Una cosa es el derecho a recibir educación en los planteles estatales y particulares de todo el país y otro es el desmadre que en nombre de planteamientos privados se pretende mostrar como por encima de las normas fundamentales de respeto mutuo y convivencia en los salones de clase. La disciplina escolar es irrenunciable y tiene que ser columna vertebral sobre la que se asienta el comportamiento cívico de los futuros ciudadanos.

¡Precisamente, reivindicar el principio de autoridad e igualdad de condiciones incluye, inequívocamente, respeto a los demás comenzando con el respeto a sí mismo! ¡Y no hay filosofía o cuadro de creencias religiosas o de cualquier clase que pueda oponerse con razón a esto!

¿Qué ocurre si en nombre de un supuesto credo religioso alguien decide no bañarse sino una vez a la semana? O ¿decreta no usar ropa interior? o ¿decide no usar preservativos cuando tiene relaciones sexuales?. Las respuestas son obvias: ¡se produce el caos con las reprobables consecuencias que ello trae!

Los colegios, estatales y privados, son el primer crisol de la enseñanza. De allí deben salir los cuadros hacia las universidades. Después de los 18 cada quien haga lo que le plazca. Si lo hace mal, es más que seguro que terminará con sus huesos en la cárcel o en el panteón, pero sólo es cuando puede decidir en opción libérrima. No antes.

En el Perú hasta hemos eliminado la instrucción pre-militar y ésta debiera retornar desde el primer año hasta el quinto de secundaria. ¡No sólo eso! Para poder trabajar los profesionales y los técnicos, todos, debían acreditar entrenamiento militar, destreza en el manejo de armas y defensa personal. La disciplina con patriotismo y conocimiento de los valores nacionales de tierra, límites, historia, pasado y horizontes, debían ser condiciones indispensables para cualquier peruano.

Federico Salazar abogó la mañana de hoy por la libertad de enseñanza. ¿Y quién puede discutir esa opción? Inferir que eso significa permitir cualquier majadería embalada con celofán religioso, sólo puede entenderse como ¡estupidez químicamente pura! La señorita Linares de cuyo lindo rostro no hay la menor duda, como tampoco ninguna certidumbre de que posea pizca de cerebro, haría bien en callarse y no seguir servilmente cuanto diga Salazar.

El cabello corto, las uñas limpias, los uniformes -puede que viejos o raídos, no interesa- conforme su diseño, son parte indispensable de un cuadro de valores de disciplina irrenunciable en nuestros muchachos. Por allí la forja, regando a las flores cuando su primera juventud, luego cuando lleguen a la universidad a brindar los destellos de su inteligencia, pero siempre en un concierto de estética y armonía que tiene poco que ver con el dinero o la riqueza y sí mucho con decencia y dignidad.

¡Ataquemos al poder; el gobierno lo tiene cualquiera!

Hay que romper el pacto infame y tácito de hablar a media voz.