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El presidente estadounidense en un discurso en la Casa Blanca.
Foto Paul Morse White House Dic.2003.

El presidente estadounidense George W. Bush se toma un buen momento de respiro bélico gracias a la coincidencia de múltiples cumbres (desde la conmemoración del Día-D, pasando por la reunión del G-8, hasta la de la OTAN en Turquía), incluso llegando a explotar electoreramente el deceso de Ronald Reagan, mientras Alan Greenspan, presidente de la Reserva Federal, se ha puesto sumamente nervioso, a sus 78 años, debido al alza de los energéticos, situación a la que busca echar la culpa de manera hipócrita de la próxima elevación de las tasas de interés, susceptible de poner de cabeza lo que queda del averiado sistema financiero internacional.

El rotativo francés Le Monde (8 de junio), secundado por el centro de pensamiento europeo De Defensa (8 de junio), olfatea una reconciliación trasatlántica en el contexto de la cumbre del G-8 en Sea Island (Georgia), que se expresaría por la aprobación de Francia y Rusia sobre la nueva resolución del contencioso iraquí en la ONU, lo cual equivaldría a avalar la relección de Baby Bush.

Aunque el presidente No. 43 ha recurrido a todas las artimañas publicitarias y simulaciones humanistas en su nueva metamorfosis como campeón de la «democracia, la libertad y los derechos humanos» en Irak y en el «Gran Medio Oriente» (sic), aún faltan cinco muy largos meses para detectar el curso de una contienda electoral que será sumamente cerrada, así como se requiere de una generación para olvidar las atrocidades y las torturas anglosajonas en la antigua Mesopotamia.

Los transcendentes asuntos de definición geopolítica para crear el nuevo orden mundial no se resuelven en tres cumbres y, mucho menos, en cinco meses. Antes de participar en la cumbre del G-8, en su clásico estilo, la CIA (pese a su fase de reajuste) ya se encargó de disuadir al zar Vladimir Putin de emprender cualquier veleidad geopolítica, por medio de la amenaza de un reporte especial sobre la desintegración de Rusia en seis u ocho pedazos territoriales (Pravda, 7 de junio). Sucede que las potencias europeas (primordialmente Rusia, Francia y Alemania) conocen perfectamente la capacidad del daño sufrido por el león herido, al que más vale darle todas las facilidades para limitar los daños y obligarlo a salir cuanto antes de Irak.

¿No será qué Baby Bush busca la coartada internacional, con su nuevo disfraz democrático, para dejar que la balcanización devore a Irak, y así recoger sus escombros petroleros, para el beneficio último de la petrocracia anglosajona? De las tres regiones históricas que conforman Irak, dos de ellas, la sunnita en el centro y la chiíta en el sur, parecen haber llegado a un acomodamiento transitorio, pero todavía falta por resolver el futuro del norte, donde habitan los kurdos (aliados hasta ahora de israelíes y estadunidenses), que en cualquier momento pueden iniciar las turbulencias que lleguen hasta degenerar en una muy previsible guerra regional, como alerta Joseph Stroupe («El norte de Irak: una calma como una bomba», Asia Times, 9 de junio).

Nada benévolo se puede esperar de quienes tanto daño han provocado en todas las dimensiones, pequeñas o grandes, del Medio Oriente con el propósito, entre otras cosas, de apoderarse de sus riquezas petroleras, y quienes siguen al pie de la letra el inigualable axioma del banquero Amschel Meyer Rothschild: «El mejor periodo para hacer dinero es cuando la sangre corre por las calles».

En este tenor, nada menos que Richard Clarke, anterior jefe del contraterrorismo, quien sacudió los cimientos de la Casa Blanca por su negligencia criminal antes del 11/9 (como reveló en su libro Contra todos los enemigos, que fue a presentar a Madrid), aseveró que la situación en Arabia Saudita, cuya inestabilidad gubernamental merecía atención especial, debería ser de mayor preocupación tanto para la política mundial como para su economía. En forma ominosa, Clarke asentó que la inestabilidad actual en Arabia Saudita no solamente es peor a la que prevalecía en Irak antes de la invasión, sino que, también, podría desembocar en una situación similar a la caída del sha en Irán (AP, 7 de junio).

