Gracias, muchas gracias. Muchas gracias a ustedes. Gracias general Caslen por su presentación. [...]

Cuando hablé por primera vez aquí en West Point en el año 2009 [1], todavía teníamos más de 100.000 soldados en Iraq. Estábamos preparando el aumento de tropas en Afganistán. Nuestros esfuerzos contra el terrorismo se enfocaban en el centro del liderazgo de al Qaeda, aquellos que habían realizado los ataques del 11S. Y nuestra nación estaba apenas comenzaba la larga subida para salir de la peor crisis económica desde la Gran Depresión.

Cuatro años y medio después, cuando ustedes se gradúan, el panorama ha cambiado. Hemos retirado nuestras tropas de Iraq. Estamos reduciendo nuestra guerra en Afganistán. El liderazgo de al Qaeda en la región fronteriza entre Pakistán y Afganistán ha sido diezmado y Osama bin Laden ya no está. (Aplauso). Y habiendo pasado todo eso hemos reenfocado nuestras inversiones en aquello que siempre ha sido una fuente clave de la fuerza de Estados Unidos, una economía en crecimiento que puede brindar oportunidades para todo aquel que quiera trabajar arduamente y asumir su responsabilidad aquí en nuestro país.

De hecho, en cuanto a casi todas las medidas, rara vez Estados Unidos ha sido más fuerte en relación con el resto del mundo. Quienes argumentan en otro sentido, los que dicen que Estados Unidos está en declive o que su liderazgo global se ha esfumado, lo dicen por que se equivocan al leer la historia, o están absortos en la política partidaria. Piénsenlo. Nuestra fuerza militar no tiene parangón. La posibilidad de una amenaza directa contra nosotros por parte de cualquier país es reducida y no se acerca a los peligros que enfrentamos durante la Guerra Fría.

Mientras tanto nuestra economía sigue siendo la más dinámica en la Tierra, nuestras empresas son las más innovadoras. Cada año crecemos siendo más independientes a nivel energético. De Europa a Asia somos el centro de alianzas sin rival en la historia de las naciones. Estados Unidos sigue atrayendo a inmigrantes luchadores. Los valores de nuestros fundadores inspiran a los líderes en los parlamentos y los nuevos movimientos en las plazas públicas de todo el mundo. Y cuando un tifón azota a Filipinas, o cuando niñas escolares son secuestradas en Nigeria, u hombres enmascarados ocupan un edificio en Ucrania, es a Estados Unidos donde el mundo va en busca de ayuda. Por ello Estados Unidos es y sigue siendo la sola nación indispensable. Eso es cierto en el siglo pasado y será cierto en el siglo que venga.

Sin embargo el mundo cambia con acelerada velocidad. Esto presenta oportunidades, pero también nuevos peligros. Todos sabemos muy bien, tras el 11S, como es que la tecnología y la globalización han colocado poder, antes reservado a los Estados, en manos de individuos, aumentando la capacidad de los terroristas para hacer daño. La agresión de Rusia contra los antiguos estados soviéticos pone nerviosas a las capitales en Europa, mientras que el crecimiento económico y el alcance militar de China preocupan a sus vecinos. Desde Brasil a la India las crecientes clases medias compiten con nosotros y los gobiernos quien hacer escucharse más en los foros globales. E incluso cuando los países en desarrollo asumen la democracia y las economías de mercado, las 24 horas de noticias y los medios sociales hacen imposible ignorar la continuación de los conflictos sectarios y de los estados fallidos, de los levantamientos populares que hace una generación apenas se habrían notado.

Le toca a la generación de ustedes la tarea de responder a este nuevo mundo. La cuestión que enfrentamos, la cuestión que cada uno de ustedes ha de enfrentar no es si Estados Unidos será el líder, sino cómo hemos de liderar. –no solamente para asegurar nuestra paz y prosperidad, sino también para ampliar la paz y la prosperidad en todo el globo.

La pregunta no es nueva. Por lo menos, desde que George Washington sirviera como Comandante en Jefe, ha habido quienes advirtieron en contra de enredos extranjeros que no afectan directamente a nuestra seguridad o bienestar económico. Hoy, de acuerdo a esos autocalificados de realistas, los conflictos en Siria o Ucrania, en la República de África Central no nos corresponde resolver. Y no es de sorprender, que luego de guerras costosas y constantes desafíos aquí en el país, ese punto de vista sea compartido por muchos estadounidenses.

