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La pobreza, la miseria y las falacias “rigurosamente técnicas”

La plaza Howrah Station, cualquier día de cualquier mes de cualquier año en que usted tenga ganas de ir a verla, y en cualquier otra parte de la ciudad de Calcuta y del país, es un infierno donde los condenados no han pecado ni saben siquiera que están en el infierno, están ahí renovándose desde siempre, es una recurrencia infinita. Es algo verdaderamente pintoresco, inolvidable. Vale la pena ir a verla, le digo. Es posible que allí mismo se dé cuenta de que sólo la locura vuelta acción y más tarde sistema (porque las revoluciones son una locura impensable) podría acabar con eso que está sucediendo

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20. agosto, 2013 Marcos Chávez * Capitales

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En la política económica de ese gobierno debe buscarse no sólo la explicación de sus crímenes, sino una atrocidad mayor que castiga a millones de seres humanos con la miseria planificada […] Una guerra contra cualquier barrera a la acumulación de riqueza de los inversionistas extranjeros y sus beneficiarios locales. Como si esas fueran metas deseadas y buscadas […] Los resultados de esa política han sido fulminantes […] La política económica dictada por el Fondo Monetario Internacional según una receta que se aplica indistintamente al Zaire o a Chile, a Uruguay o Indonesia Rodolfo Walsh, Carta abierta a la Junta Militar, Buenos Aires, Argentina, 24 de marzo de 1977

La plaza Howrah Station, cualquier día de cualquier mes de cualquier año en que usted tenga ganas de ir a verla, y en cualquier otra parte de la ciudad de Calcuta y del país, es un infierno donde los condenados no han pecado ni saben siquiera que están en el infierno, están ahí renovándose desde siempre, es una recurrencia infinita. Es algo verdaderamente pintoresco, inolvidable. Vale la pena ir a verla, le digo. Es posible que allí mismo se dé cuenta de que sólo la locura vuelta acción y más tarde sistema (porque las revoluciones son una locura impensable) podría acabar con eso que está sucediendo Julio Cortázar, “Turismo aconsejable”, Último round, tomo I, Siglo XXI Editores, México, 1969

Es la miseria planificada, tal y como la calificó certeramente el escritor y periodista Rodolfo Walsh en su última carta enviada a la dictadura argentina poco antes de ser asesinado. O cómo calcutizar a México en 31 años o a cualquier otro país del planeta por obra y gracia de la política económica, que privilegia la estabilidad de precios, las reformas estructurales neoliberales y la disciplina del “libre mercado” sobre el bienestar. Con los programas impuestos por los tecnócratas ortodoxos y heterodoxos neoconservadores, desde Miguel de la Madrid hasta Enrique Peña Nieto; del exsecretario de Hacienda y Crédito Público en la época de Carlos Salinas, Pedro Aspe, al actual, Luis Videgaray, émulos aventajados de Sergio de Castro o José Alfredo Martínez de Hoz, irredentos Chicago Boys y ministros de Hacienda y Economía de las dictaduras militares chilena y argentina, según las recetas fondomonetaristas, del Banco Mundial y el mal llamado Consenso de Washington.

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Cómo primero, con la lógica salvaje y eficaz del escalpelo económico y el terror político de la “cirugía sin anestesia” –según la denominó Carlos Menem, el Salinas argentino–, hundir en la miseria y pobreza a 94.1 millones de mexicanos, el 80.2 por ciento de un total de 117.3 millones; o 97.4 millones, el 83.1 por ciento, de acuerdo con los cálculos del economista Julio Boltvinik. Cómo generar una masa ingente de hambrientos envilecidos, mal pagados, mal empleados, malparidos, desesperanzados, marginados de los servicios básicos, como la educación, la salud o la seguridad social; de excluidos de una forma de vida digna que los obliga a vegetar, delinquir y ser víctimas de la estrategia de limpieza de la escoria social llevada a cabo por los higiénicos Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto; de viejos, condenados a malvivir lo que les resta de vida en peores condiciones que cuando eran trabajadores activos, antes de ser catalogados como desechos humanos y arrojados a la subhumana –untermensch los llamaban los nazis– indigencia, con pensiones mezquinas y una cobertura médica aún más degradante, o sin ellas la mayoría; de una incontenible muchedumbre de expulsados de sus localidades de origen hacia las abyectas periferias urbanas; o de su propio país, hacia Estados Unidos, donde son obligados a sobrevivir como degradados esclavos migrantes: mano de obra ilegal explotada sin reglas en las nostálgicas épocas de abundancia, perseguida, encarcelada y expulsada ahora de las de vacas flacas, que se imponen como la normalidad global.