Traduzcamos el código contraterrorista al precio del barril de petróleo: la caída del sha, un aliado de Estados Unidos en aquel entonces, desembocó en 1979 en la máxima cotización del petróleo a 39 dólares el barril (sin contar la inflación, lo cual, a valor presente equivale a 78.50 dólares).

El entonces ministro saudita del Petróleo, Sheik Ahmed Zaki Yamani, reveló luego que Alfred Heinz (alias «Henry») Kissinger había depuesto al sha para elevar el precio del petróleo y así beneficiar las megafusiones de las petroleras anglosajonas. ¿Se repite el «síndrome petrolero de 1979» en 2004? En 1979, la petrocracia anglosajona depuso al sha para instalar a la teocracia de los ayatolas chiítas de Irán.

Veinticinco años más tarde, la misma petrocracia anglosajona, corta de dinero por sus nuevas megafusiones, que la han puesto en serias dificultades financieras (ocultadas por la contabilidad invisible en los paraísos fiscales), ¿derrocará ahora a la monarquía wahabita saudita, con la ayuda del indispensable Osama Bin Laden y sus huestes terroristas de Al Qaeda, para colocar la cotización del oro negro en la estratosfera?

Más allá de los altibajos efímeros en la cotización del oro negro, Adam Porter, de la BBC de Londres, desde la relevante conferencia sobre el «pico del petróleo», celebrada en Berlín, reseña que la Asociación para el Estudio del Pico del Petróleo (ASPO, por sus siglas en inglés) pronosticó que los precios actuales se pueden cuadriplicar. Porter puso en relieve la presencia de directivos de las anglosajonas BP y Exxon, pese a que no comparten las ideas del presidente de ASPO, Colin Campbell.

Ali Bakhtiari, jefe de planeación estratégica de la Compañía Nacional de Petróleo de Irán, también acudió a la reunión y comparte plenamente la tesis de Campbell (anterior vicepresidente ejecutivo de la trasnacional petrolera francesa Total-Fina) sobre el «fin del petróleo barato». Entre los notables asistentes se encontraba nada menos que el banquero especializado en inversiones de energía Matthew Simmons (consejero del controvertido plan energético de la dupla Bush-Cheney), quien llegó hasta afirmar que «el petróleo es demasiado barato por el momento y debe valer 182 dólares -¡sí, leyó bien, estimado lector, con tres dígitos!- el barril.

Debemos cotizar el precio del petróleo en forma realista, para controlar su demanda. A los ricos no les importa pagar 100 dólares el barril». Por su parte, Campbell -cuyas tesis han sido difundidas por Bajo la Lupa desde 1998, a contracorriente del grueso del pelotón de seudoanalistas y tele/radioevangelistas, quienes siempre se equivocan- asevera en forma pertinente que las falsas reservas reportadas por las petroleras (es el caso flagrante de Shell, que las podó, hasta ahora, 23 por ciento) amenazan el abastecimiento de la seguridad energética de igual forma que las bombas a un oleoducto.

A Campbell le faltó la bomba mayor: la especulación financiera, como la «asfixia Arcadia» por medio de la cual los precios del «oro negro» fueron elevados en forma dramática en el inolvidable verano del año 2000 (servicio financiero energético Platts, 4 de junio). Arcadia es el nombre de la compañía mercantil petrolera propiedad de la trasnacional japonesa Mitsui Corp., la cual había comprado de antemano toda la producción del crudo Brent (la variedad británica) para el mes de septiembre a un precio muy elevado, que luego vendió en el mercado nipón a un precio menor, por lo que tuvo algunas pérdidas.