Un criterio diferente de los intervencionistas de izquierda y derecha dice que el ignorar esos conflictos es ponernos en peligro, que la disposición de Estados Unidos a aplicar la fuerza en todo el mundo es la última salvaguardia contra el caos en el mundo y que el que Estados Unidos no actúe frente a la brutalidad siria o las provocaciones rusas no solamente viola nuestra conciencia, sino que invita a la escalada de agresiones en el futuro.

Y cada lado puede señalar la historia para apoyar sus argumentos. Pero creo que ninguno de esos criterios responde plenamente a las demandas de este momento. Es absolutamente cierto que en el siglo XXI el aislacionismo estadounidense no es una opción. No tenemos la posibilidad de ignorar lo que ocurre más allá de nuestras fronteras. Si los materiales nucleares no están seguros, eso plantea peligros a las ciudades estadounidenses. A medida que la guerra civil en Siria cruce las fronteras, la capacidad de grupos extremistas endurecidos de venir a por nosotros solamente aumenta. La agresión regional que transcurre sin medida, ya sea al sur de Ucrania o en el mar del Sur de la China, o en cualquier otro lugar del mundo, finalmente tendrá efectos en nuestros aliados y podría arrastrar a nuestro ejército. No podemos ignorar lo que ocurre más allá de nuestras fronteras.

Y más allá de esas estrechas racionalidades, creo que tenemos un verdadero interés, un interés propio obligatorio, en asegurarnos que nuestros niños, y nuestros nietos, crezcan en un mundo donde no se secuestre a niñas escolares y no se masacre a personas por ser de una tribu, por su credo, o sus convicciones políticas. Creo que un mundo con más libertad y tolerancia no es solamente un imperativo moral, sino que también nos ayuda a estar a salvo.

Pero decir que tener un interés en buscar la paz y la libertad más allá de nuestras fronteras no quiere decir que cada problema tenga una solución militar. Algunos de nuestros errores más costosos desde la Segunda Guerra Mundial no se debieron a que nos contuvimos, sino a nuestra disposición a apurarnos en aventuras militares sin pensar en las consecuencias, sin lograr apoyo internacional y legitimidad para nuestras acciones, sin explicar al pueblo estadounidense los sacrificios que se requerían. Las palabras duras a veces consiguen ser titulares, pero las guerras rara vez se conforman con lemas. Como el general Eisenhower, alguien que se ganó con gran esfuerzo su conocimiento de este tema, dijo en esta misma ceremonia en el año 1946 que “la guerra es la locura más trágica y estúpida de la humanidad, el buscar o aconsejar su provocación deliberada es un crimen oscuro contra todos los humanos”.

[…]

Este es mi criterio final: Estados Unidos debe siempre liderar en el escenario internacional. Si no lo hacemos, ningún otro lo hará. La fuerza militar a la que ustedes se han incorporado es, y siempre será, la espina dorsal de ese liderazgo. Pero las acciones militares de Estados Unidos no pueden ser el único, o incluso el principal, componente de nuestro liderazgo en cada instancia. No solamente porque tengamos el mejor martillo ello significa que todo problema sea un clavo. Y dado que los costos asociados a las actuaciones militares son tan elevados, ustedes deben esperar que cada líder civil, y en especial su Comandante en Jefe, sea claro en la manera en que ese abrumador poder debe utilizarse.

Por ello permítanme usar el resto de mi tiempo para describir mi visión de cómo los Estados Unidos de América, y nuestra fuerza militar, debe liderar en los años venideros, dado que ustedes han de ser parte de ese liderazgo.

Primero, permítanme repetir un principio que planteé al comienzo de mi presidencia. Estados Unidos usará su fuerza militar, unilateralmente si es necesario, cuando nuestros intereses básicos lo exijan, cuando nuestro pueblo sea amenazado, cuando nuestros medios de vida estén en juego, cuando la seguridad de nuestros aliados esté en peligro. Aún en esas circunstancias necesitaremos plantearnos cuestiones difíciles para determinar si nuestras actividades son proporcionales, eficaces y justas. La opinión internacional importa, pero Estados Unidos jamás debe pedir permiso para proteger a nuestro pueblo, a nuestra patria, a nuestra manera de vivir. (Aplauso).

