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Luis Chacón, La llovizna, 1978-79

Dentro de las urgencias que todo cambio social profundo pone de relieve, está la de refundar el lenguaje. Ello supone la tarea de inventar nombres para lo nuevo, a la vez que re-nombrar (re-pensar) lo conocido.

En esa categoría incluyo la expresión industria cultural con la que de un tiempo a esta parte se pretende englobar a toda la producción de bienes culturales de una nación y que desgraciadamente el actual Ministerio de Cultura insiste en utilizar, haciendo caso omiso al cuestionamiento que se le hizo desde la propia Comisión de "Industrias Culturales" constituida en su oportunidad bajo su patrocinio.

Últimamente hemos visto al cineasta Carlos Azpúrua promocionar las bondades de la Ley de Responsabilidad Social de los Medios con el argumento de que esta fomentará la industria audiovisual y la producción independiente; como si no fueran precisamente los representantes de la industria cultural corporativa nacional y transnacional -cine, televisión y medios impresos y radiofónicos privados- los que impugnan esta Ley, que al fomentar la producción independiente de mensajes audiovisuales, amenaza sus monopolios. Es oportuno recordar que en todo el texto constitucional no figura ni una sola vez dicha denominación.

Nuestra Carta Magna recoge en cambio expresiones como "valores de la cultura", "patrimonio cultural","cultura venezolana","creación cultural", "quehacer cultural", "planes, programas y actividades culturales", "creadores culturales", y los de "ciencia y tecnología", "innovación.y sus aplicaciones" y "conocimiento". Si el constituyente hubiera creído que todas estas aproximaciones a una caracterización operativa de cultura estuvieran comprendidas en la denominación industria cultural, así lo hubiera dispuesto.

Como también, que el Ministerio de la Producción y el Comercio pasara a llamarse de "Industria y Comercio". Por fortuna nada de ello sucedió. Asimilar la cultura a un sistema de producción caracterizado por la homogeinización y la producción en serie, es lo que por ejemplo, ha transformado a la mayoría de las galerías comerciales de arte en centros de clonación en donde las fórmulas exitosas se repiten hasta el hastío. Su lema, "el mejor arte es el que más se vende".

De adoptar la lógica del industrialismo fundamentalista seguiremos los pasos de la devastación de las culturas autóctonas producidas por una industria turística a la que tanto le da esclavizar la mano de obra de los lugareños para producir masivamente souvenirs de pacotilla -desnaturalizando  lo que alguna vez fueron legítimas artesanías autóctonas- como inventar reliquias para viajeros incautos, fabricadas incluso en el exterior (cuestión de costos y optimización de ganancias).

Así , la industria audiovisual venezolana, a la manera de aquellos western spaghetti que Clint Eastwood produjo en Italia aprovechando la depresión del cine de aquél país (ahogado por cierto, por la subsidiada producción hollywoodense) podrá aspirar entre otras cosas, a echarle mano a la Villa del Cine (a la cual, sin duda, le tiene el ojo puesto) para desde ahí seguir fabricando chatarra audiovisual made in Venezuela, esta vez subsidiada por la Revolución Bolivariana.

La lógica del industrialismo fundamentalista que quiere abarcarlo todo y cuya manifestación más ominosa es la patente e industrialización de organismos vivos -desde bacterias hasta genes- con fines eminentemente lucrativos, mostró su rostro más desalmado en el caso del intento de prohibir la producción de fármacos genéricos para el combate del sida, en países devastados por la enfermedad y la miseria.

La amoralidad de su naturaleza quedó en evidencia cuando intentaron que los venezolanos comiéramos aquella carne de Chernobyl con un nivel de radioactividad como para fabricar perros calientes y hamburguesas fosforescentes. Todos recordamos el argumento de los abogados de los importadores: es solamente para uso industrial.

Pretender que Canchuchú florido es un producto industrial porque su difusión y explotación comercial pertenecen a la industria disquera es lo mismo que decir que Luis Mariano Rivera es un insumo del orden del mineral de hierro o la bauxita.

Esa es precisamente la visión-Alca que por mano del abogado Ricardo Antequera, representante de varias de las más conspicuas corporaciones de la industria cultural transnacional norteamericana, se introdujo en la actual Ley de Derechos de Autor, y que el Artículo 59 refleja fielmente cuando dice: "Se presume, salvo pacto expreso en contrario, que los autores de las obras creadas bajo relación de trabajo o por encargo , han cedido, en forma ilimitada y por toda su duración el derecho exclusivo de explotación".

Y por si quedara alguna duda de que para la industria cultural, Luis Mariano Rivera merece el mismo trato que cualquier insumo industrial, a despecho de lo que establece el Artículo 5º de la propia ley cuando dice que los derechos morales del autor son inalienables, inembargables irrenunciables e imprescriptibles (es decir intocables) el artículo de marras agrega que la obra puede ser modificada si eso conviene a su explotación (industrial, por supuesto).

Esto último aclara aún más las cosas. Para la industria cultural la obra es un insumo en "bruto"que debe ser "refinado y procesado" para su consumo masivo. De allí a establecer la categoría de consumidor cultural no hay sino un paso. Y éste, por cierto, ya fue dado desde la meritocracia de la cultura oficial en tiempos de la gestión de José Antonio Abreu, cuando comenzó a acuñarse esa aberrante manera de referirse al espectador, al lector, al usuario de los servicios culturales, al amante de las artes (amateur), o a cualquiera que disfrute de los bienes producidos por la creatividad humana.

Para quienes creemos que la cultura es la expresión creadora de la necesidad, esas industrias autonombradas de culturales pertenecen a un orden distinto al de una cultura autogenerativa, o creativogénica como la define Silvano Arieti en La Creatividad. Por ello es necesario desmontar el paradigma industrialista perversamente instalado en nuestro lenguaje cotidiano.

Es una difícil tarea, como se pudo comprobar cuando, poco después que en un Aló, Presidente, el primer mandatario exhortó a desterrar la expresión soluciones habitacionales para referirse a las viviendas espaciosas y dignas del plan del Estado, un importante funcionario al frente de dicho plan, vuelve a hablar de la construcción de más... soluciones habitacionales. Lo dicho: a la refundación de la República corresponde una refundación (a veces radical) del lenguaje.

Por todo lo expresado propongo que la utilización del término industria cultural, tanto como los de industria cultural corporativa o industria cultural ransnacionl, quede restringido al sector que utiliza procedimientos industriales para la fabricación, difusión y comercialización de sus productos y servicios. E incluso en este caso sería más apropiado utilizar términos como Industria del libro (editorial), del disco (discográfica), del cine (cinematográfica), de la radio (radiofónica), turística, farmacéutica, agroquímica, etc. En cambio, y en referencia a la producción de bienes culturales tangibles e intangibles provenientes de los poderes creadores del pueblo, proponemos los de producción cultural, producción audiovisual, producción literaria, cooperativas culturales, o cualesquiera otros que respondan al objetivo planteado.