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A esta altura ya los medios de comunicación y diversas organizaciones sociales y políticas -aunque no tantas como quisiéramos- hicieron sus balances de la jornada del 12 de octubre. Como pocas veces la noticia fue, en esta ocasión, inocultable. También debió hacerlo el gobierno; no sabemos en qué sentido, ni para qué. Algo estará tramando. Por lo pronto, confirmando una tradición política colombiana, frente a ninguno de los ejes de la protesta se registró cambio alguno: Ni frente a la crisis hospitalaria y del sistema de salud ni frente al "paquetazo" legislativo ni frente a la seguridad democrática ni frente al Tratado de Libre Comercio ni frente a la miseria generalizada ni frente a su pretensión reeleccionista. Para quienes marchamos ese día, sabedores de la dificultad que existe en este país para producir modificaciones en la política gubernamental, por pequeñas que sean, nos queda, además de la satisfacción, la certeza de que es apenas un momento en un proceso de acumulación de fuerzas.

En realidad, la fecha había sido escogida en la pasada cumbre de los pueblos indígenas en Quito, como un día de conmemoración y celebración de la resistencia indígena de más de cinco siglos, y por lo tanto con la vocación de repetirla en adelante, año tras año.

Como anillo al dedo

En Colombia, las condiciones estaban dadas. La señal de partida estuvo en la marcha hacia Bogotá de los estudiantes santandereanos que denunciaban la crisis e inminente liquidación del Hospital público y universitario R.González Valencia, circunstancia en modo alguno ex

cepcional sino por el contrario parte del derrumbe del sistema de salud propiciado por la famosa Ley 100. De ahí que los trabajadores de la salud y una proporción de las víctimas, efectivas y potenciales, de tal sistema, constituyeran una parte importante, en todo el país, de las movilizaciones de protesta.

El sistema educativo, en su resquebrajamiento, también aportó contingentes significativos. De una parte los maestros, en principio por la amenaza que representa la reforma pensional. De otra, los estudiantes, especialmente los de la U. Nacional en donde se está imponiendo una reforma neoliberal, ajustada en un todo al proyecto del libre comercio. En general, una nota característica de la jornada fue la participación significativa de los jóvenes.

Se revela, en el malestar proveniente de ambos sistemas, el efecto demoledor de las reformas neoliberales pero en nuestro caso, además, la reducción o insuficiencia del gasto público social originado en dos venas rotas: el pago de la deuda y el financiamiento creciente de la guerra. Al respecto, la respuesta del gobierno ha sido, como de costumbre, incrementar la presión tributaria sobre los más débiles. No bastó la pasada reforma tributaria; vuelve ahora a la carga con las propuestas que justamente fueron derrotadas con ocasión del referendo. Esa fue una de las motivaciones de muchos de los que salieron a las calles y de la simpatía evidente de la población en general.

La estructura de la movilización, el canal de la convocatoria y el soporte de los contenidos, fue, como en otras oportunidades, el sindicalismo, en sus tres Centrales. Los trabajadores concurrieron en gran número. Sin embargo, el hecho de que nos encontremos bajo un gobierno autoritario que, en la persona del presidente, ha llevado sus

ímpetus totalitarios hasta el ridículo, proporcionó el mejor blanco de la rabia y la protesta. Con la ventaja de que ha venido tomando fuerza una propuesta de articulación, nacida de la victoria sobre el referendo, la Gran Coalición Democrática. De ahí, tanto la participación masiva de muchas personas que no acostumbraban hacerlo o que hace tiempo no lo hacían, como la vinculación de militantes de diferentes fuerzas políticas, incluyendo liberales de a pie.

Un proceso de encuentro popular

Ante la imposibilidad de negar la realidad de la movilización, el gobierno y sus corifeos han tratado de buscar su deslegitimación señalándola como "política". La infantil argucia, por conocida, no debe preocupar. Si la movilización hubiera sido meramente reivindicativa y sectorial habrían dicho, como en otras oportunidades, que son los privilegiados que se resisten a perder sus privilegios en contra de la población desposeída. Pero sí, era política y ello debe enorgullecernos. Apuntaba contra las políticas de este gobierno; para derrotarlas, para hacerlas retroceder, o al menos denunciarlas en su verdadero carácter. Apuntaba en últimas contra el propio gobierno; un gobierno que se quisiera remover. Una expresión de voluntad activa, más importante que las aparentes mayorías pasivas de los votos. Es, desde el pueblo, la auténtica vida política que no se reduce ni se agota en la democracia representativa.

Tal es la importancia de este pronunciamiento. Fue más allá de las reivindicaciones económicas sectoriales, aunque éstas no desaparecieron sino que se combinaron y se fundieron en una dinámica de un nivel cualitativamente diferente. El punto de partida de una construcción de lo popular que nace de la confluencia de sectores e incluso de clases sociales. Falta aún camino por recorrer. Vastos conjuntos sociales urbanos que aún no se han incorporado.

Falta, sin duda, una construcción consistente de alternativas. Pero lo que existe, lo que se ha logrado, puede obrar como un referente político. Para algunos, seguramente, el horizonte se reduce a la coyuntura de un cambio de gobierno. Pero, dadas las circunstancias que atraviesa el continente, la dinámica social, si no se interrumpe (o la interrumpen), puede trascender la inmediatez. Entonces, habrá de emerger, desde lo popular, un poder; un poder constituyente.