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Princesa de Asturias:

Reciba mis felicitaciones por su cumpleaños del miércoles, el primero "a bordo" de Su Alteza el Príncipe Felipe. La felicito también por haber dejado atrás el estrés del cierre de emisión en televisión española para dedicarse al principesco oficio que usted está enalteciendo.

Pero comprenderá que no hay almuerzo ni felicitaciones gratis. Así que voy al grano: le pido el favor de que haga hasta lo imposible para que nos devuelvan el tesoro de los Quimbayas que desde hace más de cien años está en el Museo de América, en Madrid.

Un presidente de la tierra, Carlos Holguín (1886-1892), ex embajador en Madrid, se acostó aliviado un día y se despertó generoso. El hombre es manirroto con lo que no es suyo, filosofa mi madre. Y el tesoro Quimbaya, unas invaluables 200 piezas de orfebrería precolombina saqueadas por guaqueros en tierras del actual departamento del Quindío, todo un paraíso terrenal para el turismo, cambió de dueño, por decisión bilateral de Holguín y de su insomne canciller, el soñador don Marco Fidel Suárez, a quien le quedó muy bien redactada, sin un solo atentado contra la gramática, la carta remisoria de la dádiva.

No consultaron con nadie, contó alguna vez ese gran historiador que fue el maestro Germán Arciniegas. Bueno, consultaron con el gobierno venezolano dizque para hacer entre los dos países el regalo. Venezuela todavía no ha respondido. Ellos no fueron bobos.

La actualizo, Doña Letizia: El regalo se hizo dizque en gratitud por un laudo arbitral proferido por su país a favor de Colombia, en un pleito limítrofe con Venezuela. Y para celebrar el inicio de las relaciones colombo-españolas después de las guerras de independencia. Los historiadores que ven el gusano donde otros no vemos la res, sospechan que durante la embajada de Holguín se había creado un clima de telenovela entre él y la reina regente, doña María Cristina, a espaldas del rey Alfonso XII.

Pero no le metamos morbo erótico al tesoro porque se nos enoja el hombre que está detrás de la devolución, el cuyabro (quindiano), Jaime Lopera, un historiador y escritor cuyas obras son tan exitosas que se venden, piratiadas, en los semáforos.

Lopera no sabe de derrotas: se impuso la tarea de repatriar las cenizas de un escritor prohibido en Colombia, don José María Vargas Vila, y lo logró. Lo mismo le pasará con el tesoro si usted, Doña Letizia, le da una mano. Podría aprovechar que estamos a pocas semanas del 12 de octubre, fecha del descubrimiento de América, para hacer la gestión. Devolver el tesoro no hace pobre a España pero sí vuelve ricos a los 43 millones de colombianos que en esta causa somos quindianos.

¿No le parece muy feo eso de quedarse con lo que no es de uno, Doña Letizia, así se lo hayan regalado? No, eso no está bien. Por eso, de noche, antes de ponerse a fabricar herederos, usted debe hablarle clarito al oído a su prolongado consorte: "Ve, mijo (o cuchicuchi, o Príncipe, o marido, o Felipe, lo que sea): ¿No sería bueno devolverle a estos alharacosos colombianos lo que no es nuestro? Consúltalo con la almohada y hablamos mañana. Yo no escribo tan bien como don Marco Fidel, pero redactaría la carta con la devolución. El matrimonio no me ha hecho olvidar que soy periodista primero y Princesa después".

En Colombia, Doña Letizia, nuestra dirigencia ha sido más bien retrechera a la hora de exigir la devolución. Nos da culillo exigir lo nuestro. El Ministerio de Cultura colombiano se ha ido por las ramas ante el clamor de los quindianos: que ese no es asunto nuestro, que qué pena con los Reyes, que qué dirá Rodríguez Zapatero, que zapatero a tus zapatos, que eso se maneja a través de la cancillería, que vamos a ver, que patatí, que patatá. Pura paja, Princesa.

Coja usted, colega, el toro por los cuernos, y denos la buena noticia de que el Tesoro volverá a sus legítimos dueños. En reciprocidad, le recuerdo que devolver lo que no es de uno es de buen agüero, con lo que quiero significar que nos entregan el tesoro y el primer heredero será varón. Y así no tendrán que pasarse la vida buscando un chaval. Le dejo la inquietud. ¡Y olé!