Abandoné la universidad después de un semestre y medio, probé mi suerte en la construcción, como mesonero, entregando pizzas y como guardián de seguridad. Todo el tiempo traté de encontrar algún puesto en el mantenimiento del orden, con la esperanza de llegar a ser oficial de patrulla de carreteras en California, como mi tío. Pronto llegué a un punto de frustración en la espera para comenzar mi vida, cuando mi padre me hizo una sugerencia improvisada: “Al fin y al cabo podrías entrar en los Marines”. La idea era que podía hacerlo durante unos años y tal vez ganar suficientes credenciales para llegar a ser oficial de policía y obtener una base que no había logrado hasta entonces. Sin pensarlo dos veces, llamé a la estación de reclutamiento e hice una cita para informarme sobre mis posibilidades. Eran muy simpáticos, y más que eso, eran jóvenes seguros de ellos mismos, y no mucho mayores que yo (tenía 20 años). El reclutador me dijo cómo podía llegar a ser Marine. El propósito de este adoctrinamiento de doce semanas es producir la máquina de matar más eficiente, disciplinada y aguerrida. Los instructores lo logran, dijo el reclutador, al eliminar mis características civiles indeseables, como la individualidad y la inhibición para matar a otros seres humanos, y al insertar rasgos del Cuerpo de Marines, como ser la anti-individualidad por el bien de una ética de trabajo en equipo y, lo más importante, la capacidad e incluso el deseo, de matar a otros seres humanos. La especialidad ocupacional militar de mi reclutador había sido como francotirador antes de tomar esta actividad, de manera que fue muy sincero conmigo en lo que se refiere a la guerra.

Como dije en “Primero Combatir la Cultura”, los civiles son convertidos en Marines mediante un proceso lógico, sistemático, de intenso adoctrinamiento mental y físico. El objetivo es producir soldados capaces de obedecer órdenes con un mínimo de acción propia, con suficiente eficiencia para poder ser utilizados como instrumentos del estado, estén de acuerdo o no con las órdenes. La última parte de esta declaración debería provocar las siguientes preguntas: “Si la guerra es justa, ¿por qué un adoctrinamiento tan intenso? ¿No debería todo ciudadano patriótico promedio mostrar naturalmente suficiente voluntad para combatir por su país si en primer lugar siente la necesidad de apoyar una guerra? Reconozco que para que los militares funcionen, es necesario un cierto nivel de entrenamiento de combate y físico, pero la mayor parte del tiempo en el campamento de reclutas de Marines se dedica al adoctrinamiento mental orientado a ser controlado por los superiores, lo que deja abierta la pregunta de si nuestra política exterior es verdaderamente bastante justificable como para llevar a la gente a combatir si es necesario.

El proceso del campamento de reclutas parece suficientemente simple al observador externo. Vas al campamento, te entrenan para combatir, defender al país contra malhechores, ser un héroe combatiendo y / o muriendo por la libertad. Diría que no es tan fácil y que por cierto hay milenios de filosofías belicistas de todo el globo que informan nuestro actual adoctrinamiento militar, con el objetivo principal, como lo hemos visto a través de la historia, de ser ofensivos por el bien de la expansión del poder, disfrazado de defensa.

Sólo necesitamos considerar los principales militares de la historia, como los de los griegos, romanos, otomanos, franceses, ingleses, portugueses, españoles, holandeses, soviéticos, italianos, alemanes, japoneses, chinos, e incluso los aztecas y los incas, para comprender que el propósito abrumador de los militares estatales ha sido extender el poder del estado. Durante esas guerras, las poblaciones o eran convencidas por el estado de que la batalla ofensiva los defendería contra malhechores o eran obligadas por la fuerza a marchar al paso hacia la guerra, mientras los soldados recibían un bombardeo más intenso de patriotismo que justificaba el asesinato auspiciado por el estado, mezclado con la inyección de gallardía y de caballerosidad, como virtudes.

