No constituye el objetivo de este artículo defender la corriente denominada como «Realismo Mágico» o «Real Maravilloso», porque considero que la buena literatura siempre está más allá o más acá de cualquier moda o estilo literario. Cuando se habla de una producción artística o literaria, ningún aspecto estilístico o formal puede constituirse en el principal motivo de discusión. El estilo es nada más que el envoltorio, el estuche, o la venda en la que suele ocultarse o develarse el sentido de la existencia. Las grandes obras lo son en tanto y en cuanto se aproximan a las coordenadas que nos acercan a la condición humana, a los valores que son la única grandeza y verdad, que trasciende al conjunto de debilidades y mezquindades que cual un pantano o un lodazal, rodean a los seres humanos. El verdadero escritor se sitúa más allá de discusiones retóricas y bizantinas, que responden al mezquino deseo de atribuirse una paternidad o maternidad en cuanto al estilo y la forma de presentar su obra; puede apuntar más bien a tratar de bordear el esclarecimiento de la verdad, que siempre nos resulta esquiva y resbaladiza. El escritor comprometido con su obra se muestra decididamente contestatario, porque su tarea escapa del espíritu vasallo, que corroe a los hombres débiles, que venden no sólo su alma, sino también las expresiones de su alma, a los fines del poder dominante.

Y a propósito del poder dominante, podemos decir que los portadores de este poder, en su intento por sostenerse en los anaqueles de la historia, suelen ser expertos en fraguar ideologías. Y también podemos decir, que una vez que han conseguido fraguar una ideología, tratan que esta se introduzca en la educación, en las artes y en las ciencias, para que sea pregonada y reproducida con carácter at infinitum, consolidando así la tarea de absolutizar el pensamiento. Por lo tanto la literatura nunca ha estado ni estará exenta de los subterfugios del poder dominante, que sabe elegir y potenciar a sus emisarios, en aras de la divulgación de las medias verdades con las que intentan sostenerlo; o de algunas patrañas revestidas de verdades o realidades. Existen por lo tanto escritores que sirven a una época o al poder vigente en una época, portando su ideología y sus emblemas, a cambio de unas monedas de efímera fama o notoriedad. Como nos mostró Goethe en el Fausto, estos pregoneros están decididos a vender su alma al diablo, a cambio del placer narcisista de contemplarse a sí mismos, sin interesarse por el escenario en el que se debaten los marginales y los que el sistema destina al olvido y la muerte en vida.

Las nuevas lecturas en el ámbito de la literatura y de las artes en general son imprescindibles, pero estas nuevas interpretaciones de la realidad, tienen que tener la condición de constituirse en lecturas prófugas de las garras del poder y de las loas y complacencia a los poderosos. En este contexto, el Realismo Mágico o lo Real Maravilloso, dentro de su formato peculiar, lograron hablar de lo innombrable, en un momento en que las dictaduras pregoneras y sembradoras de la muerte estaban en franco apogeo en nuestro continente. Hablaron de la libertad del ser humano, de la libertad de la que se podía ufanar el continente sudamericano, a pesar de haber sido tan duramente reprimido y saqueado a lo largo de su historia. Estas obras, trasmitieron en sentido metafórico el anhelo y la supervivencia de un deseo de libertad, que no se permite flaquear ni extinguirse, a pesar del dominio, la opresión o la censura.

Estas obras trataron de plasmar el espíritu heroico de los pueblos sudamericanos, que no aceptaban transigir ni sucumbir a la vergüenza, de ser exiliados de su propia tierra y sus propias raíces. Fueron obras que sin duda entrañaron la denuncia de los abusos de la represión y del dolor y que, apelando a formas metafóricas, expresaron que las cadenas de los poderes temporales son barreras vanas e inútiles, ante la fuerza de los pueblos que conservan la vitalidad del espíritu. Los escritores de esta corriente, trataron de encontrar una figura literaria que exprese la libertad de la que gozan los esclavos y, que nada tiene que ver con sus patéticas vidas, delimitando de este modo, un mundo interior poblado de una realidad mágica y hasta mítica, que puede romper el cerco y la cárcel en la que se puede transformar la realidad externa, cuando es posesión de los poderosos que la ostentan como una propiedad que esta exclusivamente al servicio de sus necesidades y placeres personales.

