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James Fendell, presidente de la agrupación de Cámaras de Comercio de Estados Unidos en América Latina.
Foto Caribbean-Central American Action (CCAA).

«No confiamos en la justicia peruana» declaró muy suelto de huesos James Fendell, presidente de la agrupación de Cámaras de Comercio de Estados Unidos en América Latina. Dejó entrever, además, que mientras no se solucionen los temas legales pendientes de empresas gringas en Perú, las posibilidades del Tratado de Libre Comercio, TLC, se hacen remotas.

Más aún, el embajador ¡qué casualidad! de Estados Unidos aquí, James Curtis Strubble, disparó todos sus misiles contra los partidos políticos peruanos y sus líderes y les dijo de todo. Lo más rescatable fue que eran seres humanos pero que gozaban del peor prestigio de malos entre malos y corruptos. Por lenguaraz no se queda Mr. Curtis. Y los de Transparencia, organización que lo invitó ¿son caja de resonancia de aquel personaje?

¿Qué falta ahora? Pues sólo que venga algún «especialista» estadounidense que nos diga que ya no debemos consumir papa amarilla ni comer lomo saltado. Los comisarios gringos se pasean en Perú como Pedro por su casa y hablan de todo y en cuanta ocasión les es propicia, motu propio o invitados como estrellas que no son, a eventos de muy discutible calidad analítica. ¡Qué tal cuajo!

No podemos retacear méritos a los oficialistas que han procurado, a troche y moche, esta nefasta circunstancia. Por ejemplo, el más notable, el ministro del TLC e Intereses Extranjeros -oficialmente denominado de Comercio e Industria- Alfredo Ferrero, no pierde ocasión de mostrar su vasallo tributarismo a Estados Unidos prometiendo la firma de un TLC antes que se vaya jubilado su amigo Roberto Zoellick y ante la catastrófica visión republicana de una derrota sin atenuantes en noviembre. ¡A tal entreguista, tal dudoso honor!

Aquí es inimaginable un Perón que en 1946 le dijo cuatro frescas en la mismísima cara pelada al embajador norteamericano Spruille Braden. Harto ya de las locuaces interferencias del gringo, Perón contestó a una exigencia del diplomático y señaló que en Argentina a quienes pedían aquello, se les llamaba: ¡hijos de puta! Braden fugó sin despedirse y los ayudantes de Perón jugaron por largo rato un partido de fútbol con el sombrero del norteamericano. ¡Qué tiempos y pantalones aquellos!

¡No! ¡Aquí por una confusión entre dignidad, respeto y estupidez sumisa, se glorifica al gobierno de Estados Unidos que pretende impunidad para sus soldados en cualquier parte del mundo, arancel cero para el algodón, libre albedrío para el uso de derechos de autor y medicamentos y respaldo para su fallida lucha contra el terrorismo que no ha sido sino ¡vulgar y criminal bombardeo de poblaciones y países inofensivos! Y eso lo impulsan autoridades oficiales que no trabajan para el Perú sino para sus intereses particulares y egoístas.

¿Cómo puede entenderse que diplomáticos norteamericanos se sientan muy orondos de comentar asuntos internos del Perú sin que nadie les dé un coscorrón o llamada de atención? ¡Pero, si tienen patente de corso! ¡Qué situación aberrante!

¡Atentos a la historia; las tribunas aplauden lo que suena bien!

¡Ataquemos al poder; el gobierno lo tiene cualquiera!

¡Hay que romper el pacto infame y tácito de hablar a media voz!