Vivimos en tiempos diferentes, tal vez con un sistema más sofisticado de adoctrinamiento militar (para el adoctrinamiento civil a través de los medios corporativos, tenemos otras fuentes de análisis, como las de Chomsky, Herman, Zinn, Parenti, Cockburn, St. Clair, Said, y docenas de otros). Toda la filosofía de formación de Marines se basa en el concepto de double-think, como en “1984” de Orwell. Este concepto se basa en que si se puede convencer a alguien para que acepte dos conceptos simultáneamente contradictorios, el resultado es una persona controlable. Por ejemplo, los Marines son entrenados, como lo han sido los soldados desde tiempos inmemoriales, para que se consideren como caballeros en armaduras resplandecientes, cuyo único fin en la vida es defender la vida humana, mientras por otro lado, son capaces de cometer y, por cierto, están encantados con la idea de cometer, las peores atrocidades contra otros seres humanos.

Nos llamaban “Asesinos por naturaleza”, como en la película de Oliver Stone sobre dos asesinos seriales que mostraban una pasión por matar a discreción. Cantábamos canciones que se regocijaban ante la posibilidad de matar y violar a mujeres y niños no-combatientes, de ver a niños quemándose vivos con napalm y de atraer a escolares hacia su muerte con golosinas. Respondíamos a toda orden con la palabra “¡Kill!” [matar]. Mirábamos secuencias de batallas militares en avance rápido con un fondo de "For Whom the Bell Tolls" [Por quien doblan las campanas] de Metallica (irónicamente, una canción contra la guerra), mientras hacíamos retumbar los pies y gritábamos sedientos de sangre.

Mis amigos me advirtieron antes de ir al campo de reclutas de que me iban a “lavar el cerebro”, un concepto que yo temía, con ideas en mi mente sobre víctimas de secuestros que eran maleados mentalmente para llevarlos a la sumisión. El campo de reclutas no fue nada de eso. Sentí poco miedo durante mi “lavado de cerebro” (o, para nuestro propósito, mi adoctrinamiento en double-think). El proceso desgarra ciertamente las entrañas de algunos, pero para mí (y creo que para la mayoría), el proceso mental de sumisión fue relativamente indoloro. El campo de reclutas es el caos bajo control, con los todopoderosos instructores al timón. Controlan todo lo que haces, desde el orden y la velocidad con la que te vistes, a la manera como comes, duermes, y usas el aseo, a la manera como caminas, a la manera como hablas, a la manera como te sientas, a la manera como te paras, a la manera como rezas, a la cantidad de agua que bebes, etc., hasta que sólo haces y piensas lo que te ordenan, lo que normalmente es a través de gritos y empujones. Llega el punto en el que pierdes esa desagradable característica civil de la individualidad mencionada por tu reclutador, y aceptas, no, gozas, por el hecho de que estás bajo su control. Firmaste sobre la línea de puntos, viniste aquí por tu propia voluntad, tiene sentido que te adaptes por adaptarte. Es así de simple para la mayoría de los que nos alistamos, mientras muchos de los que no lo lograron no pudieron librarse de la molesta conciencia que les dice que algo no andaba bien en todo el asunto.