Por otro lado, cuando los temas de preocupación mundial no impliquen una amenaza directa a Estados Unidos, cuando esos temas sean los que nos jugamos, cuando surjan crisis que sacuden nuestra conciencia o empujen al mundo en una dirección más peligrosa pero que no nos amenace directamente, entonces el umbral para la acción militar debe estar alto. En esas circunstancias no debemos ir solos. Más bien debemos movilizar a aliados y asociados para tomar medidas colectivas. Tenemos que ampliar nuestras herramientas, para incluir a la diplomacia y el desarrollo, las sanciones y el aislamiento, apelar al derecho internacional, y si es justo, necesario y eficaz, emplear la acción militar multilateral. En tales circunstancias debemos trabajar con otros, porque la acción colectiva en esas circunstancias es mucho más posible que tenga éxito, más posible que sea sostenida, y posiblemente menos proclive a llevar a errores costosos.

Esto me lleva a mi segundo punto. En el futuro más previsible, la amenaza más directa a Estados Unidos, en el país y el exterior, sigue siendo el terrorismo. Pero una estrategia que involucre invadir cada país que alberga redes terroristas es ingenua e insostenible. Considero que debemos reapuntar nuestra estrategia antiterrorista, basándonos en los éxitos y los errores en nuestra experiencia en Iraq y Afganistán, para asociarnos más eficazmente con países donde las redes terroristas pretenden asentarse.

Y la necesidad de una nueva estrategia refleja el hecho de que la principal amenaza de hoy ya no proviene de un liderazgo centralizado de al Qaeda, sino de afiliados descentralizados de al Qaeda, y de extremistas, muchos con agendas enfocadas en los países donde operan. Y esto disminuye la posibilidad de un ataque a gran escala al estilo del 11S en contra del territorio nacional, pero aumenta el peligro de ataques contra el personal de Estados Unidos en el extranjero, como vimos en Benghazi. Aumenta el peligro ante objetivos menos defendibles, como vimos en un centro comercial en Nairobi.

Por ello debemos elaborar una estrategia que corresponda a esta amenaza difusa, una que amplíe nuestro alcance sin enviar armas que adelgacen mucho nuestras filas militares, o que provoquen resentimientos a nivel local. Necesitamos asociados que combatan junto con nosotros a los terroristas. Y potenciar a los asociados es un gran componente de lo que hemos hecho y de lo que estamos haciendo ahora en Afganistán.

Junto a nuestros aliados Estados Unidos golpeó fuertemente el centro de al Qaeda e hizo retroceder a los insurrectos que amenazaban con apoderarse del país. Pero sostener este progreso depende de la capacidad de los afganos de cumplir la tarea. Y es para eso que hemos entrenado a cientos de miles de soldados y policías afganos. A principios de esta primavera esas fuerzas, esas fuerzas afganas, dieron seguridad a una elección en la que los afganos votaron por la primera transferencia democrática de poder en su historia. Y a fines de este año un nuevo presidente afgano estará en su cargo y la misión de combate de Estados Unidos habrá terminado. (Aplauso).

Ahora bien, esto fue un enorme logro, posible gracias a las Fuerzas Armadas de Estados Unidos. Pero a medida que pasamos a una misión de entrenamiento y asesoría en Afganistán, nuestra reducida presencia nos permite atender con mayor efectividad las amenazas emergentes en Oriente Medio y el norte de África. Por ello, a principios de año le pedí a mi equipo de seguridad nacional que elaborase un plan para una red de asociaciones que vayan desde el sur del Asia hasta Sahel. Hoy, como parte de ese esfuerzo, solicito al Congreso su apoyo para un nuevo fondo para asociaciones contra el terrorismo de hasta 5.000 millones de dólares, que nos permitirá entrenar, crear capacidad, y facilitar a los países asociados en las líneas frontales. Y esos recursos nos darán flexibilidad para cumplir diferentes misiones, incluyendo la capacitación de fuerzas de seguridad en Yemen, que han salido en ofensiva contra al Qaeda, apoyar a la fuerza multinacional para mantener la paz en Somalia, trabajar con los aliados europeos para capacitar a una fuerza de seguridad y patrulla fronteriza en Libia, y facilitar las operaciones francesas en Mali.