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Cómo construir una nueva nación, montada en la sociedad indisoluble del 80 por ciento-19 por ciento-1 por ciento: 80 por ciento de pobres, miserables y excluidos que le estorban y le sobran al sistema económico y al milagro mexicano neoporfirista para alcanzar su estatus primermundista, parte de los cuales, sin embargo, le son inevitablemente necesarios –pero que tienen que ser domesticados a golpes autoritarios y del “mercado”– para sobreexplotarlos, crear la riqueza y exprimirles su ingreso, los cuales son transferidos al resto de la población y al Estado; el 19 por ciento de incluidos; pero sobre todo al 1 por ciento de opulentos satisfechos, que viven en el oprobioso lujo extremo.

De cómo, a diferencia de quienes suponen que es el fracaso del modelo económico, la miseria planificada no es más que el resultado esperado de “la política económica [que] sólo reconoce como beneficiarios a la vieja oligarquía, la nueva oligarquía especuladora [que] gana sin trabajar el ciento y el 200 por ciento, [a] empresas que de la noche a la mañana duplicaron su capital sin producir más que antes, [en] la rueda loca de la especulación en dólares, letras, valores ajustables, la usura simple que ya calcula el interés por hora, un grupo selecto de monopolios internacionales, [del] ‘festín de los corruptos’” (Walsh).

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La miseria planificada es el éxito de una guerra contra cualquier cosa que obstaculice la acumulación de la riqueza de los inversionistas extranjeros y sus beneficiarios locales (Carlos Marx le llamaba plusvalor: el valor que crea el trabajador asalariado por encima del salario que se le paga por la explotación de su fuerza de trabajo y que se apropia el capitalista) y la redistribución inequitativa del ingreso, como comprendió perfectamente Rodolfo Walsh.

Y cómo después crear un organismo supuestamente autónomo para calificar, con “rigurosidad técnica”, “objetiva” y “transparente”, la política social; cuantificar la legada por el sistema, y ofrecer los elementos necesarios “que permitan mejorar la toma de decisiones en la materia”.

En otros lugares del mundo se recurre a las empresas de relaciones públicas como Burson-Marsteller, la más grande del planeta. Uno de dus fundadores, Harold Burson, fue nombrado en 1999 como el empresario “más influyente del siglo XX”. Y uno de sus ejecutivos, Thomas J Mosser, pagó con su vida las artes de la empresa: en 1994 recibió una carta bomba enviada por el Unabomber, Theodore Kaczynski, en venganza por la limpieza de la imagen de la trasnacional Exxon, ensuciada por Exxon Valdez, que provocó el peor desastre ecológico en Prince William Sound, Alaska, en 1989, al verter 41 millones de litros de crudo que afectaron 2 mil kilómetros de costa, debido al naufragio del buque. Exxon maquilla gorilas militares (inventó el lema “los argentinos somos derechos y humanos” para la dictadura de ese país) y empresas y gobiernos que requieren sus expertos oficios, ya sea para justificar sus tropelías o para justificar la violencia empleada para desmantelar economías proteccionistas y estatistas.

Los neoliberales mexicanos tienen suficiente con el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval). Una especie de “consejo de expertos” –que rememoran a la “junta de cerebros” creada por Andrew Jackson, el séptimo presidente estadunidense (1829-1837), y que la población calificó despectivamente como el “gobierno de pasteleros”–, encargado de elaborar las máscaras y los disfraces necesarios para dulcificar los rasgos más siniestros del rostro horrendo de la miseria planificada que desestimula al “turismo aconsejable”. El “neutral” Chicago Boy Gonzalo Hernández Licona –actual titular del Coneval– comanda a los pasteleros pobretólogos María del Rosario Cárdenas, Fernando A Cortés Cáceres y Agustín Escobar, entre otros.

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La pobretología oficial desacredita, pero es rentable política y económicamente para los que aceptan actuar como mercenarios orgánicos. El sistema reconoce sus oficios para manipular las estadísticas, subestimar a los pobres y miserables, mimetizándolos entre los intersticios de los conceptos chabacanos como pobres “moderados”, “extremos”, “alimentarios”, en “capacidades y patrimonio”, “carentes sociales”, en “ingresos inferiores al mínimo” y en “bienestar”, fijados arbitrariamente bajos para subir a los miserables al escalón de pobres. Como si existieran los medios embarazos… Además de ofrecerles movilidad política, los remuneran generosamente para excluirlos del montón de los pauperizados. Por ejemplo, la percepción neta mensual de Hernández Licona es de 112 mil 406 pesos (17 mil 630 pesos de salario base, más 174 mil 900 de compensación garantizada, que suman 192 mil 530 brutos menos impuestos), 59 veces el salario mínimo, así como 4 mil 100 pesos más por concepto de gasolina (2.2 salarios mínimos) para su automóvil que, supongo, debe ser oficial, y 1 mil 485 para su teléfono celular, entre otras prestaciones. Nada mal si se considera que la remuneración neta del presidente es de 147.6 mil pesos, y la del vicepresidente, Luis Videgaray, de 142.3 mil, 78 y 77 veces el salario mínimo. Ni por asomo padecen de la pobreza ni la miseria. Quizá sólo las entreverán como enjambres por las calles.

