“... Aquí estamos, así somos, con una esperanza que abre caminos” Dayra Quiñónez, cantora, desplazada de Arauca, Colombia

Altamira: “Fiebre de sábado por la noche”

Es Caracas. Son las 9 de la noche de un 11 de abril, pero dos años después de aquel día en que se cometió el primer y breve golpe de Estado contra una de las complejas democracias de América Latina.

En lugar de asistir a la nocturna concentración chavista de la victoria, a la cual se me invita, decido aceptar la propuesta de una amiga, que no es ni chavista ni opositora, y perderme en Altamira, el famoso barrio residencial “símbolo de la sociedad civil contra la dictadura castrista de Chávez”. Por azar, voy con una camiseta negra que luce una fotografía antibélica de Lennon. La caraqueña se ríe. “Con esa camiseta no vas a tener líos en Altamira, porque la polarización en Venezuela nos ha dividido en dos colores: rojo chavista, y negro de la oposición”.

No me gusta el panorama que encuentro, y más por razones anímicas: hay lienzos inmensos, todos de color negro, cubriendo edificios, las entradas al parque y los puentes aledaños, violentamente fúnebres, y muchas estampas religiosas, de santas y santos “que vencieron al comunismo” en la España de Franco. Un individuo, desde la plataforma puesta hace dos años en aquel sitio, y al que nadie hace caso, habla micrófono en mano a la poca gente que se concentra en Altamira. Alcanzo a contar 37 personas, la mayoría vestidas de negro. “Es que Venezuela está de luto por el castro-chavismo”, me explica un hombre que, creyéndome de ‘su lado’, alcanza a mirar con sospecha al pacifista Lennon en mi pecho.

Vámonos porque todo está tétrico”, le digo a la muchacha, comentándole que Venezuela debe ser de los pocos países donde los noticieros y programas de opinión tienen una sola voz, en una sola vía, durante todos los días del año. ¿Ya te diste cuenta?, me pregunta irónica, al referirle que me pasé la noche anterior mirando todos los canales desde las 8 de la noche a las 4 de la madrugada, y solo emitían noticieros y programas durísimos contrarios a Chávez, hasta aquella hora.

¿Quieres tomar una cerveza de la Oposición en el mejor bar de Altamira? me propone, mientras salimos de la plaza que miro por última vez: a los pocos niños que andan con sus padres, también han vestido de negro. El bar luce desolado. Pocas mesas, cero gente. “Aquí venían los famosos de Venevisión, actrices, actores, muchos ejecutivos de PDVSA y chicos guapos del barrio alto. Esperemos un poco, que le cité a una amiga para que te conozca”, me suelta, ante el asombro de encontrarme con un bar que, en sábado de noche, estaría bien para un pueblito fantasma de los andes, o mi conventual Quito de toda medianoche.

Mientras pruebo la “Polar”, que los chavistas no consumen, ella me explica: “Hasta hace dos años, este bar estaba repleto. Eran los días en que se creía que sería fácil acabar con Chávez y la gente del barrio alto todavía se reunía como en sus mejores tiempos. Luego del paro petrolero, Chávez botó de PDVSA a 18 mil ejecutivos, y como fracasaron las huelgas de la sociedad civil, la gente empezó a emigrar a Miami o a sus fincas en los estados donde los gobernadores son antichavistas”.

Llega la amiga de Altamira: “¡Ay qué pena, vale!, esto ya no es como antes, ¿recuerdas, Maryluz?”, dice al sentarse, aburrida de llegar a un bar tan especial. “¿Y a qué te dedicas tú? Ah, eres de Quito, ¿y es bonito Quito?, te digo como para irse a vivir allá, vale”. Soy ejecutivo de marketing y jefe de publicidad mega-empresarial para una corporación que desea invertir en Altamira, le respondo serísimo, para sacudir el aburrimiento de tan famoso bar. Y empieza un diálogo exclusivo sobre marketing y viajes al exterior. “Qué bueno que conozcas EEUU, vale, y chévere tu optimismo, porque acá invertir es una locura”. Mi amiga me guiña y se sonríe. Solo al final, como feliz de tomarle el pelo, le digo “no, realmente soy agente del chavismo internacional”. Confundida me escucha decir que vine invitado por “la revolución bonita” y que es mi quinta vez en la Quinta República.