Un punto crítico en este esfuerzo será la crisis en curso en Siria. Aunque es muy frustrante, no tiene respuesta fácil, ninguna solución militar puede terminar en un término próximo con el terrible sufrimiento. Como Presidente tomé la decisión de que no debemos poner tropas estadounidenses en medio de esa guerra cada vez más sectaria, y considero que es la decisión correcta. Pero ello no significa que no podamos ayudar al pueblo sirio a levantarse contra un dictador que bombardea y hace pasar hambre a su propio pueblo. Y al ayudar a quienes combaten por el derecho de todos los sirios a elegir su propio futuro, también estamos haciendo retroceder a la creciente cantidad de extremistas que hallan refugio en el caos.

Por ello, con los recursos adicionales que hoy he anunciado, aumentaremos los esfuerzos para apoyar a los vecinos de Siria: Jordania y Líbano, Turquía e Iraq, dado que deben atender a refugiados y confrontar a terroristas que operan a lo largo de las fronteras de Siria. Trabajaré con el Congreso para aumentar el apoyo a aquellos en la oposición siria que ofrezcan la mejor alternativa al terrorismo y los dictadores brutales. Y seguiremos coordinando con nuestros amigos y aliados en Europa y el mundo árabe para impulsar una resolución política a esta crisis, y asegurarnos de que esos países, y no solamente Estados Unidos, contribuyan con una aportación justa en apoyo del pueblo sirio.

Permítanme un punto final sobre nuestros esfuerzos contra el terrorismo. Las asociaciones que he descrito no eliminan la necesidad de tomar acciones directas cuando sea necesario para protegernos. Cuando tengamos inteligencia respecto a la que se pueda actuar, eso es lo que haremos, por medio de operaciones de captura como la que encontró a un terrorista involucrado en un plan para atacar con bombas a nuestras embajadas en 1998, para que enfrente la justicia, por medio de ataques con aviones teledirigidos como los que hemos realizado en Yemen y Somalia. Hay momentos en que esas acciones son necesarias y no podemos dudar en proteger a nuestro pueblo.

Pero, como dije el año pasado, al tomar medidas directas debemos mantener las normas que reflejan nuestros valores. Eso significa golpear solamente cuando enfrentemos a una amenaza constante e inminente, y solamente cuando haya certeza, haya casi certeza de que no habrá víctimas civiles. Porque nuestras medidas deben cumplir una prueba sencilla: no podemos crear más enemigos de los que tenemos en el campo de batalla.

También creo que debemos ser más transparentes tanto sobre la base de nuestras medidas contra el terrorismo como sobre la manera en que se aplican. Tenemos que poder explicarlas públicamente, ya sean ataques con aviones teledirigidos o capacitación de asociados. Me apoyaré cada vez más en los militares para que tomen el liderazgo y brinden información al público sobre nuestros esfuerzos. Nuestra comunidad de inteligencia ha hecho una labor sobresaliente, y tenemos que seguir protegiendo las fuentes y los métodos. Pero si no podemos explicar nuestros esfuerzos con claridad y públicamente enfrentaremos la propaganda terrorista y la sospecha internacional, lo que erosiona la legitimidad ante nuestros asociados y nuestro pueblo, y reduce la rendición de cuentas en nuestro propio gobierno.

Y este tema de la transparencia es directamente importante respecto a un tercer aspecto del liderazgo estadounidense, y ese es nuestro esfuerzo para fortalecer y hacer cumplir el orden internacional.

Después de la Segunda Guerra Mundial Estados Unidos tuvo la sabiduría de establecer instituciones para mantener la paz y apoyar el progreso humano – desde la OTAN a las Naciones Unidas, desde el Banco Mundial al FMI. Esas instituciones no son perfectas, pero han sido un multiplicador de fuerza. Esas instituciones reducen la necesidad de medidas unilaterales por parte de Estados Unidos, y favorecen la contención entre otros países.

Ahora, dado que el mundo ha cambiado, esta arquitectura también debe cambiar. En el clímax de la Guerra Fría, el presidente Kennedy mencionó la necesidad de una paz basada en la “gradual evolución de las instituciones humanas”. Y la evolución de esas instituciones internacionales para cumplir las exigencias de hoy, debe ser un elemento decisivo en el liderazgo estadounidense.

