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París era, como suele suceder, una fiesta. Aún vivía el clima de Mayo de 1968, con manifestaciones masivas, izquierda de verdad e izquierda divina, chicos que allá eran maoístas y trotskistas y apenas pasaron por Maiquetía se convirtieron al neoliberalismo rataplán y cataplún chinchín. Me sorprende la instantaneidad de esos mutantes. Siempre te insultan: cuando son de ultraizquierda porque cualquier placer es burgués. Cuando mutan hacia la ultraderecha te injurian porque cualquier gesto de compasión por los débiles es decrepitud histórica, pues el hombre es «por naturaleza» una basura moral. Juzgan por su condición, porque nunca los vi en ningún combate revolucionario que no fuese el insulto. Fue cuando descubrí que la gente de ultraizquierda no conoce la mesura ni siquiera cuando se pasa para la ultraderecha.

Mortificaban el espíritu en lo que José Ignacio Cabrujas condensó con una frase que destiló de las tantas que se profirieron en aquel tiempo de irresponsabilidad verbal: «¡Vamos a dejarnos de vainas!». Es decir, vamos a dejarnos de éticas y maricadas de esas. Cualquier gesto de solidaridad fue despreciado como «sesentoso» precisamente por los más feroces ex sesentosos.

Claro, la izquierda venía de una derrota que en gran parte se labró ella misma, porque no supo luchar contra una Acción Democrática que todavía conservaba la solidez que la llevó al poder. Luego AD se precipitó en su actual envilecimiento, que va de Rómulo Gallegos a Timoteo Zambrano, de Andrés Eloy Blanco a Alfonso Marquina. Cuando la izquierda quiso tomar el cielo por asalto, lo hizo con muchas acciones que no estuvieron a la altura política de Rómulo Betancourt, que no era gran cosa, pero al menos era un político profesional, que aprovechó el desprecio por los derechos humanos de Carlos Andrés Pérez, a quien, como decía mi abuela Eulalia, Dios haya perdonado.

¡Cuántos tuvieron su sesión fotográfica de seudocomandante guerrillero en el Jardín Botánico! ¡Cuántos se hicieron una leyenda solo para cotizarse mejor en el mercado a la hora de la venta! ¡Cuánto asalto al Tren de El Encanto para valorizar su futuro cambalache! No todos fueron así, por cierto, y todavía luchan con tesón y con vergüenza, pero hubo suficientes venales como para que se desbaratara aquella prepotencia que canturreaba burlonamente por las calles: «¡Abajo este gobiernito!». La burla no era con el gobierno sino con ellos mismos, como se vio después.

Fue la zorra ante las uvas. Lo decía José Martí: «No les alcanza al árbol difícil el brazo canijo, el brazo de uñas pintadas y pulsera, el brazo de Madrid o de París, y dicen que no se puede alcanzar el árbol» («Nuestra América»). Entonces proclamaron que era ridículo ser de izquierda. Los más prepotentes eran ahora los más rencorosos reaccionarios. Gente que padeció fusilamientos simulados en los días de Pinochet, andaba ahora con aquella impaciencia de vestir de traje formal y proferir entre más veras que burlas consignas como: «¡El pueblo! ¡El pueblo! ¡Me importa un coño el pueblo!». Chistes desabridos que pretendían salpimentar aquel plato insulso que estaban sirviéndose. Solo fue lo que Pierre Bourdieu llamó «táctica de disimilación transitoria», es decir, disimilarse, desasociarse, por un tiempo mientras vuelven a su origen pero con valor más alto.

En cuanto a la Renovación de la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela, que viví y que Darcy Ribeiro consideró el movimiento político estudiantil más original y creativo de toda la América Latina desde la Reforma de Córdoba -y Ribeiro sabía de la América Latina-, uno la halló destartalada al regreso de París, en el último sótano intelectual y ético. Alguna mediocridad oligarca sacudió unas cadenas en el pasillo y algunos renovadores acudieron presurosos a recibirlas como guirnalda de Club Méditerranée. Era el orgullo paradójicamente servil de someterse a las fuerzas más aseñoradas. Muchos de los talentos más vigorosos que conocí en esos pasillos se volvieron esmirriado barniz para escudar las carencias de la hilera de apellidos que servían, para no hacerles sombra. El baratillo intelectual más risible y doloroso que me ha tocado presenciar [1]. Doloroso porque allí vivieron mentes aptas para provocar una revolución estética y política latinoamericana en una masa coherente de conceptos liberadores. Ya es tarde. Están demasiado aplastados por sí mismos. La Renovación de Letras era tan invencible que solo ella pudo derrotarse.

Ya nadie preparó más espaguetadas los domingos ni acudió a las merenderos de los alrededores de la Universidad Central de Venezuela. Se pusieron de moda los restaurantes altos, y era cómico ver a aquella gente combatir con prepotencia y sin apostura modales aprendidos en el comedor universitario o en las Tostadas El Tropezón.

Fue cuando se fundó la llamada República del Este, ese otro holocausto de talentos, parodia supuesta de la República bananera que era Venezuela entonces, pero que terminó siendo peor que las bananeras, porque, como decía Aníbal Nazoa, todos estaban «encamburados», como se llama en Venezuela gozar de una sinecura  [2]. Tuvieron prebendas en el Consejo Nacional de la Cultura (Conac), que fue utilizado por alguna mente adeca para adquirir conciencias a granel. La tinta y las pinturas se disolvieron en alcohol. Aún me pregunto quién pagó aquellos alcoholes y otras drogas. Uno los veía año a año y daba escalofrío oírles los mismos chistes desabridos. No me gusta exagerar, aparte de que en este caso no hace falta. Uno sentía vergüenza ajena porque uno les tuvo aprecio y admiración. Desde entonces le tengo ojeriza al whisky 18 años, porque ha conducido a esta oposición a tanto descalabro. Estoy seguro de que contiene alguna enzima, alguna toxina o acetilcolina avinagrada que esponja el cerebro como a las vacas locas  [3].

Cuando un detective encuentra un asesinado con 18 puñaladas, o más, sabe inmediatamente que no es un asesinato con fines de lucro sino de amor herido  [4]. De allí el encono de aquella mutación súbita. El cinismo llegó a tanto que el espacio entre los tres restaurantes habituales de aquella República del Este lo llamaban el Triángulo de las Bermudas porque todo el que pasaba por ahí se perdía. El Conac de entonces se encargó de rociarlos de prebendas a cambio de un silencio que se disfrazó de dolida afonía estética. Se habían dejado de vainas.

Algunos aliviaban el «trauma» de la derrota de la izquierda en alguna sinecura diplomática. Autoindulgencia patética de gente que ni siquiera había cogido una piedra en los años duros, reanimándose en alguna agregaduría que asegurase vino suficiente para restablecer el equilibrio de los jugos cerebrales que someten la depresión.

Fue así como mucha gente atribuyó glamour a un derechismo chabacano que rápidamente se transmutó en el fascismo que estamos presenciando.

[1] «Despilfarro de intelectuales», en Question Nº 20 www.analitica.com/bitblioteca/roberto/despilfarro.asp.

[2] En Venezuela la banana se dice cambur y por alguna léxica razón encamburarse es gozar de una canonjía

[3] «Encefalopatía espongiforme», www.analitica.com/va/politica/opinion/7593686.asp.

[4] Miguel Posani, «¿Pero qué pasó con estos tipos de izquierda?», Diario Vea, domingo 25 de enero de 2004.