Habíame propuesto no tocar nunca más el tema de Torre Tagle o de cualquiera de sus integrantes por haber llegado a la detestable conclusión que este cáncer republicano no tiene cura, por lo menos hasta los días vigentes. Pero la nueva profesión médica del actual canciller Allan Wagner y su dictamen público ante 26 millones de peruanos me sacan del retiro ipso facto sólo para cantarle una pregunta al titular de Relaciones Exteriores: ¿tiene alguna pizca de dignidad y si la tiene por causa de qué no presenta su inmediata renuncia a un ministerio que le queda grande, muy grande?

Voces de diverso peluche y continente rezan que las diferencias entre el aún canciller y el presidente Toledo son más que notorias. El caso de la empresa chilena Lucchetti es tan sólo un capítulo en el que debía primar la verguenza nacional y el amor propio: esa firma fue cómplice del súbdito nipón Alberto Kenya Inomoto Fujimori y sus gerentazos hicieron delicias en cuchipandas con Montesinos. ¿Para qué se reunía la gente con Vladimiro? ¿para rezar rosarios o para complotar en negocios sucios y festivales de inmoralidad a raudales? En buena cuenta que Chile movilice a su cancillería y pretenda proteger los desmanes que en tierra nacional perpetró Lucchetti puede ser válido para ellos, pero para el Perú esta entidad tiene que largarse de donde está. Lo antes posible.

Allan Wagner ha demostrado una convincente incapacidad hasta para los problemas más nimios que son los referidos a las coordinaciones de los cónsules peruanos en el exterior con los compatricios. El, personalmente, ha recibido sugererencias valiosas, ideas, revelaciones, de más de un periodista acerca de cómo tratar este intríngulis, pero nada de nada. Entonces la conclusión adviene cristalina y descarada: el hasta hoy capitán de Torre Tagle no tiene autoridad ni mando o sus subordinados se ríen en sus narices, tan altas en su posición de más de 1.90 de estatura.

Además el Perú carece de política externa, ONGs (entre ellas CEPEI, financiada por la Fundación Ford y a la que Wagner pertenece) empujan la firma de la Convención del Mar y pareciera que este predicamento tiene más pegada en los pagos de Torre Tagle que un examen concienzudo de lo que es el Mar de Grau. Intereses foráneos, reptiles proditores, vendepatrias de toda laya, publican "estudios" y "análisis", ninguno a favor del Perú sino del ordenamiento internacional que propenden a un favoritismo absoluto de una gran potencia que domina largamente en el mundo contemporáneo. Ante ellos, Torre Tagle inclina la cerviz y su portaestandarte no es más que un peón alambicado que cuando le desembarcan de una gira importante no tiene más excusa que una ridícula afición a la medicina porque su esposa padeció una afección ocular. ¿Es que Allan Wagner cree que los peruanos son como los diplomáticos de Torre Tagle que todo lo asienten, todo lo aceptan, mientras que no les afecten los obesos cheques de pago? Hay excepciones pero son menos de 20 entre un plantel mediocrísimo de casi 500 funcionarios. ¡Qué disparate!

Un paralelismo de repente antipático pero bastante realista dibuja un parangón de la Iglesia Católica con Torre Tagle. Ambas son instituciones corruptas que ante las quejas y cuestionamientos episódicos, ofrecen una reorganización. Es decir, el cambio de trebejos y su ubicación, pero los males cambian de autores pero siguen en su molienda letal con el dinero que paga el resto de los peruanos. ¿Por causa de qué no se purifican la Iglesia Católica y Torre Tagle? Por una sola razón: dejarían de ser los escondites seguros de sinecuras que son hoy y que el status quo que prensa y televisión silenciosas y nada investigadoras permiten que existan tal como están. Ha poco el informe de la Comisión que presidió Oswaldo de Rivero constituyó una sinverguencería mayúscula: no hay culpables sino llamadas de atención y afeites bastante edulcorados e hipócritas.

Las balas no entran en Torre Tagle. Charlé con un altísimo funcionario en la Cancillería y me dio noticia de sus excelentes iniciativas y cavilé algunos segundos para otorgar el beneficio de la duda a Relaciones Exteriores. Pero, varios meses han pasado y ¡pamplinas! ¿O es que este embajador es muy inepto o no le hacen caso o el canciller Wagner es un inepto de marca mayor que no respalda buenas ideas? Los resultados están a la vista.

Allan Wagner no ha dudado en poner a sus amigos en las principales llaves de Torre Tagle, sus ascensos y sus relacionados ocupan puestos de embajadores, pero el vicio persiste y el desconcierto arrecia. ¿Tiene dignidad el canciller? ¿Y si la tiene porqué no se va a su casa?

Es hora de romper el pacto infame y tácito de hablar a media voz.