercer socio de la expoliación conquistadora: Hernando de Luque. Y hace bien el autor en anotar la omisión culposa en nuestros anales historiográficos.

Acaso la demostración militante de un cuestionamiento frontal a esa intrusión como a muchas otras, sea la de José Maúrtua, ejercicio pionero. Es hora ya de romper el tácito pacto de hablar a media voz como exigía en sus flamígeros escritos Manuel González Prada y, por tanto, la cuota, divertida como profunda, que nos obsequia el autor, represente, de ahora en adelante un hito y un jalón fundamental para comprender la vorágine oculta, la otra faz, en que los colegios discurren educando -o mejor dicho- mal educando a los jóvenes de cierto sector privilegiado de la sociedad peruana.

Acaso algún lenguaraz pretendiera atribuir resentimiento o rencor a José Maúrtua. ¿Es lícito que el escritor omita o maquille su pasado con afán elusivo o lo exponga tal cual para coadyuvar al esclarecimiento y solución de los intríngulis que hoy narra? Me inclino y subrayo el mérito que compete a José.

Una vez más, me toca el honor de hacer unas líneas, más bien pocas, pero en celebración de una amistad e identificación de ideales de librepensamiento, civismo y amor por el Perú que nos vincula fraternalmente a José Maúrtua. Esta comunidad magnífica nos permite hacer del culto a la amistad piedra angular de un edificio democrático al cual asistimos con voz templada y texto acerado.

Leamos pues Las Crónicas de Agustín Agurto en San Tagastín.

Herbert Mujica Rojas (20-11-2012)
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Capítulo XX
 1984-

UNA CHARADA DE PUNTAPIES DEL ALFEREZ VARGAS EN EL QUINTO “C”

Una de tantas tardes grises que nos son siempre tan familiares a los habitantes limeños -ahora como en los años ochentas- dábase sus rondas el auxiliar de vigilancia por los anchos pabellones del colegio, el regente lambayecano, Lucho Alférez Vargas. Caminaba Alférez dando pasos agigantados como queriendo calentarse por fuera y al tiempo enfriarse por dentro. Esa semana de Octubre para Alferez había resultado cargada tanto en los cuarteles de la republicana cuanto en los pasillos del coloso tagastiano. El regente quería ahogar algunos recuerdos que le provocaban una sensación que no se explicaba. Algo lo perseguía y perturbaba al larguirucho ex cadete de la republicana. Además ya no podía enamorar a las mamitas, a las mamacitas, a las mamazotas de familia, ya la calva se le iba pronunciando más y más. El problema económico también empezaba a agobiarlo, Cesarius no soltaba suficiente billete, estaba muy angurriento por ese entonces. Ya no estaba tan joven. Los asaltantes recuerdos solían perturbarlo casi a chavetazos, siempre al pasar entre los corredores del inmenso local san isidrino. Pero, él, el sí que sabia lidiar y batirse con chaveteros y chavetazos. Cojudeces y tonterías. El era un guardia republicano.

Las recomendaciones del Cesarius acerca de cómo manejar a esta tira de malolientes púberes sudacas e indígenas de mierda (en la tira para Cesarius estaban también el Alférez y el profesorado tagastiano) que regentaba bastante a su pesar, se resumían en que había que imponer la disciplina. Los años tampoco pasaban en vano para Cesarius, ya no jugaba tanto al fútbol, la vista y la memoria a veces flaqueábanle, había perdido algo de su don natural para ver por dónde venía el dinero, aunque los naipes seguían siendo sus predilectos ya no podía amanecerse jugándolos como antes. Lo peor de todo era que -en el horizonte- él seguía a la cabeza de una partida de ineptos indios. Pizarro se lo había llevado todo, ahora el sólo podía recoger migajas, limosna. Era tan solo un remedo de Luque. Era, en el fondo, lo que más le dolía… Aunque los padres de esta indiada arribista pagaban y pagaban cada vez más, aunque además no todos eran cholos pues había también dinero proveniente de los hijos de algunas estirpes decentes como italianos, palestinos, alemanes, ingleses, para Cesarius de la Gruta era poco, poquísimo, pues se veía a sí mismo como una pobre copia del siniestro Hernando de Luque.

Alférez Vargas seguía caminando inagotable ese día de Octubre, inquieto, ofuscado, agobiado por algún recuerdo de cuartel, las memorias de los cuarteles solían agobiarlo tanto y, sin embargo, había que seguir. La guerra subversiva, los terrucos de mierda y esos hijos de puta, abogados de los Derechos Humanos. El larguirucho joven lambayecano, metido de repucho –la guardia republicana, dedicada a cuidar las cárceles, tenía un club en el que podía desarrollar sus cualidades atléticas- terminaría padeciendo el extraño y la vil afición por la tortura, claro, no sólo terrucos, que podía matar, sino también de estudiantes de San Tagastín.

