Todas las claves del porno como Dios manda nos pintan el género como un sub-rubro del cine de suspenso; incluso podría definirse en una frase: «hay que meterla despacio». Esa conclusión, en apariencia ligera, está sin embargo abalada por el celebérrimo Wilhelm Reich: la velocidad es amiga del nerviosismo y conspira contra el buen sexo. El trámite lento, en cambio, es la base del gran suspenso. Como en los clásicos de esa índole, el tiempo lento de la pantalla acelera el ritmo mental; la cadencia pasmosa de las imágenes tensiona al observador y espolea las ansias de que se desencadene lo que aún no sucedió. El paralelo es evidente: el mejor suspenso convencional monta la puesta de una tensión que crece geométricamente hasta el clímax, estalla entonces y luego viene la resolución. El ’suspense’ pornográfico es la doble preparación del orgasmo: en la pantalla y en la casa del espectador (que es de suponer que no la mira con ambas manos). El problema consiste en organizarlo de modo tal que este último no anticipe su propio clímax al clímax propio del film: como en el acto sexual real, la sincronización es importante.

Pero el suspenso pasa -como en las obras de Hitchcock y otros maestros- por imponer la certeza de que lo que viene será mejor, más caliente que lo que se vio: única forma de mantener el voltaje del que mira. Sin embargo, el recetario posible que a tal efecto viene a la mente, es el opuesto exacto del que suelen mostrar los cassettes. En efecto: la mayoría de las pornos son iguales, cuentan lo mismo y muestran aquello que el interesado espera que suceda. Sin erotismo, inmediato, sin escenas de transición, sexo duro, primeros planos, eyaculaciones sobre actuadas. Allí no hay besos, ni existen la impaciencia ni los climas previos, tampoco bombachas o calzoncillos. La seducción se reemplaza por el choque de lenguas y por la urgencia en bajarse los pantalones. Todo está calculado y es predecible; incluso los decorados son siempre los mismos: mínimos; la música es standard (tilín, tilín); la palabra más escuchada es ’fuck’ y sus agregados y derivaciones. Cuatro o cinco días de filmación son suficientes para las historias escritas la noche previa.

La estética pornográfica nos señala que una secuencia termina con un orgasmo, simulado o no y nunca a destiempo, y que la siguiente acabará de igual modo y en la última pasará lo ya sabido por los códigos. Sexo en pareja, sexo grupal, sexo con aparatos, sexo oral, anal y entre mujeres; y las «variantes»: gordos con gordas, gays, sexo animal, interracial, sadomasoquistas, contorsionistas que operan autofellatios, y un largo etcétera: como sea, al final es siempre lo mismo. Eso es un pornofilm: la antítesis de la ilusión a descifrar; todo está ahí para que espiemos por el ojo de la cerradura. Se trata de un cine de la acumulación en lo numérico y en lo formal; con estrellas femeninas, revistas especializadas, festivales internacionales y directores reconocidos; y sobre todo, un cine amoral, destinado en un principio a la excitación... y al posterior hastío.

Sus mujeres merecen capítulo aparte. Inútil buscar rollos, caras desagradables y mujeres «posibles»: Jaime Summers, Tracy Lords, Ginger Lynn, Christy Canyon parecen salidas de lo mejor de Play Boy. Son diosas perfectas, maravillosas, insinuantes, lejanas: inaccesibles. Mujeres con las que se apunta al más allá, al deseo imposible. Lejos quedó el recuerdo de Linda Lovelace, su rostro pálido, sus tetas caídas y sus fellatios interminables en Garganta profunda. La industria de lo condicionado fabrica películas y estrellas como una picadora de carne: carne de primera. Tan de primera que resulta no creíble.

Escenas inverosímiles, fatiga indiferenciada, deshumanización neurótica, rutina industrial: tales los colores del hartazgo que sobreviven al inicial estertor hormonal. Un terreno definitivamente yermo. De todas maneras, si uno tiene en cuenta que las claves del género son las más jóvenes de la industria (sus inicios inciertos se calculan a finales de los 60`, principios de los 70`), es claro que las mismas aún permanecen vírgenes. A ver si las desfloramos.