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El presidente ruso Vladimir Putin orando en una iglesia cristiana ortodoxa por las víctimas del ataque terrorista en Beslán, en su mayoría niños.
Foto tomada el día 7 de septiembre 2004 en Rusia. D.R.

«Detrás» del desenlance trágico del infanticidio masivo de Beslán, ciudad de Osetia del Norte -con mayoría de cristianos ortodoxos, que pertenece a la Federación Rusa en las entrañas del Cáucaso norte-, se perfila toda la geopolítica del petróleo y la nueva aventura del terrorismo trasnacional a inicios del tercer milenio, en donde el «choque de civilizaciones» huntingtoniano cosecha sus mejores frutos en el complejo mosaico étnico-religioso del Transcáucaso: «puente añejo» desde el siglo XIV de la «ruta de la seda», que vincula los intercambios entre Asia y Europa, y «puente nuevo» que, desde la disolución del imperio soviético, conecta el mar Caspio, la tercera reserva de petróleo más importante del mundo, con el mar Negro.

Ninguna región se parece más a los trágicos Balcanes que el Cáucaso, que exhibe los rescoldos hereditarios de las placas tectónicas del siglo XVII entre la cristiandad eslava rusa, el imperio persa chiíta y el imperio otomano sunita. Con el infanticidio de Beslán, las placas tectónicas del «choque de las civilizaciones» han agrietado mucho más la profundidad de sus fracturas atávicas, cuyas reverberaciones alcanzan al Medio Oriente, Asia Central y el subcontinente indio: los «Balcanes euroasiáticos» definidos por Zbigniew Brzezinski en su libro premonitorio de hace siete años: El gran tablero de ajedrez mundial: la supremacía estadunidense y sus imperativos geoestratégicos.

El infanticido de Beslán forma parte del diseño de ruptura de los nuevos puentes estratégicos establecidos entre Europa y Asia. No fue gratuito que el presidente francés Jacques Chirac y el canciller alemán Gerhard Schroeder hayan acudido a Sochi, centro veraniego del mar Negro, para apoyar al presidente Putin en medio del torbellino terrorista que se abatió sobre Rusia desde Moscú hasta Beslán.

Chirac vive su propio vía crucis con el secuestro de dos periodistas franceses a manos de las «fuerzas oscuras» de Irak que perpetraron la matanza de una docena de nepaleses que reverberó con las represalias del ataque a una mezquita de la minoría islámica en Katmandú, capital de Nepal, al unísono de la multiexplosión terrorista en el Cáucaso norte.

Va viento en popa el guión del «choque de las civilizaciones» en la cartografía de los «Balcanes euroasiáticos» de Brzezinski: Nepal, rodeado por India y China, constituye el único «Estado hindú» del planeta. ¿El incendio de las fronteras islámicas de Rusia, China e India, tres potencias emergentes del nuevo siglo, forma parte del guión dual de Huntington y Brzezinski?

Desde la disolución de la URSS, que abrió la caja de Pandora de las decenas de etnias del Transcáucaso en búsqueda de su nuevo acomodo geopolítico, el fantasma de la balcanización ha rondado en Rusia y se ha exacerbado en el segundo mandato de Putin, quien vive la mayor prueba de su vida. Con el saldo pesado del infanticidio a cuestas, Putin declaró, en su lúgubre alocución a la nación en estado de choque sicológico, que los «enemigos de Rusia» (no especificó) deseaban desmembrar algunas de sus partes debido a su estatuto de superpotencia nuclear.

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El presidente Putin conversando con las autoridades de Osetia del Norte
Foto Gobierno ruso, 4 de septiembre 2004. D.R.

A su juicio, balcanizar a Rusia equivale a paralizar el cerebro de mando de su arsenal nuclear. El infanticidio de Beslán es todavía más traumático debido a la vulnerabilidad demográfica de Rusia, donde la tasa de mortalidad excede la de natalidad, y que tanto exultan «sus enemigos», quienes profetizan que perecerá a fuego lento por «muerte demográfica». Después de Bibi Netanyahu, el ministro de Finanzas del gabinete de Ariel Sharon, quien catalogó a los palestinos como el equivalente de los mexicanos frente a la pureza étnica blanca protestante, la «guerra demográfica» se volvió la nueva obsesión de Huntington en su más reciente libro: ¿Quienes somos?, que coloca a los migrantes mexicanos como la «primera amenaza a la seguridad nacional» de los blancos protestantes de Estados Unidos, basado en las elucubraciones sicóticas de Castañeda Gutman (según reportó El País).

En medio de la controvertida elección presidencial en Chechenia y en el lapso de una semana, desde los dos avionazos de pasajeros, pasando por el atentado a la entrada del Metro de Moscú, hasta el infanticidio de Beslán, Rusia vive de diferente manera su propio «11 de septiembre»: el terrorismo trasnacional ha vinculado en su macabro cronograma el 11 de septiembre de Nueva York con el primero de septiembre de Beslán, fecha de la captura de su escuela. El atribulado Putin sentenció que el «terrorismo internacional había declarado una guerra de gran escala contra Rusia». Después del atentado al avión de pasajeros de la ruta Sochi-Moscú, Putin había señalado a Al Qaeda como culpable, y ahora los multimedia rusos han sido prolíficos en enfatizar el origen «árabe» de varios de los infanticidas.