Ni siquiera se oye música y nadie vuelve a preguntar si queremos otra “Polar”. Tan solo dos modelos, dignas de Altamira, se acercan a ofrecernos cupones para un lejano concurso de televisión que ya nunca podré reclamar, si es que gano.

Al regresar al hotel, los chavistas me miran de reojo, como pensando “Y este tipo, qué hace con camiseta negra aquí”. Reaccionan mal al contarles: “No fui a la marcha, porque estuve en Altamira”. No salen de su asombro: “Pero ¿tú estás con nosotros o con los otros?, vale”. Les explico lo ocurrido y medio se tranquilizan.

Al cabecear la madrugada, debo agradecerle a mi sabia amiga por ese recorrido anónimo que valió más que cien marchas y mil noticieros. “Mañana ponte una camiseta roja, que te llevo a los suburbios más pobres. Y que lleve una imagen del Che, por si acaso”.

La Paz: pañuelos blancos

Estamos en la ciudad de El Alto, a pocos minutos de La Paz. Todavía hay escombros en la carretera, restos de neumáticos quemados y pedazos de adoquines que sirvieron de barricadas a lo largo y ancho de esta ciudad satelital. Es la zona pobre, obrera y campesina, de emigrantes expulsados de otras regiones de Bolivia y de La Paz misma, donde trabajan las mañanas y desde la que retornan las noches después de cada jornada.

Formo parte de una misión internacional de derechos humanos que llega pocos días después de la masacre de El Alto, como se conoce a la jornada sangrienta que se llevó la vida de decenas de bolivianos y dejó mutilados y damnificados en El Alto, en la capital y las comunidades indígenas. Con Nora Cortinas, de las madres de Plaza de Mayo de Argentina, un sacerdote brasileño y una abogada paraguaya, llevamos varios días recorriendo cada lugar donde quedan los rescoldos de la estrepitosa y casi imposible de creer caída de Gonzalo Sánchez de Lozada.

Subimos a los cerros cercanos al Alto. Desde el amanecer nos esperan rostros de piedra antigua, que nos saludan en aymará. La traductora explica los motivos de nuestra presencia y nos va contando en español el relato de cada sobreviviente.

Señalan el cerro y cuentan, en aymará impenetrable: “Allá corrimos cuando empezó la balacera. Mujeres, niños y hombres subimos el cerro para escapar de la bala. Nos mataron a diez, otros aún no aparecen. Nos cazaron como animalitos. Vengan y miren”. Subimos el cerro y con ellos miramos: hay cruces de palo arropadas con pañuelitos blancos, de manera que parecen espantapájaros chiquitos ondeando una cometa triste. “En cada sitio donde cayeron nuestros muertitos, pusimos la cruz y la bandera blanca”, relatan los más viejos. Y por qué dispararon, atina a decir alguien, que pareciera no vivir en América Latina. ¿Y ustedes respondieron con sus armas?, pregunta otro, que pareciera no ser de América Latina.

Son cruces sencillitas, en cada loma, separadas unas de otras por cada pendiente que en las jornadas de El Alto, hubieron de plantar para que nadie olvide. Empieza una fría llovizna que no cesará hasta salir del lugar. Ya vamos bajando, los silenciosos integrantes de la misión, y las decenas de indígenas que vuelven a llorar o a maldecir, que es otra forma de recordar en El Alto.

Esa manía personal de buscar la soledad en ratos como estos, me hace aquietar el paso y bajar último hasta la carretera. Las campesinas me ofrecen una sombrilla, empapadas. Justo me señalan un sitio, al costado del cerro. Les pregunto qué es. El cementerio del lugar, donde lápidas y cruces de piedra caliza, se yerguen entre el suelo del páramo apuntando al cielo más gris de América Latina. Ese instante, casualidad que no se olvida, caminan niños indígenas entre las cruces y las lápidas. Parecieran fantasmas saliendo entre la neblina y la garúa que no termina, resucitando del potrero para avisarnos que no olvidemos. Una niña me sonríe, puro pellejo y desdentada. El ex-presidente dijo que su caída obedeció a una conspiración extremista internacional. Y estos son los conspiradores.... es como para llorar siglos.