Pero hay mucha gente, muchos escépticos, que frecuentemente descartan la efectividad de la acción multilateral. Para ellos, trabajar por medio de instituciones internacionales como la ONU o respetar el derecho internacional es una señal de debilidad. Considero que están equivocados. Permítanme dar dos ejemplos de por qué.

Las recientes actividades de Rusia en Ucrania recuerdan los días en los que los tanques soviéticos arrollaban Europa Oriental. Pero esta no es la Guerra Fría. Nuestra capacidad para dar forma a la opinión mundial ayudó a aislar a Rusia de inmediato. Debido al liderazgo estadounidense, el mundo de inmediato condenó las acciones rusas; Europa y el G7 se nos sumaron para imponer sanciones; la OTAN reforzó nuestro compromiso con los aliados de Europa Oriental; el FMI está ayudando a estabilizar la economía de Ucrania; los monitores de la OSCE pusieron los ojos del mundo en lugares inestables de Ucrania, Y esta movilización de la opinión mundial y de las instituciones internacionales sirvieron como contrapeso a la propaganda rusa y a las tropas rusas en la frontera y a los milicianos armados y cubiertos con pasamontañas.

Este fin de semana los ucranianos votaron por millones. Ayer hablé con su próximo presidente. No sabemos cómo se desarrollará la situación y habrá graves desafíos por delante, pero estar firmes junto a nuestros aliados en nombre del orden internacional, trabajando con instituciones internacionales, le ha dado al pueblo ucraniano la posibilidad de elegir su futuro, sin que nosotros hayamos disparado una sola bala.

De modo similar, a pesar de las frecuentes advertencias por parte de Estados Unidos e Israel, y otros, el programa nuclear de Irán ha avanzado continuadamente durante años. Pero al comienzo de mi presidencia establecimos una coalición que impuso sanciones a la economía iraní, mientras que al mismo tiempo se extendía al gobierno iraní la mano de la diplomacia. Y ahora tenemos una oportunidad para resolver pacíficamente nuestras diferencias.

Las posibilidades de éxito todavía son lejanas, y nos reservamos todas las opciones para impedir que Irán obtenga un arma nuclear. Pero por primera vez en una década tenemos una posibilidad muy real de lograr un acuerdo novedoso, uno que sea más eficaz y duradero que el que pudimos haber logrado con el uso de la fuerza. Y en todas estas negociaciones ha sido nuestra disposición a trabajar por medio de los canales multilaterales lo que ha mantenido al mundo de nuestra parte.

El punto está en el liderazgo de Estados Unidos. Esa es la fuerza de Estados Unidos. En cada caso establecimos coaliciones para responder a un desafío específico. Ahora precisamos hacer más para fortalecer las instituciones que pueden prever y evitar que los problemas se amplíen. Por ejemplo, la OTAN es la alianza más sólida que el mundo haya conocido. Pero ahora trabajamos con los aliados de la OTAN para cumplir nuevas misiones, tanto en Europa donde nuestros aliados del Este deben sentirse asegurados, como también más allá de las fronteras europeas donde nuestros aliados en la OTAN deben poner su peso contra el terrorismo y responder ante los estados fallidos y capacitar a una red de asociados.

De la misma manera, la ONU aporta una plataforma para mantener la paz en estados afectados por los conflictos. Ahora tenemos que asegurarnos que aquellos países que aportan al mantenimiento de la paz tengan la capacitación y los equipos para poder mantener la paz, de manera que podamos evitar las matanzas que hemos visto en el Congo y en Sudán. Hemos de profundizar nuestra inversión en los países que apoyan estas misiones para el mantenimiento de la paz, porque al hacer que otras naciones mantengan el orden en sus propios vecindarios se disminuye la necesidad de desplegar nuestras tropas ante el peligro. Es una inversión inteligente. Es la manera correcta de liderar. (Aplauso).