Putin realizó una fuerte autocrítica geoestratégica de cómo en Moscú no se había entendido la dimensión del colapso de la URSS que debilitó al país al dejar porosas sus fronteras, y que fue también infectado por «la corrupción de las agencias de seguridad». En fechas recientes, el ejército ruso ha sufrido purgas dramáticas en su cúpula y no es ningún secreto apuntar los vínculos entre la «mafia rusa» y los separatistas chechenos, que retroalimentan de armas y estupefacientes a los «mercados negros» desde el Transcáucaso hasta los Balcanes.

Chechenia, además de su geopolítica petrolera, es la caja de resonancia de los juegos del poder tras las murallas del Kremlin. No estamos desvirtuando las veleidades independentistas de los islámicos de Chechenia y sus primos étnicos de Ingushetia (frontera oriental de Osetia del Norte), pero tampoco se puede ocultar que sea en Chechenia donde se efectúan las mayores transacciones en dólares de toda Rusia, ni se puede soslayar que los «oligarcas» -que se beneficiaron de las privatizaciones alocadas de Yeltsin (el caso trascendental del defraudador encarcelado Mijail Jodorkovsky, aliado de los Rothschild y Kissinger)- tengan vínculos pecuniarios con los separatistas chechenos en el que resalta el financiamiento de Boris Berezovsky al líder checheno Shamil Basayev (Pravda, 6 de marzo de 2002).

El «oligarca» Berezovsky, perseguido por la justicia rusa por evasión fiscal, se ha refugiado en Londres, donde goza del «asilo político» del gobierno de Tony Blair, desde donde mueve varios de los hilos del ajedrez geopolítico del Transcáucaso para socavar a Rusia, más que a Putin.

Menos se puede omitir que el «11 de septiembre ruso» se escenifique en medio del apretón de tuercas que ha ejercido Putin a la petrolera Yukos, desde donde el otrora multimillonario Jodorkovsky había empezado a «comprar» a Rusia entera, como parte de su balcanización mediante la privatización desregulada, y cuyas acciones trasnacionalizadas hubieran sido controladas desde la City y Wall Street.

Tanto las repúblicas islámicas de Ingushetia y Chechenia, como la cristiana ortodoxa Osetia del Norte, poseen pletóricos yacimientos de petróleo y gas. La otra Osetia, del Sur, pertenece a Georgia, de la que busca independizarse con la ayuda de Moscú, lo que ha llevado a graves tensiones prebélicas. En la transfrontera entre Rusia y Georgia (gran aliada de Estados Unidos) opera un juego de movimientos separatistas de las repúblicas autónomas islámicas y cristianas que, dependiendo del caso, cuentan con el apoyo, ya sea de Moscú, ya sea de Washington y Londres (que controlan a Georgia).

Además, Moscú y Washington poseen sus respectivos proyecto y trayecto de oleoductos para extraer el petróleo del mar Caspio y transportarlo hasta el mar Negro, lo que ha llevado a la «guerra de los oleoductos» en el Transcáucaso. Cabe recordar que el megaespeculador George Soros (íntimo aliado de Berezovsky, los Rotshchild y Kissinger), instaló a Mijail Saakashvili en la presidencia de Georgia por medio de un «golpe de Estado demo»crático.

Sobran las repúblicas para separar en el complejo mosaico multiétnico del Cáucaso norte, en especial a lo largo de la incandescente transfrontera entre Rusia y Georgia, que denota una «fortaleza de lenguajes» (más de 50), como la ha denominado The National Geographic Society: las islámicas Chechenia, Ingushetia, Daguestán, Adigai, Karachai-Cherkes, Kadardo-Balkar y Nalchik, y las cristianas ortodoxas Osetia del Norte y Osetia del Sur, así como la híbrida Abjazia. Sin contar en el Caúcaso sur a la islámica Adjaria (perteneciente a Georgia), ya no se diga los enclaves de Najicheván (islámico) y Nagorny-Karabaj (cristiano) que llevaron en 1987 a la guerra entre la cristiana Armenia y la islámica Azerbaiyán.

Desde 1994, durante la «primera guerra de Chechenia», se sabía que Grozny, su capital, contaba con la segunda refinería más importante del Transcáucaso después de Bakú, la capital de Azerbaiyán, colindante con el superestratégico mar Caspio; Bakú y Grozny se conectan con un oleoducto estratégico. El delicado contencioso de Chechenia se ha contaminado del terrorismo internacional, y un «efecto dominó» de su independencia afectaría de nuevo a Daguestán, que le brinda a Rusia la mayor parte de su litoral en el mar Caspio y cuya virtual separación le asestaría un golpe demoledor a Moscú

Prometeo encadenado, la soberbia tragedia del genial Esquilo, relata su castigo en las montañas del Cáucaso, donde una águila devoraba su hígado por haber hurtado de los dioses del Olimpo el secreto del fuego para regalárselo a los humanos, que lo usaron para la creación, pero también para la destrucción. Como Prometeo, Putin se encuentra encadenado al contencioso acumulado del Transcáucaso, que peligrosamente se ha desparramado hasta Moscú y otras ciudades rusas, con lo que paga su osadía de haber convertido a Rusia en el pivote geoestratégico euroasiático como resultado del empantanamiento anglosajón en Irak.

A diferencia de Prometeo, que en su calidad de Titán poseía un hígado inmortal que permitía su regeneración, el de Putin es mortal, por lo que le urge encontrar una fórmula creativa para salir de la diabólica trampa que le han tendido sin caer en la «tercera guerra mundial» que buscan los «enemigos de Rusia» para encubrir su debacle financiera.