De vuelta en El Alto, visitamos todos los hospitales. Noventa y seis bolivianos yacen en la sala de emergencias, otros en terapia intensiva, los más en las habitaciones de rehabilitación. Sin un ojo, sin brazo, sin piernas. Las familias se juntan por montones, “porque del platito de los enfermos alcanzamos a comer una cucharita los demás”. Un muchacho de 15 años, al que le han operado dos veces, muestra las huellas de la bala en su estómago. Nos dice, al despedirnos: “Es mi aporte a mi Bolivia”.

El procurador de Justicia del nuevo régimen escucha atento nuestro testimonio en La Paz. Le digo que es necesario que la autoridad haga presencia humana en el lugar, con comida y medicinas. Promete ir al Alto y sube días después. Recorre los mismos cerros y hospitales. Cuando en la calle la gente le rodea para pedirle la milenaria demanda -alimentos y prótesis- él busca un hombro, una mano. Se deja caer, sentadito, en la acera, en plena calle de El Alto, y tapándose el rostro con las manos, se pone a llorar. Se desata en un llanto inolvidable. Este montón de gente campesina, que antes le exigía todo lo perdido y lo que nunca ha tenido, piadosamente le rodea y le abraza, le acaricia la cabeza, como si fuera un niño, y le extiende, para que se seque el llanto, un pañuelito blanco. Blanco como las cruces del cerro.

Quito: Eva vuelve al paraíso

Eva lleva el nombre de la primera mujer. Eva tiene los brazos llenos de erupciones y de llagas. Viene a Quito con 17 más, adanes y evas de un paraíso al revés. Viene del sector de La Punta, en la provincia de Sucumbíos, el lugar más lejano de la frontera, cercano al Putumayo colombiano. Ayer ha concluido el certamen de Miss Universo en la capital, y hoy Eva luce matinal. Una banda ciñe su cintura: “Miss Plan Colombia”, reza la banda de esta reina pobre, que Eva la exhibe en las afueras de la embajada colombiana en las calles Colón y Amazonas.

Durante cuatro años su comunidad de colonos y campesinos ha visto en el cielo las avionetas que sobrepasan el lado ecuatoriano y los helicópteros que las escoltan, en guardia de cualquier ataque. Desde el 2000 Eva ha sentido náuseas, mareos, y visto cómo emergen en su piel erupciones y llagas después del paso de las avionetas. Ha recogido, en suelo ecuatoriano, octavillas que lanzan los helicópteros, difundiendo las bondades de la erradicación de los cultivos ilícitos “en el Putumayo”. Eva y su Adán, mantenían hasta entonces sus peligrosos cultivos de yuca y plátano, a este lado del río San Miguel, que separa ambas fronteras, ambos paisajes. Durante cuatro años ha escuchado bombazos y el vuelo rasante de los helicópteros y avionetas. “Echan un líquido, sale humo, y al poco rato nos da tos, mareos, dolor de cabeza. A los pocos días aparecen los peces muertos, y los guaguas tienen salpullido en todo el cuerpecito”. En cuatro años nadie ha respondido. O sí: luego de mucha presión, estas comunidades un día logran del gobierno ecuatoriano que se comprometa pedir a su par colombiano que suspenda las fumigaciones temporalmente, y que al rehacerlas, las realice 15 kms. lejos de la frontera ecuatoriana. En cuatro años les han explicado, del otro lado, que las fumigaciones no impactan en la salud, la piel, la vegetación o la fauna. Pero vuelven las erupciones, la tos, los mareos y las llagas. En cuatro años el gobierno ecuatoriano, y su par del otro lado, se niegan a reconocer una verdad tan alta como el cielo de La Punta.

Eva, ahora, enseña su bandita de reina al revés. Y ella, y las otras Evas y sus Adanes, fumigan con glifosato (palabrita tan difícil, dice Eva), las afueras de la embajada de Colombia en Quito. Al día siguiente ella se mira el rostro en los noticieros de televisión y los periódicos. Sonríe y atina a decir: “Me veo fea, pero por fin nos sacaron en la tele”. No estás fea, Eva, estás muy linda, le respondo. Fea ella, la embajadora, mirá lo que nos dice: “Me parece bien que hayan fumigado la embajada, para que se compruebe que el glifosato no hace daño alguno. Esa gente tiene todo el derecho a reclamar, pero tenemos todo el derecho soberano a seguir fumigando en la línea de frontera”. Eva, viéndola, promete regresar a la capital, retornar -otra vez- al paraíso perdido. Como si la estuviera oyendo, le habla a la señora de la foto: “Volveremos”, dice.