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El declive del Z-40

El gobierno del presidente Enrique Peña Nieto va a destacar como un logro fundamental de su primer año de gobierno la captura de Miguel Ángel Treviño Morales, el Z-40, conocido como el mando principal de Los Zetas, la organización criminal fundada por exmilitares y famosa por su nivel de violencia y brutalidad.

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4. agosto, 2013 Jorge Luis Sierra * Estratégicamente

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Pero un asomo a cómo opera el narcotráfico y cómo han funcionado los sistemas de inteligencia que lo combaten podría arrojar una manera distinta de ponderar esa detención: lo que nos vende el gobierno puede en realidad ocultar negligencia, ineficiencia y corrupción.

Más allá de la dudosa capacidad acusatoria del gobierno mexicano para armar una causa sólida y presentar evidencias en contra de Treviño, lo difícil será probar que la captura significó una decapitación de Los Zetas y una herida de muerte para esa organización criminal.

La forma no violenta de detener al Z-40, según la narraron los voceros gubernamentales mexicanos, consistió en una operación de inteligencia que pudo trazar un patrón de movilización cotidiana del líder de Los Zetas, en horas de la madrugada, a través de caminos de terracería de tercer nivel en zonas agrestes y solitarias de las fronteras entre Tamaulipas, Coahuila y Nuevo León.

Ese patrón indicaba que el Z-40 seguía basado en Nuevo Laredo, pero se movilizaba en una zona de operación segura y limitada a tres estados mexicanos fronterizos con Texas.

La conducta predecible del Z-40 permitió a los agentes de la Armada de México establecer con precisión por qué lugar, a qué hora y en qué día pasaría por alguno de esos caminos de terracería y establecer en ese punto una vigilancia con efectivos tierra, apoyados por helicópteros de la Fuerza Aérea Naval.

El Z-40 llegó, según la versión oficial, sólo acompañado de un guardaespaldas, un contador, en un vehículo solitario en el que llevaba un cargamento ligero de armas y una cantidad importante de dólares en efectivo con los que podría corromper a las unidades policiales o militares en caso de que llegaran a arrestarlo. Esa medida de seguridad para Treviño no funcionó con las unidades de Fuerzas Especiales de la Armada de México que detuvieron al líder criminal sin realizar un sólo disparo.

La operación se asemeja a la forma no violenta con la que el Ejército arrestó a Juan García Ábrego, líder del Cártel del Golfo, en enero de 1996, cuando caminaba solitario, sin guardias de seguridad, en una propiedad cercana a Monterrey, Nuevo León.

Benjamín Arellano Félix, líder del Cártel de Tijuana, también fue arrestado en una forma similar por unidades de los Grupos Aeromóviles de Fuerzas Especiales en marzo de 2002 en Puebla. Estaba en su casa, con su familia, sin guardaespaldas, dispuesto a dormir, cuando llegaron las unidades de Fuerzas Especiales del Ejército.

Es probable que, al momento de su detención, esos individuos notables del narcotráfico mexicano ya no hayan ocupado un papel relevante en la estructura de dirección de las organizaciones criminales. Tanto Juan García Ábrego como Benjamín Arellano Félix estaban en la lista de los más buscados por la Agencia Antidrogas estadunidense (DEA, por su sigla en inglés), y su cercanía y conocimiento de las operaciones los volvían un riesgo para sus organizaciones criminales.

Más aún, es probable que los grupos del narcotráfico los hayan despojado ya de sus pequeños ejércitos de guardaespaldas y los hayan dotado de un dispositivo de seguridad mínima con lo que ya no serían capaces de enfrentar a ninguna unidad militar.

La detención del Z-40 en un paraje solitario, viajando con unos cuantos hombres y unas cuantas armas, no parece ser la forma con la que el líder del cártel más violento y brutal que existe en México estaría preparado para enfrentar a unidades federales. Los narcotraficantes se cuidan de que el arresto o asesinato de sus líderes principales no represente el descabezamiento total de la organización. Antes de que eso suceda, prefieren separar al líder de su posición de mando y reemplazarlo por otros narcotraficantes, igualmente proclives a la violencia, pero menos conocidos y mejor pertrechados.

La estructura de Los Zetas no desaparecerá con la detención de Treviño. Los mecanismos de reclutamiento de Los Zetas no han sido debilitados, ni su capacidad de corrupción e intimidación, ni su amplia red de extorsión. El hecho de que Los Zetas hayan aprendido que el terror es su principal fortaleza ha originado que cualquier integrante de ese grupo criminal sea capaz de ejercer el mando con igual o mayor brutalidad.

Si bien no puede negarse un éxito de los sistemas de inteligencia para brindar la información necesaria para capturar a un líder criminal tan notorio, también cabe preguntarse desde cuándo sabía el gobierno que el Z-40 se movía con esos patrones de regularidad y por qué no actuó antes para detenerlo.

En la interacción entre los servicios de inteligencia y los consumidores de sus productos existe y ha existido un vacío. En varias ocasiones, los encargados de la inteligencia policial y militar se han quejado de que ellos consiguen la información exacta sobre la ubicación de los líderes criminales, pero los mandos civiles, policiales o militares no actúan de inmediato ni ordenan enfrentar a los narcotraficantes descubiertos.

Una investigación profunda de las diferencias en tiempo y acciones entre la información producida por los servicios de inteligencia y las decisiones adoptadas por los mandos civiles o militares, podría arrojar, en el mejor de los casos, incongruencias, y en el peor, negligencia o contubernios.

Si la inteligencia civil o militar ya había detectado cómo se movía el líder de Los Zetas pero las autoridades no actuaron de inmediato, es posible que muchos crímenes hayan sido cometidos con las condiciones favorables de negligencia o complicidad oficial.

Las diferencias entre los servicios de inteligencia también pueden tener un impacto en este problema. Unos están enfocados en inteligencia táctica u operacional y son proclives a la acción inmediata. Otros prefieren las acciones basadas en estrategias de largo plazo. Para los primeros, la verificación de la rutina de un narcotraficante es la señal de alerta para explotar la oportunidad y actuar de inmediato. Para los segundos, la verificación es sólo un dato entre muchos en una investigación prolongada para descubrir más detalles de cómo funciona la organización criminal.

Lo que ha sucedido es que ambos sectores de la inteligencia, el táctico y el estratégico parecen no estar coordinados ni comunicados entre sí. El problema se agrava si los mandos civiles o militares dudan en decidir cuáles serían los mejores cursos de acción en un momento determinado.

Lamentablemente, lo que parece ser una simple toma de decisiones se traduce, en el campo de batalla, en cientos de asesinatos, decenas de desapariciones y miles de víctimas.

La detención del Z-40 no debe dar lugar a triunfalismos gubernamentales, sino a una revisión exhaustiva de cómo están funcionando los sistemas de inteligencia, cuáles son las principales fallas y cómo pueden corregirse los errores que cuestan vidas y permiten la comisión de atrocidades.

Cualquier detención de narcotraficantes relevantes debe ser tomada como una acción tardía, como una operación demorada contra una persona conspicua que paradójicamente ya no ocupa ninguna función relevante en la organización criminal. Decir lo contrario entra en los terrenos de la demagogia o la complicidad.

*Especialista en Fuerzas Armadas y seguridad nacional; egresado del Centro Hemisférico de Estudios de la Defensa, de la Universidad de la Defensa Nacional en Washington, DC, Estados Unidos

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Fuente: Contralínea 346 / agosto 213

4 de agosto 2013

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