Claro que es lógico que Macondo deje de ser el prototipo de la metáfora del Sur. También resulta lógico pensar, que la mística macondiana deje de ser la única figura metafórica. Sin embargo, se hace necesario que las otras metáforas que vienen a reforzar la que ya tenemos como continente del eje sur, tengan la misma fuerza y el mismo espíritu de innovación y rebeldía, contenida en la tinta que imprime un deseo de libertad y clamor de justicia para los oprimidos, los marginados y los locos fugitivos del sistema.

Sin embargo, no nos apartamos del derecho de escribir y producir textos, que tienen los técnicos constructores que se muestran afanados en montar una parafernalia del goce, sosteniendo el placer de paladear fast-letras, en medio de las condiciones más increíbles de inhumanidad y opresión. Tienen derecho, siempre y cuando también escuchen el llamado de los que nos hemos atrevido a internarnos en las entrañas de los montes, allí donde los tigres y los tucanes, se constituyen en maravillosas criaturas de la creación, comparadas con las maquinarias del terror y la destrucción de la que nos encontramos rodeados. Donde el paraíso de la naturaleza tiene mucho que enseñarnos en la construcción de nuestra incipiente humanidad. Donde no tenemos por qué renegar del monte, sus misterios y sus verdades, porque constituyen un baño de sabiduría y de relax en nada comparable a la paranoia a la que nos someten las drogas, los malls, la competencia desleal y el desangramiento de un mundo que raya en el extravío. No tenemos porqué sentirnos orgullosos de pertenecer a un lugar del planeta que está a punto de ser reducido al olvido y a lo innombrable, matizado por cinturones de pobreza, desempleo y muerte prematura, con palabras paladeadas en inglés, Raimbows Cafés, computadoras con patentes incomprables, bancos extranjeros y transnacionales que nos quitan el pan de la boca y el deseo de producir y de crear.

Sabemos sin embargo, que la fuga es un medio de defensa primario de los seres humanos, pero lo penoso y oprobioso sería que creyéramos que una visión pro-fuga, puede constituirse en una solución a nuestros dolores y al ultraje de nuestra condición humana en tanto habitantes de la latitud Sur. Sigo sosteniendo que las palabras son la herramienta más perfecta y, que es esta herramienta, la que en la escala de la evolución nos ha permitido ser prófugos de los mandatos del poder. Las palabras nos han permitido construir realidades, sin otro escenario que la grandeza de nuestro espíritu, que no se permite sucumbir a la simplista concretud, de conformarse con reemplazar los montes y las fieras que en ellos habitan, ni la magia que se desprende del halo de nuestra irracionalidad cuando roza con las sinrazones de la opresión y el maltrato, por una selva salvaje de celulares, McDonalds, Malls, jeringas cargadas de doping y jergas animaloides, que se llamen lo que se llamen, no llegan a ser las palabras del desgarramiento que nos reclama indefinidamente volver a beber de las fuentes en las que aún se alimenta nuestro ser. Por eso los que no titubean en la aspiración de posicionarse de esa tierra de nadie llamada literatura Mcondo, que considera que el software latinoamericano está agotado, deben plantearse que si aspiran a ser irreverentes y menos solemnes, deben dejar de servir antes que nada, a los que exigen reverencias y solemnidades, a cambio de la efímera gloria de figurar en titulares y subtítulos, que seducen a los espíritus inconsistentes, que no se han animado a figurar en la lista de los que se han declarado prófugos y proscriptos, de tales promesas tan vanas como perecederas.

Estamos frente a un mundo, que aún no ha dignificado como corresponde ni a los hombres ni a la naturaleza, ¿entonces porque tenemos que dedicarnos a adorar máquinas y becerros de oro?