Pero la parte esencial del juego financiero lo estaba realizando Mitsui Corp. en el mercado de futuros de Londres en el célebre Cambio Internacional de Petróleo (IPE, por sus siglas en inglés), donde había comprado «papel-Brent», y que al haber propiciado el alza descomunal durante la entrega física, aun con irrisorias seudopérdidas, al haber conseguido asfixiar al mercado de entrega, a su vez logró ganancias fenomenales con el papel financiero (el «papel Brent») elevado artificialmente.

Platts, el servicio financiero energético (propiedad de McGraw Hill, poseedora a su vez de la ya muy descalificada «calificadora» Standard & Poor’s), no tuvo más remedio que hacer pública la operación «asfixia Arcadia» porque otra empresa petrolera acaba de entablar un juicio en contra de la empresa especulativa nipona; ni más ni menos el «síndrome Enron».

Lo de Arcadia fue hace cuatro años, pero solamente hace cinco meses, exactamente el 12 de febrero pasado, los futuros de petróleo Brent habían alcanzado 179 millones de barriles, un poco más que el doble de la producción cotidiana. Aún hay más: el 14 de mayo pasado, el interés en el «papel Brent» en el mercado IPE de Londres se disparó a 375 millones de barriles en un solo día, cifra jamás intercambiada en la historia: ¡cinco veces toda la producción mundial del petróleo y sus derivados!

Lo más interesante es que mientras la demanda financiera de «papel Brent» se ha disparado en forma exponencial, la producción del crudo tangible Brent ha disminuido de 570 mil barriles diarios en 1999 a 327 mil barriles diarios en 2003. Dicho de otra manera: los futuros financieros de «papel Brent» el pasado 14 de mayo fueron mil 250 (¡con cuatro dígitos!) veces superiores a su producción tangible cotidiana, de por sí en declive.

Pero no queda todo ahí, porque faltaría poner en evidencia el rol preponderante de la plaza financiera de Londres donde se realizan las apuestas lúdicas: el petróleo Brent en vías de extinción representa menos de 0.4 por ciento de la producción total de petróleo en el mundo, mientras se opera la paradoja insólita de que determina el precio de 60 por ciento de todo el petróleo producido globalmente.

Este es el modelo de la globalización financiera que ha enriquecido a la fauna de parásitos financieros globales, quienes, como el banquero escatológico (en el doble sentido de la palabra) Amschel Mayer Rothschild, ganan más cuando abunda la sangre por las calles del mundo. Así las cosas, no hay petróleo ni gas que alcancen. En este entorno necrófilo es más sencillo entender los alcances de la cosmogonía y la metafísica juntas de la burbuja energética que, según nuestra hipótesis operativa, está creando Alan Greenspan, un vulgar inventor de burbujas explosivas de todo género.

Resulta que este tipo de operaciones especulativas en el mercado energético es muy común pero poco conocido por el grueso del público, por ser solamente practicado por un reducido número de petrócratas, plutócratas y oligarcas, es decir, el súmmum del parasitismo económico-financiero, quienes, gracias a la desregulación energética y al modelo pernicioso de la globalización financiera (con su contabilidad invisible en los paraísos fiscales), hacen lo que se les antoja en los hilarantes «mercados» (sic) con sus dados sobrecargados, lo cual no tiene la mayor ciencia y es muy sencillo de prevenir por medio de la abolición de los paraísos fiscales y sus cuentas invisibles.

Por ello nos hemos pronunciado sin equívocos contra la candidez del «impuesto Tobin» (alrededor de 0.1 por ciento a 0.25 por ciento a los capitales golondrinos) que equivale a recetar aspirinas para curarun cáncer terminal. Nuestros aliados altermundistas aún no se actualizan en las altas finanzas globales: lo que hay que tomar y cerrar antes que nada son los paraísos fiscales, para así incitar a su abolición democrática, al mismo tiempo que obligar a transparentar las clandestinas «cuentas invisibles» de las trasnacionales, que evaden la supervisión ciudadana.

En ese preciso momento se derrumbaría todo el modelo pernicioso de la globalización financiera. Pero no se preocupen si no lo hacen, porque se está cayendo sola desde dentro de sus entrañas carcomidas por su codicia infinita.