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Una manera de clasificar y diferenciar a los pobres extremos, moderados, vulnerables y no pobres ni vulnerables es por medio de su ingreso y la capacidad para adquirir la canasta alimentaria y la no básica. En junio de 2013, en la línea de bienestar mínimo, el precio de la canasta básica por persona fue tasada en 6.94 pesos diarios u 832.29 mensuales, en el caso de la rural; y en 9.77 y 1 mil 172.89 pesos, la urbana. La línea de bienestar, aquella canasta y la no alimentaria (transporte público, limpieza y cuidado de la casa, cuidado personal, educación, cultura y recreación, comunicación y servicios para vehículos, vivienda y servicios de conservación, vestuario y otros bienes y servicios) fue fijada en 51.33 pesos diarios y 1 mil 540.01 mensuales para la rural, y 80.13 y 2 mil 404.04 pesos para urbana. El salario mínimo diario y mensual medio es de 63.12 pesos diarios y 1 mil 893.60 pesos mensuales.

En enero de 2004, la línea de bienestar mínimo rural equivalía a 36 por ciento del salario mínimo, y la de bienestar a 52 por ciento. En junio de 2012 a 44 por ciento y 81 por ciento. Las urbanas pasan de 52 por ciento y 122 por ciento a 81 por ciento y 127 por ciento. ¿Alguien en su sano juicio y que perciba ingresos por encima de esas mínimas cuantificaciones puede suponer que no forma parte de la corte de los milagros, que no sea miserable, sino apenas un “pobre moderado”?

Sólo puede ocurrir en la cabeza de los pasteleros pobretólogos del Coneval, y en la de Ernesto Cordero, que supone que con 6 mil pesos mensuales se puede vivir con cierta holgura, ahorrar y ser felices… Los narcos, empero son más “generosos”. Pagan al menos 1 mil pesos más.

De los 47.8 millones de ocupados, el 58.4 por ciento, 27.9 millones de personas, reciben un ingreso de hasta tres veces el salario mínimo y difícilmente pueden adquirir tales canastas. Menos si sólo trabaja un miembro de la familia integrada por cuatro personas en promedio. Ni siquiera los que ganan hasta cinco salarios mínimos, 316 pesos diarios, o 9.4 mil pesos mensuales, que representan al 74.5 por ciento de los ocupados, 34.6 millones de asalariados.

Aún así, para el Coneval, la población con un ingreso inferior a la “línea de bienestar” mínimo equivale al 20 por ciento de la población total (23.5 millones), y con ingreso inferior a la “línea de bienestar” a 51.6 por ciento (60.6 millones).

De otra manera, en el envilecimiento conceptual, consideran que en 2012 existían 35.7 por ciento de pobres “moderados” (41.8 millones) y 9.8 por ciento de miserables o “pobres extremos” (11.5 millones). En total, 45.5 por ciento de la población (53.3 millones).

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No obstante, si a lo anterior se suman la población vulnerable por carencias sociales y por ingresos, en realidad estamos frente al menos 94 millones de pobres y miserables, sin términos rebuscados, el 85 por ciento del total. Esa cifra es cercana a las estimadas por Boltvinik. El único indicador que muestra una baja sensible y que reduce el número de pobres y miserables es el de “carencia por acceso a los servicios de salud”, es decir, el inútil por ineficiente Seguro Popular, que amplía su cobertura a costa del deterioro de otros servicios públicos en la materia. Tal carencia baja de 29.2 por ciento a 21.5 por ciento entre 2010 y 2012, de 33.5 millones de personas a 25.3 millones.

La supuesta mejoría en educación, vivienda y alimentación es marginal como para definir una tendencia positiva y, como sugiere Boltvinik, es estadísticamente irrelevante si se consideran los márgenes de error en el levantamiento de los datos. Un analista serio, “técnicamente riguroso”, “objetivo” y “transparente”, nunca hubiera hablado de una disminución en la pobreza, la miseria y las carencias. Pero ése no existe en el Coneval. Políticamente, sin embargo, hablar de una reducción en la miseria es útil para justificar un alza al IVA (impuesto al valor agregado) en alimentos y medicinas, y la reducción de los subsidios.

Lo único claro es que entre 2006 y 2012 se elevó la pobreza “alimentaria”, de “capacidades” y de “patrimonio”.

Y aumentará más con el desastroso primer año de Enrique Peña Nieto. Que la menor pobreza es artificial y se explica por los subsidios públicos; sin ellos, el drama social sería peor.

Y que el modelo neoliberal al que se aferra Peña sólo beneficia fundamentalmente al 1 por ciento de los que hablan, los descontentos, y en menor medida, a otro 19 por ciento. Lo demás son mentiras “técnicas” en la Calcuta mexicana.

*Economista

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Fuente: Contralínea 348 / agosto 2013

18 Agosto 2013

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