En el número 58 de El Juguete Rabioso pude leer un artículo de la señora Centa Reck titulado «¿Literatura prófuga o pro-fuga?», el cual era la continuación de algo parecido a un debate surgido recientemente a propósito del Realismo Mágico y la corriente autodenominada McOndo. Después de haber leído esas líneas me quedan varias impresiones que no puedo resistirme a compartir..

A pesar de que se puede hablar interminablemente de cualquier cosa, por simple que parezca, porque, como decía Borges, todas las cosas encierran el universo, estoy de acuerdo en que el estilo -como cualquier parte del conjunto que forma una obra literaria- no puede ser el centro de una discusión que pretenda enfrentar dos formas de contar una historia, por la sencilla razón de que no existen formas de contar correctas o incorrectas sino eficaces (si convencen) e ineficaces (si no convencen). Siguiendo con este mismo tema, creo que lo que se cuenta no sólo depende, sino que es, en gran medida, la forma en que se lo cuenta. Y la buena literatura es buena por todo lo que la conforma; por los temas, por la profundidad, por la técnica y también, claro, por el estilo. Por eso, intentar una valoración al por menor, poniendo bajo el microscopio cada una de sus partes, se justifica quizá para fines de estudio, pero esa disección fuera de esa salvedad resulta artificial, forzada. Y lo que es peor; falsa. Miren lo que dice Vargas Llosa al respecto: «Leyendo Cien años de soledad o El amor en los tiempos del cólera nos abruma la certidumbre de que sólo contadas con esas palabras, ese talante y ese ritmo esas historias resultan creíbles, verosímiles, fascinantes, conmovedoras; que, separadas de ellos, en cambio, no hubieran podido hechizarnos como lo hacen, porque esas historias son las palabras que las cuentan».

Por otra parte, si se habla de compensaciones por escribir de una u otra forma, es bueno considerar que la parte del mundo que constituye las «garras del poder» está cansada de los Shopping Mall’s de las McDonald’s y los Starbucks, porque esos símbolos de cultura occidental y, si se quiere; de poder y colonialismo, constituyen su paisaje de fondo, su ámbito natural. Seguramente por eso demandan el contraste y la diferencia. Y claro: lo exótico, lo pintoresco, lo mágico, devenidos en una especie de eco-resort literario, deben resultar irresistibles para un público fatigado por el stress, la eficiencia y la competencia de un mundo cada vez más turbulento. Es por eso que un estilo literario tan parecido a la agobiante vida real no parece ser, por sí mismo, la mejor manera de lograr fama y fortuna, y sí, en cambio, pareciera que las "monedas de efímera fama y notoriedad" persiguen a sagaces escritores con espíritu empresarial que atinan a producir lo que el mercado demanda. Sobre la literatura y el compromiso es poco lo nuevo que pueda decirse.

Baste decir que un libro, como una canción, puede ser muy bueno aún cuando el antiimperialismo (que no es la única forma de activismo político) no asome en sus páginas. Al respecto Fuguet señala en su página de Internet (www.fuguet.com); «¿Qué tanto me gusta hablar de política? Nada. Una novela aporta a nivel personal, no político. Acompaña, entretiene, ilumina, te hace dudar, te identifica, te enseña, te fascina... Son metas pequeñas, es cierto, pero respetables. La ficción, a la larga, debe emocionar. Eso es todo. No me parece poco.»...

Se dice que los grandes escritores escriben poesía, los buenos, cuentos, y los no tan buenos, novelas... Sin duda es una exageración a la que podría añadirse: «y los que no escriben, critican»... Digo esto porque me da la sensación de que al hablar de uno y otro estilo o de cuánto compromiso tenga o deba tener la literatura, no sólo se pierde el tiempo. Tiempo que podría emplearse por ejemplo disfrutando de la buena literatura (la que a uno le guste). Sino que sin querer se promueven falsos antagonismos y enfrentamientos generacionales aparentes... En una reciente entrevista publicada por Newsweek, nuestro ilustre compatriota Edmundo Paz Soldán declaraba su simpatía por García Marquez al tiempo de asegurar que ellos (los Macondianos) lo único que quieren es no imitarlo («We love Gabo, we just don’t want to imitate him»). Y si bien McOndo irrumpió (acertadamente para un experto en Marketing) como una réplica al Realismo Mágico, ese amague de parricidio literario en el fondo no es más que la expresión de un movimiento que quiere contar su propia historia. Es decir, la parte de realidad que ellos sienten propia: globalizada, materialista, urbana, consumista y un poco cínica. Eso no parece reprochable en tanto aporte y enriquezca, completando una visión menos estereotipada y actual de nosotros mismos.