Fue como la crónica de una victoria anunciada para decirlo con palabras de Gabriel García Márquez. A nadie ha sorprendido el triunfo electoral arrollador del líder del Partido de Trabajadores Brasileños Ignacio "Lula" Da Silva. Se venía venir y tiene su explicación.

El pueblo brasileño había agotado su paciencia cansado ya de ensayar todas las fórmulas recomendadas por la política tradicional después de haber salido de mas de unos cuantos gobiernos militares, que por supuesto, ni estos con la mano dura, ni los civiles que vinieron después, con la mano blanda, resolvieron los problemas sociales y económicos por los que atraviesa una de las naciones más ricas del mundo, un territorio que es casi un continente, porque lo contiene todo - hasta petróleo - y al cual se le ha dado en llamar en justicia "el país del futuro".

Los brasileños perdieron el miedo. Ya antes, en anteriores elecciones Lula Da Silva había logrado llegar a la "Segunda vuelta" electoral pero se quedaba corto, sin la victoria en la elección final. El "cartelito" de "radical de izquierda" de "Amigo de Fidel Castro", hacía pensar a muchos que un Lula Presidente no era viable en Brasil. Entre otras cosas porque los americanos - siempre el mismo fantasma del veto de Washington -no iban a permitir que un hombre tan independiente, de extracción proletaria, que no había estudiado como otros políticos de América Latina en una Universidad norteamericana, pudiera llegar a alcanzar la presidencia de su país. Y sobre todo porque se le tenía además como admirador de Fidel Castro y crítico vertical de la política de Estados Unidos hacia Cuba y al resto de los países del continente americano. El triunfo de Lula en el Brasil ocurre justamente en un momento de profundo replanteo de la situación en América Latina. Lo que Washington tenía como diseño ideal para las naciones mas allá del Rió Bravo era el Méjico del Presidente conservador Vicente Fox. O lo que fue primero la Argentina de Carlos Menen. Pero ni Fox es ya un paradigma a seguir, y lo de Argentina resultó ser un verdadero desastre. Y surgió entonces lo de Chávez en Venezuela que se le tiene como un mal ejemplo, por no hablar de Cuba esa pesadilla que vienen arrastrando los Presidentes americanos por mas de cuarenta años sin acabarse de darse cuenta que siempre es mejor liquidar un pleito con algunas pérdidas - y esa es una fórmula puramente capitalista - que seguir empeñados en el error.

El triunfo de Lula en Brasil es una victoria del sentido común. Sabios han sido allí hasta los propios sectores de la burguesía desarrollista nacional que ha preferido la alianza con un Lula representante de los intereses populares brasileños a un compromiso traidor con los intereses foráneos.

En Brasil no habrá una revolución radical ni ese es el proyecto de Lula. Ni tampoco es ese sería el consejo que Fidel Castro le daría a su amigo Lula, aunque algunos piensen lo contrario. Pero habrá que ver si Washington tiene la sensatez de dejar gobernar a Lula y no le hacen la vida imposible como le han hecho a cada gobernante del continente que ha querido hacer los cambios necesarios que su país necesita para salir del subdesarrollo del hambre y la pobreza.

Claro está que el Brasil que viene no será el mismo. Como tampoco será igual el panorama en el resto del continente. Atrás quedará el diseño mejicano de sumisión a Washington elucubrado por el Canciller azteca Jorge Castañeda, un tránsfuga de la izquierda radical vendido al mejor postor. Pero eso es historia antigua. El futuro está en Brasil.

La victoria de Lula abre un nuevo camino. No es una utopía la que llega al poder. El gigante brasileño al fin ha despertado. El triunfo de Lula da Silva es una victoria de América. En Brasil habló la voz del pueblo.