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A un ritmo, que aunque parejo, no excluye ni oculta diferencias de enfoques y prioridades, marchan tres grandes países sudamericanos: Brasil, Argentina y Venezuela, a los que ahora se suma Uruguay y se aproximan Paraguay, Bolivia y, a su manera Chile. Con la excepción de Bolivia, se trata de liderazgos emergidos de auténticos procesos electorales, en algunos casos, varias veces legitimado por consultas certificadas como limpias y transparentes.

Cada uno con su peculiar estilo, los lideres de esos procesos: Lula, Chávez, Kirchner, Frutos, Tabaré, Mesa y Ricardo Lagos, son ponentes de enfoques que asumen la política como acción social y que sin preconceptos doctrinarios ni protagonismos desabordados, construyen un consenso desplazado a la izquierda.

Se trata de un destacamento avanzado en el que, cosa rara, la retórica y la demagogia no son lo característico y en el que ninguno de sus integrantes intenta homogenizar al resto, ni ejercer un liderazgo más allá de sus fronteras.

Aunque las posiciones varían en cuanto a profundidad y radicalismo, prevalece la moderación que, hasta donde es posible, obvia la confrontación, toma distancia de la hegemonía norteamericana, dialoga sin complejos con los organismos económicos internacionales: OMC, FMI y BM, asume con altura el rol de interlocutor válido de la Unión Europea y sobre la base de identificar conveniencias mutuas, se entiende con las dinámicas economías asiáticas, especialmente con China.

Alejada del pelotón que marca el paso, entre otras cosas por el enfoque definidamente conservador y pronorteamericano de su gobierno y por la envergadura de sus problemas internos: guerra civil, presencia militar estadounidense, beligerancia de los paramilitares, narcotráfico, terrorismo, lavado de dinero, falsificación, secuestros y extradición entre otros, marcha Colombia, seguida por Perú, donde la esperanza puesta en Toledo, el primer cholo en llegar a la presidencia, ha terminado en una colosal frustración.

A considerable distancia de tirios y troyanos, como en un limbo, anonadado ante la pequeñez de los fines de su diplomacia, anda México, del que siempre se esperan desempeños mayores, pero que todavía no se recupera del desastre que para su política exterior han significado el amateurismo de Castañeda y el provincianismo de Fox.

Con algunos matices que no dan para mucho, la ejecutoria política promedio en Centroamérica paga la factura de su indefensión económica con el sometimiento político a los Estados Unidos. Virtualmente ningún gobierno, a los que ahora se suma la otrora casta y modosa Costa Rica, se salva del flagelo de la corrupción, sorprendente para los ticos pero endémica y familiar para todos los demás.

En Nicaragua los sandinistas, una vez acusados de repartirse el erario en una piñata, y que ante sus sucesores parecen impolutas vestales, acaban de obtener un impresionante éxito electoral que los coloca en ruta a la presidencia. Se trata de una reacción del pueblo ante el desborde indecente de Alemán y Bolaños que, en un país martirizado por una terrible guerra sucia, empobrecido y enlutado, han llevado la corrupción a su más abyecta expresión.

En Panamá, la ex presidenta Moscoso se despidió ofendiendo al país y retando al mundo con el increíble indulto a un grupo de los peores terroristas del continente, confesos de actos criminales en varios países, incluso en Estados Unidos y en la propia Panamá, ha querido emular a Imelda Marcos dejando el rastro contable de millonarias facturas por trajes de noche, joyas, perfumes y bacanales de todo tipo.

La realidad latinoamericana es la misma para todos, lo diferente es el modo de enfrentarla y de ahí surgen las opciones políticas que ubican a los países en uno u otro destacamento.

Los países que marcan el ritmo tratan de aplicar la máxima que preside el sentido común: primero lo primero y han comenzado por la lucha contra la pobreza y el hambre, por la educación y la salud, cometidos en el que los presidentes Chávez y Lula tienen ya resultados que mostrar y los que suman un sostenido empeño por la justicia y la equidad, contra la exclusión y por la protección de los recursos naturales del patrimonio común, entre ellos, la Amazona, por la aplicación de políticas energéticas comunes y solidarias que abarcan incluso a los pequeños estados del Caribe y a la empobrecida Centroamérica.

Adicionalmente. esos procesos ofrecen un claro ejemplo de una alternativa viable y eficaz de gobernabilidad. Los países de más dinámico enfoque y donde se aplican políticas más audaces, son también los más participativos, en ellos es mayor el consenso social, funcionan establemente las instituciones, incluyendo la oposición política, hay orden y la corrupción no campea por sus reales.

Aunque ha sido preciso asumir los costos que ello conlleva para la estabilidad, varios países han ofrecido magníficos ejemplos de la intransigencia de la sociedad, al provocar la revocación del mandato de varios presidentes, como ha ocurrido en Ecuador y Bolivia. Los corruptos, los que faltan a sus promesas y traicionan la confianza, están advertidos. La impunidad ha terminado. Los pueblos están alertas.

A partir del 22 de noviembre, precedido por Rumsfeld y por el Jefe del Comando Sur, que no promueven sino que imponen la agenda de seguridad de los Estados Unidos, convirtiendo a los ejércitos latinoamericanos en destacamentos de policía militar, Bush desembarca en Chile para intervenir en la Cumbre de los países APEC (Foro económico Asia-Pacífico), donde reitera su simplista y maniquea visión del mundo y su exigencia de que todo se subordine a los intereses de seguridad de los Estados Unidos y luego viaja a Colombia para fiscalizar el modo en que, con las armas y el dinero que su administración suministra, se ejecutan el Plan Colombia y Plan Patriota.

Algo diferente ha ocurrido. Por primera vez, no sólo no es Estados Unidos quien impone la agenda latinoamericana, sino que tiene que apresurarse para sumarse a sucesos que no dicta ni puede detener.

El pelotón avanzado se les ha ido de las manos, tal vez para siempre.