Qué pesares, ni qué ocho cuartos, este bajón se arregla moviendo un poco el cuerpo, se animaba a sí mismo, nada debía perturbar su labor de vigilancia y orden.

Las paredes plomas del plantel Tagastiano contrastaban con los recuerdos de paredes ensangrentadas con sangre terruca. Era preciso castigar a los que pretendían subvertir el orden, hacernos colonia del comunismo mundial, envenenar a los niños con ideologías de odio y resentimiento. Todo tenía un precio. Alférez Vargas y sus coleguitas repetidas veces habían estrellado la cabeza de unos subversivos contra la pared, debían confesar el último atentado dinamitero en Lince y el último coche bomba del restaurant de San Borja. Los gritos de dolor de los jóvenes terroristas y las recomendaciones y amenazas permanentes de Cesarius en la sala de profesores, al unísono, lo cargaban, lo inmovilizaban.

“Puta madre, debo descargar un poco”, Alférez precisaba desquitarse con alguien de tanta mierda junta. Nada mejor que jugar un partidito, con los de quinto.

“Ta, carajo, ¡cuánta bulla! ¿Quién jode? ¡Ajá!, quinto C, ¡Cuándo no! Estos achoraos de mierda. Ya veo que acá va a ser el partidazo”, sonrió.

“Brigadier”, invadió el grito cuartelario del Alferez Vargas toda la atmósfera del aula, que en ese momento se había disipado por el cambio de hora. “Brigadier, ¿es sordo? A usted es al primero que le va a caer su patada en el culo… ¿No hay apuntados?”

“Deme, Brigadier, el nombre de los apuntados, sino le cae a usted. Ya sabe.”

“Si, acá están.”, improvisaba una lista el brigadier.

“A ver, párense Rojas, Morales y Palomares”

Alférez: “Rojas, póngase”
Rojas: “¿Qué?”
Alférez: “¿Qué, no oyó? Póngase carajo, y no mire.

Rojas se puso pálido pero obedeció, todos éramos obedientes a este jueguito novedoso de Alférez en el que uno era pateado en posición de cuatro patas y con los ojos cerrados hasta adivinar quién lo había pateado. “¡En posición de cuatro patas, carajo!” Todos mudos. Una década de extirpación de personalidades no había pasado en vano.

Alferez Vargas dio un silbido a bajo volumen. Movió el índice indicando a uno de los compañeros que se acercara y le “rompiera” el culo de un patadón.
“¡Fríelo!, ¡corriente, corriente, carajo!”

“Sargento, ponga el on, a la maquinita esa de mierda, coloque el electrodo, si serás imbécil… Ya, ponlo en on, ponlo en on, carajo.” El sargento titubeó, el tenía un hijo de la misma edad que el detenido. “Puta, le he dicho que ponga on, ¿eres sordo cholo de mierda?”

“Se va a desmayar, Alferez, ya no da más…”

“Tray pa cá. Así, ¡mira imbécil!”

El joven despedía un grito de dolor y horror.

El olor a quemado comenzaba a inundarlo todo. El detenido se sacudía de dolor, se doblaba, no confesaba.

“Ahora, dime Rojas: Canta, ¿quién fue?”

El detenido ya no podía articular palabra, respondía con gritos casi no humanos.

“¿Quién puso el coche bomba?, habla hijo de puta, cholo de mierda, ¿cuál de de los rojos de mierda?”

“Dinos Rojas, a ver ¿quién fue?, ¡habla de una buena vez!”

“Yo no, profesor.”

El aula se mantenía en silencio, todos callábamos. Habíamos aprendido a callar y todos callamos en los ochentas cuando desaparecieron a Rojas, a Perez, a Quispe, a Huaman, a todos.

Rojas, humillado se mantenía en cuatro, también callado.
“Dinos Rojas: ¿quién fue?” “Fue Frías”, se quebró Rojas.

“Frío, no fue Frías, vamos, sigue adivinando, Quiero saber.”

“¿Cómo sabes que fue Frías?, ¿conoces la punta de Frías?”

El salón estallaba de risas y burlas.

“No, no fue Frías”

Alferez silbó nuevamente y llamó a otro compañero más corpulento, uno que pateaba sin miramientos; en silencio, un matonazo, hecho a la medida de San Tagastín. Todos callamos. Hasta que Rojas adivinó y ahora le tocaba a Palomares, para algarabía y disfrute de Alferez y el salón.

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Correccional en San Tagastín
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