Presento mi primera experiencia como católico como un ejemplo de la naturaleza arbitraria del control mostrado sobre los reclutas por los instructores, que sirve la función de reforzar la sumisión a la autoridad durante el adoctrinamiento. Yo no era católico antes del campo de reclutas, y no soy católico ahora. En realidad, nunca he sido religioso, con la excepción de mis doce semanas en el campo de reclutas. No fue por mi propia voluntad, ¡ojo!, pero llegó el día en el que le dijeron al pelotón que se dividiera en católicos y protestantes (en nuestro pelotón no había sitio para judíos, musulmanes, budistas, hindúes, o cualquier otra religión), y me quedé parado solo en el centro del área del pelotón. Un instructor muscular, feo, con un aliento horrible, se me fue encima y me gritó: “¿Qué mierda es tu religión, White?” “¡Este recluta no es religioso, Señor!” le respondí. “¿Es verdad? ¡No me sorprende que estés tan jodido! (Dos días antes me había seleccionado como líder del pelotón, o “guía”) ¡Sabes qué! ¡Eres un jodido católico! ¡Mueve tu culo de mierda y vente para acá ahora mismo!” Los militares te dicen explícitamente que puedes ejercer la religión que escojas y que si no eres religioso, puedes pasar tu hora de plegarias en el área del pelotón. Eso no existió en nuestro pelotón y aunque he encontrado a Marines que pudieron asistir a otros servicios que no eran cristianos durante sus campamentos de reclutas, también he visto a otros que han sido disuadidos o acosados por no ser cristianos.

Es sólo un aspecto pequeño, pero representa gran parte de la cultura del Cuerpo de Marines. No te apartes de la corriente dominante. Ya no eres tú mismo. Formas parte de una máquina. El joven Marine ya no necesita someterse ante la autoridad después del adoctrinamiento, precisamente porque ha logrado el double-think, que funciona fundamentalmente como un mecanismo de control en el campo de batalla. Esto no se convierte necesariamente en una mente sumisa fuera del terreno de la batalla. El Cuerpo de Marines está repleto de soldados que desprecian a su dirección militar así como la política pero, porque el double-think ha tenido éxito en el campo de reclutas, son controlables durante la batalla, no importa cuáles sean sus puntos de vista políticos o morales en general. Vean a los soldados entrevistados en la nueva película de Michael Moore, “Fahrenheit 9/11”. En una escena, los soldados están jugando con un cadáver iraquí y en la siguiente, ves a un soldado pidiendo la renuncia de Donald Rumsfeld.

Las técnicas de adoctrinamiento vienen en muchas formas, usualmente desapercibidas por los reclutas gracias al caos que los rodea así como porque realmente desean llegar a ser Marines, exactamente como desean estar bajo el control de los Marines. Por ejemplo, igual como los esclavos eran obligados a menudo a referirse a sí mismos en la tercera persona, lo mismo ocurre con los reclutas para Marines. Los reclutas para Marines en mi compañía tenían que decir, “este recluta”, en lugar de “yo”. Así, en lugar de decir: “¿Puedo usar el aseo?” decíamos: “Este recluta pide permiso para usar la letrina, ¡Señor!” Cada vez que uno de nosotros decía “yo” [I], se le ordenaba que nos diéramos en los ojos con los dedos una y otra vez, repitiendo la palabra “ojo” [eye]. Era nuestro “eye” físico”, pero ya no era nuestro “I” personal. Así, una de las mismas técnicas utilizadas para mantener subordinados a los esclavos sobrevive en el Cuerpo de Marines de Estados Unidos, que son los “primeros en combatir” por la defensa del mundo “libre”.

El Marine no puede ser producido de ninguna otra manera que si esta mentalidad de double-think es encastrada en su psique, especialmente en el mundo actual de militarismo imperialista agresivo. Sin ello, ¿cómo podrían convencer a la gente para que arriesgue su vida en guerras tan innecesarias, como no sólo lo han sido en su vasta mayoría en la historia de nuestra nación, sino también en toda la historia humana? Siempre se puede argumentar que algunos aspectos de las guerras han sido justificables en el pasado, pero la cantidad de oportunidades en las que militares estatales han invadido por razones falsas o directamente imperialistas sobrepasa la de las “guerras justificables” en factores múltiples, y seguirán ensuciando a las sociedades humanas hasta que comencemos a confrontar nuestros valores como seres humanos, con el objetivo de evitar la guerra hasta que sea un último recurso.

Artículo publicado por CounterPunch, traducido para Rebelión por Germán Leyens y reproducido por Altercom.