Tengan en cuenta que no todas las normas internacionales se relacionan directamente con los conflictos armados. Tenemos un grave problema con los ataques cibernéticos, razón por la cual estamos trabajando para forjar y hacer cumplir reglamentos encaminados a asegurar nuestras redes y a nuestros ciudadanos. En la zona Asia-Pacífico apoyamos a los países del sudeste asiático en sus negociaciones sobre un código de conducta con China para las disputas marítimas en el mar del Sur de la China. Y trabajamos para resolver esas disputas por medio del derecho internacional. Ese espíritu de cooperación necesita aportar energía al esfuerzo mundial para combatir el cambio climático, una temible crisis de seguridad nacional que ayudará a dar forma a su tiempo en el Ejército, así como estamos llamados a responder a los flujos de refugiados y a los desastres naturales y conflictos a causa del agua y los alimentos, por lo cual el año próximo pretendo asegurarme de que Estados Unidos esté al frente para congregar un marco de referencia global para preservar nuestro planeta.

Lo pueden ver, la influencia de Estados Unidos es siempre más fuerte cuando lideramos con el ejemplo. No podemos eximirnos de las reglas que se aplican a todos los demás. No podemos pedir a los otros a que asuman compromisos para combatir el cambio climático si una gran parte de nuestros líderes políticos niegan que esté ocurriendo. No podemos tratar de resolver esos problemas en el mar del Sur de la China cuando rehusamos asegurar que la Convención sobre el Derecho del Mar sea ratificada por el Senado de Estados Unidos, a pesar del hecho de que nuestros principales jefes militares dicen que el tratado favorece nuestra seguridad nacional. Eso no es liderazgo, eso es retirarse. Eso no es fuerza, eso es debilidad. Eso sería totalmente extraño para líderes como Roosevelt y Truman, Eisenhower y Kennedy.

Con cada fibra de mi ser creo en el excepcionalismo de Estados Unidos. Pero aquello que nos hace excepcionales no es nuestra capacidad para eludir las normas internacionales o el mandato de la ley; es nuestra disposición a reafirmarlas con nuestras acciones. (Aplauso). Y es por ello que seguiré intentando dar impulso al cierre de Gitmo, porque los valores estadounidenses y las tradiciones jurídicas no permiten la detención indefinida de personas más allá de nuestras fronteras. (Aplauso). Es por ello que estamos estableciendo nuevas restricciones sobre la manera en que Estados Unidos recopila y utiliza la inteligencia, porque tendremos menos asociados y seremos menos eficaces si se implanta la percepción de que estamos vigilando a los ciudadanos comunes. (Aplauso). Estados Unidos no simplemente está a favor de la estabilidad o la ausencia de conflicto, sin que importe el costo. Estamos a favor de una paz más duradera que solamente puede producirse por medio de la oportunidad y la libertad para las personas en todas partes.

Lo que me trae al cuarto y final elemento del liderazgo de Estados Unidos: nuestra disposición a actuar en nombre de la dignidad humana. El apoyo de Estados Unidos a la democracia y los derechos humanos va más allá del idealismo, es un asunto de seguridad nacional. Las democracias son nuestros amigos más cercanos y están mucho menos dispuestos a ir a la guerra. Las economías basadas en los mercados libres y abiertos tienen mejor desempeño y se convierten en mercados para nuestros productos. El respeto a los derechos humanos es un antídoto a la inestabilidad y a las quejas que atizan la violencia y el terror.

Un nuevo siglo no ha traído el fin de la tiranía. En capitales de todo el mundo, incluyendo desafortunadamente a algunos de los asociados de Estados Unidos, ha habido represión de las sociedades civiles. El cáncer de la corrupción ha enriquecido a demasiados gobiernos y a sus cómplices, y ha enfurecido a los ciudadanos desde pueblos remotos a plazas que se han convertido en emblemáticas. Y al observar estas tendencias, o los violentos levantamientos en partes del mundo árabe, es fácil ser cínico.

Pero recuerden que debido a los esfuerzos de Estados Unidos, debido a la diplomacia de Estados Unidos y la ayuda al exterior, así como al sacrificio de nuestros militares, más gente vive hoy con gobiernos elegidos, más que en ningún otro momento de la historia humana. La tecnología está potenciando a la sociedad civil de maneras que ningún puño de hierro puede controlar. Los nuevos descubrimientos están sacando de la pobreza a cientos de millones de personas. E incluso la convulsión en el mundo árabe refleja el rechazo a un orden autoritario que era todo menos estable, y ahora ofrece la posibilidad a largo plazo de una gobernabilidad más responsable y eficaz.

