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El carajazo de Santa Cruz

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Todavía resuenan los ecos de la última convocatoria popular de la Nación Cruceña que culminó con un rotundo "Autonomía, ¡carajo!" que estremeció el caduco Estado boliviano hasta sus cimientos. Si hay que llamar a consulta popular, el mejor ejemplo de un referéndum -de cómo hacer uno, pero sin preguntas capciosas- ya lo tiene, y de lejos, el pueblo cruceño que encabeza el listado de naciones reunidas en torno a la Media Luna.

Fue tal la sonoridad del epíteto que su impronta quedó grabada en los pórfidos y mármoles de la memoria colectiva cruceña a la que esperan impensables glorias, a la par que extremas dificultades en la construcción de su autonomía. El carajazo se incorporará, con entidad propia, al imaginario popular como el otro, el proferido por el mayor héroe civil boliviano de la Guerra del Pacífico. Seriamente, habría que pensar en nominar una calle con la sacrosanta grosería.

Y es que recién sabemos, con algún detalle, que en los obscuros y recónditos pasillos ministeriales y presidenciales, la masiva autoafirmación de identidad nacional de los cruceños llevó a la mayor desesperanza y desasosiego a los pobres hombres que por allá deambulan, casi a escondidas, como atrapados en una novela de García Márquez, impotentes para vencer la crónica ya escrita de su propio aniquilamiento.

No es para menos. Temblaron los centralistas, los unitaristas de siempre, los políticos de turno y los pasados de moda, los mentirosos asesores y los chupópteros sin oficio ni beneficio así como los nostálgicos de la vieja Bolivia soñolienta y provinciana de los años 70. Lejos quedaron los años autoritarios del septenio y del desconcierto ochentista en lo que fue la era del mayor esplendor de la descentralización dirigida, de la gestión autárquica teledirigida de las corporaciones de desarrollo, o de las promesas nunca cumplidas, por el centralismo obcecado, de conceder la sola posibilidad de establecer un mínimo de decisiones políticas auténticamente propias.

El efecto, siempre relativamente positivo, de la participación popular, resultó insuficiente a todas luces. Hoy, el pueblo quiere armar su propio destino por sí mismo, no a punta de decretos y reglamentos tortuosos. Para los "crucos", la espera ha finalizado y, ni siquiera las promesas y reticencias de un ministro salido de su propio terruño, es suficiente garantía. Es el tiempo de las decisiones, más allá de los simples proyectos.

Es el tiempo de la transición. A nuestro juicio, la etapa de pretransición -en alternancias con momentos insurreccionales episódicos- comenzó en abril de 2000 y culmina, advertido ya el objetivo final del nuevo Estado boliviano de las autonomías, en este año de 2004. ¡Cuán cierta resultó nuestra profecía!

La Nación Cruceña impone porque puede y quiere, porque tiene poder y lo ejercita legítimamente ante ella, primero y, ante la historia, después. De no ser así, no tendría la base y el sustento social efectivo, decidido y militante que ha demostrado, incontestablemente, en sus propias convocatorias populares.

Esta, y no otra, es la verdadera base política de la que carece el presidente Mesa cuya popularidad -que declinará, luego del referendo- no es suficiente para entrar con paso propio en la galería de hacedores del futuro (Veáse nuestro "El presidente Mesa, el Kerenski boliviano"). El presidente -historiador él mismo- lo sabe o, al menos, lo intuye y, en la duda de la reciedumbre del adversario que enfrenta, prefiere la vía conciliatoria y acepta, pasiva, resignada y mansamente, la dura imposición a que lo sujetan los plazos y términos cruceños.

A diferencia del referéndum del gas, que no cambiará nada, la Nación Cruceña, con mejor tino y oportunidad históricas, ha impuesto un término breve y perentorio para enfilar el rumbo definitivo en la construcción de su propio gobierno -sea departamental (¡error fatal!), autonomista regional o aún independentista- a través del mismo instrumento de consulta referendaria apropiado oportunistamente por el departamento de prensa y propaganda del régimen de interinato mesista.

Por estas razones, y en homenaje a un mínimo de cautela y prudencia, el presidente ha optado -al dirigirse a la Nación Cruceña- por un tono mesurado, comprensivo, humilde y respetuoso. A ratos se muestra paternal. En el fondo, es patético, no por él, que es un hombre de sobra inteligente, sino por el papel que él mismo ha escogido representar.

Claro, no es lo mismo responder airadamente a las incómodas preguntas de un grupo de estudiantes de secundaria, que a la interpelación que le hacen naciones enteras, desde la Nación Cruceña a la Nación Aymara, todavía en ciernes, cuyo despliegue desde Ayo Ayo -en tiempos, vías y modos ancestrales- parece marcar el fin de la hegemonía política del asfixiante centralismo del Palacio Quemado en La Paz.

Y es que el carajazo cruceño ha alcanzado, como una feroz bofetada en plena campaña electoral-referendaria, al Gobierno central y su máximo personero. Es la constatación que la agenda política no la dictan Mesa o sus ministros, sino los verdaderos y auténticos actores sociales de la nueva era.

Un legalista de viejo cuño, como los que suelen mirar los fenómenos sociales a la luz de los códigos y las compilaciones de decretos -vamos, un fariseo de hoy- afirmaría que el problema es uno de falta de respeto a los símbolos patrios, a las instituciones, a la Carta Magna, las leyes y el reglamento. Sorprendentemente, en curiosa simbiosis de avestruz y constitucionalista decimonónico, ésa ha sido la lectura oficial prevaleciente. Todos, a una voz y en coro armónico, han pedido, con la ingenuidad de Perogrullo y sus mesmeces, mayor autoridad y apego a la ley.

¿Que no fue así? Una revisión de la prensa -y del criterio de los analistas que pueblan el aparato mediático- demuestra hasta qué punto se ha desatado una incontrolable epidemia general de ceguera, miopía y estrabismo políticos. Quizá, en el inconsciente, en lo profundo de esas almas apesadumbradas por los cambios inevitables e inminentes, es el miedo al futuro.

Entretanto, la Nación Cruceña, cuya proclama libertaria -reunidos desde empresarios a oligarcas, cañeros y estudiantes, obreros y campesinos, cambas de antigua prosapia y collas recién llegados a una tierra de promisión- anuncia el final de la etapa de pre-transición (momento prerrevolucionario) a la etapa de transición plena. Inauguran, de motu propio, el momento de definición del cambio querido. En este crucial período, el pueblo grigotano deberá enfrentar el desafío de sentar objetivamente su propia plataforma de refundación política y, por supuesto, deberá resolver sus propias y profundas contradicciones internas.

Pero, ése es un camino que todo pueblo consciente de su destino -y vaya que lo es, el noble pueblo cruceño- asume en resguardo de sí mismo, de sus hijos y de los mejores días a los que aspira legítimamente.

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