A los peruanos encanta mentirse a sí mismos.

Se miente con tanta frecuencia desde decenios ha y casi dos centurias atrás que mentiras monumentales y perversas han estacionado sus taras en el ADN social vernáculo y hoy pasan como verdades incólumes, por todos aceptadas y sí –ciertamente- ¡jamás puestas en tela de juicio!

Pasemos revista a algunas de aquellas.

Somos un país soberano. Pero el nuevo sol baila según como van las componendas internacionales que compran las exportaciones primarias de un país bananero que no hace nada más allá que escarbar la tierra en procura de minerales o frutos para el deleite foráneo.

Libre e independiente. Pero no son pocas las veces en que el pueblo peruano ha visto cómo sus funcionarios, de capitán a paje, han debido viajar largas horas, hacer antesala y ofrecer el oro y el moro ante los reales depositarios del poder de las transnacionales. ¿Hay que recordar cómo garantizaron los TLCs algunos presidentes, en tiempos no muy lejanos, con su prosternación atenta en Gringolandia, por citar un ejemplo de otros muchos?

Todo aquél que en Perú pase de los 70 o más años es llamado por una prensa atrabiliaria de ínfima calidad como “histórico”. Importa poco que esa “historicidad” esté basada en su silencio cuando debió hablar o protestar o en la complicidad mediocre de ser parte de gobiernos exaccionadores, profundamente inmorales y vendepatrias.

La modernidad ha convertido a la historia y a Clío su embajadora, en harapo inservible y en jirones su reminiscencia para hacerlo con yerros, imprecisiones y deformaciones inmensas. Una de las más notorias: la guerra de rapiña que ocurrió entre 1879-1883, se la llama con desverguenza “guerra del Pacífico” invento sureño que pretendió –y casi logró- darle aureola romántica, de cruzada, a lo que fue una expoliación y matanza en territorio peruano. Si los historiadores claudican y son simples loros repetidores de moldes impostados, ¿qué puede esperarse del pueblo llano que ¡ni siquiera! sabe qué ocurrió en el decurso de su proceso nacional?

Si lo dicho con respecto al estupidizante deporte de masas, como llaman al balompié, por el periodista Philip Butters, es verdad en apenas el 10%, entonces, mejor será licenciar a todos y cada uno de los integrantes de la selección que ha demostrado una vocación perdedora fuera de lo común. Dirán algunos que son víctimas de mafias, es posible, no obstante, hay quienes, mañosos y fenicios, caminan por rumbos torcidos y son pésimo ejemplo para la juventud.

Hasta hace pocas semanas Telefónica-Movistar asociada increíblemente con la Marina de Guerra, hacía promoción televisada, radial y escrita, de actividades con el propósito de emular la figura del héroe inmortal Miguel Grau caído en Punta Angamos el 8 de octubre de 1879. La pertinente pregunta es ¿qué parangón posible se puede hacer de don Miguel con respecto a una firma deudora de impuestos millonarios y que ¡oh rara casualidad! necesita perpetuar la concesión que le dio la dictadura delincuencial de Kenya Fujimori por otros veinte años? ¿No estuvo en Madrid el presidente Humala en una cena con don Juan Carlos y a la que concurrió el mandamás de Telefónica de España, dando muestras de cordialidad con los inversionistas ibéricos?

A mí no me convencen ni los comerciales, ni el bombardeo mediático de unos hábiles comerciantes que pretenden demostrar que la cocina es una herramienta social. ¿Reemplazan los cocineros a los ingenieros, médicos, arquitectos, comunicadores, trabajadores sociales, psicólogos, astrónomos, físicos, geólogos, etc. que por miles de miles requiere un país como el nuestro? ¿hay millares de personas que comprenden que la respetable carrera de cocineros demanda convicción muy circunscrita a los elementos que la componen? En caso de emergencia o sismo, ¿podrá un cocinero orientar las coordenadas de salvación? En casus belli, ¿guiará un cocinero el desplazamiento guerrero de los pueblos en resistencia al invasor foráneo? Y apenas cito circunstancias indesdeñables como lo enseña la historia.

Probablemente la cocina conjugue esfuerzos integradores de los que no hay duda. Sin embargo es imposible dudar que el asunto tiene contornos muy definidos. Y limitados. Entonces ¿a cuento de qué tanta propaganda por los medios? Lo peor del caso es que la buena voluntad puede tornar en engañifa porque el postulante sin vocación y sin medios comprenderá que no tiene futuro ni vela en el convite. Pretender que la cocina es la piedra filosofal que resolverá los álgidos problemas del Perú, sí es una materia muy discutible. Que otros doren la píldora con habilidad no se traduce en que todos deban tragarse semejante sapo.

La historia es madre y maestra y enseña qué ha ocurrido como para no olvidar ni archivar los sucesos. Ha poco recordé que entre 1836-39 Chile planteó al Perú la guerra contra la Confederación con Bolivia y se registraron tres invasiones. Referí lo que todos saben y que pasó entre 1879-1883. Y pregunté con lógica y sin ambages: ¿qué impide hoy una repetición, por vez tercera, de tan infausta ocurrencia? Los comensales asombrados e irreflexivos negaron cualquier posibilidad. ¿Dirán lo mismo cuando tengan que pedir permiso a cualquier fuerza de ocupación para ellos, sus hijos o nietos?

De mentiras está hecho el proceso histórico del Perú. O de medias verdades que apenas proyectan el 50% de su savia genuina. De manera que es mejor enfrentar la cruda dureza de esta verdad al 100% que vivir sojuzgados. Una vez más.

¡Atentos a la historia, las tribunas aplauden lo que suena bien!

¡Ataquemos al poder, el gobierno lo tiene cualquiera!

¡Rompamos el pacto infame y tácito de hablar a media voz!

¡Sólo el talento salvará al Perú!

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