En países como Egipto, admitimos que nuestra relación se basa en intereses de seguridad, desde los acuerdos de paz con Israel a los esfuerzos conjuntos contra el extremismo violento. Por ello no hemos cortado la cooperación con el nuevo gobierno, pero podemos y presionaremos con persistencia en favor de las reformas que el pueblo egipcio ha exigido.

Y mientras tanto, miren a un país como Birmania, que hasta hace pocos años era una dictadura intratable y hostil a Estados Unidos, 40 millones de personas. Gracias al enorme coraje del pueblo en ese país, y porque asumimos la iniciativa diplomática, el liderazgo de Estados Unidos, hemos visto reformas políticas que abren una sociedad una vez cerrada; un movimiento de liderazgo birmano para alejarse de Corea del Norte en favor de un compromiso con Estados Unidos y nuestros aliados. Ahora estamos apoyando reformas y la tan muy necesitada reconciliación nacional por medio de la ayuda y la inversión, mediante la persuasión y a veces la crítica en público. Y los progresos pueden retroceder, pero si Birmania tiene éxito habremos ganado un nuevo asociado sin haber disparado una sola bala. Ese es el liderazgo de Estados Unidos.

En cada uno de esos casos no debemos esperar que el cambio ocurra de la noche a la mañana. Es por ello que forjamos alianzas no solamente con gobiernos, sino también con la gente común. Porque a diferencia de otros países, a Estados Unidos no le asusta el empoderamiento individual, más bien eso nos fortalece. La sociedad civil nos fortalece. La prensa libre nos fortalece. Los empresarios audaces y las pequeñas empresas nos fortalecen. Los intercambios estudiantiles y las oportunidades para toda la gente, y las mujeres y niñas nos fortalecen. Eso es lo que somos. Eso es lo que representamos. (Aplauso).

El año pasado pude ver esto en un viaje a África, donde la ayuda estadounidense ha hecho posible la perspectiva de una generación libre de SIDA, al ayudar a los africanos a atender y cuidar a sus enfermos. Estamos ayudando a los agricultores a llevar sus productos al mercado, a alimentar poblaciones que una vez estuvieron en peligro por la hambruna. Pretendemos duplicar el acceso a la electricidad en el África subsahariana, de manera que la gente pueda acercarse a la promesa de la economía global. Y todo esto crea nuevos asociados y reduce el espacio para el terrorismo y el conflicto.

Cierto, trágicamente ningún operativo de seguridad estadounidense puede erradicar la amenaza que plantean grupos extremistas como Boko Haram, el grupo que secuestró a esas niñas. Y es por ello que tenemos que enfocarnos no solamente en el rescate de esas niñas ahora mismo, sino también en apoyar los esfuerzos nigerianos para educar a su juventud. Esa debe ser una de las difíciles lecciones aprendidas en Iraq y Afganistán, donde nuestros militares se convirtieron en el defensor más fuerte en favor de la diplomacia y el desarrollo. Ellos entendieron que la ayuda extranjera no es una ocurrencia cualquiera, algo bonito que hacer aparte de nuestra defensa nacional, aparte de nuestra seguridad nacional. Sino que es parte de lo que nos hace fuertes.

Finalmente, el liderazgo mundial requiere que veamos el mundo tal cual es, con todos sus peligros e incertidumbres. Debemos estar preparados para lo peor, preparados para cualquier contingencia. Pero el liderazgo de Estados Unidos también requiere que miremos al mundo como debiera ser, un lugar en el que las aspiraciones de los seres humanos individuales realmente importen; donde gobiernen las esperanzas y no solamente el miedo; donde las verdades escritas en nuestros documentos fundacionales puedan dirigir las corrientes de la historia en dirección a la justicia. Y eso no lo podremos hacer sin ustedes.

[…]

Que Dios los bendiga. Que Dios bendiga a nuestros hombres y mujeres que visten el uniforme. Y que Dios bendiga a los Estados Unidos de América.

[1«Discurso de Barack Obama en la academia militar West Point», por Barack Obama, Red Voltaire , 1ro de diciembre de 2009.