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Para las naciones originarias de la Amazonía es un problema de aguas, hojas y frutos, de la vida de su gente, para la Texaco, es una cuestión de dólares…

La felicidad era acostarse en una hamaca, escuchar el rumor de los ríos, la velocidad del viento y la melancolía de la lluvia sacudiendo las hojas de los árboles sagrados, oír las voces y la música de los pájaros. Era ver las travesuras de los monos, el rápido paso de los venados, el intenso amor del jaguar. Era comer las frutas y nueces de la tierra, recolectadas en el camino del día. Era honrar a la naturaleza como a uno mismo. La gente podía vivir desnuda y libre, sin necesidad de comprar un blue jean para vestirse ni unos adidas para caminar, sin el hambre por el dinero, sin la locura del consumo por el consumo, sin el devastador estiércol de los lobos del petróleo.

Y un día, allá, en 1964, empezaron a llegar con el ruido de sus helicópteros, y el crujido ensordecedor de sus taladros para perforar el alma de la selva. Y los pájaros huyeron, y las dantas huyeron, los venados huyeron, los capibares huyeron, niños, mujeres y hombres huyeron, despavoridos. Hasta los lagartos se fueron. Todo se hizo una sola huída, detenida por la oscuridad de la noche. Y los árboles que no pudieron huir, fueron mutilados desde sus raíces. Infinitas especies de plantas, insectos, animales y milenarias culturas originarias amantes de las hojas y el rocío, se enfrentaron cara a cara al holocausto, como en el Treblinka de Hitler o el Israel de Sharon. Eran los dolores del parto del "Ecuador petrolero", en manos de los lobos de Texaco, quienes no, buscaban petróleo, buscaban exprimir de su energía, también hierática, dinero y más dinero, dólares, más dólares y sólo dólares.

Y saltó a la superficie, como extraído de la médula de los huesos de la Amazonía, el negro aceite de piedra, el único negro que adoran los racistas. Desesperados como lobos hambrientos, mientras se relamían de vicio, derramaron el petróleo como ácido en la piel de la selva, como veneno en los ríos, y empezaron a quemar el gas como en el infierno. Ahí donde yacía la vida, donde todavía se produce la mayor cantidad de oxígeno del planeta, despertaron a la muerte.

El tiempo pasa, pero la verdad no. En 1991, Judith Kimerling, escribe "Release of Amazon Crude" y abre la puerta de los crímenes de Texaco. En 1992 Paulina Garzón y Acción Ecológica, descubren el rostro de los daños y promueven con los afectados y las iglesias de Sucumbios un juicio, que se inicia en noviembre de 1993 en Nueva York, como el caso "Aguinda v.s. Texaco", que demanda la reparación de los daños ambientales y de la salud de la población, por un monto conservadoramente estimado en 1.000 millones de dólares. En 1993 la Universidad de Harvard encuentra contaminantes derivados de la explotación de hidrocarburos, donde Texaco operó. Y si usted va por allá, podrá ver con sus ojos la dolorosa cara del horror.

Durante 10 años, Texaco se ha defendido sosteniendo que la Corte de Manhatan no tiene competencia, que ésta radica en Ecuador. Hoy, cuando finalmente se ha iniciado el juicio en Nueva Loja, una ciudad inventada por los pozos de petróleo en la Amazonía norte del Ecuador, también dice lo mismo: desconoce la competencia del juez y además sostiene que Texaco-Chevron, no es Texaco, que se debería haber demandado a Texaco Inc.. Quieren que la justicia crea que Texaco no es Texaco. Cuando de dólares se trata, pueden usar cualquier máscara para decir y "demostrar", hasta que, ellos no son ellos mismos. Un juego leguleyo que expone la monstruosa identidad del capital extranjero, la transparente seguridad de quien es.

Para las naciones originarias de la Amazonía, hoy desgarradas, mutiladas, descuartizadas, penosamente bregando por la sobrevivencia de su cultura, es un problema de viento, de agua, de plantas, de hojas, flores, árboles y frutos, de insectos, pájaros y animales, de sus padres, mujeres e hijos muertos en la mancha de la contaminación. Para la Texaco es un problema de dólares. La humanidad y el dinero, son culturas diferentes, ya no cabe duda.

Marcelo Larrea, es corresponsal de Adital en Ecuador y director de la revista "El Sucre".