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“Aquí vengo a rescatar a estos amigos que dejé olvidados”, dijo con su habitual campechanía y la charla siguió mientras caminábamos hacia uno de los salones atravesando el patio principal del Palacio. Frente a las fuentes, en la noche húmeda de Caracas que prenunciaba el aguacero, soltó su preocupación central: las colas interminables, el estoicismo de los más humildes que aguantaron en muchos casos más de doce horas. Confesó que había discutido con los integrantes del Consejo Nacional Electoral para que se abrieran más centros de votación para dar cabida a los dos millones de nuevos votantes. “Lo que ellos dicen -admitió- es que hubiera sido un lío que todos quedaran correctamente registrados en ese poco tiempo. En eso ellos tienen razón, pero, chico, no me gusta ver cómo está sufriendo la gente.”

Para esas horas quedaban aún 55 mil caraqueños sin votar y aún no había sufragado medio millón de venezolanos. Cuando nos aposentamos en un salón Segundo Imperio, atiborrado de grandes óleos con personajes históricos que Chávez venera, como Bolívar y Sucre, o considera “vendidos” como a Páez, compartió sus preocupaciones con nosotros con absoluta llaneza y confianza.

Disponía a esa hora (una de la madrugada) de números que ya prefiguraban la victoria aplastante: sobre un total escrutado del 35 por ciento, el No había conquistado el 58 por ciento de los votos, contra el 42 del Sí opositor. La publicidad de esos datos podía frenar posibles maniobras de la oposición que se atribuía la victoria, pero el gobierno no quería violar la ley que las autoridades electorales habían establecido. Pensaba en ese instante, como Perón en otro momento histórico, que la mujer del César no sólo debía ser honesta sino parecerlo. Pero la preocupación no cesaba. Delante de nosotros llamó a varios ayudantes para saber cuántos venezolanos aún no habían votado y ordenó que enviaran agua, chocolate, café, galletitas y colchonetas para aliviar a todos aquellos electores (especialmente los de las barriadas más populares) que seguían firmes en las filas, consumando un extraño milagro: el de la democracia participativa. Una verdadera revolución democrática.

En Palacio ya estaba María, la hija de Chávez que en el golpe de abril logró salvarle la vida a su padre. Y el nieto, Manuelito, en su coche de plástico rojo, con la calcomanía no menos roja del No.

Acompañamos luego al líder venezolano a esa Sala de Situación (con su gigantesca mesa ovalada) desde la cual había seguido las peripecias de la histórica jornada. Allí estaba el vicepresidente José Vicente Rangel, elegante, irónico, con su bigote blanco de explorador inglés. Y el ministro de Planificación y Desarrollo, Jorge Giordani, ascético, bondadoso, inclaudicable. O el ministro de Comunicación e Información Jesse Chacón. Y otra cincuentena de hombres y mujeres del núcleo más cercano a Chávez. Los jugados en todas las peripecias. Los leales. Los representantes de una nueva política que vino a sepultar al “cogollo” oligárquico de Acción Democrática y el Copei, la vieja casta política de la Tercera República. La que Chávez da por finada con el resultado de este referendo. Participamos, como si fuéramos venezolanos, como si fuéramos de “la casa”, del júbilo que estalló de pronto, en lágrimas y abrazos. Hasta nos sentimos ligeramente incómodos de participar en esa intimidad del triunfo junto con sus reales artífices.

Luego vinieron horas de vigilia, pegados a los televisores que mostraban la emisora oficial, escoltada por los privados, beligerantes, activos, manifiestamente desbordados en lo que debe ser el papel de un medio. El Consejo Nacional Electoral no acababa de dar las cifras y se especulaba con lo que podía llegar a decir el secretario saliente de la OEA, César Gaviria, quien finalmente se pronunció a favor de los resultados preliminares. Como el otro veedor, el ex presidente norteamericano Jimmy Carter, quien no sólo elogió la transparencia del proceso electoral venezolano, sino que en rueda de prensa llegó a compararlo ventajosamente con las cuestionadas elecciones que le dieron la presidencia a George W. Bush.

Cuando por fin se dieron las cifras preliminares hubo un segundo estallido de júbilo y todos salimos de la Sala de Situación para fundirnos en abrazos con otros visitantes. Afuera una multitud chavista lanzaba cohetes y cañitas voladoras esperando al líder. Que salió al balcón a las cinco y media de la madrugada. Y pronunció un discurso generoso hacia las venezolanas y los venezolanos que habían votado por el Sí.

Luego cayó un aguacero macóndico. Y quedamos todos mojados y felices.